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Santa Teresa de Jesús / Las Moradas

Sexta Morada.
Capítulo 9.

Sobre este capítulo

Teresa invita a acoger con prudencia las visiones y a reconocer su valor en una humildad mayor y una vida más virtuosa. Aconseja no buscarlas ni elegir por cuenta propia el camino espiritual: lo esencial es confiar en Dios y servirlo por amor, sin exigir recompensa.

Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.

Texto adaptado

Sexta Morada

Capítulo 9 | Texto adaptado

Ahora hablemos de las visiones imaginarias. Dicen que en ellas el demonio puede intervenir más que en las anteriores, y así debe de ser. Pero cuando vienen de nuestro Señor, de algún modo me parecen más provechosas, porque se adaptan mejor a nuestra naturaleza. Exceptúo las que el Señor da a entender en la última morada, porque ninguna puede compararse con ellas.

Veamos ahora cómo está este Señor, como les dije en el capítulo pasado. Es como si tuviéramos una piedra preciosa de grandísimo valor y grandes virtudes dentro de una pieza de oro. Sabemos con toda certeza que está allí, aunque nunca la hayamos visto. Y, si la llevamos con nosotras, sus virtudes no dejan de beneficiarnos.

Aunque nunca la hemos visto, no por eso dejamos de apreciarla, porque sabemos por experiencia que nos ha sanado de algunas enfermedades para las que es apropiada. Pero no nos atrevemos a mirarla ni a abrir el relicario, y tampoco podemos hacerlo, porque solo el dueño de la joya sabe cómo abrirlo. Aunque nos la prestó para que nos beneficiáramos de ella, él se quedó con la llave. Como la joya es suya, la abrirá cuando quiera mostrárnosla y también se la llevará cuando le parezca, como en efecto hace.

Supongamos ahora que alguna vez quiere abrirla de repente, para hacerle bien a quien se la ha prestado. Después, al recordar el admirable resplandor de la piedra, sentirá un gozo mucho mayor, y su imagen quedará aún más grabada en su memoria.

Pues así sucede aquí. Cuando nuestro Señor quiere favorecer más a esta alma, le muestra claramente su sacratísima Humanidad de la manera que Él quiere: como vivía en el mundo o después de resucitado. Y aunque sucede con tanta rapidez que podría compararse con un relámpago, esta imagen gloriosísima queda tan grabada en la imaginación que me parece imposible que se borre, hasta que pueda verla donde la gozará para siempre.

Aunque digo «imagen», no quiero decir que parezca una pintura, sino algo verdaderamente vivo. Algunas veces incluso habla con el alma y le muestra grandes secretos.

Pero deben entender que, aunque esta visión dure algún tiempo, no se puede mantener la mirada en ella más de lo que se puede mirar fijamente al sol. Por eso pasa siempre muy rápido. No es que su resplandor lastime la vista interior, como el sol lastima los ojos, porque es con esa vista interior con la que se ve todo esto.

De lo que pudiera verse con los ojos del cuerpo no sabría decir nada, porque la persona de quien puedo hablar con tanto detalle nunca pasó por eso. Y de lo que no se tiene experiencia, difícilmente se puede dar una explicación segura.

Su resplandor es como una luz que viene de dentro, como la de un sol cubierto por algo tan fino y transparente como un diamante, si fuera posible trabajarlo de esa manera. Su vestidura parece hecha de una tela finísima. Y casi siempre que Dios concede esta gracia al alma, esta queda en arrobamiento, porque su pequeñez no puede soportar una visión tan sobrecogedora.

Digo sobrecogedora porque, aunque es la visión más hermosa y llena de deleite que una persona podría imaginar, aunque viviera mil años y se esforzara en pensarlo, supera por completo todo lo que cabe en nuestra imaginación y entendimiento. Su presencia tiene una majestad tan grande que llena al alma de asombro y temor.

Aquí no hace falta preguntar cómo sabe el alma quién es, aunque nadie se lo haya dicho, porque se da a conocer claramente como Señor del cielo y de la tierra. No sucede así con los reyes de este mundo, que por sí solos podrían pasar inadvertidos si no fueran acompañados de su séquito o alguien dijera quiénes son.

