Santa Teresa de Jesús / Las Moradas
Sexta Morada.
Capítulo 6.
Sobre este capítulo
Teresa describe un amor que busca la intimidad con Dios y, a la vez, desea que otros lo conozcan y alaben. Entre el anhelo y la alegría, invita a confiar en su voluntad y a valorar las obras y las virtudes más que la intensidad de las emociones.
Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.Texto adaptado
Sexta Morada
Capítulo 6 | Texto adaptado
Después de recibir gracias tan grandes, el alma queda con un deseo inmenso de gozar plenamente de Dios. Por eso vive con un sufrimiento muy grande, aunque al mismo tiempo dulce: desea intensamente morir y, entre lágrimas frecuentes, pide a Dios que la saque de este destierro.
Todo lo que ve en este mundo la cansa. Cuando está a solas siente algún alivio, pero pronto vuelve este doloroso deseo; y cuando no lo siente, tampoco encuentra descanso. En fin, esta mariposita nunca logra quedarse quieta por mucho tiempo. Como el alma está tan llena y tan sensible al amor de Dios, cualquier cosa que avive más ese fuego la hace volar de nuevo.
Por eso, en esta morada los arrobamientos son muy frecuentes y no puede evitarlos, ni siquiera cuando está en público. Después vienen las persecuciones y las murmuraciones. Y aunque ella quisiera vivir sin miedo, no la dejan, porque muchas personas le meten esos temores, especialmente los confesores.
Y aunque en lo interior del alma, por una parte, parece tener gran seguridad, en especial cuando está a solas con Dios, por otra anda muy afligida, porque teme que el demonio pueda engañarla de manera que llegue a ofender a quien tanto ama. Las murmuraciones le dan poca pena, salvo cuando el mismo confesor la presiona, como si ella pudiera hacer algo para evitarlo.
No hace más que pedir a todos que recen por ella y suplicar a Su Majestad que la lleve por otro camino, porque le dicen que lo haga, ya que este es muy peligroso. Pero como por este camino ha recibido tanto provecho, y no puede dejar de ver que la lleva por el camino que, según lee, oye y sabe por los mandamientos de Dios, conduce al cielo, no consigue desear de verdad otro camino, aunque quiere hacerlo, sino dejarse en sus manos.
Y aun el no poder desearlo le da pena, porque le parece que no obedece al confesor. Cree que todo su remedio para no ser engañada está en obedecer y en no ofender a Nuestro Señor; y así, a su parecer, no cometería deliberadamente ni un pecado venial aunque la hicieran pedazos. Y se aflige mucho al ver que no puede evitar cometer muchos sin darse cuenta.
Da Dios a estas almas un deseo tan grande de no desagradarle en nada, por pequeño que sea, ni cometer una imperfección, si pudieran evitarla, que solo por esto, aunque no hubiera otra razón, querrían huir de la gente y sienten gran envidia de quienes viven o han vivido en los desiertos.
Por otra parte, querría meterse en medio del mundo, por ver si pudiera ayudar a que una sola alma alabara más a Dios; y si es mujer, se aflige por las limitaciones que le impone su condición, porque no puede hacerlo, y siente gran envidia de quienes tienen libertad para alzar la voz y proclamar quién es este gran Dios de los ejércitos.
¡Oh, pobre mariposilla, atada con tantas cadenas que no te dejan volar cuanto quisieras! Ten compasión de ella, Dios mío; dispón las cosas de manera que pueda cumplir en algo sus deseos para honra y gloria tuya.
No tengas en cuenta lo poco que lo merece ni su condición tan limitada. Poderoso eres Tú, Señor, para hacer que el gran mar se retire y que el gran Jordán deje pasar a los hijos de Israel.
No tengas compasión de ella, porque, ayudada por tu fortaleza, puede pasar muchos trabajos; está decidida a ello y desea padecerlos. Extiende, Señor, tu poderoso brazo, para que no se le pase la vida en cosas tan pequeñas. Muéstrase tu grandeza en una criatura tan débil y limitada, para que, entendiendo el mundo que nada viene de ella, te alaben a Ti. Cuéstele lo que le cueste, eso es lo que quiere, y daría mil vidas, si tantas tuviera, para que por su causa una sola alma te alabara un poco más. Las daría por muy bien empleadas y entiende con toda verdad que no merece padecer por Ti ni el más pequeño trabajo, mucho menos morir.
