Santa Teresa de Jesús / Las Moradas
Sexta Morada.
Capítulo 9.
Sobre este capítulo
Teresa invita a acoger con prudencia las visiones y a reconocer su valor en una humildad mayor y una vida más virtuosa. Aconseja no buscarlas ni elegir por cuenta propia el camino espiritual: lo esencial es confiar en Dios y servirlo por amor, sin exigir recompensa.
Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.Texto adaptado
Sexta Morada
Capítulo 9 | Texto adaptado
Ahora hablemos de las visiones imaginarias. Dicen que en ellas el demonio puede intervenir más que en las anteriores, y así debe de ser. Pero cuando vienen de nuestro Señor, de algún modo me parecen más provechosas, porque se adaptan mejor a nuestra naturaleza. Exceptúo las que el Señor da a entender en la última morada, porque ninguna puede compararse con ellas.
Veamos ahora cómo está este Señor, como les dije en el capítulo pasado. Es como si tuviéramos una piedra preciosa de grandísimo valor y grandes virtudes dentro de una pieza de oro. Sabemos con toda certeza que está allí, aunque nunca la hayamos visto. Y, si la llevamos con nosotras, sus virtudes no dejan de beneficiarnos.
Aunque nunca la hemos visto, no por eso dejamos de apreciarla, porque sabemos por experiencia que nos ha sanado de algunas enfermedades para las que es apropiada. Pero no nos atrevemos a mirarla ni a abrir el relicario, y tampoco podemos hacerlo, porque solo el dueño de la joya sabe cómo abrirlo. Aunque nos la prestó para que nos beneficiáramos de ella, él se quedó con la llave. Como la joya es suya, la abrirá cuando quiera mostrárnosla y también se la llevará cuando le parezca, como en efecto hace.
Supongamos ahora que alguna vez quiere abrirla de repente, para hacerle bien a quien se la ha prestado. Después, al recordar el admirable resplandor de la piedra, sentirá un gozo mucho mayor, y su imagen quedará aún más grabada en su memoria.
Pues así sucede aquí. Cuando nuestro Señor quiere favorecer más a esta alma, le muestra claramente su sacratísima Humanidad de la manera que Él quiere: como vivía en el mundo o después de resucitado. Y aunque sucede con tanta rapidez que podría compararse con un relámpago, esta imagen gloriosísima queda tan grabada en la imaginación que me parece imposible que se borre, hasta que pueda verla donde la gozará para siempre.
Aunque digo «imagen», no quiero decir que parezca una pintura, sino algo verdaderamente vivo. Algunas veces incluso habla con el alma y le muestra grandes secretos.
Pero deben entender que, aunque esta visión dure algún tiempo, no se puede mantener la mirada en ella más de lo que se puede mirar fijamente al sol. Por eso pasa siempre muy rápido. No es que su resplandor lastime la vista interior, como el sol lastima los ojos, porque es con esa vista interior con la que se ve todo esto.
De lo que pudiera verse con los ojos del cuerpo no sabría decir nada, porque la persona de quien puedo hablar con tanto detalle nunca pasó por eso. Y de lo que no se tiene experiencia, difícilmente se puede dar una explicación segura.
Su resplandor es como una luz que viene de dentro, como la de un sol cubierto por algo tan fino y transparente como un diamante, si fuera posible trabajarlo de esa manera. Su vestidura parece hecha de una tela finísima. Y casi siempre que Dios concede esta gracia al alma, esta queda en arrobamiento, porque su pequeñez no puede soportar una visión tan sobrecogedora.
Digo sobrecogedora porque, aunque es la visión más hermosa y llena de deleite que una persona podría imaginar, aunque viviera mil años y se esforzara en pensarlo, supera por completo todo lo que cabe en nuestra imaginación y entendimiento. Su presencia tiene una majestad tan grande que llena al alma de asombro y temor.
Aquí no hace falta preguntar cómo sabe el alma quién es, aunque nadie se lo haya dicho, porque se da a conocer claramente como Señor del cielo y de la tierra. No sucede así con los reyes de este mundo, que por sí solos podrían pasar inadvertidos si no fueran acompañados de su séquito o alguien dijera quiénes son.
¡Oh Señor, qué poco te conocemos los cristianos! ¿Qué será aquel día cuando vengas a juzgarnos, si ahora, cuando vienes con tanta cercanía a tratar con tu esposa, mirarte ya causa tanto temor? ¡Oh hijas! ¿Qué será cuando diga con voz tan rigurosa: «Váyanse, malditos de mi Padre»?
