Santa Teresa de Jesús / Las Moradas
Segunda Morada.
Capítulo 1.
Sobre este capítulo
Teresa muestra cómo el deseo de acercarse a Dios convive con hábitos que nos hacen retroceder. Invita a perseverar en la oración, volver con suavidad después de las caídas y buscar buena compañía, confiando en su misericordia y disponiendo la voluntad a la suya.
Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.Texto adaptado
Segunda Morada
Capítulo Único | Texto Adaptado
Ahora hablemos de cuáles son las almas que entran a las segundas moradas y qué hacen en ellas. Quisiera decirles poco, porque ya he hablado de esto largamente en otras partes, pero será imposible no volver a decir mucho, porque no recuerdo lo que ya dije; y si supiera expresarlo de distintas maneras, bien sé que no se cansarían, así como nunca nos cansamos de los muchos libros que tratan de esto.
Se trata de quienes ya comenzaron a hacer oración y entendieron que no les conviene quedarse en las primeras moradas, pero todavía no tienen la determinación de dejar de estar muchas veces en ellas, porque no se apartan de las ocasiones, y eso es muy peligroso. Pero ya es gran misericordia que, al menos por momentos, procuren huir de las culebras y de las cosas venenosas, y entiendan que es bueno dejarlas.
Estas almas, en parte, tienen mucho más trabajo que las primeras, aunque no tanto peligro, porque ya parece que entienden, y hay gran esperanza de que entrarán más adentro. Digo que tienen más trabajo porque los primeros son como mudos que no oyen, y así llevan mejor el sufrimiento de no hablar, cosa que les sería mucho más dura a los que oyen y no pueden hablar. Pero no por eso sería mejor no oír, porque al fin y al cabo es gran cosa entender lo que nos dicen.
Así pasa con estas almas: entienden los llamados que les hace el Señor. Porque, como van entrando más cerca de donde está Su Majestad, Él, como buen vecino, les habla. Y es tan grande su misericordia y su bondad, que aun cuando estamos metidos en nuestros entretenimientos, ocupaciones, gustos y engaños del mundo, e incluso cayendo y levantándonos en pecados, porque estas bestias son tan venenosas, tan peligrosa es su compañía y tan inquietas, que difícilmente dejan de hacernos tropezar y caer, aun así, este Señor nuestro estima tanto que lo queramos y busquemos su compañía, que una vez u otra no deja de llamarnos para que nos acerquemos a Él.
Y esa voz es tan dulce, que la pobre alma casi se deshace al no hacer enseguida lo que Él le manda. Y por eso, como digo, es más trabajoso oírla que no oírla.
No digo que estas voces y llamados sean como otros que diré después, sino que vienen por medio de palabras que oyen de gente buena, de sermones, de lo que leen en buenos libros, y de muchas otras cosas que ya han oído, por donde Dios llama. También llama por medio de enfermedades, trabajos, y con una verdad que enseña en esos ratos en que estamos en oración. Por más flojamente que quieran hacerla, Dios la tiene en mucho.
Y ustedes, hermanas, no tengan en poco esta primera merced ni se desconsuelen aunque no respondan de inmediato al Señor, porque Su Majestad bien sabe esperar muchos días y aun muchos años, sobre todo cuando ve perseverancia y buenos deseos. Eso es lo más necesario aquí, porque con ello siempre se gana mucho.
Pero es terrible el ataque que aquí dan los demonios de mil maneras, y con más pena para el alma que en la morada pasada. Porque allá estaba muda y sorda, o al menos oía muy poco y resistía menos, como quien ha perdido en parte la esperanza de vencer. Aquí, en cambio, el entendimiento está más despierto y las potencias más activas, y los golpes y ataques son de tal manera que el alma no puede dejar de oírlos.
Porque aquí los demonios le ponen delante al alma las cosas del mundo, haciéndolas parecer muy deseables y como si duraran para siempre: la buena opinión de los demás, los amigos y la familia, la salud, el temor a hacer penitencia, que el alma que entra en esta morada comienza a desear de algún modo, y muchos otros obstáculos más.
¡Oh Jesús, qué alboroto hacen aquí los demonios y qué aflicción pasa la pobre alma, que no sabe si seguir adelante o volver a la primera pieza! Porque, por una parte, la razón le hace ver que es un engaño pensar que las cosas del mundo tienen verdadero valor frente a lo que busca. La fe le enseña qué es lo que realmente le conviene. Y la memoria le recuerda cómo terminan esas cosas que tanto atraen: quienes las disfrutaron también murieron, pronto fueron olvidados, y aun los que parecían muy grandes acabaron en la sepultura. Así, el alma va entendiendo que todo eso se acaba.