¡Oh Señor, qué poco te conocemos los cristianos! ¿Qué será aquel día cuando vengas a juzgarnos, si ahora, cuando vienes con tanta cercanía a tratar con tu esposa, mirarte ya causa tanto temor? ¡Oh hijas! ¿Qué será cuando diga con voz tan rigurosa: «Váyanse, malditos de mi Padre»?

Guardemos esto en la memoria, porque recordar esta gracia que Dios hace al alma puede hacernos mucho bien. San Jerónimo, aun siendo santo, nunca apartaba de su memoria aquel día. Así, no nos parecerá demasiado todo lo que podamos padecer aquí por la exigencia de la vida religiosa que llevamos, pues, por mucho que dure, no es más que un momento comparado con aquella eternidad.

Yo les digo de verdad que, aun siendo tan poca cosa como soy, nunca he tenido un miedo a los tormentos del infierno comparable al que sentía cuando pensaba que los condenados tendrían que ver enojados esos ojos tan hermosos, mansos y bondadosos del Señor. Me parece que mi corazón no podía soportarlo. Así ha sido toda mi vida.

¡Cuánto más lo temerá la persona a quien el Señor se le ha mostrado de esta manera! Es tan fuerte lo que siente que la deja sin sentir nada más. Esta debe ser la causa de que quede como suspendida: el Señor ayuda así a su debilidad, para que pueda unirse a su grandeza en esta comunicación tan elevada con Dios.

Cuando el alma pueda estar mirando a este Señor por mucho tiempo y con calma, no creo que sea una visión, sino una consideración muy intensa en la que la imaginación forma alguna figura. Comparada con la verdadera visión, será como una cosa muerta.

Esto les sucede a algunas personas, y sé que es verdad porque muchas me lo han contado, no solo tres o cuatro. Tienen una imaginación tan débil, o un entendimiento tan activo, o no sé qué será, que se absorben tanto en lo que imaginan que todo lo que piensan les parece verlo claramente. Pero si hubieran visto una verdadera visión, reconocerían el engaño sin ninguna duda, porque ellas mismas van formando con la imaginación lo que ven. Después, esto no produce ningún efecto y quedan frías, mucho más que si vieran una imagen religiosa.

Es fácil darse cuenta de que eso no merece atención, y por eso se olvida mucho más rápido que un sueño.

En lo que estamos tratando sucede todo lo contrario. El alma está muy lejos de pensar que va a ver algo, ni siquiera se le pasa por la mente, y de repente se le presenta muy cerca. Esto sacude todas sus facultades y sentidos con gran temor y conmoción, para dejarlos enseguida en aquella dichosa paz.

Así como cuando San Pablo fue derribado hubo aquella conmoción y alboroto en el cielo, también aquí, en este mundo interior, se produce un gran movimiento. Y en un instante, como he dicho, todo queda en calma. El alma queda instruida en verdades tan grandes que ya no necesita otro maestro, porque la verdadera Sabiduría, sin esfuerzo de su parte, la ha sacado de su torpeza.

Durante algún tiempo, el alma queda con la certeza de que esta gracia viene de Dios. Por más que le dijeran lo contrario, en ese momento no podrían hacerla temer que se trata de un engaño.

Después, cuando el confesor le plantea dudas, Dios permite que el alma vacile y piense que, por sus pecados, podría haberse engañado. Pero no llega a creerlo de verdad. Es como dije antes acerca de las tentaciones contra la fe: el demonio puede inquietar al alma, pero no hacer que deje de mantenerse firme. Al contrario, cuanto más la combate, más segura queda de que el demonio no podría dejar en ella tantos bienes. Y así es, porque no tiene tanto poder en lo más profundo del alma. Podrá representar algo parecido, pero no con esta verdad, esta majestad ni estos efectos.

Como los confesores no pueden ver lo que sucede en el alma y, quizá, la persona a quien Dios concede esta gracia tampoco sabe explicarlo bien, sienten temor, y con mucha razón.

