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Santa Teresa de Jesús / Las Moradas

Séptima Morada.
Capítulo 2.

Sobre este capítulo

Teresa describe el matrimonio espiritual como una unión con Dios que sostiene la paz en el centro del alma, aun entre sufrimientos y ocupaciones. Esa cercanía no asegura que el alma no pueda caer: la llama a cuidar su relación con Dios, reconocer lo recibido y desear servirle con mayor entrega.

Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.
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Texto adaptado

Séptima Morada

Capítulo 2 | Texto Adaptado

Pues pasemos ahora a tratar del matrimonio divino y espiritual, aunque este gran favor no debe de alcanzar su plenitud mientras vivimos, pues, si nos apartáramos de Dios, perderíamos este bien tan grande.

La primera vez que Dios concede este favor, quiere Su Majestad mostrarse al alma por una visión imaginaria de su santísima Humanidad, para que lo entienda bien y sepa que recibe un don tan grande.

A otras personas se les mostrará de otra forma. A esta de quien hablamos se le apareció el Señor, al acabar de comulgar, con gran resplandor, hermosura y majestad, como después de resucitar. Le dijo que ya era tiempo de que ella tomara las cosas de Él como suyas y que Él cuidaría de las de ella, y otras palabras que son más para sentir que para decir.

Parecerá que esto no era ninguna novedad, pues otras veces se había mostrado el Señor a esta alma de esta manera. Pero esta visión fue tan diferente que la dejó muy desconcertada y asombrada. Primero, por la gran fuerza de la visión; segundo, por las palabras que le dijo; y también porque, en lo interior de su alma, donde se le apareció, no había tenido otras visiones, salvo la anterior.

Entiendan que hay una grandísima diferencia entre todas las visiones anteriores y las de esta morada. Y la diferencia entre el desposorio espiritual y el matrimonio espiritual es tan grande como la que hay entre dos personas comprometidas para casarse y las que ya no se pueden separar.

Ya he dicho que usamos estas comparaciones porque no hay otras más apropiadas. Pero entiendan que aquí el alma no se acuerda del cuerpo, como si no estuviera en él, sino que todo es espíritu. Y en el matrimonio espiritual, mucho menos, porque esta unión secreta ocurre en el centro más interior del alma, que debe ser donde está Dios mismo. Y, a mi parecer, Él no necesita ninguna puerta para entrar.

Digo que no hace falta una puerta porque, en todo lo que se ha dicho hasta aquí, parece que todo ocurre por medio de los sentidos y las facultades del alma. Y así debió de ser también esta aparición de la Humanidad del Señor. Pero lo que sucede en la unión del matrimonio espiritual es muy diferente: el Señor se aparece en este centro del alma mediante una visión que no es imaginaria, sino intelectual, aunque más delicada que las anteriores. Así se apareció a los Apóstoles sin entrar por la puerta, cuando les dijo: «La paz esté con ustedes».

Es tan grande el secreto y tan elevado el favor que Dios comunica allí al alma en un instante, y es tan inmenso el deleite que ella siente, que no sé con qué compararlo. Solo puedo decir que el Señor quiere manifestarle en ese momento la gloria que hay en el cielo, de una manera más elevada que mediante cualquier visión o deleite espiritual.

Solo se puede decir que, hasta donde se puede entender, el alma, o mejor dicho, el espíritu de esta alma, queda hecho una sola cosa con Dios. Como Dios también es espíritu, ha querido Su Majestad mostrar el amor que nos tiene, dando a entender a algunas personas hasta dónde llega ese amor, para que alabemos su grandeza. Porque ha querido unirse de tal manera a su criatura que, así como quienes ya no se pueden separar, Él no quiere separarse de ella.

El desposorio espiritual es diferente, porque muchas veces el alma y Dios se separan. La unión también es distinta, porque, aunque unirse es juntarse dos cosas en una, al fin se pueden separar y quedar cada una por su lado. Como vemos habitualmente, este favor del Señor pasa pronto y después el alma se queda sin aquella compañía, o, mejor dicho, sin percibirla.