La voluntad se inclina a amar a Aquel de quien ha visto tantas muestras y pruebas de amor, y quisiera corresponderle en algo. Sobre todo, se le pone delante que este verdadero Amador nunca se aparta de ella, sino que la acompaña y le da vida y ser.
Luego viene el entendimiento y le hace ver que no puede hallar mejor amigo, aunque viva muchos años; que todo el mundo está lleno de falsedad, y que esos gustos que el demonio le pone delante traen consigo trabajos, cuidados y contradicciones. Y le dice que tenga por cierto que fuera de este castillo no hallará seguridad ni paz; que deje de andar por casas ajenas, siendo la suya tan llena de bienes, si es que la quiere disfrutar. Porque, ¿quién puede hallar todo lo que necesita como en su propia casa, sobre todo teniendo en ella tal Huésped, que la hará señora de todos los bienes, si no quiere andar perdida, como el hijo pródigo, comiendo comida de puercos?
Estas razones ayudan a vencer a los demonios. Pero, ¡oh Señor y Dios mío!, la costumbre de vivir entre vanidades y ver que todo el mundo anda en eso lo arruina todo. Porque la fe está tan apagada, que damos más valor a lo que vemos que a lo que ella nos dice. Y, en realidad, en quienes siguen estas cosas del mundo no vemos sino desgracia.
Eso es lo que han hecho en nosotros estas cosas venenosas de las que hablamos: así como la mordedura de una víbora envenena todo el cuerpo y lo hincha, así también pasa aquí. No nos cuidamos, y hace falta mucha cura para sanar. Y ya es gran misericordia de Dios si no morimos por ello.
Ciertamente, el alma pasa aquí grandes trabajos. Y, sobre todo, si el demonio ve que esa alma, por su manera de ser y por sus costumbres, tiene disposición para avanzar mucho, entonces hará todo lo posible para sacarla otra vez de este camino.
¡Oh Señor mío!, aquí hace falta tu ayuda, porque sin ella no se puede hacer nada. Por tu misericordia, no permitas que esta alma sea engañada y deje lo que ha comenzado. Dale luz para que vea que en esto está todo su bien, y para que se aparte de las malas compañías, porque es de grandísima ayuda tratar con personas que también viven esto. Que no se acerque solamente a quienes están en las mismas moradas que ella, sino también a quienes entiende que han entrado más adentro, porque eso le ayudará mucho, y tanto podrá tratar con ellos, que hasta podrán llevarla consigo.
Que siempre esté atenta a no dejarse vencer. Porque si el demonio ve en ella una gran determinación, de que antes perderá la vida, el descanso y todo lo que le ofrece, que volver a la primera pieza, más pronto la dejará. Que sea valiente, y no como aquellos que, cuando iban a la batalla, se echaban a beber, sino que se decida a pelear contra todos los demonios, sabiendo que no hay mejores armas que las de la cruz.
Aunque otras veces he dicho esto, importa tanto que lo vuelvo a decir aquí: quien comienza no debe pensar en regalos o gustos en este camino, porque esa es una manera muy baja de empezar a levantar un edificio tan precioso y tan grande. Y si comienzan sobre arena, todo se vendrá al suelo. Nunca dejarán de andar disgustados y tentados. Porque estas no son las moradas donde cae el maná; esas están más adelante, donde todo sabe a lo que quiere el alma, porque ya no quiere sino lo que Dios quiere.
Da hasta risa que todavía estemos llenos de tantos estorbos e imperfecciones, y que las virtudes aún no sepan ni caminar, porque apenas han comenzado a nacer, y ojalá de verdad hayan comenzado, ¿y no nos da vergüenza querer gustos en la oración y quejarnos de las sequedades?
Que eso nunca les pase, hermanas. Abrácense a la cruz que su Esposo llevó sobre sí, y entiendan que esa ha de ser su tarea: la que más pueda padecer, que padezca más por Él, y esa será la mejor librada. Lo demás, como algo secundario, si el Señor se lo da, denle muchas gracias.
Les parecerá que están bien decididas para los trabajos de afuera, con tal de que Dios las consuele por dentro. Pero Su Majestad sabe mejor lo que nos conviene. No hay por qué decirle qué debe darnos, porque con razón nos podría decir que no sabemos lo que pedimos.
