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Santa Teresa de Jesús / Las Moradas

Sexta Morada.
Capítulo 7.

Sobre este capítulo

Para Teresa, las gracias recibidas profundizan la conciencia de las propias faltas y del amor de Dios. Cristo, en su humanidad, sigue siendo guía y compañía: recordar su vida y su entrega ayuda a renovar el amor y a servir aun sin consuelos espirituales.

Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.

Texto adaptado

Sexta Morada

Capítulo 7| Texto adaptado

Les parecerá, hermanas, que estas almas, a las que el Señor se comunica de una manera tan particular, estarán ya seguras de que han de gozar de Él para siempre. Y por eso podrían pensar que ya no tienen nada que temer ni necesitan llorar sus pecados.

Esto podrán pensarlo especialmente las que no hayan recibido estas mercedes. Porque las que ya las han experimentado, si vienen de Dios, entenderán lo que voy a decir.

Pensar así sería un gran engaño. Cuanto más recibimos de nuestro Dios, más crece el dolor por nuestros pecados. Y yo creo que este dolor no desaparecerá hasta que lleguemos adonde nada pueda causarnos pena.

Es verdad que unas veces este dolor es más fuerte que otras, y también se siente de distinta manera. Porque el alma no piensa tanto en la pena que merece por sus pecados, sino en lo ingrata que ha sido con quien tanto le ha dado y tanto merece ser servido.

Y cuanto mayores son las mercedes que Dios le concede, más comprende su grandeza.

Se asombra de haber sido tan atrevida y llora la falta de respeto que tuvo. Le parece una locura haber actuado así, y nunca deja de dolerle cuando recuerda que, por cosas tan bajas, dejó a una Majestad tan grande.

Se acuerda mucho más de sus pecados que de las mercedes que recibe, aunque sean tan grandes como las que ya he dicho y las que todavía diré. Es como si un río caudaloso se llevara esas mercedes y solo las trajera de nuevo a la memoria de vez en cuando.

En cambio, el recuerdo de los pecados queda como un lodo que siempre vuelve a aparecer en la memoria. Y esto es una cruz muy grande.

Yo sé de una persona que deseaba morir, no solo por ver a Dios, sino también para dejar de sentir tan continuamente la pena de haber sido tan desagradecida con quien tanto debía y siempre habría de deber.

Por eso, le parecía que nadie podía haber cometido maldades tan grandes como las suyas, porque pensaba que Dios no habría tenido tanta paciencia con nadie ni le habría concedido tantas mercedes.

En cuanto al miedo al infierno, no tienen ninguno. A veces sí sienten un temor muy fuerte de perder a Dios, pero esto sucede pocas veces.

Su mayor temor es que Dios las deje de su mano y vuelvan a ofenderlo, llegando otra vez al estado tan miserable en que estuvieron algún tiempo. No se preocupan por su propia pena ni por su propia gloria.

Y si desean no pasar mucho tiempo en el purgatorio, es más por no estar lejos de Dios durante ese tiempo que por las penas que tengan que sufrir allí.

Yo no creo que sea bueno que un alma, por muy favorecida que esté por Dios, se olvide de que alguna vez estuvo en un estado miserable. Aunque recordarlo sea doloroso, también puede ayudar mucho.

Quizá pienso así porque yo he sido tan pecadora, y por eso lo tengo siempre presente.

Las que siempre han sido buenas no tendrán tanto que lamentar, aunque mientras vivimos en este cuerpo mortal siempre tenemos faltas.

Para este dolor no sirve de consuelo pensar que el Señor ya ha perdonado y olvidado los pecados. Al contrario, aumenta la pena ver tanta bondad de Dios y ver que concede tantas mercedes a quien no merecía sino el infierno.

Yo pienso que este fue un gran martirio para san Pedro y María Magdalena. Como amaban tanto, habían recibido tantas mercedes y comprendían la grandeza y majestad de Dios, debió de ser un dolor muy difícil de soportar y que sentían profundamente.

También les parecerá que quien recibe mercedes tan grandes ya no meditará en los misterios de la santísima humanidad de nuestro Señor Jesucristo, porque estará completamente dedicada al amor.

