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Santa Teresa de Jesús / Las Moradas

Segunda Morada.
Capítulo 1.

Sobre este capítulo

Teresa muestra cómo el deseo de acercarse a Dios convive con hábitos que nos hacen retroceder. Invita a perseverar en la oración, volver con suavidad después de las caídas y buscar buena compañía, confiando en su misericordia y disponiendo la voluntad a la suya.

Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.

Texto adaptado

Segunda Morada

Capítulo Único | Texto Adaptado

Ahora hablemos de cuáles son las almas que entran a las segundas moradas y qué hacen en ellas. Quisiera decirles poco, porque ya he hablado de esto largamente en otras partes, pero será imposible no volver a decir mucho, porque no recuerdo lo que ya dije; y si supiera expresarlo de distintas maneras, bien sé que no se cansarían, así como nunca nos cansamos de los muchos libros que tratan de esto.

Se trata de quienes ya comenzaron a hacer oración y entendieron que no les conviene quedarse en las primeras moradas, pero todavía no tienen la determinación de dejar de estar muchas veces en ellas, porque no se apartan de las ocasiones, y eso es muy peligroso. Pero ya es gran misericordia que, al menos por momentos, procuren huir de las culebras y de las cosas venenosas, y entiendan que es bueno dejarlas.

Estas almas, en parte, tienen mucho más trabajo que las primeras, aunque no tanto peligro, porque ya parece que entienden, y hay gran esperanza de que entrarán más adentro. Digo que tienen más trabajo porque los primeros son como mudos que no oyen, y así llevan mejor el sufrimiento de no hablar, cosa que les sería mucho más dura a los que oyen y no pueden hablar. Pero no por eso sería mejor no oír, porque al fin y al cabo es gran cosa entender lo que nos dicen.

Así pasa con estas almas: entienden los llamados que les hace el Señor. Porque, como van entrando más cerca de donde está Su Majestad, Él, como buen vecino, les habla. Y es tan grande su misericordia y su bondad, que aun cuando estamos metidos en nuestros entretenimientos, ocupaciones, gustos y engaños del mundo, e incluso cayendo y levantándonos en pecados, porque estas bestias son tan venenosas, tan peligrosa es su compañía y tan inquietas, que difícilmente dejan de hacernos tropezar y caer, aun así, este Señor nuestro estima tanto que lo queramos y busquemos su compañía, que una vez u otra no deja de llamarnos para que nos acerquemos a Él.

Y esa voz es tan dulce, que la pobre alma casi se deshace al no hacer enseguida lo que Él le manda. Y por eso, como digo, es más trabajoso oírla que no oírla.

No digo que estas voces y llamados sean como otros que diré después, sino que vienen por medio de palabras que oyen de gente buena, de sermones, de lo que leen en buenos libros, y de muchas otras cosas que ya han oído, por donde Dios llama. También llama por medio de enfermedades, trabajos, y con una verdad que enseña en esos ratos en que estamos en oración. Por más flojamente que quieran hacerla, Dios la tiene en mucho.

Y ustedes, hermanas, no tengan en poco esta primera merced ni se desconsuelen aunque no respondan de inmediato al Señor, porque Su Majestad bien sabe esperar muchos días y aun muchos años, sobre todo cuando ve perseverancia y buenos deseos. Eso es lo más necesario aquí, porque con ello siempre se gana mucho.

Pero es terrible el ataque que aquí dan los demonios de mil maneras, y con más pena para el alma que en la morada pasada. Porque allá estaba muda y sorda, o al menos oía muy poco y resistía menos, como quien ha perdido en parte la esperanza de vencer. Aquí, en cambio, el entendimiento está más despierto y las potencias más activas, y los golpes y ataques son de tal manera que el alma no puede dejar de oírlos.

Porque aquí los demonios le ponen delante al alma las cosas del mundo, haciéndolas parecer muy deseables y como si duraran para siempre: la buena opinión de los demás, los amigos y la familia, la salud, el temor a hacer penitencia, que el alma que entra en esta morada comienza a desear de algún modo, y muchos otros obstáculos más.

¡Oh Jesús, qué alboroto hacen aquí los demonios y qué aflicción pasa la pobre alma, que no sabe si seguir adelante o volver a la primera pieza! Porque, por una parte, la razón le hace ver que es un engaño pensar que las cosas del mundo tienen verdadero valor frente a lo que busca. La fe le enseña qué es lo que realmente le conviene. Y la memoria le recuerda cómo terminan esas cosas que tanto atraen: quienes las disfrutaron también murieron, pronto fueron olvidados, y aun los que parecían muy grandes acabaron en la sepultura. Así, el alma va entendiendo que todo eso se acaba.

