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Santa Teresa de Jesús / Las Moradas

Séptima Morada.
Capítulo 1.

Sobre este capítulo

Teresa describe la compañía de la Trinidad en lo más profundo del alma como una presencia que da confianza y sostiene la vida cotidiana. Esa quietud interior puede permanecer entre trabajos y ocupaciones, haciendo al alma más dispuesta a servir a Dios y cuidar su relación con Él.

Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.
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Texto adaptado

Séptima Morada

Capítulo 1 | Texto Adaptado

Les parecerá, hermanas, que se ha dicho tanto sobre este camino espiritual que no es posible que quede nada por decir. Sería un gran disparate pensar esto, pues la grandeza de Dios no tiene límite, y tampoco lo tendrán sus obras. ¿Quién acabará de contar sus misericordias y grandezas? Es imposible. Así que no se asombren de lo que se ha dicho y de lo que se diga, porque es una pequeña parte de lo que hay que contar de Dios.

Nos hace una gran misericordia al haber comunicado estas cosas a alguien, de modo que podamos conocerlas. Así, cuanto más sepamos que se comunica con las criaturas, más alabaremos su grandeza y nos esforzaremos por no menospreciar las almas con las que tanto se deleita el Señor. Cada una de nosotras tiene un alma, pero, como no la valoramos como merece una criatura hecha a imagen de Dios, tampoco entendemos los grandes secretos que hay en ella.

Quiera Su Majestad, si así lo desea, mover la pluma y darme a entender cómo decirles algo de lo mucho que hay que decir y que Dios hace comprender a quienes lleva a esta morada.

Se lo he suplicado mucho a Su Majestad, pues sabe que mi intención es que no estén ocultas sus misericordias, para que su nombre sea más alabado y glorificado.

Tengo esperanza de que, no por mí, sino por nosotras, hermanas, me conceda este favor. Así podrán entender lo importante que es que no sea por ustedes que su Esposo deje de celebrar este matrimonio espiritual con sus almas, pues trae consigo tantos bienes como verán.

¡Oh, gran Dios! Parece que una criatura tan miserable como yo tiembla al hablar de algo que está tan lejos de merecer entender. Y es verdad que me he sentido muy confundida pensando si será mejor terminar esta morada con pocas palabras. Porque me parece que van a pensar que lo sé por experiencia, y eso me da muchísima vergüenza, pues, sabiendo cómo soy, me resulta terrible.

Por otra parte, me ha parecido que es tentación y debilidad, por más que ustedes hagan juicios como estos. Que Dios sea alabado y comprendido un poquito más, aunque todo el mundo me grite. Además, quizá yo ya esté muerta cuando esto llegue a leerse. Sea bendito el que vive y vivirá para siempre, amén.

Cuando nuestro Señor quiere compadecerse de lo que esta alma sufre y ha sufrido por desearlo, a ella, que ya ha tomado espiritualmente por esposa, la lleva a su morada antes de que se consume el matrimonio espiritual. Esta es la séptima morada. Porque, así como tiene su morada en el cielo, debe tener en el alma un lugar donde solo Su Majestad habita, otro cielo, por decirlo así.

Porque nos importa mucho, hermanas, que no pensemos que el alma es algo oscuro. Como no la vemos, lo más común debe ser que nos parezca que no hay otra luz interior que esta que vemos, y que dentro de nuestra alma hay oscuridad.

En cuanto al alma que no está en gracia, les confieso que sí está en oscuridad. Y no porque le falte el Sol de Justicia, que está en ella dándole el ser, sino porque ella no es capaz de recibir la luz. Como creo que dije en la primera morada, una persona había comprendido que estas pobres almas están como en una cárcel oscura, atadas de pies y manos, sin poder hacer ningún bien que les permita alcanzar méritos, ciegas y mudas.

Con razón podemos compadecernos de ellas y recordar que en algún momento nos vimos así, y que el Señor también puede tener misericordia de ellas.

Tengamos, hermanas, especial cuidado de suplicárselo y no nos descuidemos, porque rogar por los que están en pecado mortal es una grandísima limosna. Mucho mayor que ayudar a un cristiano que viéramos con las manos atadas detrás de la espalda con una fuerte cadena, amarrado a un poste y muriendo de hambre. Y no porque le falte comida, pues tiene a su lado alimentos exquisitos, sino porque no puede tomarlos para llevárselos a la boca. Además, siente un gran rechazo por la comida y ve que está a punto de morir, y no de una muerte como la de aquí, sino eterna.

¿No sería una gran crueldad quedarnos mirándolo sin llevarle comida a la boca? Pues ¿qué sería si, por la oración de ustedes, le quitaran las cadenas? Ya lo ven.

Por amor de Dios les pido que siempre recuerden en sus oraciones a estas almas.

Ahora no hablamos con ellas, sino con las que, por la misericordia de Dios, ya han hecho penitencia por sus pecados y están en gracia. Podemos considerar el alma no como una cosa arrinconada y limitada, sino como un mundo interior, donde caben tantas y tan lindas moradas como han visto. Y es lógico que así sea, pues dentro de esta alma hay una morada para Dios.