Toda la intención de quien comienza a hacer oración, y no se les olvide esto, porque importa mucho, debe ser trabajar, decidirse y disponerse con todo empeño a conformar su voluntad con la de Dios. Y, como diré después, tengan por muy cierto que en esto consiste la mayor perfección que se puede alcanzar en el camino espiritual. Quien más perfectamente logra esto, más recibe del Señor y más adelantado va en este camino.
No piensen que aquí hay cosas extrañas o difíciles de entender, porque en esto consiste todo nuestro bien. Pues si nos equivocamos desde el principio, queriendo enseguida que el Señor haga nuestra voluntad y nos lleve como imaginamos, ¿con qué firmeza podrá sostenerse este edificio?
Procuremos hacer lo que está de nuestra parte y cuidarnos de estas sabandijas venenosas. Porque muchas veces el Señor permite que nos persigan malos pensamientos, que nos aflijan sin que podamos quitarlos de nosotros, y también sequedades. Y aun algunas veces permite que nos muerdan, para que después sepamos guardarnos mejor y para probar si de verdad nos pesa haberlo ofendido.
Por eso, no se desanimen si alguna vez caen, ni dejen por eso de seguir adelante. Porque aun de esa caída Dios puede sacar un bien, así como quien vende una medicina primero la prueba para demostrar que realmente sirve. Y aunque no viéramos nuestra miseria ni el gran daño que nos hace andar dispersos en ninguna otra cosa, bastaría con esta lucha que se pasa para volver a recogernos.
¿Puede haber un mal mayor que no sentirnos en paz dentro de nuestra propia alma? ¿Qué esperanza podemos tener de hallar descanso en cosas de afuera, si dentro de nosotros mismos no lo encontramos? Y es que las potencias del alma, que deberían ser como nuestros amigos más cercanos y con las que siempre tendremos que vivir, parecen volverse contra nosotros, como lastimadas por el daño que nuestros vicios les han hecho.
¡Paz, paz!, hermanas mías, dijo el Señor, y así se lo repitió tantas veces a sus Apóstoles. Pues créanme: si no tenemos paz y no la buscamos dentro de nuestra propia casa, no la hallaremos afuera. Que se acabe ya esta guerra. Por la sangre que derramó por nosotros, se lo pido yo a quienes todavía no han comenzado a entrar dentro de sí; y a quienes ya han comenzado, que esto no les baste para volver atrás.
Miren que es peor recaer que caer. Ya ven lo que se pierde. Confíen en la misericordia de Dios y en nada de ustedes mismas, y verán cómo Su Majestad las va llevando de unas moradas a otras, y las mete en una tierra donde estas fieras ya no las pueden tocar ni cansar, sino que ustedes las dominarán, se burlarán de ellas, y gozarán de muchos más bienes de los que podrían desear, aun en esta vida, digo.
Porque, como dije al principio, cuando vengan esas turbaciones, no hay que forzarse bruscamente para concentrarse o recogerse, sino volver poco a poco, con suavidad, para poder perseverar mejor. Solo diré que, en mi opinión, ayuda mucho tratar con personas con experiencia, porque a veces pensarán que cosas que sí deben hacer son demasiado difíciles o que les harán mucho daño.
Con tal de no abandonar este camino, el Señor hará que todo sirva para nuestro bien, aun si no encontramos a nadie que nos enseñe. Si el alma se descuida, se enfría o retrocede, el remedio es volver a recogerse y retomar el camino otra vez. Si no, el alma se irá perdiendo poco a poco cada día más, y quiera Dios que al menos llegue a darse cuenta de ello.
Podría alguien pensar que, si es tan malo volver atrás, entonces sería mejor no empezar nunca y quedarse fuera del castillo. Pero ya les dije al principio, y el mismo Señor lo dice, que quien vive en peligro termina pereciendo en él, y que la puerta para entrar en este castillo es la oración.
Por eso, pensar que vamos a entrar en el cielo sin entrar primero dentro de nosotros mismos, sin conocernos, sin reconocer nuestra miseria, sin considerar lo que le debemos a Dios y sin pedirle muchas veces misericordia, es un desatino. El mismo Señor dice: Nadie va al Padre sino por mí; no sé si lo dice exactamente así, creo que sí; y también: quien me ve a mí, ve al Padre.