Guardemos esto en la memoria, porque recordar esta gracia que Dios hace al alma puede hacernos mucho bien. San Jerónimo, aun siendo santo, nunca apartaba de su memoria aquel día. Así, no nos parecerá demasiado todo lo que podamos padecer aquí por la exigencia de la vida religiosa que llevamos, pues, por mucho que dure, no es más que un momento comparado con aquella eternidad.
Yo les digo de verdad que, aun siendo tan poca cosa como soy, nunca he tenido un miedo a los tormentos del infierno comparable al que sentía cuando pensaba que los condenados tendrían que ver enojados esos ojos tan hermosos, mansos y bondadosos del Señor. Me parece que mi corazón no podía soportarlo. Así ha sido toda mi vida.
¡Cuánto más lo temerá la persona a quien el Señor se le ha mostrado de esta manera! Es tan fuerte lo que siente que la deja sin sentir nada más. Esta debe ser la causa de que quede como suspendida: el Señor ayuda así a su debilidad, para que pueda unirse a su grandeza en esta comunicación tan elevada con Dios.
Cuando el alma pueda estar mirando a este Señor por mucho tiempo y con calma, no creo que sea una visión, sino una consideración muy intensa en la que la imaginación forma alguna figura. Comparada con la verdadera visión, será como una cosa muerta.
Esto les sucede a algunas personas, y sé que es verdad porque muchas me lo han contado, no solo tres o cuatro. Tienen una imaginación tan débil, o un entendimiento tan activo, o no sé qué será, que se absorben tanto en lo que imaginan que todo lo que piensan les parece verlo claramente. Pero si hubieran visto una verdadera visión, reconocerían el engaño sin ninguna duda, porque ellas mismas van formando con la imaginación lo que ven. Después, esto no produce ningún efecto y quedan frías, mucho más que si vieran una imagen religiosa.
Es fácil darse cuenta de que eso no merece atención, y por eso se olvida mucho más rápido que un sueño.
En lo que estamos tratando sucede todo lo contrario. El alma está muy lejos de pensar que va a ver algo, ni siquiera se le pasa por la mente, y de repente se le presenta muy cerca. Esto sacude todas sus facultades y sentidos con gran temor y conmoción, para dejarlos enseguida en aquella dichosa paz.
Así como cuando San Pablo fue derribado hubo aquella conmoción y alboroto en el cielo, también aquí, en este mundo interior, se produce un gran movimiento. Y en un instante, como he dicho, todo queda en calma. El alma queda instruida en verdades tan grandes que ya no necesita otro maestro, porque la verdadera Sabiduría, sin esfuerzo de su parte, la ha sacado de su torpeza.
Durante algún tiempo, el alma queda con la certeza de que esta gracia viene de Dios. Por más que le dijeran lo contrario, en ese momento no podrían hacerla temer que se trata de un engaño.
Después, cuando el confesor le plantea dudas, Dios permite que el alma vacile y piense que, por sus pecados, podría haberse engañado. Pero no llega a creerlo de verdad. Es como dije antes acerca de las tentaciones contra la fe: el demonio puede inquietar al alma, pero no hacer que deje de mantenerse firme. Al contrario, cuanto más la combate, más segura queda de que el demonio no podría dejar en ella tantos bienes. Y así es, porque no tiene tanto poder en lo más profundo del alma. Podrá representar algo parecido, pero no con esta verdad, esta majestad ni estos efectos.
Como los confesores no pueden ver lo que sucede en el alma y, quizá, la persona a quien Dios concede esta gracia tampoco sabe explicarlo bien, sienten temor, y con mucha razón.
Por eso es necesario proceder con cuidado y esperar a ver los frutos que producen estas apariciones. Poco a poco hay que observar si dejan al alma con mayor humildad y más firme en la virtud. Porque, si vienen del demonio, pronto dará señales y se descubrirá en muchas mentiras.
Si el confesor tiene experiencia y ha pasado por estas cosas, necesitará poco tiempo para entenderlo, porque por lo que le cuenten verá enseguida si viene de Dios, de la imaginación o del demonio. Y, sobre todo, si Su Majestad le ha dado el don de discernir los espíritus, y además tiene buena formación, aunque no tenga experiencia, lo reconocerá muy bien.