Por eso es necesario proceder con cuidado y esperar a ver los frutos que producen estas apariciones. Poco a poco hay que observar si dejan al alma con mayor humildad y más firme en la virtud. Porque, si vienen del demonio, pronto dará señales y se descubrirá en muchas mentiras.

Si el confesor tiene experiencia y ha pasado por estas cosas, necesitará poco tiempo para entenderlo, porque por lo que le cuenten verá enseguida si viene de Dios, de la imaginación o del demonio. Y, sobre todo, si Su Majestad le ha dado el don de discernir los espíritus, y además tiene buena formación, aunque no tenga experiencia, lo reconocerá muy bien.

Lo que sí es muy necesario, hermanas, es que sean completamente sinceras y claras con el confesor. No me refiero a confesar los pecados, porque eso se da por entendido, sino a contarle lo que sucede en la oración. Si no hay esta sinceridad, no puedo asegurar que vayan por buen camino ni que sea Dios quien las enseña. A Él le agrada que tratemos con toda verdad y claridad a quien ocupa su lugar, como lo haríamos con nosotras mismas, procurando que conozca todos nuestros pensamientos y, con mayor razón, nuestras acciones, por pequeñas que sean.

Y con esto no anden turbadas ni inquietas. Aunque no viniera de Dios, si tienen humildad y buena conciencia, no les hará daño. Su Majestad sabe sacar bienes de los males, y por el mismo camino por el que el demonio quería hacerlas perder, terminarán ganando más.

Pensando que Dios les concede gracias tan grandes, se esforzarán más por agradarle y por tener siempre presente su imagen. Como decía un gran teólogo, el demonio es un gran pintor, y si llegara a mostrar con gran realismo una imagen del Señor, no le molestaría aprovecharla para avivar la devoción y hacerle la guerra al demonio con sus propias armas. Porque, aunque el pintor sea muy malo, no por eso debemos dejar de venerar la imagen que pinta, si representa a nuestro Bien.

A este teólogo le parecía muy mal el consejo que algunos dan de hacer un gesto de desprecio cuando se presenta una visión así. Decía que, dondequiera que veamos representado a nuestro Rey, debemos mostrarle reverencia. Y veo que tiene razón, porque incluso entre nosotros se sentiría como una ofensa: si alguien supiera que una persona a la que quiere está haciendo gestos de desprecio ante su retrato, no le agradaría.

Pues con mayor razón debemos mostrar siempre respeto cuando veamos un crucifijo o cualquier imagen de nuestro Emperador. Aunque ya he escrito esto en otra parte, quise ponerlo también aquí porque vi sufrir mucho a una persona a quien le habían mandado usar este método.

No sé quién inventó ese remedio de hacer un gesto de desprecio ante la imagen del Señor que aparece en una visión. Es algo muy duro para una persona que siente que debe obedecer a su confesor, especialmente si piensa que se perderá si no sigue su consejo. Mi recomendación es que, aunque el confesor se lo indique, le expliquen con humildad estas razones y no usen ese remedio. Me parecieron muy buenas las razones que me dio quien habló conmigo de este asunto.

Una gran ganancia recibe el alma de esta gracia del Señor: cuando piensa en Él, en su vida o en su Pasión, recuerda su rostro tan manso y hermoso, y esto le da un grandísimo consuelo. Es como nos sucedería aquí si hubiéramos visto personalmente a alguien que nos ha hecho mucho bien, en vez de no haberlo conocido nunca. Yo les digo que este recuerdo tan agradable trae mucho consuelo y provecho.

Esta gracia trae muchos otros bienes. Pero como ya he hablado bastante de los efectos que producen estas cosas y todavía tendré que decir más, no quiero cansarme ni cansarlas. Solo quiero advertirles algo con mucha insistencia: cuando sepan o escuchen que Dios concede estas gracias a algunas almas, jamás le supliquen ni deseen que las lleve por este camino.

Aunque les parezca algo muy bueno, digno de gran estima y reverencia, no conviene desearlo por varias razones.