No sé a qué propósito he dicho esto, hermanas, ni para qué, porque ni yo misma me he entendido. Entendamos que estos son, sin duda, los efectos que quedan de estas suspensiones o éxtasis; porque no son deseos pasajeros, sino que permanecen, y cuando se presenta alguna ocasión de demostrarlos, se ve que no eran fingidos.
¿Por qué digo que permanecen? Algunas veces el alma se siente cobarde incluso ante las cosas más pequeñas, atemorizada y con tan poco ánimo que no le parece posible tener valor para nada. Entiendo que entonces el Señor la deja en su condición natural para un bien mucho mayor, porque ve con claridad que, si alguna vez ha tenido valor para algo, ha sido gracias a Su Majestad. Esto la hace tenerse en nada y conocer aún más la misericordia y la grandeza de Dios, que ha querido manifestarlas en una criatura tan pequeña. Pero, por lo general, permanece como hemos dicho antes.
Una cosa tengan en cuenta, hermanas, acerca de estos grandes deseos de ver a nuestro Señor: algunas veces aprietan tanto que es necesario no alimentarlos, sino distraerse de ellos, si pueden. Digo si pueden, porque con otros deseos de los que hablaré más adelante no será posible hacerlo de ninguna manera, como verán.
En estos primeros deseos, algunas veces sí podrán hacerlo, porque conservan plenamente la razón para conformarse con la voluntad de Dios y decir lo que decía San Martín. Y si aprietan mucho, podrán dirigir el pensamiento hacia otra cosa. Porque, como parecen deseos propios de personas muy avanzadas espiritualmente, el demonio podría provocarlos para hacernos pensar que ya lo estamos. Por eso, siempre es bueno andar con cierto temor.
Pero tengo para mí que el demonio no podrá producir la quietud y la paz que esta pena deja en el alma, sino que junto con ella provocará alguna agitación, como la que sentimos cuando sufrimos por cosas del mundo.
Pero quien no tenga experiencia de una cosa y de la otra no lo entenderá y, pensando que es algo muy grande, hará cuanto pueda por aumentarla, y esto podría hacerle mucho daño a la salud, porque esta pena es continua, o al menos muy frecuente.
También tengan en cuenta que una constitución física débil puede causar algunas de estas penas, especialmente en personas sensibles que lloran por cualquier cosa. Muchas veces esto les hará creer que lloran por Dios, cuando no es así. Incluso puede suceder que, durante un tiempo, les venga tal cantidad de lágrimas que no puedan contenerlas ante cualquier palabra que oigan o piensen acerca de Dios, porque alguna disposición física las provoca más que el amor que tienen a Dios, y parece que nunca van a dejar de llorar. Y como ya tienen entendido que las lágrimas son algo bueno, no tratan de contenerse ni querrían hacer otra cosa, sino que hacen cuanto pueden por aumentarlas.
Lo que pretende el demonio con esto es debilitarlas de tal manera que después no puedan ni orar ni cumplir su Regla.
Me parece que las estoy viendo decir: «¿Entonces qué hemos de hacer, si en todo pones peligro? Hasta en algo tan bueno como las lágrimas dices que puede haber engaño». Tal vez la engañada soy yo, y puede ser; pero créanme que no hablo sin haber visto que esto puede suceder en algunas personas, aunque no en mí, porque no soy nada sensible; al contrario, tengo un corazón tan duro que algunas veces me da pena. Aunque, cuando el fuego interior es grande, por duro que sea el corazón, acaba destilando lágrimas, como sucede al destilar un líquido. Y ustedes entenderán bien cuándo las lágrimas vienen de aquí, porque reconfortan y dan paz, en lugar de causar agitación, y pocas veces hacen daño.
Si alguien se engaña pensando que sus lágrimas vienen de Dios cuando en realidad tienen otra causa, mientras haya humildad, el daño será para el cuerpo y no para el alma. Y aunque no exista ese engaño, tampoco está de más pensar que podría ser así.