Lo que sí es muy necesario, hermanas, es que sean completamente sinceras y claras con el confesor. No me refiero a confesar los pecados, porque eso se da por entendido, sino a contarle lo que sucede en la oración. Si no hay esta sinceridad, no puedo asegurar que vayan por buen camino ni que sea Dios quien las enseña. A Él le agrada que tratemos con toda verdad y claridad a quien ocupa su lugar, como lo haríamos con nosotras mismas, procurando que conozca todos nuestros pensamientos y, con mayor razón, nuestras acciones, por pequeñas que sean.
Y con esto no anden turbadas ni inquietas. Aunque no viniera de Dios, si tienen humildad y buena conciencia, no les hará daño. Su Majestad sabe sacar bienes de los males, y por el mismo camino por el que el demonio quería hacerlas perder, terminarán ganando más.
Pensando que Dios les concede gracias tan grandes, se esforzarán más por agradarle y por tener siempre presente su imagen. Como decía un gran teólogo, el demonio es un gran pintor, y si llegara a mostrar con gran realismo una imagen del Señor, no le molestaría aprovecharla para avivar la devoción y hacerle la guerra al demonio con sus propias armas. Porque, aunque el pintor sea muy malo, no por eso debemos dejar de venerar la imagen que pinta, si representa a nuestro Bien.
A este teólogo le parecía muy mal el consejo que algunos dan de hacer un gesto de desprecio cuando se presenta una visión así. Decía que, dondequiera que veamos representado a nuestro Rey, debemos mostrarle reverencia. Y veo que tiene razón, porque incluso entre nosotros se sentiría como una ofensa: si alguien supiera que una persona a la que quiere está haciendo gestos de desprecio ante su retrato, no le agradaría.
Pues con mayor razón debemos mostrar siempre respeto cuando veamos un crucifijo o cualquier imagen de nuestro Emperador. Aunque ya he escrito esto en otra parte, quise ponerlo también aquí porque vi sufrir mucho a una persona a quien le habían mandado usar este método.
No sé quién inventó ese remedio de hacer un gesto de desprecio ante la imagen del Señor que aparece en una visión. Es algo muy duro para una persona que siente que debe obedecer a su confesor, especialmente si piensa que se perderá si no sigue su consejo. Mi recomendación es que, aunque el confesor se lo indique, le expliquen con humildad estas razones y no usen ese remedio. Me parecieron muy buenas las razones que me dio quien habló conmigo de este asunto.
Una gran ganancia recibe el alma de esta gracia del Señor: cuando piensa en Él, en su vida o en su Pasión, recuerda su rostro tan manso y hermoso, y esto le da un grandísimo consuelo. Es como nos sucedería aquí si hubiéramos visto personalmente a alguien que nos ha hecho mucho bien, en vez de no haberlo conocido nunca. Yo les digo que este recuerdo tan agradable trae mucho consuelo y provecho.
Esta gracia trae muchos otros bienes. Pero como ya he hablado bastante de los efectos que producen estas cosas y todavía tendré que decir más, no quiero cansarme ni cansarlas. Solo quiero advertirles algo con mucha insistencia: cuando sepan o escuchen que Dios concede estas gracias a algunas almas, jamás le supliquen ni deseen que las lleve por este camino.
Aunque les parezca algo muy bueno, digno de gran estima y reverencia, no conviene desearlo por varias razones.
La primera es que querer recibir algo que nunca hemos merecido es falta de humildad. Por eso creo que quien lo desea no tiene mucha humildad. Así como un humilde campesino está muy lejos de desear ser rey, porque sabe que no le corresponde, también la persona humilde está lejos de desear cosas semejantes. Y creo que estas gracias nunca se conceden sin que antes el Señor dé un profundo conocimiento de uno mismo. Pues ¿cómo va a reconocer de verdad que Dios ya le hace una gran gracia con no dejarla caer en el infierno, si anda deseando gracias tan extraordinarias?
La segunda razón es que quien las desea está muy expuesto al engaño. Al demonio le basta encontrar una pequeña puerta abierta para hacernos caer en mil engaños.
La tercera es que la misma imaginación puede intervenir cuando el deseo es muy grande. La persona puede llegar a creer que ve y oye aquello que tanto desea. Es como quien pasa todo el día deseando algo y pensando mucho en ello, y después termina soñándolo.