Pues si nunca lo miramos ni pensamos en lo que le debemos, ni en la muerte que padeció por nosotros, no sé cómo podremos conocerlo ni servirlo con nuestras obras. Porque la fe, si no va acompañada de obras y unida a los méritos de Jesucristo, que es nuestro bien, ¿qué valor puede tener? ¿Y quién nos moverá a amar a este Señor?
Quiera Su Majestad hacernos entender cuánto le costamos, que el siervo no es más que su Señor, y que tenemos que obrar para llegar a gozar de su gloria. Y para eso necesitamos orar, para no vivir siempre cayendo en tentación.
Texto original (1577)
Segunda Morada
Capítulo Único | Texto original (1577)
Ahora vengamos a hablar cuáles serán las almas que entran a las segundas moradas y qué hacen en ellas. Querría deciros poco, porque lo he dicho en otras partes bien largo, y será imposible dejar de tornar a decir otra vez mucho de ello, porque cosa no se me acuerda de lo dicho; que si lo supiera guisar de diferentes maneras, bien sé que no os enfadaríais, como nunca nos cansamos de los libros que tratan de eso con ser muchos.
Es de los que han ya comenzado a tener oración y entendido lo que les importa no se quedar en las primeras moradas, mas no tienen aún determinación para dejar muchas veces de estar en ella, porque no dejan las ocasiones, que es harto peligro. Mas harta misericordia es que algún rato procuren huir de las culebras y cosas emponzoñosas, y entender que es bien dejarlas.
Estos, en parte, tienen harto más trabajo que los primeros, aunque no tanto peligro, porque ya parecen los entienden, y hay gran esperanza de que entrarán más adentro. Digo que tienen más trabajo, porque los primeros son como mudos que no oyen, y así pasan mejor su trabajo de no hablar, lo que no pasarían, sino muy mayor, los que oyesen y no pudiesen hablar. Mas no por eso se desea más lo de los que no oyen, que en fin es gran cosa entender lo que nos dicen. Así éstos entienden los llamamientos que les hace el Señor; porque, como van entrando más cerca de donde está Su Majestad, es muy buen vecino, y tanta su misericordia y bondad, que aun estándonos en nuestros pasatiempos y negocios y contentos y baraterías del mundo, y aun cayendo y levantando en pecados (porque estas bestias son tan ponzoñosas y peligrosa su compañía y bulliciosas que por maravilla dejarán de tropezar en ellas para caer), con todo esto, tiene en tanto este Señor nuestro que le queramos y procuremos su compañía, que una vez u otra no nos deja de llamar para que nos acerquemos a Él; y es esta voz tan dulce que se deshace la pobre alma en no hacer luego lo que le manda; y así -como digo- es más trabajo que no lo oír.
No digo que son estas voces y llamamientos como otras que diré después sino con palabras que oyen a gente buena o sermones o con lo que leen en buenos libros y cosas muchas que habéis oído, por donde llama Dios, o enfermedades, trabajos, y también con una verdad que enseña en aquellos ratos que estamos en la oración; sea cuan flojamente quisiereis, tiénelos Dios en mucho. Y vosotras, hermanas, no tengáis en poco esta primera merced ni os desconsoléis aunque no respondáis luego al Señor, que bien sabe Su Majestad aguardar muchos días y años, en especial cuando ve perseverancia y buenos deseos. Esta es lo más necesario aquí, porque con ella jamás se deja de ganar mucho. Mas es terrible la batería que aquí dan los demonios de mil maneras y con más pena del alma que aun en la pasada; porque acullá estaba muda y sorda, al menos oía muy poco y resistía menos, como quien tiene en parte perdida la esperanza de vencer; aquí está el entendimiento más vivo y las potencias más hábiles: andan los golpes y la artillería de manera que no lo puede el alma dejar de oír. Porque aquí es el representar los demonios estas culebras de las cosas del mundo y el hacer los contentos de él casi eternos, la estima en que está teniendo en él, los amigos y parientes, la salud en las cosas de penitencia (que siempre comienza el alma que entra en esta morada a desear hacer alguna), y otras mil maneras de impedimentos.