No pensemos que por llorar mucho ya está todo hecho. Lo importante es obrar y crecer en las virtudes, porque eso es lo que verdaderamente cuenta. Las lágrimas, que vengan cuando Dios las envíe, sin esforzarnos nosotras por provocarlas.
Esas lágrimas regarán esta tierra seca y la ayudarán mucho a dar fruto. Y cuanto menos importancia les demos, mejor, porque son como agua que cae del cielo. No tienen nada que ver con el agua que intentamos sacar a fuerza de cavar: podemos cavar hasta quedar agotadas y no encontrar ni un charco, mucho menos un manantial.
Por eso, hermanas, tengo por mejor que nos pongamos delante del Señor y contemplemos su misericordia y grandeza, y nuestra pequeñez, y que Él nos dé lo que quiera, sea que haya agua o sequedad. Él sabe mejor lo que nos conviene.
Y con esto andaremos más tranquilas, y el demonio no tendrá tanto lugar para hacernos engaños.
Entre estas cosas que son a la vez penosas y sabrosas, algunas veces nuestro Señor da al alma unos júbilos y una oración extraña, que ella no sabe entender qué es.
La pongo aquí para que, si les hiciera esta merced, lo alaben mucho y sepan que es algo que sucede. Es, a mi parecer, una gran unión de las facultades del alma, pero nuestro Señor las deja con libertad para que gocen de este gozo, y lo mismo hace con los sentidos, sin que entiendan qué es lo que gozan ni cómo lo gozan.
Puede parecer que esto es difícil de entender, pero así sucede: es un gozo tan excesivo del alma, que no querría disfrutarlo a solas, sino contárselo a todos para que la ayudaran a alabar a nuestro Señor, porque hacia eso se dirige todo su impulso. ¡Cuántas fiestas haría y cuántas muestras daría, si pudiera, para que todos entendieran su gozo!
Parece que se ha encontrado a sí misma y que, como el padre del hijo pródigo, querría invitar a todos y hacer grandes fiestas, al ver su alma en un estado en el que no puede dudar de que está segura, al menos por entonces.
Y tengo para mí que es con razón, porque un gozo tan interior, que nace de lo más íntimo del alma, con tanta paz y que todo su contento la mueve a alabar a Dios, no puede darlo el demonio. Con un impulso tan grande de alegría, bastante difícil es que calle y pueda disimularlo, y no le causa poca pena hacerlo.
Esto debía sentir San Francisco cuando se encontró con unos ladrones: andaba por el campo dando voces y les dijo que era pregonero del gran Rey. Y también otros santos se iban a los desiertos para poder proclamar, como San Francisco, las alabanzas de su Dios.
Yo conocí a uno llamado fray Pedro de Alcántara, que creo que es santo, por la vida que llevó. Él hacía esto mismo, y quienes alguna vez lo oyeron lo tenían por loco.
¡Oh, qué buena locura, hermanas, si Dios nos la diera a todas! Y ¡qué grandes mercedes les ha hecho al ponerlas en un lugar donde, aunque el Señor les haga esta merced y den muestras de ella, esto servirá más para ayudarnos que para provocar murmuraciones! No sería así si estuvieran en el mundo, donde se acostumbra tan poco proclamar de esta manera las alabanzas de Dios, que no es extraño que murmuren de quien lo hace.
¡Oh, tiempos desventurados y miserable vida la que ahora vivimos, y dichosas aquellas a quienes les ha tocado la buena suerte de estar fuera del mundo!
Algunas veces me da un gozo especial ver a estas hermanas, cuando están juntas, con una alegría interior tan grande que cada una, en la medida que puede, alaba más a nuestro Señor por verse en el monasterio; porque se nota muy claramente que esas alabanzas salen de lo más profundo del alma.
Muchas veces quisiera, hermanas, que hicieran esto: que una que empieza despierte a las demás. ¿En qué mejor pueden emplear la lengua cuando están juntas que en alabar a Dios, si tenemos tantos motivos para hacerlo?
Quiera Su Majestad darnos muchas veces esta oración, pues es tan segura y provechosa. Nosotras no podemos conseguirla por nuestra cuenta, porque es algo muy sobrenatural. A veces dura todo un día, y el alma anda como quien ha bebido mucho, pero no tanto como para perder el sentido; o como una persona que queda dominada por una idea fija: no ha perdido del todo la razón, pero no puede apartarse de aquello que se le metió en la cabeza, ni hay quien la saque de allí.
