susidlcWORLD
Volver al índice

Santa Teresa de Jesús / Las Moradas

Sexta Morada.
Capítulo 8.

Sobre este capítulo

Teresa describe la compañía de Cristo como una presencia que fortalece, da paz y despierta un amor más atento en la vida diaria. Recibirla llama a la gratitud y al servicio; la humildad y las virtudes permiten valorar sus frutos, sin atribuir superioridad a quien recibe este don.

Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.

Texto adaptado

Sexta Morada

Capítulo 8 | Texto adaptado

Hermanas, quiero que vean con más claridad lo que les he dicho: cuanto más avanza un alma, más acompañada está de este buen Jesús. Por eso conviene que hablemos de cómo, cuando Su Majestad quiere, hace que no podamos dejar de andar siempre con Él.

Esto se ve claramente en las distintas maneras en que Su Majestad se nos comunica y nos muestra el amor que nos tiene, mediante algunas apariciones y visiones admirables.

Quiero explicar brevemente algunas de ellas, si el Señor quiere que acierte al hacerlo, para que, si alguna vez les concede una merced de este tipo, no se asusten. Y aunque no nos las conceda a nosotras, podremos alabarlo mucho por querer comunicarse de esta manera con una criatura, siendo Él de tanta majestad y poder.

Sucede que, cuando el alma no espera recibir esta merced ni ha pensado jamás que la merece, siente junto a sí a Jesucristo nuestro Señor, aunque no lo ve ni con los ojos del cuerpo ni con los del alma.

A esto lo llaman visión intelectual; no sé yo por qué. Vi a esta persona, a quien Dios concedió esta merced y otras que mencionaré más adelante, muy inquieta al principio, porque no podía entender qué era aquello, ya que no veía nada. Sin embargo, sabía con tanta certeza que era Jesucristo nuestro Señor quien se le mostraba de aquella manera, que no podía dudar de que estaba allí.

Lo que sí dudaba era si aquella visión venía de Dios o no. Aunque producía en ella grandes efectos que le hacían pensar que sí, todavía tenía miedo. Nunca había oído hablar de una visión intelectual ni imaginado que pudiera ser de esta manera.

Pero entendía con mucha claridad que era este Señor quien muchas veces le hablaba de la manera que ya he explicado, porque hasta que recibió esta merced nunca sabía quién le hablaba, aunque entendía las palabras.

Sé que esta visión le causaba mucho miedo. A diferencia de las visiones imaginarias, que pasan rápidamente, esta puede durar muchos días y, a veces, incluso más de un año. Por eso, muy angustiada, fue a hablar con su confesor.

Él le preguntó que, si no veía nada, cómo sabía que era nuestro Señor, y le pidió que le dijera qué rostro tenía. Ella respondió que no lo sabía, que no veía ningún rostro y que no podía decir más de lo que ya había explicado. Lo único que sabía es que era Él quien le hablaba y no era imaginación suya.

Y aunque le hacían tener muchos temores, muchas veces no podía dudar, especialmente cuando Él le decía: «No tengas miedo, que soy yo».

Estas palabras tenían tanta fuerza que, en ese momento, no podía dudar. Quedaba fortalecida y alegre con tan buena compañía. Y veía claramente que aquello le ayudaba a tener siempre presente a Dios y a cuidar mucho de no hacer nada que le desagradase, porque sentía que Él la estaba mirando.

Cuando quería dirigirse a Su Majestad en la oración, e incluso fuera de ella, le parecía que estaba tan cerca que no podía dejar de oírlo. Pero no entendía sus palabras cuando ella quería, sino de repente, cuando era necesario.

Sentía que estaba a su lado derecho. Pero no lo percibía con los sentidos, como sentimos que una persona está junto a nosotros. Era de una manera mucho más sutil, que no sabía explicar. Y, sin embargo, tenía de ello una certeza aún mayor.

Porque con los sentidos uno puede llegar a imaginar algo que no está allí. En esto, en cambio, no. Venía acompañado de grandes beneficios y efectos interiores.