La cuarta razón es que sería un gran atrevimiento querer escoger yo misma el camino, sin saber cuál me conviene más. Lo mejor es dejar que el Señor, que me conoce, me lleve por el camino que más me conviene, para que en todo se haga su voluntad.
La quinta: ¿creen que son pocos los sufrimientos de quienes reciben estas gracias del Señor? No, son grandísimos y de muchas clases. ¿Cómo saben si podrían soportarlos?
La sexta: puede suceder que, buscando ganar con estas gracias, terminen perdiendo, como le sucedió a Saúl al llegar a ser rey.
En fin, hermanas, además de estas razones hay otras. Créanme: lo más seguro es no querer otra cosa que lo que Dios quiera, porque Él nos conoce mejor que nosotras mismas y nos ama. Pongámonos en sus manos para que se haga su voluntad en nosotras. Si permanecemos firmemente en esto, no podemos equivocarnos.
Y deben tener en cuenta que recibir muchas de estas gracias no significa merecer más gloria. Al contrario, quien recibe más queda también más obligada a servir a Dios, porque ha recibido más de Él.
En cuanto al mérito, el Señor no nos quita la oportunidad de alcanzarlo, porque eso sí está en nuestras manos. Por eso hay muchas personas santas que jamás supieron lo que era recibir una sola de estas gracias, y otras que sí las reciben y no son santas.
Y no piensen que estas gracias son continuas. Al contrario, por cada vez que el Señor concede una, vienen también muchísimos trabajos. Por eso el alma no está pensando en si volverá a recibirlas, sino en cómo corresponder al Señor por ellas.
Es verdad que deben de ser una grandísima ayuda para alcanzar las virtudes en mayor perfección. Pero quien llegue a tener esas virtudes después de haberlas adquirido con su propio esfuerzo, tendrá mucho más mérito.
Yo sé de una persona a quien el Señor había concedido algunas de estas gracias, y también de otras dos, una de ellas un hombre, que deseaban tanto servir a Su Majestad a su propia costa, sin recibir estos grandes consuelos, y tenían tantos deseos de padecer, que se quejaban al Señor porque se los daba. Si hubieran podido evitar recibirlos, lo habrían hecho.
Cuando digo consuelos, no me refiero a estas visiones, porque en ellas el alma reconoce el gran provecho que recibe y sabe que son muy dignas de estima. Me refiero a los consuelos que el Señor da en la contemplación.
Es verdad que, a mi parecer, estos deseos también son sobrenaturales y propios de almas muy enamoradas de Dios. Quieren que el Señor vea que no lo sirven esperando una recompensa. Por eso, como he dicho, nunca piensan en la gloria que recibirán para animarse a servirlo más. Solo quieren agradar al amor, porque el amor, por su propia naturaleza, siempre busca mil maneras de hacerlo.
Si pudiera, el alma buscaría todas las maneras posibles de consumirse en ese amor. Y si para mayor honra de Dios fuera necesario quedar para siempre reducida a nada, lo haría de muy buena gana.
Sea alabado para siempre, amén, porque al dignarse comunicarse con criaturas tan miserables, quiere mostrar su grandeza.
Texto original (1577)
Sexta Morada
Capítulo 9 | Texto original (1577)
Ahora vengamos a las visiones imaginarias, que dicen que son adonde puede meterse el demonio más que en las dichas, y así debe de ser; mas cuando son de nuestro Señor, en alguna manera me parecen más provechosas, porque son más conformes a nuestro natural; salvo de las que el Señor da a entender en la postrera morada, que a éstas no llegan ningunas.
Pues miremos ahora como os he dicho en el capítulo pasado que está este Señor, que es como si en una pieza de oro tuviésemos una piedra preciosa de grandísimo valor y virtudes; sabemos certísimo que está allí, aunque nunca la hemos visto; mas las virtudes de la piedra no nos dejan de aprovechar, si la traemos con nosotras.
Aunque nunca la hemos visto, no por eso la dejamos de preciar, porque por experiencia hemos visto que nos ha sanado de algunas enfermedades, para que es apropiada; mas no la osamos mirar, ni abrir el relicario, ni podemos, porque la manera de abrirle sólo la sabe cuya es la joya, y aunque nos la prestó para que nos aprovechásemos de ella, él se quedó con la llave y, como cosa suya, abrirá cuando nos la quisiere mostrar, y aun la tomará cuando le parezca, como lo hace.