Sobre esto escribí ampliamente en otra parte. Aunque me han contradicho y me han dicho que no lo entiendo, porque son distintos los caminos por los que nuestro Señor lleva a cada alma, también me han dicho que, cuando ya se han superado los comienzos, es mejor ocuparse en las cosas de la divinidad y apartarse de todo lo corporal.

Pero a mí no me harán decir que ese sea un buen camino. Puede ser que yo me engañe y que, en el fondo, todos estemos diciendo lo mismo. Pero yo vi que el demonio quiso engañarme por este camino, y quedé tan escarmentada que, aunque ya lo haya dicho otras veces, quiero repetirlo aquí para que tengan mucho cuidado con esto. Y me atrevo a decirles que no crean a quien les diga lo contrario.

Procuraré explicarme mejor que en otra parte. Porque quizá quien escribió esto quería decir algo correcto, y si lo hubiera explicado con más detalle se habría entendido bien. Pero decirlo de una manera tan general a quienes no entendemos tanto de estas cosas puede hacer mucho daño.

También habrá almas a las que les parezca que ya no pueden pensar en la Pasión. Y si esto es así, menos podrán pensar en la santísima Virgen ni en la vida de los santos, cuyo recuerdo tanto nos ayuda y nos anima.

Yo no sé entonces en qué piensan. Porque estar apartados de todo lo corporal y vivir siempre abrasados en amor puede ser propio de los espíritus angélicos, pero no de quienes vivimos en un cuerpo mortal.

Nosotros necesitamos pensar en quienes también vivieron en un cuerpo, tratar con ellos y tenerlos cerca, porque hicieron cosas tan grandes por Dios.

Y mucho menos debemos apartarnos voluntariamente de todo nuestro bien y remedio, que es la santísima humanidad de nuestro Señor Jesucristo.

Y yo no puedo creer que realmente hagan esto. Más bien pienso que no saben explicarse bien, y así pueden hacerse daño a sí mismas y también a otros.

Lo que sí les aseguro es que, si siguen ese camino, no llegarán a estas dos últimas moradas. Porque si pierden la guía, que es el buen Jesús, no encontrarán el camino. Bastante será si logran permanecer con seguridad en las demás.

Porque el mismo Señor dice que Él es el camino. También dice que es la luz, que nadie puede ir al Padre sino por Él, y que «quien me ve a mí ve a mi Padre».

Dirán que estas palabras pueden tener otro sentido. Yo no conozco esos otros sentidos. A mí me ha ido muy bien con este, que mi alma siempre ha sentido como verdadero.

Hay algunas almas, y son bastantes las que han hablado conmigo de esto, que cuando nuestro Señor les concede una contemplación perfecta, quisieran permanecer siempre en ella. Pero eso no es posible. Sin embargo, después de recibir esta merced, muchas ya no pueden meditar en los misterios de la Pasión y de la vida de Cristo como lo hacían antes.

No sé cuál sea la causa, pero esto sucede con mucha frecuencia: el entendimiento queda menos capacitado para meditar de esa manera.

Creo que la causa puede ser esta: en la meditación, todo consiste en buscar a Dios. Pero cuando el alma ya lo ha encontrado y se ha acostumbrado a volver a Él por medio de la voluntad, ya no quiere esforzarse tanto con el entendimiento.

También me parece que, como la voluntad ya está encendida en amor, preferiría no tener que valerse del entendimiento si pudiera. Y esto no está mal. Pero no siempre será posible, especialmente hasta llegar a estas últimas moradas. Si intenta hacerlo, perderá tiempo, porque muchas veces necesita la ayuda del entendimiento para volver a encender la voluntad.

Fíjense bien en esto, hermanas, porque es importante y quiero explicarlo mejor. El alma desea entregarse por completo al amor y no quisiera ocuparse en ninguna otra cosa. Pero no puede hacerlo siempre, aunque quiera. La voluntad no está muerta, pero el fuego que suele encenderla está débil, y necesita que alguien lo avive para que vuelva a dar calor.

¿Sería bueno que el alma se quedara en esa sequedad, esperando que bajara fuego del cielo y quemara este sacrificio que está haciendo de sí misma a Dios, como sucedió con nuestro padre Elías? Claro que no. Tampoco debemos esperar milagros.

