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Santa Teresa de Jesús / Las Moradas

Primera Morada.
Capítulo 2.

Sobre este capítulo

Teresa relaciona el conocimiento propio con mirar a Dios: reconocer nuestros límites debe abrirnos a su ayuda y al amor al prójimo. Advierte que encerrarse en las propias faltas, los intereses mundanos o los defectos ajenos puede oscurecer esa atención y debilitar la caridad.

Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.

Parte 1

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Texto adaptado

Primera Morada

Capítulo 2 - PARTE 1| Texto adaptado

Antes de seguir, piensen en lo que sucede cuando un alma cae en pecado mortal. Ese castillo tan hermoso y resplandeciente, esa perla preciosa, ese árbol de vida plantado en las aguas vivas de Dios, queda sumido en una oscuridad más profunda que cualquiera que podamos imaginar.

Y, sin embargo, Dios sigue en el centro del alma, como el sol que antes iluminaba el castillo. Lo que ha cambiado es que el alma ya no recibe su luz, aunque sigue siendo capaz de gozar de Dios, del mismo modo que un cristal es capaz de reflejar el sol.

Por eso, mientras permanece en pecado mortal, sus buenas obras no dan fruto para alcanzar la gloria. Al apartarse de Dios, fuente del verdadero valor de toda virtud, no pueden agradarle. Quien comete un pecado mortal no busca en ese acto agradar a Dios, sino satisfacer al demonio. Y así, bajo el poder de las tinieblas, la pobre alma queda también oscurecida.

Yo sé de una persona a quien el Señor le mostró cómo queda un alma cuando comete un pecado mortal. Esa persona dice que, si todos comprendieran lo que vio, nadie pecaría, aunque tuviera que soportar grandes sufrimientos para evitar las ocasiones de pecado. Por eso deseaba tanto que todos lo entendieran.

Ojalá Dios les dé también a ustedes, hijas, el deseo de orar mucho por quienes se encuentran en ese estado. Su alma se ha oscurecido, y oscuras son también sus obras.

De una fuente limpia brotan arroyos limpios. Así ocurre con el alma que vive en gracia: sus obras agradan a Dios y a los demás porque nacen de Él, que es la fuente de la vida. Esa alma es como un árbol plantado junto al agua. De allí recibe lo que la sostiene, evita que se seque y le permite dar buen fruto.

En cambio, cuando el alma se aparta por su culpa de esa fuente y echa raíces junto a aguas negras y malolientes, todo lo que brota de ella lleva esa misma suciedad y desventura.

Hay que recordar que Dios, la fuente de vida y el sol que brilla en el centro del alma, no pierde su luz ni su hermosura. Siempre está allí. Pero, si cubrimos con un paño negro un cristal puesto al sol, la luz seguirá brillando sin que el cristal pueda reflejarla.

¡Oh, almas redimidas por la sangre de Jesucristo! Reconozcan lo que sucede en ustedes y tengan compasión de sí mismas. ¿Cómo no van a querer quitar esa capa negra que oscurece el cristal? Si la vida se termina antes de que la quiten, ya no podrán gozar de esa luz.

¡Oh, Jesús, qué dolor ver un alma apartada de ella! ¡Qué desoladas quedan las habitaciones del castillo! Los sentidos, que son sus habitantes, viven confundidos. Y las facultades del alma, que deberían gobernarlo, actúan a ciegas y sin orden. Si el árbol que ha echado raíces allí es el demonio, ¿qué fruto puede dar?

Oí una vez a un hombre espiritual decir que no se espantaba de las cosas que hacía alguien que está en pecado mortal, sino de lo que no hacía. Que Dios, por su misericordia, nos libre de un mal tan grande. Es lo que más debemos temer en esta vida, porque puede traer consecuencias eternas. Por eso, hijas, pidamos a Dios que nos proteja. Como dice la Escritura, si Él no guarda la ciudad, en vano trabajan quienes la vigilan, pues somos pura vanidad.

De lo que Dios le mostró, aquella persona aprendió dos cosas.

La primera fue a temer profundamente ofenderlo: al ver las consecuencias del pecado, le suplicaba una y otra vez que no la dejara caer. La segunda fue una lección de humildad. Comprendió que el bien que hacemos no nace de nosotros mismos, sino de Dios. Él es la fuente que alimenta el árbol de nuestra alma y el sol que da calor a nuestras obras. Lo vio con tanta claridad que, cada vez que hacía algo bueno o veía hacerlo a otra persona, reconocía enseguida que ese bien venía de Dios. Entonces lo alababa, sin atribuirse a sí misma el mérito de sus buenas obras.