Pues digamos ahora que quiere alguna vez abrirla de presto, por hacer bien a quien la ha prestado: claro está que le será después muy mayor contento cuando se acuerde del admirable resplandor de la piedra, y así quedará más esculpida en su memoria.
Pues así acaece acá: cuando nuestro Señor es servido de regalar más a esta alma, muéstrale claramente su sacratísima Humanidad de la manera que quiere, o como andaba en el mundo, o después de resucitado; y aunque es con tanta presteza que lo podríamos comparar a la de un relámpago, queda tan esculpido en la imaginación esta imagen gloriosísima, que tengo por imposible quitarse de ella hasta que la vea adonde para sin fin la pueda gozar.
Aunque digo imagen, entiéndese que no es pintada al parecer de quien la ve, sino verdaderamente viva, y algunas veces se está hablando con el alma y aun mostrándole grandes secretos.
Mas habéis de entender que aunque en esto se detenga algún espacio, no se puede estar mirando más que estar mirando al sol, y así esta vista siempre pasa muy de presto; y no porque su resplandor da pena, como el del sol, a la vista interior, que es la que ve todo esto que cuando es con la vista exterior no sabré decir de ello ninguna cosa, porque esta persona que he dicho, de quien tan particularmente yo puedo hablar, no había pasado por ello; y de lo que no hay experiencia, mal se puede dar razón cierta, porque su resplandor es como una luz infusa y de un sol cubierto de una cosa tan delgada como un diamante, si se puede labrar; como una holanda parece la vestidura, y casi todas las veces que Dios hace esta merced al alma, se queda en arrobamiento, que no puede su bajeza sufrir tan espantosa vista.
Digo espantosa, porque con ser la más hermosa y de mayor deleite que podría una persona imaginar, aunque viviese mil años y trabajase en pensarlo, porque va muy adelante de cuanto cabe en nuestra imaginación ni entendimiento, es su presencia de tan grandísima majestad, que hace gran espanto al alma.
A osadas que no es menester aquí preguntar cómo sabe quién es sin que se lo hayan dicho, que se da bien a conocer que es Señor del cielo y de la tierra; lo que no harán los reyes de ella, que por sí mismos bien en poco se tendrán, si no va junto con él su acompañamiento, o lo dicen.
¡Oh Señor, cómo os desconocemos los cristianos! ¿Qué será aquel día cuando nos vengáis a juzgar, pues viniendo aquí tan de amistad a tratar con vuestra esposa, pone miraros tanto temor? ¡Oh hijas! ¿y qué será cuando con tan rigurosa voz dijere: Id malditos de mi Padre?
Quédenos ahora esto en la memoria de esta merced que hace Dios al alma, que no nos será poco bien, pues San Jerónimo, con ser santo, no la apartaba de la suya, y así no se nos hará nada cuanto aquí padeciéremos en el rigor de la religión que guardamos, pues cuando mucho durare, es un momento, comparado con aquella eternidad. Yo os digo de verdad que, con cuan ruin soy, nunca he tenido miedo de los tormentos del infierno, que fuese nada en comparación de cuando me acordaba que habían los condenados de ver airados estos ojos tan hermosos y mansos y benignos del Señor, que no parece lo podía sufrir mi corazón: esto ha sido toda mi vida.
¡Cuánto más lo temerá la persona a quien así se le ha representado, pues es tanto el sentimiento, que la deja sin sentir! Esta debe ser la causa de quedar con suspensión; que ayuda el Señor a su flaqueza con que se junte con su grandeza en esta tan subida comunicación con Dios.
Cuando pudiere el alma estar con mucho espacio mirando este Señor, yo no creo que será visión, sino alguna vehemente consideración, fabricada en la imaginación alguna figura; será como cosa muerta en estotra comparación.
Acaece a algunas personas y sé que es verdad, que lo han tratado conmigo, y no tres o cuatro, sino muchas, ser de tan flaca imaginación, o el entendimiento tan eficaz, o no sé qué es, que se embeben de manera en la imaginación, que todo lo que piensan claramente les parece que lo ven; aunque si hubiesen visto la verdadera visión, entenderían, muy sin quedarles duda, el engaño; porque van ellas mismas componiendo lo que ven con su imaginación, y no hace después ningún efecto, sino que se quedan frías, mucho más que si viesen una imagen devota.