El Señor los hace cuando quiere, por el bien de esta alma, como ya he dicho y diré más adelante. Pero quiere que reconozcamos que no somos dignos de merecerlos y que hagamos todo lo que esté de nuestra parte para ayudarnos.

Y yo creo que esto será necesario hasta que muramos, por muy elevada que sea nuestra oración.

Es verdad que, cuando el Señor lleva a un alma a la séptima morada, muy pocas veces, o casi nunca, necesita hacer este esfuerzo. La razón la explicaré allí, si me acuerdo.

Pero permanece continuamente con Cristo nuestro Señor, de una manera admirable, y lo divino y lo humano, unidos, son siempre su compañía.

Así que, cuando la voluntad no tiene encendido ese fuego del que hemos hablado y tampoco sentimos la presencia de Dios, tenemos que buscarlo. Eso es lo que quiere Su Majestad, como hacía la Esposa en el Cantar de los Cantares. También podemos mirar a las criaturas y preguntarnos quién las hizo, como dice san Agustín, creo, en sus Meditaciones o Confesiones.

No debemos quedarnos sin hacer nada, perdiendo el tiempo mientras esperamos volver a recibir lo que una vez se nos dio. Porque al principio puede suceder que el Señor no lo conceda durante un año, o incluso durante muchos. Su Majestad sabe por qué. Nosotras no tenemos que querer saberlo, ni hace falta.

Ya sabemos el camino para agradar a Dios por medio de sus mandamientos y consejos. En eso debemos poner todo nuestro empeño, y también en pensar en su vida y en su muerte, y en todo lo que le debemos. Lo demás, que venga cuando el Señor quiera.

Aquí podrán responder que no pueden detenerse a pensar en estas cosas. Y por lo que ya he dicho, quizá tengan razón en parte.

Pero una cosa es ir razonando y reflexionando paso a paso, y otra es simplemente recordar ciertas verdades y tenerlas presentes.

Quizá me digan que no me entienden. Y puede ser que ni yo misma sepa explicarlo bien. Pero trataré de decirlo lo mejor que pueda.

Yo llamo meditación a ir reflexionando con el entendimiento de esta manera: comenzamos pensando en la gran merced que Dios nos hizo al darnos a su único Hijo. Pero no nos quedamos ahí, sino que vamos recorriendo los misterios de toda su gloriosa vida.

O comenzamos con la oración en el Huerto y seguimos pensando hasta llegar a Cristo en la cruz. O tomamos un momento de la Pasión, por ejemplo, cuando prendieron a Jesús, y nos detenemos en ese misterio, considerando con detalle todo lo que hay que pensar y sentir: la traición de Judas, la huida de los apóstoles y todo lo demás.

Esta es una oración admirable y de mucho mérito.

En esta forma de meditación sí tendrán razón las almas a las que Dios ya ha llevado a cosas sobrenaturales y a una contemplación perfecta. Como he dicho, no sé por qué, pero lo más común es que ya no puedan meditar de esa manera.

Pero no tendrán razón si dicen que ya no se detienen en estos misterios ni los tienen presentes muchas veces, especialmente cuando los celebra la Iglesia Católica. No es posible que un alma que ha recibido tanto de Dios olvide muestras de amor tan preciosas, porque son como chispas vivas que encienden aún más su amor por nuestro Señor.

Lo que sucede es que el alma comprende estos misterios de una manera más profunda. El entendimiento se los presenta y quedan grabados en la memoria. Así, con solo contemplar al Señor en el Huerto, caído y cubierto de aquel terrible sudor, puede tener bastante no solo para una hora, sino para muchos días.

Le basta mirar sencillamente quién es Él y cuán ingratos hemos sido ante un sufrimiento tan grande. Entonces la voluntad, aunque no sienta ternura, se mueve a querer servir de alguna manera ante una merced tan grande, a desear sufrir algo por quien tanto sufrió por nosotros, y a otros deseos semejantes. En esto se ocupan la memoria y el entendimiento.

Y creo que por eso el alma ya no puede seguir razonando paso a paso sobre la Pasión, y esto le hace pensar que no puede meditar en ella.