La voluntad se inclina a amar a Aquel de quien ha visto tantas muestras y pruebas de amor, y quisiera corresponderle en algo. Sobre todo, se le pone delante que este verdadero Amador nunca se aparta de ella, sino que la acompaña y le da vida y ser.

Luego viene el entendimiento y le hace ver que no puede hallar mejor amigo, aunque viva muchos años; que todo el mundo está lleno de falsedad, y que esos gustos que el demonio le pone delante traen consigo trabajos, cuidados y contradicciones. Y le dice que tenga por cierto que fuera de este castillo no hallará seguridad ni paz; que deje de andar por casas ajenas, siendo la suya tan llena de bienes, si es que la quiere disfrutar. Porque, ¿quién puede hallar todo lo que necesita como en su propia casa, sobre todo teniendo en ella tal Huésped, que la hará señora de todos los bienes, si no quiere andar perdida, como el hijo pródigo, comiendo comida de puercos?

Estas razones ayudan a vencer a los demonios. Pero, ¡oh Señor y Dios mío!, la costumbre de vivir entre vanidades y ver que todo el mundo anda en eso lo arruina todo. Porque la fe está tan apagada, que damos más valor a lo que vemos que a lo que ella nos dice. Y, en realidad, en quienes siguen estas cosas del mundo no vemos sino desgracia.

Eso es lo que han hecho en nosotros estas cosas venenosas de las que hablamos: así como la mordedura de una víbora envenena todo el cuerpo y lo hincha, así también pasa aquí. No nos cuidamos, y hace falta mucha cura para sanar. Y ya es gran misericordia de Dios si no morimos por ello.

Ciertamente, el alma pasa aquí grandes trabajos. Y, sobre todo, si el demonio ve que esa alma, por su manera de ser y por sus costumbres, tiene disposición para avanzar mucho, entonces hará todo lo posible para sacarla otra vez de este camino.

¡Oh Señor mío!, aquí hace falta tu ayuda, porque sin ella no se puede hacer nada. Por tu misericordia, no permitas que esta alma sea engañada y deje lo que ha comenzado. Dale luz para que vea que en esto está todo su bien, y para que se aparte de las malas compañías, porque es de grandísima ayuda tratar con personas que también viven esto. Que no se acerque solamente a quienes están en las mismas moradas que ella, sino también a quienes entiende que han entrado más adentro, porque eso le ayudará mucho, y tanto podrá tratar con ellos, que hasta podrán llevarla consigo.

Que siempre esté atenta a no dejarse vencer. Porque si el demonio ve en ella una gran determinación, de que antes perderá la vida, el descanso y todo lo que le ofrece, que volver a la primera pieza, más pronto la dejará. Que sea valiente, y no como aquellos que, cuando iban a la batalla, se echaban a beber, sino que se decida a pelear contra todos los demonios, sabiendo que no hay mejores armas que las de la cruz.

Aunque otras veces he dicho esto, importa tanto que lo vuelvo a decir aquí: quien comienza no debe pensar en regalos o gustos en este camino, porque esa es una manera muy baja de empezar a levantar un edificio tan precioso y tan grande. Y si comienzan sobre arena, todo se vendrá al suelo. Nunca dejarán de andar disgustados y tentados. Porque estas no son las moradas donde cae el maná; esas están más adelante, donde todo sabe a lo que quiere el alma, porque ya no quiere sino lo que Dios quiere.

Da hasta risa que todavía estemos llenos de tantos estorbos e imperfecciones, y que las virtudes aún no sepan ni caminar, porque apenas han comenzado a nacer, y ojalá de verdad hayan comenzado, ¿y no nos da vergüenza querer gustos en la oración y quejarnos de las sequedades?

Que eso nunca les pase, hermanas. Abrácense a la cruz que su Esposo llevó sobre sí, y entiendan que esa ha de ser su tarea: la que más pueda padecer, que padezca más por Él, y esa será la mejor librada. Lo demás, como algo secundario, si el Señor se lo da, denle muchas gracias.

Les parecerá que están bien decididas para los trabajos de afuera, con tal de que Dios las consuele por dentro. Pero Su Majestad sabe mejor lo que nos conviene. No hay por qué decirle qué debe darnos, porque con razón nos podría decir que no sabemos lo que pedimos.

Toda la intención de quien comienza a hacer oración, y no se les olvide esto, porque importa mucho, debe ser trabajar, decidirse y disponerse con todo empeño a conformar su voluntad con la de Dios. Y, como diré después, tengan por muy cierto que en esto consiste la mayor perfección que se puede alcanzar en el camino espiritual. Quien más perfectamente logra esto, más recibe del Señor y más adelantado va en este camino.