Es cosa muy entendida no ser para hacer caso de ello, y así se olvida mucho más que cosa soñada.
En lo que tratamos no es así, sino que estando el alma muy lejos de que ha de ver cosa, ni pasarle por pensamiento, de presto se le representa muy por junto y revuelve todas las potencias y sentidos con un gran temor y alboroto, para ponerlas luego en aquella dichosa paz.
Así como cuando fue derrocado San Pablo, vino aquella tempestad y alboroto en el cielo, así acá en este mundo interior se hace gran movimiento, y en un punto como he dicho queda todo sosegado, y esta alma tan enseñada de unas tan grandes verdades, que no ha menester otro maestro; que la verdadera sabiduría sin trabajo suyo la ha quitado la torpeza, y dura con una certidumbre el alma de que esta merced es de Dios, algún espacio de tiempo, que aunque más le dijesen lo contrario, entonces no la podrían poner temor de que puede haber engaño.
Después, poniéndosele el confesor, la deja Dios para que ande vacilando en que por sus pecados sería posible; mas no creyendo, sino como he dicho en estotras cosas a manera de tentaciones en cosas de la fe, que puede el demonio alborotar, mas no dejar el alma de estar firme en ella; antes mientras más la combate, más queda con certidumbre de que el demonio no la podría dejar con tantos bienes, como ello es así, que no puede tanto en lo interior del alma; podrá él representarlo, mas no con esta verdad y majestad y operaciones.
Como los confesores no pueden ver esto ni, por ventura, a quien Dios hace esta merced, sabérselo decir, temen y con mucha razón.
Y así es menester ir con aviso, hasta aguardar tiempo del fruto que hacen estas apariciones, e ir poco a poco mirando la humildad con que dejan al alma y la fortaleza en la virtud; que si es de demonio, presto dará señal y le cogerán en mil mentiras.
Si el confesor tiene experiencia y ha pasado por estas cosas, poco tiempo ha menester para entenderlo, que luego en la relación verá si es Dios, o imaginación, o demonio, en especial si le ha dado Su Majestad don de conocer espíritus, que si éste tiene y letras, aunque no tenga experiencia, lo conocerá muy bien.
Lo que es mucho menester, hermanas, es que andéis con gran llaneza y verdad con el confesor, no digo en decir los pecados, que eso claro está, sino en contar la oración; porque si no hay esto, no aseguro que vais bien, ni que es Dios el que os enseña; que es muy amigo que al que está en su lugar se trate con la verdad y claridad que consigo mismo, deseando entienda todos sus pensamientos, cuánto más las obras, por pequeñas que sean.
Y con esto no andéis turbadas ni inquietas, que aunque no fuese de Dios, si tenéis humildad y buena conciencia no os dañará; que sabe Su Majestad sacar de los males bienes, y que por el camino que el demonio os quería hacer perder, ganaréis más.
Pensando que os hace tan grandes mercedes, os esforzaréis a contentarle mejor y andar siempre ocupada en la memoria su figura, que como decía un gran letrado, que el demonio es gran pintor, y si le mostrase muy al vivo una imagen del Señor, que no le pesaría, para con ella avivar la devoción y hacer al demonio guerra con sus mismas maldades; que aunque un pintor sea muy malo, no por eso se ha de dejar de reverenciar la imagen que hace, si es de todo nuestro Bien.
Parecíale muy mal lo que algunos aconsejan, que den higas cuando así viesen alguna visión; porque decía que adondequiera que veamos pintado a nuestro Rey, le hemos de reverenciar; y veo que tiene razón, porque aun acá se sentiría: si supiese una persona que quiere bien a otra que hacía semejantes vituperios a su retrato, no gustaría de ello.
Pues ¿cuánto más es razón que siempre se tenga respeto adonde viéremos un crucifijo o cualquier retrato de nuestro Emperador? Aunque he escrito en otra parte esto, me holgué de ponerlo aquí, porque vi que una persona anduvo afligida, que la mandaban tomar este remedio.
No sé quién le inventó tan para atormentar a quien no pudiere hacer menos de obedecer, si el confesor le da este consejo, pareciéndole va perdida si no lo hace, y el mío es que, aunque os le dé, le digáis esta razón con humildad y no le toméis. En extremo me cuadró mucho las buenas que me dio quien me lo dijo en este caso.