No habrán perdido el tiempo al leer esto, hermanas, ni yo al escribirlo, si nos quedamos con esas dos enseñanzas. Quienes tienen estudios quizá ya las conozcan bien; a nosotras pueden ayudarnos estas comparaciones a comprenderlas. Que el Señor, en su bondad, nos conceda esa gracia.

Son tan difíciles de entender estas cosas interiores que alguien que sabe tan poco como yo tendrá por fuerza que decir muchas cosas de más, e incluso algunas desacertadas, antes de dar con alguna acertada. Quien lea esto necesitará paciencia, pues yo también la necesito para escribir sobre lo que no sé. A veces tomo el papel como una boba, sin saber qué decir ni cómo comenzar.

Sé que es importante explicarles, como pueda, algunas cosas interiores. Siempre oímos que la oración es buena y nuestras constituciones nos mandan dedicarle tantas horas. Pero las explicaciones suelen limitarse a lo que nosotras podemos hacer; de lo que obra el Señor en el alma, es decir, de lo sobrenatural, se habla poco. Si logramos explicar estas cosas de distintas maneras, nos consolará mucho contemplar este artificio celestial interior, tan poco comprendido aunque muchos lo experimenten.

Y aunque en otras cosas que he escrito el Señor me ha ayudado a explicar algo de esto, entiendo que algunas no las comprendía entonces como las he comprendido después, sobre todo las más difíciles. La dificultad es que, para llegar a ellas, tendré que decir muchas cosas que ya se saben. Con mi rudo ingenio, no encuentro otra manera.

Pues volvamos ahora a nuestro castillo de muchas moradas. No imaginen esas moradas como habitaciones puestas una detrás de otra, en fila. Fíjense más bien en el centro: allí está la estancia, el palacio donde habita el Rey. Imaginen un palmito: para llegar a su parte tierna y sabrosa, hay que atravesar muchas capas que la rodean. Así también, alrededor de la estancia central hay muchas moradas, y también las hay por encima de ella.

Las cosas del alma han de considerarse con plenitud, amplitud y grandeza, sin encerrarlas en límites estrechos. El alma es capaz de mucho más de lo que alcanzamos a imaginar, y la luz del sol que brilla en ese palacio llega a todas sus partes.

Esto es importante para cualquier alma que ore, poco o mucho: no la arrinconen ni la aprieten. Déjenla recorrer las moradas, arriba, abajo y a los lados, pues Dios le ha dado una gran dignidad. No la obliguen a quedarse mucho tiempo en una sola habitación, sobre todo si se trata del conocimiento de sí misma.

Quiero que me entiendan bien: conocerse a sí misma es necesario. Incluso las almas que el Señor lleva a la morada donde Él está necesitan ese conocimiento y no pueden prescindir de él, aunque quieran. La humildad trabaja como la abeja que hace miel en la colmena; sin ella, todo se pierde. Pero la abeja también sale a volar para buscar flores. Del mismo modo, el alma no debe quedarse siempre mirándose a sí misma. Créanme: que vuele algunas veces a contemplar la grandeza y majestad de Dios.

Al contemplarlo, reconocerá mejor su propia pequeñez que si solo se mira a sí misma. También estará más libre de las sabandijas que entran en las primeras moradas, donde el alma se ocupa de conocerse. Ejercitarse en ese conocimiento es una gran misericordia de Dios, pero, como suele decirse, tan malo es el exceso como la falta. Con la fuerza de Dios practicaremos mejor la virtud que si permanecemos demasiado atadas a nuestra propia tierra.

No sé si me he explicado bien. Conocernos a nosotras mismas es tan importante que no quisiera que lo descuidáramos jamás, por muy alto que hayamos llegado. Mientras vivimos en esta tierra, nada nos importa más que la humildad.

Por eso repito que es muy bueno, muy bueno de verdad, entrar primero en el aposento donde aprendemos a conocernos, antes de volar a los demás. Este es el camino seguro y llano. Si podemos andar por él, ¿para qué buscar alas? Que cada una procure avanzar en ese conocimiento. A mi parecer, jamás acabaremos de conocernos si no procuramos conocer a Dios. Al mirar su grandeza, reconoceremos nuestra bajeza; al mirar su limpieza, veremos nuestra suciedad; y al considerar su humildad, veremos cuán lejos estamos de ser humildes.