Son comparaciones bastante toscas para algo tan precioso, pero mi ingenio no encuentra otras. Porque lo cierto es que este gozo hace que el alma se olvide tanto de sí misma y de todas las cosas, que no presta atención ni acierta a hablar de otra cosa que no sea lo que nace de su gozo: las alabanzas de Dios.
Ayudemos todas a esta alma, hijas mías. ¿Para qué queremos tener más juicio? ¿Qué puede darnos mayor alegría? ¡Y que nos ayuden todas las criaturas, por todos los siglos de los siglos! Amén, amén, amén.
Texto original (1577)
Sexta Morada
Capítulo 6 | Texto original (1577)
De estas mercedes tan grandes queda el alma tan deseosa de gozar del todo al que se las hace, que vive con harto tormento, aunque sabroso; unas ansias grandísimas de morirse, y así, con lágrimas muy ordinarias pide a Dios la saque de este destierro.
Todo la cansa cuando ve en él; en viéndose a solas tiene algún alivio, y luego acude esta pena, y en estando sin ella, no se hace. En fin, no acaba esta mariposica de hallar asiento que dure; antes, como anda el alma tan tierna del amor, cualquier ocasión que sea para encender más ese fuego la hace volar; y así en esta morada son muy continuos los arrobamientos, sin haber remedio de excusarlos, aunque sea en público, y luego las persecuciones y murmuraciones, que aunque ella quiera estar sin temores no la dejan, porque son muchas las personas que se los ponen, en especial los confesores.
Y aunque en lo interior del alma parece tiene gran seguridad por una parte, en especial cuando está a solas con Dios, por otra anda muy afligida; porque teme si la ha de engañar el demonio de manera que ofenda a quien tanto ama, que de las murmuraciones tiene poca pena, si no es cuando el mismo confesor la aprieta, como si ella pudiese más.
No hace sino pedir a todos oraciones y suplicar a Su Majestad la lleve por otro camino, porque le dicen que lo haga, porque éste es muy peligroso; mas como ella ha hallado por él tan gran aprovechamiento, que no puede dejar de ver que le lleva, como lee y oye y sabe por los mandamientos de Dios el que va al cielo, no lo acaba de desear, aunque quiere, sino dejarse en sus manos.
Y aun este no lo poder desear le da pena, por parecerle que no obedece al confesor; que en obedecer y no ofender a Nuestro Señor le parece que está todo su remedio para no ser engañada; y así no haría un pecado venial de advertencia porque la hiciesen pedazos, a su parecer; y aflígese en gran manera de ver que no se puede excusar de hacer muchos sin entenderse.
Da Dios a estas almas un deseo tan grandísimo de no le descontentar en cosa ninguna, por poquito que sea, ni hacer una imperfección, si pudiese, que por solo esto, aunque no fuese por más, querría huir de las gentes y ha gran envidia a los que viven y han vivido en los desiertos.
Por otra parte, se querría meter en mitad del mundo, por ver si pudiese ser parte para que un alma alabase más a Dios; y si es mujer, se aflige del atamiento que le hace su natural porque no puede hacer esto, y ha gran envidia a los que tienen libertad para dar voces, publicando quién es este gran Dios de las Caballerías.
¡Oh pobre mariposilla, atada con tantas cadenas, que no te dejan volar lo que querrías! Habedla lástima, mi Dios; ordenad ya de manera que ella pueda cumplir en algo sus deseos para vuestra honra y gloria.
No os acordéis de lo poco que lo merece y de su bajo natural. Poderoso sois Vos, Señor, para que la gran mar se retire y el gran Jordán, y dejen pasar los hijos de Israel.
No la hayáis lástima, que, con vuestra fortaleza ayudada, puede pasar muchos trabajos; ella está determinada a ello y los desea padecer. Alargad, Señor, vuestro poderoso brazo, no se le pase la vida en cosas tan bajas. Parézcase vuestra grandeza en cosa tan femenil y baja, para que, entendiendo el mundo que no es nada de ella, os alaben a Vos, cuéstele lo que le costare, que eso quiere, y dar mil vidas porque un alma os alabe un poquito más a su causa, si tantas tuviera; y las da por muy bien empleadas y entiende con toda verdad que no merece padecer por Vos un muy pequeño trabajo, cuánto más morir.