¡Oh Jesús, qué es la barahúnda que aquí ponen los demonios y las aflicciones de la pobre alma que no sabe si pasar adelante o tornar a la primera pieza! Porque la razón, por otra parte, le representa el engaño que es pensar que todo esto vale nada en comparación de lo que pretende; la fe la enseña cuál es lo que le cumple; la memoria le representa en lo que paran todas estas cosas, trayéndole presente la muerte de los que mucho gozaron estas cosas que ha visto: cómo algunas ha visto súbitas, cuán presto son olvidados de todos, cómo ha visto a algunos que conoció en gran prosperidad pisar debajo de la tierra y aun pasado por la sepultura él muchas veces, y mirar que están en aquel cuerpo hirviendo muchos gusanos, y otras hartas cosas que le puede poner delante; la voluntad se inclina a amar a donde tan innumerables cosas y muestras ha visto de amor, y querría pagar alguna: en especial se le pone delante cómo nunca se quita de con él este verdadero Amador, acompañándole, dándole vida y ser. Luego el entendimiento acude con darle a entender que no puede cobrar mejor amigo, aunque viva muchos años, que todo el mundo está lleno de falsedad, y estos contentos que le pone el demonio, de trabajos y cuidados y contradicciones; y le dice que esté cierto que fuera de este castillo no hallará seguridad ni paz; que se deje de andar por casas ajenas, pues la suya es tan llena de bienes, si la quiere gozar; que quién hay que halle todo lo que ha menester como en su casa, en especial teniendo tal huésped que le hará señor de todos los bienes, si él quiere no andar perdido, como el hijo pródigo, comiendo manjar de puercos.
Razones son éstas para vencer los demonios. Mas, ¡oh Señor y Dios mío! que la costumbre en las cosas de vanidad y el ver que todo el mundo trata de esto, lo estraga todo. Porque está tan muerta la fe, que queremos más lo que vemos que lo que ella nos dice; y a la verdad, no vemos sino harta malaventura en los que se van tras estas cosas visibles. Mas eso han hecho estas cosas ponzoñosas que tratamos: que, como si a uno muerde una víbora se emponzoña todo y se hincha, así es acá; no nos guardamos; claro está que es menester muchas curas para sanar; y harta merced nos hace Dios si no morimos de ello. Cierto, pasa el alma aquí grandes trabajos; en especial si entiende el demonio que tiene aparejo en su condición y costumbres para ir muy adelante, todo el infierno juntará para hacerle tornar a salir fuera.
¡Oh Señor mío!, aquí es menester vuestra ayuda, que sin ella no se puede hacer nada. Por vuestra misericordia, no consintáis que esta alma sea engañada para dejar lo comenzado. Dadle luz para que vea cómo está en esto todo su bien, y para que se aparte de malas compañías, que grandísima cosa es tratar con los que tratan de esto; allegarse no sólo a los que viere en estos aposentos que él está, sino a los que entendiere que han entrado a los de más cerca; porque le será gran ayuda, y tanto los puede conversar, que le metan consigo. Siempre esté con aviso de no se dejar vencer; porque si el demonio le ve con una gran determinación de que antes perderá la vida y el descanso y todo lo que le ofrece que tornara a la pieza primera, muy más presto le dejará. Sea varón y no de los que se echaban a beber de bruces, cuando iban a la batalla, no me acuerdo con quién, sino que se determine que va a pelear con todos los demonios y que no hay mejores armas que las de la cruz.
Aunque otras veces he dicho esto, importa tanto que lo torno a decir aquí: es que no se acuerde que hay regalos en esto que comienza, porque es muy baja manera de comenzar a labrar un tan precioso y grande edificio; y si comienzan sobre arena, darán con todo en el suelo; nunca acabarán de andar disgustados y tentados. Porque no son estas las moradas a donde se llueve el maná; están más adelante, adonde todo sabe a lo que quiere un alma, porque no quiere sino lo que quiere Dios.
Es cosa donosa que aún nos estemos con mil embarazos e imperfecciones y las virtudes que aun no saben andar, sino que ha poco que comenzaron a nacer, y aún plega a Dios estén comenzadas, ¿y no habemos vergüenza de querer gustos en la oración y quejarnos de sequedades? Nunca os acaezca, hermanas; abrazaos con la cruz que vuestro Esposo llevó sobre sí y entended que ésta ha de ser vuestra empresa: la que más pudiere padecer, que padezca más por él, y será la mejor librada. Lo demás, como cosa accesoria, si os lo diere el Señor dadle muchas gracias.