En este otro favor del Señor no sucede así, porque el alma permanece siempre con su Dios en aquel centro.

Digamos que la unión es como si dos velas de cera se juntaran tanto que toda su luz fuera una sola, o que la mecha, la luz y la cera fueran una sola cosa. Pero después se puede separar una vela de la otra y quedan dos velas separadas, o se puede separar la mecha de la cera.

Aquí sucede como cuando cae agua del cielo en un río o una fuente: el agua se une de tal manera que ya no se puede distinguir ni separar la del río de la que cayó del cielo. O como cuando un pequeño arroyo desemboca en el mar y ya no hay manera de separar sus aguas. O como si en una habitación hubiera dos ventanas por donde entrara mucha luz: aunque entre por separado, se convierte en una sola luz.

Quizá a esto se refiere san Pablo cuando dice: «El que se acerca y se une a Dios se hace un solo espíritu con Él», hablando de este sublime matrimonio, que supone que Su Majestad ya se ha unido al alma.

Y también dice: «Para mí, vivir es Cristo y morir es ganancia». Así me parece que puede decir aquí el alma, porque es aquí donde la mariposa de la que hemos hablado muere, y con grandísimo gozo, porque su vida es ya Cristo.

Y esto se entiende mejor con el paso del tiempo, por sus efectos. Por unas inspiraciones secretas se comprende claramente que es Dios quien da vida a nuestra alma. Muchas veces son tan vivas que no se puede dudar de ello, porque el alma las siente con toda claridad, aunque no sepa expresarlas. Pero este sentimiento es tan intenso que a veces hace brotar palabras llenas de amor, que parece imposible evitar decir: «¡Oh, vida de mi vida y sustento que me sustentas!», y otras cosas semejantes.

Porque de aquellos pechos divinos, donde parece que Dios está siempre alimentando al alma, salen unos chorros de leche que fortalecen a todos los habitantes del castillo. Parece que el Señor quiere que participen de alguna manera del gran gozo del alma. Y que de aquel río caudaloso, en el que quedó absorbida esta pequeña fuente, salgan de vez en cuando chorros de agua para sustentar a quienes han de servir en lo corporal a estos dos esposos.

Y así como una persona distraída no podría dejar de sentir el agua si de repente la bañaran con ella, de la misma manera, y aun con más certeza, se perciben estas acciones de las que hablo.

Porque, así como no podría llegarnos un gran chorro de agua sin que tuviera un origen, como he dicho, así se entiende claramente que hay alguien en el interior que lanza estas flechas y da vida a esta vida. Y que hay un sol del que procede una gran luz que, desde el interior del alma, llega a sus facultades.

El alma, como he dicho, no se mueve de aquel centro ni pierde la paz, porque el mismo que se la dio a los apóstoles cuando estaban reunidos puede dársela a ella.

He recordado que este saludo del Señor debía de significar mucho más de lo que parece al oírlo, y lo mismo cuando le dijo a la gloriosa Magdalena que se fuera en paz. Porque las palabras del Señor hacen en nosotros lo que dicen. Debían de actuar de tal manera en aquellas almas que ya estaban dispuestas, que apartaran de ellas todo lo corporal y las dejaran en puro espíritu, para que pudieran unirse, en esta unión celestial, con el Espíritu que no ha sido creado. Porque es muy cierto que, cuando vaciamos el alma de todo lo creado y nos desprendemos de ello por amor a Dios, el mismo Señor ha de llenarla de sí.

Y así, una vez, mientras Jesucristo nuestro Señor oraba por sus apóstoles, no sé en qué parte está escrito, dijo que fueran una sola cosa con el Padre y con Él, como Jesucristo nuestro Señor está en el Padre y el Padre en Él.

¡No sé qué amor puede ser mayor que este! Y todos estamos incluidos aquí, porque así dijo Su Majestad: «No solo ruego por ellos, sino también por todos los que han de creer en mí». Y dice: «Yo estoy en ellos».