Hay dos ganancias en esto. La primera es que, así como lo blanco parece más blanco junto a lo negro, y lo negro más negro junto a lo blanco, al mirar la grandeza de Dios vemos mejor nuestra propia condición. La segunda es que, cuando nos examinamos a nosotras mismas sin dejar de tratar con Dios, nuestro entendimiento y nuestra voluntad se ennoblecen y quedan mejor dispuestos para el bien. Si nunca salimos del lodo de nuestras miserias, esto nos perjudica mucho.

Antes hablamos de las corrientes negras y malolientes del alma en pecado mortal. No digo que aquí suceda lo mismo —Dios nos libre—; es solo una comparación. Pero, si nos quedamos siempre hundidas en la miseria de nuestra tierra, de nosotras no brotará sino una corriente de lodo, llena de temores, inseguridad y cobardía. Empezaremos a preguntarnos: «¿Me miran o no me miran? ¿Me irá mal si sigo este camino? ¿Me atreveré a comenzar esa obra? ¿Será soberbia? ¿Está bien que alguien tan miserable como yo se dedique a algo tan alto como la oración? ¿Pensarán que me creo mejor si no sigo el camino de todos? ¿No son malos los extremos, incluso en la virtud? Siendo tan pecadora, ¿no será peor mi caída cuanto más alto llegue? Quizá no logre avanzar y termine perjudicando a los buenos. Una como yo no necesita cosas especiales».

¡Oh, válgame Dios, hijas! ¡Cuántas almas habrá llevado el demonio a la perdición con este engaño! Confunden todas esas dudas con humildad, y podría mencionar muchas más. Esto sucede porque no acabamos de conocernos. El demonio nos confunde sobre lo que significa conocernos y, si nunca dejamos de mirarnos a nosotras mismas, no me extraña que acabemos llenas de estos temores y de otros muchos.

Por eso digo, hijas, que pongamos los ojos en Cristo, nuestro bien, y en sus santos. Allí aprenderemos la verdadera humildad. Nuestro entendimiento se ennoblecerá, como he dicho, y el conocimiento propio no dejará al alma abatida ni cobarde. Aunque esta es la primera morada, es muy rica y valiosa. Si el alma logra escapar de las sabandijas que hay en ella, podrá seguir adelante. Terribles son las trampas y mañas del demonio para impedir que las almas se conozcan a sí mismas y vean por dónde van.

De estas primeras moradas puedo darles muchos detalles, porque las conozco por experiencia. Por eso les digo que no imaginen que tienen pocas piezas: piensen más bien en un millón. Las almas llegan a ellas de muchas maneras, y con buena intención.

Pero el demonio siempre busca el mal. Parece que en cada morada ha puesto legiones de demonios para impedir que las almas pasen a la siguiente. Como la pobre alma no se da cuenta, la engaña de mil maneras. No logra engañar tan fácilmente a las almas que están más cerca del Rey. Aquí, en las primeras moradas, todavía están muy absorbidas por el mundo, por sus placeres, sus honores y sus ambiciones. Por eso, los vasallos del alma —los sentidos y las facultades que Dios le dio por naturaleza— tienen poca fuerza, y el alma es vencida con facilidad, aunque desee no ofender a Dios y haga buenas obras.

Quienes se vean en este estado acudan a menudo, como puedan, a Su Majestad. Pidan la intercesión de su bendita Madre y de los santos, para que peleen por ellas, pues los vasallos del alma tienen poca fuerza para defenderla. En verdad, en cualquier estado necesitamos la fuerza de Dios. Que Su Majestad nos la conceda por su misericordia. Amén.

Parte 2

Texto adaptado

Primera Morada

Capítulo 2 - PARTE 2| Texto adaptado

¡Qué miserable es la vida en que vivimos! Porque en otra parte dije mucho del daño que nos hace, hijas, no entender bien esto de la humildad y del propio conocimiento, no les digo más aquí, aunque es lo que más nos importa, y aun plega al Señor que haya dicho algo que les aproveche.