Pareceros ha que para los trabajos exteriores bien determinadas estáis, con que os regale Dios en lo interior. Su Majestad sabe mejor lo que nos conviene; no hay para qué le aconsejar lo que nos ha de dar, que nos puede con razón decir que no sabemos lo que pedimos. Toda la pretensión de quien comienza oración (y no se os olvide esto, que importa mucho) ha de ser trabajar y determinarse y disponerse con cuantas diligencias pueda a hacer su voluntad conformar con la de Dios; y - como diré después- estad muy cierta que en esto consiste toda la mayor perfección que se puede alcanzar en el camino espiritual: quien más perfectamente tuviere esto, más recibirá del Señor y más adelante está en este camino. No penséis que hay aquí más algarabías ni cosas no sabidas y entendidas, que en esto consiste todo nuestro bien. Pues si erramos en el principio, queriendo luego que el Señor haga la nuestra y que nos lleve como imaginamos, ¿qué firmeza puede llevar este edificio? Procuremos hacer lo que es en nosotros y guardarnos de estas sabandijas ponzoñosas; que muchas veces quiere el Señor que nos persigan malos pensamientos y nos aflijan, sin poderlos echar de nosotros, y sequedades; y aun algunas veces permite que nos muerdan, para que nos sepamos mejor guardar después y para probar si nos pesa mucho de haberle ofendido.
Por eso, no os desaniméis, si alguna vez cayereis, para dejar de procurar ir adelante; que aun de esa caída sacará Dios bien, como hace el que vende la triaca, para probar si es buena, que bebe la ponzoña primero. Cuando no viésemos en otra cosa nuestra miseria y el gran daño que nos hace andar derramados, sino en esta batería que se pasa para tornarnos a recoger, bastaba.
¿Puede ser mayor mal que no nos hallemos en nuestra misma casa? ¿Qué esperanza podemos tener de hallar sosiego en otras cosas, pues en las propias no podemos sosegar? Sino que tan grandes y verdaderos amigos y parientes y con quien siempre, aunque no queramos, hemos de vivir, como son las potencias, ésas parece nos hacen la guerra, como sentidas de las que a ellas les han hecho nuestros vicios. ¡Paz, paz!, hermanas mías, dijo el Señor, y amonestó a sus Apóstoles tantas veces. Pues creeme, que si no la tenemos y procuramos en nuestra casa, que no la hallaremos en los extraños. Acábese ya esta guerra; por la sangre que derramó por nosotros lo pido yo a los que no han comenzado a entrar en sí; y a los que han comenzado, que no baste para hacerlos tornar atrás. Miren que es peor la recaída que la caída; ya ven su pérdida; confíen en la misericordia de Dios y nonada en sí, y verán cómo Su Majestad le lleva de unas moradas a otras y le mete en la tierra adonde estas fieras ni le pueden tocar ni cansar, sino que él las sujete a todas y burle de ellas, y goce de muchos más bienes que podría desear, aún en esta vida digo.
Porque -como dije al principio-, os tengo escrito cómo os habéis de haber en estas turbaciones que aquí pone el demonio, y cómo no ha de ir a fuerza de brazos el comenzarse a recoger, sino con suavidad, para que podáis estar más continuamente, no lo diré aquí, más de que, de mi parecer hace mucho al caso tratar con personas experimentadas; porque en cosas que son necesario hacer, pensaréis que hay gran quiebra. Como no sea el dejarlo, todo lo guiará el Señor a nuestro provecho, aunque no hallemos quien nos enseñe; que para este mal no hay remedio si no se torna a comenzar, sino ir perdiendo poco a poco cada día más el alma, y aún plega a Dios que lo entienda.
Podría alguna pensar que si tanto mal es tornar atrás, que mejor será nunca comenzarlo, sino estarse fuera del castillo. Ya os dije al principio, y el mismo Señor lo dice, que quien anda en el peligro en él perece, y que la puerta para entrar en este castillo es la oración. Pues pensar que hemos de entrar en el cielo y no entrar en nosotros, conociéndonos y considerando nuestra miseria y lo que debemos a Dios y pidiéndole muchas veces misericordia, es desatino. El mismo Señor dice: *Ninguno subirá a mi Padre, sino por mí*; no sé si dice así, creo que sí; *y quien me ve a mí, ve a mi Padre.* Pues si nunca le miramos ni consideramos lo que le debemos y la muerte que pasó por nosotros, no sé cómo le podemos conocer ni hacer obras en su servicio; porque la fe sin ellas y sin ir llegadas al valor de los merecimientos de Jesucristo, bien nuestro, ¿qué valor pueden tener? ¿Ni quién nos despertará a amar a este Señor?
Plega a Su Majestad nos dé a entender lo mucho que le costamos y cómo no es más el siervo que el Señor, y que hemos menester obrar para gozar su gloria, y que para esto nos es necesario orar para no andar siempre en tentación.