La primera es que querer recibir algo que nunca hemos merecido es falta de humildad. Por eso creo que quien lo desea no tiene mucha humildad. Así como un humilde campesino está muy lejos de desear ser rey, porque sabe que no le corresponde, también la persona humilde está lejos de desear cosas semejantes. Y creo que estas gracias nunca se conceden sin que antes el Señor dé un profundo conocimiento de uno mismo. Pues ¿cómo va a reconocer de verdad que Dios ya le hace una gran gracia con no dejarla caer en el infierno, si anda deseando gracias tan extraordinarias?

La segunda razón es que quien las desea está muy expuesto al engaño. Al demonio le basta encontrar una pequeña puerta abierta para hacernos caer en mil engaños.

La tercera es que la misma imaginación puede intervenir cuando el deseo es muy grande. La persona puede llegar a creer que ve y oye aquello que tanto desea. Es como quien pasa todo el día deseando algo y pensando mucho en ello, y después termina soñándolo.

La cuarta razón es que sería un gran atrevimiento querer escoger yo misma el camino, sin saber cuál me conviene más. Lo mejor es dejar que el Señor, que me conoce, me lleve por el camino que más me conviene, para que en todo se haga su voluntad.

La quinta: ¿creen que son pocos los sufrimientos de quienes reciben estas gracias del Señor? No, son grandísimos y de muchas clases. ¿Cómo saben si podrían soportarlos?

La sexta: puede suceder que, buscando ganar con estas gracias, terminen perdiendo, como le sucedió a Saúl al llegar a ser rey.

En fin, hermanas, además de estas razones hay otras. Créanme: lo más seguro es no querer otra cosa que lo que Dios quiera, porque Él nos conoce mejor que nosotras mismas y nos ama. Pongámonos en sus manos para que se haga su voluntad en nosotras. Si permanecemos firmemente en esto, no podemos equivocarnos.

Y deben tener en cuenta que recibir muchas de estas gracias no significa merecer más gloria. Al contrario, quien recibe más queda también más obligada a servir a Dios, porque ha recibido más de Él.

En cuanto al mérito, el Señor no nos quita la oportunidad de alcanzarlo, porque eso sí está en nuestras manos. Por eso hay muchas personas santas que jamás supieron lo que era recibir una sola de estas gracias, y otras que sí las reciben y no son santas.

Y no piensen que estas gracias son continuas. Al contrario, por cada vez que el Señor concede una, vienen también muchísimos trabajos. Por eso el alma no está pensando en si volverá a recibirlas, sino en cómo corresponder al Señor por ellas.

Es verdad que deben de ser una grandísima ayuda para alcanzar las virtudes en mayor perfección. Pero quien llegue a tener esas virtudes después de haberlas adquirido con su propio esfuerzo, tendrá mucho más mérito.

Yo sé de una persona a quien el Señor había concedido algunas de estas gracias, y también de otras dos, una de ellas un hombre, que deseaban tanto servir a Su Majestad a su propia costa, sin recibir estos grandes consuelos, y tenían tantos deseos de padecer, que se quejaban al Señor porque se los daba. Si hubieran podido evitar recibirlos, lo habrían hecho.

Cuando digo consuelos, no me refiero a estas visiones, porque en ellas el alma reconoce el gran provecho que recibe y sabe que son muy dignas de estima. Me refiero a los consuelos que el Señor da en la contemplación.

Es verdad que, a mi parecer, estos deseos también son sobrenaturales y propios de almas muy enamoradas de Dios. Quieren que el Señor vea que no lo sirven esperando una recompensa. Por eso, como he dicho, nunca piensan en la gloria que recibirán para animarse a servirlo más. Solo quieren agradar al amor, porque el amor, por su propia naturaleza, siempre busca mil maneras de hacerlo.

Si pudiera, el alma buscaría todas las maneras posibles de consumirse en ese amor. Y si para mayor honra de Dios fuera necesario quedar para siempre reducida a nada, lo haría de muy buena gana.

Sea alabado para siempre, amén, porque al dignarse comunicarse con criaturas tan miserables, quiere mostrar su grandeza.