Han de notar que en estas primeras moradas aún no llega casi nada la luz que sale del palacio donde está el Rey; porque, aunque no están oscurecidas y negras como cuando el alma está en pecado, sí están oscurecidas de alguna manera, de modo que no la pueda ver quien está en ella, digo, y no por culpa de la pieza, que no sé darme a entender, sino porque, con tantas cosas malas, culebras y víboras y cosas ponzoñosas que entraron con él, no le dejan advertir la luz. Como si uno entrara en una parte donde entra mucho sol y llevara tierra en los ojos, de modo que casi no los pudiera abrir. Clara está la pieza, pero él no la goza por el impedimento o por esas fieras y bestias que le hacen cerrar los ojos para no ver sino a ellas. Así me parece que debe ser un alma que, aunque no esté en mal estado, está tan metida en cosas del mundo y tan empapada en la hacienda o en la honra o en los negocios, como tengo dicho, que, aunque de verdad quisiera verse y gozar de su hermosura, no la dejan, ni parece que puede descabullirse de tantos impedimentos. Y conviene mucho, para entrar en las segundas moradas, que procure apartarse de las cosas y negocios no necesarios, cada uno conforme a su estado; porque es cosa que le importa tanto para llegar a la morada principal, que, si no comienza a hacer esto, lo tengo por imposible, y aun estar sin mucho peligro en la que está, aunque haya entrado en el castillo, porque entre cosas tan ponzoñosas, una vez u otra es imposible que dejen de morderle.

Pues ¿qué sería, hijas, si a las que ya están libres de estos tropiezos, como nosotras, y hemos ya entrado mucho más adentro, a otras moradas secretas del castillo, si por nuestra culpa volviéramos a salir a estas barahúndas, como, por nuestros pecados, debe haber muchas personas a quienes Dios ha hecho mercedes y que por su culpa se echan a esta miseria? Acá libres estamos en lo exterior; en lo interior, plega al Señor que también lo estemos y nos libre. Guárdense, hijas mías, de cuidados ajenos. Miren que en pocas moradas de este castillo dejan de combatir los demonios. Verdad es que en algunas tienen fuerza las guardas para pelear, como creo haber dicho que son las potencias, pero es muy necesario no descuidarnos para entender sus ardides y que no nos engañe, hecho ángel de luz; porque hay una multitud de cosas con que nos puede hacer daño entrando poco a poco, y hasta haberlo hecho no lo entendemos.

Ya les dije otra vez que es como una lima sorda, que hemos de entenderlo desde el principio. Quiero decir alguna cosa para darlo mejor a entender.

Pone en una hermana unos impulsos de penitencia, que le parece que no tiene descanso sino cuando se está atormentando. Este principio es bueno; pero si la priora ha mandado que no hagan penitencia sin licencia, y le hace parecer que en cosa tan buena bien se puede atrever, y a escondidas se da tal vida que viene a perder la salud y a no hacer lo que manda su Regla, ya ven en qué paró este bien.

Pone a otra un celo muy grande por la perfección. Esto es muy bueno; pero podría venir de aquí que cualquier faltita de las hermanas le pareciera una gran quiebra, y un cuidado de mirar si las hacen, y acudir a la priora; y aun a veces podría ser que no vea las suyas por el gran celo que tiene de la religión. Como las otras no entienden lo interior y ven ese cuidado, podría ser que no lo tomaran tan bien.

Lo que aquí pretende el demonio no es poco: es enfriar la caridad y el amor de unas con otras, y eso sería gran daño. Entendamos, hijas mías, que la perfección verdadera es amor de Dios y del prójimo, y mientras con más perfección guardemos estos dos mandamientos, más perfectas seremos. Toda nuestra Regla y Constituciones no sirven para otra cosa sino como medios para guardar esto con más perfección. Dejémonos de celos indiscretos, que nos pueden hacer mucho daño. Cada una se mire a sí misma.

Porque en otra parte ya les he dicho bastante sobre esto, no me alargaré.

Importa tanto este amor de unas con otras, que nunca querría que se les olvidara; porque, de andar mirando en las otras unas pequeñeces, que a veces no serán imperfección, sino que, como sabemos poco, quizá lo echaremos a la peor parte, puede el alma perder la paz y aun inquietar la de las otras: miren si costaría caro la perfección. También podría el demonio poner esta tentación en la priora, y sería más peligrosa. Para esto hace falta mucha discreción; porque, si fueran cosas que van contra la Regla y la Constitución, es necesario que no siempre se eche a buena parte, sino avisarla, y si no se enmendara, al prelado. Esto es claridad. Y también con las hermanas, si fuera alguna cosa grave; dejarlo todo por miedo, pensando que es tentación, sería la misma tentación. Pero se ha de advertir mucho, para que no nos engañe el demonio, no tratarlo una con otra, porque de aquí puede sacar el demonio gran ganancia y comenzar una costumbre de murmuración; sino con quien pueda aprovechar, como he dicho. Aquí, gloria a Dios, no hay tanto lugar para eso, porque se guarda tan continuo silencio; pero bien está que estemos sobre aviso.