Estos efectos no podrían darse si todo fuera producto de la melancolía. Tampoco el demonio produciría tanto bien. El alma no tendría tanta paz, ni deseos tan constantes de agradar a Dios, ni tanto desprecio por todo lo que no la acercara a Él.

Con el tiempo entendió claramente que no era el demonio, porque cada vez se iba haciendo más evidente quién era. Aun así, sé que a veces sentía mucho miedo. Otras veces quedaba profundamente confundida, sin saber de dónde le había venido un bien tan grande.

Éramos ella y yo tan una sola cosa que nada pasaba por su alma sin que yo lo supiera. Por eso puedo ser buen testigo, y pueden creer que es verdad todo lo que diga sobre esto.

Es una merced del Señor que trae consigo una profunda confusión y humildad. Si viniera del demonio, todo sería al contrario.

Y como se entiende con tanta claridad que esto viene de Dios, y que ningún esfuerzo humano bastaría para llegar a sentirlo de esta manera, quien recibe esta merced no puede pensar que sea algo suyo, sino que viene de la mano de Dios.

Aunque, a mi parecer, algunas de las mercedes que ya he mencionado son mayores, esta trae consigo un conocimiento particular de Dios. De esta compañía tan continua nace un amor muy tierno hacia Su Majestad, y deseos aún mayores de entregarse por completo a su servicio.

También produce una gran pureza de conciencia, porque sentir su presencia tan cerca hace que el alma esté atenta a todo lo que hace. Aunque sabemos que Dios está presente en todo lo que hacemos, nuestra naturaleza tiende a olvidarlo. Aquí, en cambio, no puede descuidarse, porque el Señor, que siente junto a ella, la mantiene despierta.

Y como el alma está casi continuamente amando a quien ve o entiende que está junto a ella, también son mucho más frecuentes las mercedes que ya he mencionado.

En fin, por el bien que produce en el alma se ve que es una merced muy grande y digna de mucho aprecio. Y debe agradecer al Señor que se la conceda sin haber podido merecerla, porque no la cambiaría por ningún tesoro ni placer de la tierra.

Por eso, cuando el Señor quiere quitársela, queda con una gran sensación de soledad. Pero por más que haga todo lo posible por recuperar aquella compañía, de poco le sirve. El Señor la da cuando quiere y no se puede conseguir por esfuerzo propio.

Algunas veces, esta presencia también puede ser la de algún santo, y también es de gran provecho.

Dirán que, si no se ve, ¿cómo sabe el alma que es Cristo, o cuándo se trata de un santo o de su gloriosísima Madre? El alma no sabe explicarlo ni entiende cómo llega a saberlo. Simplemente lo sabe con una certeza muy grande.

Cuando es el Señor quien habla, parece más fácil entenderlo. Pero cuando se trata de un santo, que no habla, sino que parece que el Señor lo pone allí para ayudar y acompañar al alma, resulta todavía más admirable.

Así sucede con otras cosas espirituales que no se pueden explicar con palabras. Y esto nos hace ver lo limitada que es nuestra capacidad para comprender las grandezas de Dios, pues ni siquiera estas cosas alcanzamos a entenderlas del todo.

Por eso, quien reciba estas mercedes debe recibirlas con admiración y alabanza a Su Majestad, y darle gracias de manera especial. Como no es una merced que se conceda a todos, debe estimarla mucho y procurar servir más a Dios, ya que Él la ayuda de tantas maneras a hacerlo.

De aquí viene que el alma no se tenga en más por recibir estas mercedes. Al contrario, le parece que es quien menos sirve a Dios entre todos los que hay en la tierra, porque siente que está más obligada que nadie a servirlo. Por eso, cualquier falta que comete le duele profundamente, y con mucha razón.

Cualquiera de ustedes a quien el Señor lleve por este camino podrá fijarse en estos efectos que ya he mencionado. Así podrá reconocer que no se trata de un engaño ni de una imaginación.

Porque, como he dicho, no creo que algo así pudiera durar tanto tiempo si viniera del demonio, produciendo tanto bien en el alma y dejándola con tanta paz interior. No es propio de él, ni podría, aunque quisiera, hacer tanto bien. Si fuera obra suya, pronto aparecerían sentimientos de orgullo y la persona comenzaría a creerse mejor que los demás.