Cuando Su Majestad quiere concederle el favor de este matrimonio divino, primero la lleva a su morada. Y quiere que esta entrada sea distinta de las otras veces en que la ha hecho entrar durante los arrobamientos. Yo bien creo que entonces la une consigo, al igual que en la oración de unión de la que ya he hablado. Aunque al alma le parece que se la llama a la parte superior, y no tanto a entrar en su centro, como aquí, en esta morada.

Esto importa poco: sea de una manera o de otra, el Señor la une consigo. Pero lo hace dejándola ciega y muda, como quedó san Pablo en su conversión, sin que pueda percibir cómo o de qué manera recibe ese favor del que goza. Porque el gran deleite que entonces siente el alma viene de verse cerca de Dios. Pero cuando Él la une consigo, no entiende nada, pues todas sus facultades dejan de actuar.

Aquí es de otra manera: nuestro buen Dios quiere ya quitarle las escamas de los ojos para que vea y entienda algo del favor que le hace, aunque de una manera extraña. Una vez dentro de aquella morada, por una visión intelectual, mediante una cierta representación de la verdad, se le muestra la Santísima Trinidad, las tres Personas. Esto sucede con un ardor que primero llega a su espíritu como una nube de grandísima claridad.

Estas Personas se le muestran distintas y, mediante un conocimiento admirable que recibe el alma, entiende con grandísima certeza que las tres Personas son una sustancia, un poder, un saber y un solo Dios. De manera que lo que creemos por fe, allí el alma lo entiende, podemos decir, al verlo. Aunque no lo ve con los ojos del cuerpo, porque no es una visión imaginaria.

Aquí las tres Personas se comunican con el alma, le hablan y le dan a entender aquellas palabras que, según el Evangelio, dijo el Señor: que Él, el Padre y el Espíritu Santo vendrían a habitar en el alma que lo ama y guarda sus mandamientos.

¡Oh, válgame Dios! ¡Qué diferente es oír estas palabras y creerlas, de entender de esta manera cuán verdaderas son! Y cada día esta alma se asombra más, porque le parece que nunca se han apartado de ella. Al contrario, ve claramente, de la manera que ya he dicho, que están en el interior de su alma, en lo muy, muy interior, en un lugar muy profundo que no sabe describir porque no tiene estudios. Siente en sí esta divina compañía.

Les parecerá que, según esto, el alma no estará en sí, sino tan absorta que no podrá ocuparse de nada. Puede ocuparse mucho más que antes de todo lo que sea servicio de Dios y, cuando no tiene ocupaciones, se queda con aquella agradable compañía. Si el alma no le falla a Dios, Él nunca dejará, a mi parecer, de darle a conocer su presencia con tanta claridad. Y tiene gran confianza en que Dios no la abandonará ni dejará que pierda este favor que le ha concedido. Y así se puede pensar, aunque el alma sigue teniendo más cuidado que nunca de no desagradarle en nada.

Hay que entender que el alma no percibe esta presencia tan plenamente, quiero decir, tan claramente, como se le manifiesta la primera vez y algunas otras en que Dios quiere hacerle este regalo. Porque, si así fuera, sería imposible ocuparse de otra cosa, e incluso vivir entre la gente. Pero, aunque no siempre la percibe con una luz tan clara, cada vez que presta atención se encuentra con esta compañía.

Pensemos ahora en una persona que estuviera en una habitación muy iluminada con otras personas, y que cerraran las ventanas y se quedara a oscuras. Aunque ya no tenga luz para verlas y no las vea hasta que vuelva la luz, no deja de saber que están allí. La pregunta es si puede hacer que vuelva la luz para verlas de nuevo cuando lo desee.

Esto no está en sus manos, sino que sucede cuando nuestro Señor quiere que se abra la ventana del entendimiento. Le hace una gran misericordia al no apartarse nunca de ella y querer que lo sepa con tanta certeza.

Parece que aquí la divina Majestad quiere preparar al alma para algo más con esta admirable compañía. Porque está claro que recibirá una gran ayuda para avanzar en todo hacia la perfección y perder el temor que a veces sentía ante los otros favores que Dios le hacía, como ya he dicho.

Y así fue: en todo se encontraba mejor, y le parecía que, por muchos sufrimientos y ocupaciones que tuviera, lo esencial de su alma nunca se movía de aquella habitación. Por eso, en cierto modo, le parecía que había una división en su alma. En medio de los grandes sufrimientos que tuvo poco después de que Dios le concediera este favor, se quejaba de esa parte de su alma, como Marta cuando se quejó de María. A veces le decía que siempre estaba gozando de aquella quietud a su gusto, mientras la dejaba a ella con tantos sufrimientos y ocupaciones que no podía hacerle compañía.

Esto les parecerá, hijas, un disparate, pero verdaderamente sucede así. Aunque se entiende que el alma está toda unida, lo que he dicho no es una fantasía, sino algo muy frecuente.

Por eso decía yo que se ven cosas interiores que permiten entender con certeza que hay, en cierto modo, una diferencia muy clara entre el alma y el espíritu, aunque sean uno solo. Se percibe una división tan delicada que a veces parece que el alma y el espíritu actúan de distinta manera, según el sabor que el Señor quiere darles.

También me parece que el alma es algo distinto de sus facultades y que no son una misma cosa. Hay tantas cosas, y tan delicadas, en el interior, que sería un atrevimiento ponerme yo a explicarlas.

Allá lo veremos, si el Señor nos concede el favor de llevarnos, por su misericordia, adonde podamos entender estos secretos.