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Santa Teresa de Jesús / Las Moradas

Sexta Morada.
Capítulo 11.

Sobre este capítulo

Teresa describe un anhelo de Dios tan intenso que se convierte en una profunda prueba interior. El consuelo recibido devuelve fuerzas para vivir según su voluntad; de esta experiencia quedan mayor desprendimiento, valor ante las dificultades y cuidado de no apartarse de Él.

Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.
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Texto adaptado

Sexta Morada

Capítulo 11 | Texto Adaptado

¿Habrán sido suficientes todos estos favores del Esposo para que el alma esté satisfecha? ¿Se habrá posado ya esa palomita o mariposa en el lugar donde ha de morir? No piensen que la he olvidado.

No. El alma sigue sin estar satisfecha y sufre todavía más.

Aunque lleve muchos años recibiendo estos favores, siempre se lamenta y anda llorosa, porque cada uno de ellos le deja un dolor mayor.

La causa es que va conociendo más y más las grandezas de su Dios, pero se ve tan lejos de gozar de Él que su deseo crece mucho más. También crece su amor, a medida que descubre cuánto merece ser amado este gran Dios y Señor. Con los años, ese deseo va creciendo poco a poco, hasta causarle una pena tan grande como la que ahora describiré.

He dicho «años» por lo que le ha pasado a la persona de la que he hablado aquí. Pero bien entiendo que a Dios no hay que ponerle límites. En un momento puede llevar a un alma a lo más elevado que aquí se describe.

Su Majestad tiene poder para hacer todo lo que quiera, y grandes deseos de hacer mucho por nosotros.

Estas ansias, lágrimas, suspiros y grandes impulsos de los que he hablado parecen proceder de nuestro amor y se sienten con gran intensidad. Pero todo eso no es nada en comparación con lo que ahora diré. Es como un fuego que está humeando y se puede soportar, aunque con pena.

Mientras el alma anda así, abrasándose en sí misma, muchas veces basta un pensamiento muy breve o una palabra que oye sobre lo que tarda en llegar la muerte para que le venga un golpe de otra parte. No se entiende de dónde ni cómo. Es como si le llegara una flecha de fuego.

No digo que sea una flecha, pero, sea lo que sea, se ve claro que no puede proceder de nuestra naturaleza. Tampoco es un golpe, aunque lo llame así, pero hiere de manera muy aguda.

Y, a mi parecer, no hiere donde sentimos las penas de aquí, sino en lo más hondo e íntimo del alma.

Allí, este rayo que pasa de repente reduce a polvo todo lo terrenal que encuentra en nuestra naturaleza. Mientras dura, es imposible recordar nada de nuestro Señor, porque en un instante ata las facultades del alma. No les queda libertad para nada, salvo para lo que ha de aumentar este dolor.

No quisiera que esto pareciera una exageración, porque verdaderamente voy viendo que me quedo corta: no se puede expresar. Es un arrobamiento de los sentidos y de las facultades del alma, que solo pueden ayudar a sentir esta aflicción, como he dicho.

Porque el entendimiento está muy despierto para comprender la razón del dolor que siente el alma al estar lejos de Dios. Y Su Majestad ayuda dándole en ese momento un conocimiento tan vivo de sí mismo que la pena crece hasta hacer que la persona dé grandes gritos.

Aunque sea una persona que soporta el sufrimiento y está acostumbrada a padecer grandes dolores, en ese momento no puede hacer otra cosa. Porque este dolor no está en el cuerpo, como ya he dicho, sino en lo interior del alma.

Por esto, aquella persona comprendió cuánto más intensos son los sufrimientos del alma que los del cuerpo. Y le pareció que así son los sufrimientos del purgatorio: no tener cuerpo no impide que las almas padezcan mucho más que todos los que sufren aquí teniéndolo.

Yo vi a una persona en este estado y verdaderamente pensé que se moría. No era de extrañar, porque ciertamente hay un gran peligro de muerte.