Pero si no tiene presentes estos misterios, conviene que procure hacerlo. Yo sé que esto no impedirá una oración muy elevada, y no me parece bueno dejar de hacerlo muchas veces. Y si mientras está en ello el Señor la lleva a una oración más alta, mucho mejor. Aunque ella quisiera continuar, Él mismo hará que deje lo que estaba haciendo.

Estoy muy segura de que proceder de esta manera no es un obstáculo, sino una gran ayuda para todo bien. Distinto sería esforzarse mucho en esa meditación razonada de la que hablé al principio. Y yo creo que quien ya ha llegado más lejos ni siquiera podrá hacerlo.

Puede ser que sí, porque Dios lleva a las almas por muchos caminos. Pero no condenen a las que no puedan seguir ese camino, ni las juzguen incapaces de recibir los grandes bienes que están encerrados en los misterios de nuestro buen Jesús. Y nadie, por muy espiritual que sea, me convencerá de que apartarse de ellos sea un buen camino.

Hay almas que, al comienzo o incluso después de haber avanzado algo, cuando empiezan a llegar a la oración de quietud y a experimentar los consuelos y gustos que da el Señor, piensan que lo mejor sería quedarse siempre allí disfrutándolos.

Pero créanme y no se queden tan absorbidas en eso. Como ya he dicho en otra parte, la vida es larga y está llena de dificultades. Para atravesarlas bien, necesitamos mirar a Cristo, nuestro modelo, y ver cómo las vivió Él, y también sus apóstoles y los santos.

El buen Jesús es una compañía demasiado buena como para apartarnos de Él, y también lo es su santísima Madre. Al Señor le agrada que compartamos el dolor de sus sufrimientos, aunque para hacerlo tengamos que dejar algunas veces nuestros propios consuelos y gustos.

Además, hijas, los consuelos en la oración no son tan continuos que no haya tiempo para todo. Y si alguna dijera que siempre permanece en ese mismo estado y que nunca puede hacer lo que acabo de decir, yo lo tendría por sospechoso.

Así que tengan cuidado y procuren salir de ese engaño con todas sus fuerzas. Y si no pueden, díganselo a la priora para que les dé alguna responsabilidad que requiera tanta atención que las saque de ese estado. Porque, si durara mucho tiempo, podría ser muy perjudicial para la mente.

Creo que ya se entiende lo que quiero decir: por muy espirituales que sean, no deben apartarse tanto de las cosas corporales que lleguen a pensar que incluso la santísima humanidad de Cristo puede hacerles daño.

Algunas alegan lo que el Señor dijo a sus discípulos: que convenía que Él se fuera.

Yo no puedo aceptar esto.

Estoy segura de que no se lo dijo a su santísima Madre, porque ella estaba firme en la fe y sabía que Él era Dios y hombre. Y aunque lo amaba más que ellos, lo amaba con tanta perfección que ese amor, en vez de estorbarle, la ayudaba.

Los apóstoles quizá no estaban entonces tan firmes en la fe como lo estuvieron después, y como con razón debemos estarlo nosotros ahora.

Yo les digo, hijas, que considero este camino peligroso, porque el demonio podría llegar a hacerles perder la devoción al Santísimo Sacramento.

El engaño en el que yo estaba no llegó tan lejos. Lo que me pasaba era que ya no quería detenerme tanto a pensar en nuestro Señor Jesucristo, sino quedarme absorta, esperando volver a sentir aquel consuelo.

Y vi claramente que iba por mal camino. Como no podía permanecer siempre en ese estado, el pensamiento se me iba de un lado a otro. Y el alma quedaba, me parece, como un ave que revolotea sin encontrar dónde posarse. Así perdía mucho tiempo, sin crecer en las virtudes ni avanzar en la oración.

Yo no entendía cuál era la causa, y creo que nunca la habría descubierto por mí misma, porque estaba convencida de que aquello era lo correcto. Hasta que hablé de mi manera de orar con una persona muy entregada a Dios, y ella me hizo ver mi error.

Después vi claramente lo equivocada que estaba. Y nunca dejo de lamentar que durante algún tiempo no entendiera que, buscando ganar de esa manera, podía estar perdiendo tanto.

Y aunque pudiera obtener algún bien de otro modo, no quiero ninguno que no venga por medio de quien nos han venido todos los bienes.

Sea para siempre alabado. Amén.