No sé a qué propósito he dicho esto, hermanas, ni para qué, que no me he entendido. Entendamos que son estos los efectos que quedan de estas suspensiones o éxtasis, sin duda ninguna; porque no son deseos que se pasan sino que están en un ser, y cuando se ofrece algo en que mostrarlo se ve que no era fingido.
¿Por qué digo estar en un ser? Algunas veces se siente el alma cobarde, y en las cosas más bajas, y atemorizada y con tan poco ánimo que no le parece posible tenerle para cosa: entiendo yo que la deja el Señor entonces en su natural para mucho mayor bien suyo; porque ve entonces que, si para algo le ha tenido, ha sido de Su Majestad, con una claridad que la deja aniquilada a sí y con mayor conocimiento de la misericordia de Dios y de su grandeza, que en cosa tan baja la ha querido mostrar. Mas, lo más ordinario, está como antes hemos dicho.
Una cosa advertid, hermanas, en estos grandes deseos de ver a nuestro Señor: que aprietan algunas veces tanto que es menester no ayudar a ellos, sino divertiros, si podéis digo; porque en otros que diré adelante, en ninguna manera se puede, como veréis.
En estos primeros, alguna vez sí podrán, porque hay razón entera para conformarse con la voluntad de Dios, y decir lo que decía San Martín; y podráse volver la consideración si mucho aprietan; porque como es, al parecer, deseo que ya parece de personas muy aprovechadas, ya podría el demonio moverle, porque pensásemos que lo estamos, que siempre es bien andar con temor.
Mas tengo para mí que no podrá poner la quietud y paz que esta pena da en el alma, sino que será moviendo con él alguna pasión, como se tiene cuando por cosas del siglo tenemos alguna pena.
Mas a quien no tuviere experiencia de lo uno y de lo otro, no lo entenderá, y pensando es una gran cosa, ayudará cuanto pudiere, y haríale mucho daño a la salud: porque es continua esta pena, o al menos muy ordinaria.
También advertir que suele causar la complexión flaca cosas de estas penas, en especial si es en unas personas tiernas que por cada cosita lloran; mil veces las hará entender que lloran por Dios, que no sea así. Y aun puede acaecer ser cuando viene una multitud de lágrimas, digo, por un tiempo que a cada palabrita que oiga o piense de Dios no se puede resistir de ellas haberse allegado algún humor al corazón, que ayuda más que el amor que se tiene a Dios, que no parece han de acabar de llorar; y como ya tienen entendido que las lágrimas son buenas, no se van a la mano ni querrían hacer otra cosa, y ayudan cuanto pueden a ellas.
Pretende el demonio aquí que se enflaquezcan de manera, que después ni puedan tener oración ni guardar su Regla.
Paréceme que os estoy mirando cómo decís que qué habéis de hacer, si en todo pongo peligro, pues en una cosa tan buena como las lágrimas, me parece puede haber engaño; que yo soy la engañada; y ya puede ser, mas creed que no hablo sin haber visto que le puede haber en algunas personas, aunque no en mí; porque no soy nada tierna, antes tengo un corazón tan recio, que algunas veces me da pena; aunque cuando el fuego de adentro es grande, por recio que sea el corazón, destila como hace una alquitara; y bien entenderéis cuándo vienen las lágrimas de aquí, que son más confortadoras y pacifican, que no alborotadoras, y pocas veces hacen mal.
El bien es en este engaño cuando lo fuere que será daño del cuerpo digo, si hay humildad y no del alma; y cuando no le hay, no será malo tener esta sospecha.
No pensemos que está todo hecho en llorando mucho, sino que echemos mano del obrar mucho y de las virtudes, que son las que nos han de hacer al caso, y las lágrimas vénganse cuando Dios las enviare, no haciendo nosotras diligencias para traerlas.
Estas dejarán esta tierra seca regada, y son gran ayuda para dar fruto; mientras menos caso hiciéremos de ellas, más, porque es agua que cae del cielo; la que sacamos cansándonos en cavar para sacarla, no tiene que ver con ésta, que muchas veces cavaremos y quedaremos molidas, y no hallaremos ni un charco de agua, cuánto más pozo manantial.