Una gran ganancia saca el alma de esta merced del Señor, que es, cuando piensa en El o en su vida y Pasión, acordarse de su mansísimo y hermoso rostro, que es grandísimo consuelo, como acá nos le daría mayor haber visto a una persona que nos hace mucho bien que si nunca la hubiésemos conocido. Yo os digo que hace harto consuelo y provecho tan sabrosa memoria.
Otros bienes trae consigo hartos, mas como queda dicho tanto de los efectos que hacen estas cosas y se ha de decir más, no me quiero cansar ni cansaros, sino avisaros mucho que cuando sabéis u oís que Dios hace estas mercedes a las almas, jamás le supliquéis ni deseéis que os lleve por este camino.
Aunque os parezca muy bueno, y se ha de tener en mucho y reverenciar, no conviene por algunas razones: la primera, porque es falta de humildad querer vos se os dé lo que nunca habéis merecido, y así creo que no tendrá mucha quien lo deseare; porque así como un bajo labrador está lejos de desear ser rey, pareciéndole imposible, porque no lo merece, así lo está el humilde de cosas semejantes; y creo yo que nunca se darán, porque primero da el Señor un gran conocimiento propio que hace estas mercedes. Pues ¿cómo entenderá con verdad que se la hace muy grande en no tenerla en el infierno, quien tiene tales pensamientos?
La segunda, porque está muy cierto ser engañado, o muy a peligro, porque no ha menester el demonio más de ver una puerta pequeña abierta para hacernos mil trampantojos.
La tercera, la misma imaginación, cuando hay un gran deseo, y la misma persona se hace entender que ve aquello que desea, y lo oye, como los que andan con gana de una cosa entre día y mucho pensando en ella, que acaece venirla a soñar.
La cuarta, es muy gran atrevimiento que quiera yo escoger camino no sabiendo el que me conviene más, sino dejar al Señor, que me conoce, que me lleve por el que conviene, para que en todo haga su voluntad.
La quinta, ¿pensáis que son pocos los trabajos que padecen los que el Señor hace estas mercedes? No, sino grandísimos y de muchas maneras. ¿Qué sabéis vos si seríais para sufrirlos?
La sexta, si por lo mismo que pensáis ganar, perderéis, como hizo Saúl por ser rey.
En fin, hermanas, sin éstas hay otras; y creedme que es lo más seguro no querer sino lo que quiere Dios, que nos conoce más que nosotros mismos y nos ama. Pongámonos en sus manos, para que sea hecha su voluntad en nosotras, y no podemos errar, si con determinada voluntad nos estamos siempre en esto.
Y habéis de advertir, que por recibir muchas mercedes de éstas no se merece más gloria, porque antes quedan más obligadas a servir, pues es recibir más.
En lo que es más merecer, no nos lo quita el Señor, pues está en nuestra mano; y así hay muchas personas santas que jamás supieron qué cosa es recibir una de aquestas mercedes; y otras que las reciben, que no lo son.
Y no penséis que es continuo, antes por una vez que las hace el Señor son muy muchos los trabajos; y así el alma no se acuerda si las ha de recibir más, sino cómo las servir.
Verdad es que debe ser grandísima ayuda para tener las virtudes en más subida perfección; mas el que las tuviere con haberlas ganado a costa de su trabajo, mucho más merecerá.
Yo sé de una persona, a quien el Señor había hecho algunas de estas mercedes y aun de dos, la una era hombre , que estaban tan deseosas de servir a Su Majestad a su costa, sin estos grandes regalos, y tan ansiosas por padecer, que se quejaban a nuestro Señor porque se los daba, y si pudieran no recibirlos, lo excusaran.
Digo regalos, no de estas visiones, que, en fin, ven la gran ganancia y son mucho de estimar, sino los que da el Señor en la contemplación.
Verdad es que también son estos deseos sobrenaturales, a mi parecer, y de almas muy enamoradas, que querrían viese el Señor que no le sirven por sueldo; y así como he dicho jamás se les acuerda que han de recibir gloria por cosa, para esforzarse más por eso a servir, sino de contentar al amor, que es su natural obrar siempre de mil maneras.
Si pudiese, querría buscar invenciones para consumirse el alma en él; y si fuese menester quedar para siempre aniquilada para la mayor honra de Dios lo haría de muy buena gana. Sea alabado para siempre, amén, que abajándose a comunicar con tan miserables criaturas, quiere mostrar su grandeza.