¡Oh, válgame Dios, qué palabras tan verdaderas! ¡Y cómo las entiende el alma, que en esta oración lo ve por sí misma! ¡Y cómo lo entenderíamos todas si no fuera por nuestra culpa, pues las palabras de Jesucristo, nuestro Rey y Señor, no pueden dejar de cumplirse! Pero fallamos al no prepararnos ni apartarnos de todo lo que puede estorbar esta luz. Por eso no nos vemos en este espejo que contemplamos, donde nuestra imagen está esculpida.

Pues, volviendo a lo que decíamos, cuando el Señor introduce al alma en esta morada suya, que es el centro de la misma alma, parece que los movimientos que suele haber en sus facultades y en su imaginación ya no la perjudican ni le quitan la paz. Es como lo que dicen del cielo más alto, donde está nuestro Señor: que no se mueve como los demás cielos.

Parece que quiero decir que, cuando Dios concede al alma este favor, su salvación está asegurada y ya no puede volver a caer.

No digo tal cosa. Y siempre que hable de una manera que parezca indicar que el alma está segura, entiendan que esa seguridad dura mientras la divina Majestad la sostenga así de la mano y ella no lo ofenda.

Al menos, sé con certeza que, aunque el alma se ve en este estado y lleva años en él, no se considera segura. Al contrario, anda con mucho más temor que antes, procurando evitar cualquier pequeña ofensa contra Dios. Tiene grandísimos deseos de servirle, como se dirá más adelante, y vive con la pena y la vergüenza de ver lo poco que puede hacer y lo mucho a lo que está obligada.

Esto no es una pequeña cruz, sino una penitencia muy grande, porque, cuanto mayor es la penitencia que hace esta alma, mayor es el deleite que siente.

La verdadera penitencia es cuando Dios le quita la salud y las fuerzas para hacerla. Aunque en otra parte he dicho la gran pena que esto le causa, aquí es mucho mayor. Y todo esto debe de venirle de la raíz donde está plantada. Así como el árbol que está junto a las corrientes de agua está más fresco y da más fruto, ¿por qué asombrarse de los deseos que tiene esta alma, si su verdadero espíritu se ha hecho uno con el agua celestial de la que hablamos?

Pues, volviendo a lo que decía, no piensen que las facultades, los sentidos y las pasiones están siempre en esta paz. El alma sí, pero en estas otras moradas sigue habiendo tiempos de guerra, sufrimientos y fatigas. Sin embargo, estas dificultades no hacen que el alma pierda la paz ni se mueva de su lugar. Esto es lo habitual.

Este centro de nuestra alma, o este espíritu, es algo tan difícil de explicar e incluso de creer que pienso, hermanas, que mi dificultad para darme a entender podría hacer que sintieran la tentación de no creer lo que digo. Porque cuesta entender que haya sufrimientos y penas y que, al mismo tiempo, el alma esté en paz.

Quiero darles una comparación o dos. Dios quiera que sirvan para explicar algo. Pero, si no sirven, yo sé que lo que he dicho es verdad.

El Rey está en su palacio, y hay muchas guerras en su reino y muchas cosas penosas, pero no por eso abandona su lugar. Lo mismo sucede aquí: aunque en estas otras moradas haya muchos alborotos y fieras venenosas, y se oiga el ruido, nadie entra en aquella morada a hacer salir al alma de allí. Las cosas que oye, aunque le causan alguna pena, no llegan a alterarla ni a quitarle la paz, porque las pasiones ya han sido vencidas. Hasta tienen miedo de entrar allí, porque salen aún más sometidas.

Nos duele todo el cuerpo, pero, si la cabeza está sana, no nos dolerá solo porque nos duela el cuerpo.

Me estoy riendo de estas comparaciones, que no me satisfacen, pero no se me ocurren otras. Piensen lo que quieran; lo que he dicho es verdad.