Por eso, hermanas, tengo por mejor que nos pongamos delante del Señor y miremos su misericordia y grandeza y nuestra bajeza, y dénos Él lo que quisiere, siquiera haya agua, siquiera sequedad: Él sabe mejor lo que nos conviene.
Y con esto andaremos descansadas y el demonio no tendrá tanto lugar de hacernos trampantojos.
Entre estas cosas penosas y sabrosas juntamente da nuestro Señor al alma algunas veces unos júbilos y oración extraña, que no sabe entender qué es.
Porque si os hiciere esta merced, le alabéis mucho y sepáis que es cosa que pasa, la pongo aquí. Es, a mi parecer, una unión grande de las potencias, sino que las deja nuestro Señor con libertad para que gocen de este gozo, y a los sentidos lo mismo, sin entender qué es lo que gozan y cómo lo gozan.
Parece esto algarabía, y cierto pasa así, que es un gozo tan excesivo del alma, que no querría gozarle a solas, sino decirlo a todos para que la ayudasen a alabar a nuestro Señor, que aquí va todo su movimiento. ¡Oh, qué de fiestas haría y qué de muestras, si pudiese, para que todos entendiesen su gozo! Parece que se ha hallado a sí, y que, como el padre del hijo pródigo, querría convidar a todos y hacer grandes fiestas, por ver su alma en puesto que no puede dudar que está en seguridad, al menos por entonces.
Y tengo para mí que es con razón; porque tanto gozo interior de lo muy íntimo del alma, y con tanta paz, y que todo su contento provoca a alabanzas de Dios, no es posible darle el demonio. Es harto, estando con este gran ímpetu de alegría, que calle y pueda disimular, y no poco penoso. Esto debía sentir San Francisco, cuando le toparon los ladrones, que andaba por el campo dando voces y les dijo que era pregonero del gran Rey, y otros santos que se van a los desiertos por poder pregonar lo que San Francisco estas alabanzas de su Dios.
Yo conocí uno llamado fray Pedro de Alcántara que creo lo es, según fue su vida, que hacía esto mismo, y le tenían por loco los que alguna vez le oyeron.
¡Oh, qué buena locura, hermanas, si nos la diese Dios a todas! Y ¡qué mercedes os ha hecho de teneros en parte que, aunque el Señor os haga ésta y deis muestras de ello, antes será para ayudarnos que no para murmuración, como fuerais si estuvierais en el mundo, que se usa tan poco este pregón, que no es mucho que le murmuren!
¡Oh desventurados tiempos y miserable vida en la que ahora vivimos, y dichosas a las que les ha cabido tan buena suerte, que estén fuera de él!
Algunas veces me es particular gozo, cuando estando juntas, las veo a estas hermanas tenerle tan grande interior, que la que más puede, más alabanzas da a nuestro Señor de verse en el monasterio; porque se les ve muy claramente que salen aquellas alabanzas de lo interior del alma.
Muchas veces, querría, hermanas, hicieseis esto, que una que comienza despierta a las demás. ¿En qué mejor se puede emplear vuestra lengua cuando estéis juntas que en alabanzas de Dios, pues tenemos tanto por qué se las dar?
Plega a Su Majestad que muchas veces nos dé esta oración, pues es tan segura y gananciosa; que adquirirla no podremos, porque es cosa muy sobrenatural; y acaece durar un día, y anda el alma como uno que ha bebido mucho, mas no tanto que esté enajenado de los sentidos; o un melancólico, que del todo no ha perdido el seso, mas no sale de una cosa que se le puso en la imaginación ni hay quien le saque de ella.
Harto groseras comparaciones son éstas para tan preciosa causa, mas no alcanza otras mi ingenio; porque ello es así que este gozo la tiene tan olvidada de sí y de todas las cosas, que no advierte ni acierta a hablar, sino en lo que procede de su gozo, que son alabanzas de Dios. Ayudemos a esta alma, hijas mías, todas. ¿Para qué queremos tener más seso?; ¿qué nos puede dar mayor contento? ¡Y ayúdennos todas las criaturas, por todos los siglos de los siglos, amén, amén, amén!
