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Santa Teresa de Jesús / Las Moradas

Sexta Morada.
Capítulo 10.

Sobre este capítulo

Teresa entiende la humildad como vivir en la verdad ante Dios y los demás, reconociendo lo recibido y mostrándonos como somos. La paciencia de Dios invita también a perdonar las ofensas y amar a quienes nos hieren, imitando el amor que Él mantiene hacia nosotros.

Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.
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Texto adaptado

Sexta Morada

Capítulo 10 | Texto adaptado

El Señor se comunica al alma de muchas maneras mediante estas apariciones: unas veces, cuando está afligida; otras, cuando está por venirle una dificultad grande; y otras, porque Su Majestad quiere gozar de su compañía y darle consuelo.

No hace falta detallar más cada caso, pues mi intención es dar a conocer las distintas formas que hay en este camino, hasta donde yo las entienda, para que ustedes, hermanas, sepan cómo son y qué efectos dejan. Así no tomarán cualquier cosa que imaginen por una visión y, cuando de verdad lo sea, sabrán que puede suceder y no se inquietarán ni se afligirán. El demonio gana mucho al ver a un alma afligida e inquieta, porque sabe que eso le impide entregarse por completo a amar y alabar a Dios.

Su Majestad también se comunica de otras maneras mucho más elevadas y menos peligrosas, pues creo que el demonio no puede imitarlas. Por ser algo muy oculto, es difícil hablar de ellas; las visiones imaginarias, en cambio, se pueden explicar mejor.

A veces, cuando el Señor quiere, el alma está en oración y plenamente consciente de cuanto la rodea, y de pronto queda suspendida. Entonces el Señor le da a conocer grandes secretos, que le parece ver en Dios mismo. No se trata de visiones de la sacratísima Humanidad de Cristo. Y aunque digo que los «ve», en realidad no ve nada: no es una visión imaginaria, sino intelectual. En ella se le revela cómo en Dios se ven todas las cosas y cómo Él las tiene todas en sí mismo.

Esto le hace mucho bien al alma porque, aunque sucede en un instante, queda profundamente grabado en ella y le causa una gran confusión. Comprende con más claridad la maldad de ofender a Dios, pues es en Dios mismo, es decir, estando dentro de Él, donde cometemos grandes maldades.

Quiero ponerles una comparación, si logro acertar con ella, para que lo entiendan. Aunque esto es así y lo oímos muchas veces, quizá no nos detenemos a pensarlo o no queremos entenderlo. Porque, si de verdad comprendiéramos lo que significa, no parece posible que nos atreviéramos a obrar así.

Imaginemos que Dios es una morada o un palacio muy grande y hermoso, y que ese palacio es Dios mismo. ¿Puede el pecador salir de ese palacio para cometer sus maldades? Ciertamente no. Las abominaciones, las deshonestidades y las maldades que cometemos los pecadores ocurren dentro de ese mismo palacio, que es Dios mismo.

¡Qué cosa tan sobrecogedora y digna de meditar! Y qué provechoso sería para quienes sabemos tan poco comprender de una vez estas verdades: si las entendiéramos, no podríamos atrevernos a tanto desatino. Consideremos, hermanas, la gran misericordia y paciencia de Dios, que no nos hunde allí mismo en castigo, y démosle muchísimas gracias. Sintamos vergüenza de ofendernos por algo que hagan o digan contra nosotras. Dios, nuestro Creador, soporta tantas maldades de sus criaturas dentro de sí mismo, mientras que nosotras a veces nos sentimos heridas por una palabra dicha en nuestra ausencia, quizá sin mala intención.

¡Qué miseria la nuestra! Hijas, ¿cuándo empezaremos a imitar, aunque sea un poco, a este gran Dios? No pensemos que hacemos gran cosa por soportar las ofensas. Pasemos de buena gana por todo y amemos a quienes nos ofenden, pues este gran Dios no ha dejado de amarnos, aunque lo hayamos ofendido mucho. Por eso tiene toda la razón al querer que todos perdonen las ofensas que les hagan.

Les digo, hijas, que, aunque esta visión pasa en un instante, es una gran gracia que nuestro Señor concede a quien la recibe, si procura aprovecharla teniéndola presente con frecuencia.

También sucede que, de pronto y de una manera que no se puede explicar, Dios muestra en sí mismo una verdad que parece dejar en la sombra todas las verdades que hay en las criaturas. Entonces se comprende con toda claridad que solo Él es la Verdad y que no puede mentir. Así se entiende bien lo que dice David en un salmo: que todo hombre es mentiroso. Nunca se comprendería de ese modo, aunque se oyera muchas veces.

Él es la Verdad que no puede faltar. Recuerdo cuánto le preguntó Pilato a nuestro Señor, durante su Pasión, qué era la verdad, y qué poco comprendemos aquí de esta suprema Verdad.

Quisiera poder explicar mejor esto, pero no encuentro cómo expresarlo. Saquemos de aquí, hermanas, que, para parecernos en algo a nuestro Dios y Esposo, debemos procurar siempre vivir en la verdad.

No me refiero solo a no mentir. En eso, gracias a Dios, ya veo que en estas casas tienen mucho cuidado de no hacerlo por ningún motivo. Me refiero a vivir en la verdad ante Dios y ante los demás, de todas las maneras que podamos. En especial, no queramos que nos consideren mejores de lo que somos. En nuestras obras, reconozcamos lo que corresponde a Dios y lo que nos corresponde a nosotras, y procuremos buscar la verdad en todo. Así daremos poca importancia a este mundo, que es todo mentira y falsedad y, como tal, no puede durar.

Una vez estaba pensando por qué nuestro Señor ama tanto la humildad, y de pronto, sin que yo lo buscara, me vino esta idea: Dios es la suma Verdad, y la humildad es vivir en la verdad. Y es una gran verdad que no tenemos nada bueno que venga de nosotras mismas; por nosotras mismas, solo tenemos miseria y no somos nada. Quien no entiende esto vive en la mentira.

Cuanto más lo entiende una persona, más agrada a la suma Verdad, porque vive en ella. Dios quiera, hermanas, concedernos la gracia de no perder nunca este conocimiento de nosotras mismas. Amén.

Nuestro Señor concede estas gracias al alma porque, como a una verdadera esposa, que ya está decidida a hacer su voluntad en todo, quiere darle a conocer algo de lo que desea de ella y de sus grandezas.

No hace falta decir más. He hablado de estas dos cosas porque me parecen de gran provecho. Ante experiencias como estas no hay que temer, sino alabar al Señor por concederlas. A mi parecer, ni el demonio ni la propia imaginación tienen aquí mucho lugar; por eso el alma queda con gran certeza.