Así, aunque dure poco, deja las articulaciones del cuerpo muy desencajadas. En ese momento, el pulso es tan débil que parece que la persona está a punto de entregar el alma a Dios, y realmente es así. Porque le falta el calor natural y se abrasa de tal manera que, con un poquito más, Dios habría cumplido sus deseos.

No es que en ese momento sienta dolor en el cuerpo, aunque sus articulaciones quedan desencajadas, como he dicho. Después queda dos o tres días con grandes dolores y sin fuerzas siquiera para escribir. Y me parece que siempre le queda el cuerpo más débil que antes.

La causa de que no sienta ese dolor debe ser que el sufrimiento interior del alma es mucho mayor, y por eso no presta ninguna atención al del cuerpo. Es como cuando tenemos un dolor muy agudo en una parte: aunque haya otros muchos, apenas los sentimos. Esto lo he comprobado muy bien. Pero en este caso no siente ningún dolor corporal, y creo que no lo sentiría ni aunque la hicieran pedazos.

Ustedes me dirán que esto es una imperfección; que por qué no se conforma con la voluntad de Dios, si está tan entregada a Él. Hasta ahora podía hacerlo, y así pasaba la vida. Ahora no, porque su razón está en tal estado que no puede dominarla ni pensar en otra cosa que en el motivo de su pena. Está lejos de su bien, así que ¿para qué quiere vivir?

Siente una soledad extraña, porque ninguna criatura de toda la tierra le hace compañía. Ni creo que se la hicieran los del cielo, salvo aquel a quien ama. Al contrario, todo la atormenta.

Se ve como una persona colgada, que no encuentra dónde apoyarse en la tierra ni puede subir al cielo. Está abrasada por esta sed y no puede llegar al agua. Y no es una sed que pueda soportar: ha llegado a tal extremo que solo puede calmarse con el agua de la que nuestro Señor habló a la samaritana. Tampoco quiere que se le quite con otra, pero esa agua no se la dan.

¡Oh, válgame Dios! ¡Señor, cuánto haces sufrir a quienes te aman! Pero todo es poco en comparación con lo que les das después.

Es justo que lo mucho cueste mucho. Además, si este sufrimiento es para purificar al alma antes de entrar en la séptima morada, como se purifican en el purgatorio quienes han de entrar en el cielo, es tan poco lo que padece como una gota de agua en el mar.

Además, aun en medio de todo este tormento y aflicción, el alma siente que esta pena tiene tanto valor que entiende muy bien que no podía merecerla. A mi parecer, no hay sufrimiento mayor en toda la tierra. Aquella persona había pasado por muchos, tanto corporales como espirituales, pero todos le parecen nada en comparación con este.

Saber esto no le alivia en nada la pena. Aun así, la sufre de muy buena gana y la sufriría toda su vida, si Dios así lo quisiera. Aunque no sería morir de una vez, sino estar siempre muriendo, y verdaderamente no es menos que eso.

Pues consideremos, hermanas, a quienes están en el infierno. Ellos no aceptan su sufrimiento de esta manera, ni tienen esta alegría y este gozo que Dios pone en el alma, ni ven que su padecer les traiga algún provecho. Al contrario, siempre padecen más y más. Digo «más y más» en cuanto a las penas que se añaden a su tormento.

El tormento del alma es mucho más intenso que el del cuerpo. Y los tormentos que ellos padecen son, sin comparación, mayores que este del que hemos hablado. Además, saben que durarán para siempre. ¿Qué será de estas desventuradas almas? ¿Y qué podríamos hacer o padecer en una vida tan corta que no fuera poca cosa con tal de librarnos de tormentos tan terribles y eternos?