No piensen que aquí hay cosas extrañas o difíciles de entender, porque en esto consiste todo nuestro bien. Pues si nos equivocamos desde el principio, queriendo enseguida que el Señor haga nuestra voluntad y nos lleve como imaginamos, ¿con qué firmeza podrá sostenerse este edificio?

Procuremos hacer lo que está de nuestra parte y cuidarnos de estas sabandijas venenosas. Porque muchas veces el Señor permite que nos persigan malos pensamientos, que nos aflijan sin que podamos quitarlos de nosotros, y también sequedades. Y aun algunas veces permite que nos muerdan, para que después sepamos guardarnos mejor y para probar si de verdad nos pesa haberlo ofendido.

Por eso, no se desanimen si alguna vez caen, ni dejen por eso de seguir adelante. Porque aun de esa caída Dios puede sacar un bien, así como quien vende una medicina primero la prueba para demostrar que realmente sirve. Y aunque no viéramos nuestra miseria ni el gran daño que nos hace andar dispersos en ninguna otra cosa, bastaría con esta lucha que se pasa para volver a recogernos.

¿Puede haber un mal mayor que no sentirnos en paz dentro de nuestra propia alma? ¿Qué esperanza podemos tener de hallar descanso en cosas de afuera, si dentro de nosotros mismos no lo encontramos? Y es que las potencias del alma, que deberían ser como nuestros amigos más cercanos y con las que siempre tendremos que vivir, parecen volverse contra nosotros, como lastimadas por el daño que nuestros vicios les han hecho.

¡Paz, paz!, hermanas mías, dijo el Señor, y así se lo repitió tantas veces a sus Apóstoles. Pues créanme: si no tenemos paz y no la buscamos dentro de nuestra propia casa, no la hallaremos afuera. Que se acabe ya esta guerra. Por la sangre que derramó por nosotros, se lo pido yo a quienes todavía no han comenzado a entrar dentro de sí; y a quienes ya han comenzado, que esto no les baste para volver atrás.

Miren que es peor recaer que caer. Ya ven lo que se pierde. Confíen en la misericordia de Dios y en nada de ustedes mismas, y verán cómo Su Majestad las va llevando de unas moradas a otras, y las mete en una tierra donde estas fieras ya no las pueden tocar ni cansar, sino que ustedes las dominarán, se burlarán de ellas, y gozarán de muchos más bienes de los que podrían desear, aun en esta vida, digo.

Porque, como dije al principio, cuando vengan esas turbaciones, no hay que forzarse bruscamente para concentrarse o recogerse, sino volver poco a poco, con suavidad, para poder perseverar mejor. Solo diré que, en mi opinión, ayuda mucho tratar con personas con experiencia, porque a veces pensarán que cosas que sí deben hacer son demasiado difíciles o que les harán mucho daño.

Con tal de no abandonar este camino, el Señor hará que todo sirva para nuestro bien, aun si no encontramos a nadie que nos enseñe. Si el alma se descuida, se enfría o retrocede, el remedio es volver a recogerse y retomar el camino otra vez. Si no, el alma se irá perdiendo poco a poco cada día más, y quiera Dios que al menos llegue a darse cuenta de ello.

Podría alguien pensar que, si es tan malo volver atrás, entonces sería mejor no empezar nunca y quedarse fuera del castillo. Pero ya les dije al principio, y el mismo Señor lo dice, que quien vive en peligro termina pereciendo en él, y que la puerta para entrar en este castillo es la oración.

Por eso, pensar que vamos a entrar en el cielo sin entrar primero dentro de nosotros mismos, sin conocernos, sin reconocer nuestra miseria, sin considerar lo que le debemos a Dios y sin pedirle muchas veces misericordia, es un desatino. El mismo Señor dice: Nadie va al Padre sino por mí; no sé si lo dice exactamente así, creo que sí; y también: quien me ve a mí, ve al Padre.

Pues si nunca lo miramos ni pensamos en lo que le debemos, ni en la muerte que padeció por nosotros, no sé cómo podremos conocerlo ni servirlo con nuestras obras. Porque la fe, si no va acompañada de obras y unida a los méritos de Jesucristo, que es nuestro bien, ¿qué valor puede tener? ¿Y quién nos moverá a amar a este Señor?

Quiera Su Majestad hacernos entender cuánto le costamos, que el siervo no es más que su Señor, y que tenemos que obrar para llegar a gozar de su gloria. Y para eso necesitamos orar, para no vivir siempre cayendo en tentación.