Pero que el alma esté siempre tan unida a Dios y tenga el pensamiento ocupado en Él le causaría tanta rabia al demonio, que, aunque lo intentara, no volvería muchas veces. Y Dios es tan fiel que no permitirá que tenga tanto poder sobre un alma que no busca otra cosa que agradar a Su Majestad y entregar su vida por su honra y gloria. Si alguna vez permite que el demonio la engañe, pronto dispondrá las cosas para que descubra el engaño.

Mi convicción es, y seguirá siendo, que si el alma permanece como la dejan estas mercedes de Dios, Su Majestad hará que salga ganando, aunque alguna vez permita que el demonio se atreva contra ella. Y será el demonio quien quede vencido.

Por eso, hijas, si alguna va por este camino, como he dicho, no se asuste. Es bueno tener cierto temor y estar más atentas. Pero tampoco piensen que, por recibir tantos favores, pueden descuidarse más. Si no ven en ustedes los efectos que ya he mencionado, eso sería señal de que no viene de Dios.

Al principio, conviene que hablen de esto en confesión con un confesor muy instruido, porque estas personas son las que pueden orientarnos. Si es posible, también conviene consultarlo con alguna persona de mucha experiencia espiritual. Pero si hubiera que elegir entre alguien muy espiritual y alguien muy instruido, es mejor acudir al que tenga más conocimiento. Y, si se puede, conviene hablar con ambos.

Si les dicen que todo es imaginación, no se preocupen demasiado, porque la imaginación, por sí sola, poco bien o mal puede hacer al alma. Encomiéndense a la divina Majestad y pídanle que no permita que sean engañadas.

Si les dicen que viene del demonio, será más difícil de sobrellevar. Aunque, si quien las aconseja es verdaderamente instruido y ve los efectos que ya he mencionado, no creo que diga eso. Pero, aun si lo dijera, sé que el mismo Señor que está con ustedes las consolará y les dará seguridad. Y también irá dando luz a esa persona para que pueda orientarlas.

Si quien las aconseja es una persona de oración, pero el Señor no la ha llevado por este camino, es fácil que se asuste y lo condene enseguida. Por eso les aconsejo que busquen a alguien muy instruido y, si es posible, que además tenga experiencia espiritual.

La priora debe dar permiso para esta consulta. Aunque el alma se sienta segura al ver los buenos efectos que esto produce en su vida, la priora tiene la responsabilidad de que lo consulte, para que ambas puedan proceder con seguridad.

Después de hablarlo con estas personas, el alma debe quedarse tranquila y no seguir contándolo. A veces, aunque no haya nada que temer, el demonio provoca temores tan grandes que el alma siente que una sola consulta no es suficiente.

Esto puede suceder especialmente si el confesor tiene poca experiencia y es temeroso, porque puede hacer que el alma siga consultando el asunto con otras personas. Así puede terminar haciéndose público algo que debía mantenerse en secreto.

Entonces el alma puede verse perseguida y atormentada, porque cuando cree que aquello sigue siendo secreto, descubre que ya se sabe. De ahí pueden surgir muchas dificultades para ella y, dadas las circunstancias de estos tiempos, también para la Orden.

Por eso es necesario tener mucho cuidado con esto, y se lo encomiendo especialmente a las prioras.

Tampoco deben pensar que una hermana es mejor que las demás por recibir mercedes semejantes. El Señor lleva a cada una por el camino que ve que necesita.

Estas mercedes pueden ayudarla a llegar a ser una gran sierva de Dios, si sabe aprovecharlas. Pero algunas veces Dios lleva por este camino precisamente a las más débiles.

Así que no hay razón para aprobar ni condenar a una persona por estas cosas. Lo que hay que mirar son sus virtudes. La más santa será la que sirva a nuestro Señor con mayor mortificación, humildad y limpieza de conciencia.

Pero aquí es difícil saberlo con certeza. Solo el verdadero Juez podrá dar a cada uno lo que merece.

Entonces nos sorprenderá ver cuán diferente es su juicio de lo que nosotros podemos entender aquí. Sea para siempre alabado. Amén.