Yo les digo que, si no se pasa por ello, será imposible dar a entender lo intenso que es el sufrimiento del alma y lo diferente que es del sufrimiento del cuerpo. El mismo Señor quiere que lo entendamos, para que reconozcamos mejor lo mucho que le debemos por habernos llevado a un estado en el que, por su misericordia, tenemos la esperanza de que nos librará y perdonará nuestros pecados.

Pues volvamos a lo que tratábamos, porque dejamos a esta alma con mucha pena. Esta intensidad le dura poco: a mi parecer, tres o cuatro horas como máximo. Porque, si durara mucho, nuestras fuerzas naturales no podrían soportarlo, salvo por un milagro.

Ha sucedido que dure solo un cuarto de hora y la deje hecha pedazos. Es verdad que aquella vez perdió por completo el sentido, por la intensidad con que le vino esta pena. Estaba conversando el último día de la Pascua de Resurrección y había pasado toda la Pascua con tanta sequedad que casi no se daba cuenta de que era Pascua. Bastó que oyera una palabra sobre que la vida no se acababa.

¡Y pensar que se puede resistir! Sería como estar metida en un fuego y querer que la llama no tuviera calor para quemarla.

No es un sufrimiento que pueda disimular sin que las que están presentes se den cuenta del gran peligro en que está, aunque no pueden ser testigos de lo que ocurre en su interior. Es verdad que le hacen algo de compañía, como si fueran sombras, y así le parecen todas las cosas de la tierra.

Y para que vean que también puede intervenir aquí nuestra debilidad natural, si alguna vez se encuentran en este estado, les diré lo que sucede a veces. El alma, como han visto, se muere por morir. Pero a veces, cuando la pena aprieta tanto que parece que ya casi está por salir del cuerpo, siente verdadero temor y quisiera que la pena aflojara para no acabar de morir.

Se entiende bien que este temor nace de la debilidad natural. Por otra parte, su deseo de morir no desaparece, y esta pena no puede quitarse hasta que el mismo Señor la quita. Casi siempre lo hace con un gran arrobamiento o alguna visión, en los que el verdadero Consolador la consuela y fortalece, para que quiera vivir todo el tiempo que Él disponga.

Esto es penoso, pero produce grandísimos efectos en el alma y le hace perder el miedo a las dificultades que puedan venirle. Porque, en comparación con el sufrimiento tan intenso que sintió en su interior, le parecen nada.

Es tanto el provecho que recibe que querría padecerlo muchas veces. Pero no puede conseguirlo de ninguna manera. No hay modo de volver a sentirlo hasta que el Señor quiera, como tampoco lo hay para resistirlo ni quitarlo cuando le viene.

Queda con mucho mayor desprecio por el mundo que antes, porque ve que nada de él le sirvió en aquel tormento. También queda mucho menos apegada a las criaturas, porque ya ve que solo el Creador puede consolar y saciar su alma. Y tiene más temor de ofenderlo y más cuidado de no hacerlo, porque ve que Él puede tanto atormentar como consolar.

Me parece que en este camino espiritual hay dos cosas que ponen en peligro la vida. Una es esta, que verdaderamente supone un peligro de muerte, y no pequeño. La otra es un gozo y deleite tan excesivos que parece que el alma desfallece y le falta muy poco para salir del cuerpo. En verdad, sería una gran dicha para ella.

Aquí verán, hermanas, si he tenido razón al decir que hace falta valor. Y tendrá razón el Señor, cuando le pidan estas cosas, en preguntarles lo mismo que a los hijos de Zebedeo: si podrían beber el cáliz.

Creo, hermanas, que todas responderemos que sí, y con mucha razón. Porque Su Majestad da fuerzas a quien ve que las necesita, protege en todo a estas almas y las defiende ante las persecuciones y murmuraciones, como hacía con la Magdalena. Aunque no lo haga con palabras, lo hace con obras. Y, en fin, antes de que mueran, se lo paga todo junto, como ahora verán. Sea por siempre bendito y que todas las criaturas lo alaben. Amén.