Santa Teresa de Jesús / Las Moradas
Tercera Morada.
Capítulo 1.
Sobre este capítulo
Una vida ordenada prepara el camino, pero para Teresa no da derecho a exigir consuelos de Dios. La humildad permite seguir amando y sirviendo aun en la sequedad de la oración, con un amor que se demuestra en obras y una voluntad dispuesta a entregarse.
Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.Texto adaptado
Tercera Morada
Capítulo 1 | Texto Adaptado
A quienes, por la misericordia de Dios, han vencido estos combates y, con perseverancia, han entrado en las terceras moradas, ¿qué podemos decirles sino: “Dichoso el que teme al Señor”?
No ha sido poca cosa que Su Majestad me haya hecho entender ahora lo que quiere decir este verso en nuestra lengua, especialmente siendo yo tan torpe para estas cosas. Y, ciertamente, con razón podemos llamar dichosa a esa persona, porque si no vuelve atrás, por lo que podemos entender, va por un camino seguro hacia su salvación.
Aquí verán, hermanas, cuánto importa haber vencido las batallas anteriores. Porque tengo por cierto que el Señor no deja de darle a esa alma una conciencia en paz, y eso no es poca cosa.
Por eso, cuando hablo de seguridad, entiendan que no quiero decir que ya no haya peligro, sino que esa alma va bien encaminada mientras siga adelante y no vuelva a apartarse de Dios.
Qué gran miseria es vivir esta vida teniendo que estar siempre alerta, como si tuviéramos enemigos en la puerta. Es como no poder dormir ni comer tranquilos, porque siempre existe el temor de que el enemigo encuentre una forma de entrar y dañar esta fortaleza del alma.
¡Oh Señor mío y bien mío! ¿Cómo se puede desear una vida así? Una vida tan frágil, en la que siempre existe el peligro de apartarnos de ustedes. Por eso, es natural pedir que nos saquen de ella, a menos que sea para entregar esta vida por ustedes, o para gastarla de verdad en su servicio, y sobre todo, porque entendemos que vivir todavía es su voluntad.
Y si esa es su voluntad, Dios mío, entonces muramos con ustedes, como dijo Santo Tomás. Porque vivir sin ustedes, y vivir con el temor de poder perderlos para siempre, es como morir muchas veces.
Por eso digo, hijas, que la verdadera felicidad que debemos pedir es llegar a estar seguras con los bienaventurados, es decir, con los que ya están con Dios en el cielo. Porque mientras vivimos con estos temores, ¿qué alegría completa puede tener una persona cuyo único contento es agradar a Dios?
Y piensen que este mismo temor, y aún mayor, lo tuvieron algunos santos que después cayeron en pecados graves. Por eso no podemos confiarnos demasiado. No tenemos asegurado que, si caemos, Dios nos dará una ayuda especial para levantarnos y hacer penitencia como ellos la hicieron.
De verdad, hijas mías, escribo esto con mucho temor. Cuando recuerdo mi propia vida y mis faltas, me impresiona tanto que no sé ni cómo escribo estas cosas, ni cómo sigo adelante. Y esto lo recuerdo muchas veces.
Pídanle, hijas mías, que Su Majestad viva siempre en mí. Porque sin Él, ¿qué seguridad puede tener una vida como la mía, tan mal aprovechada?
Y no les duela saber que esto es verdad. Algunas veces he visto que les pesa cuando se los digo, y entiendo por qué: ustedes quisieran que yo hubiera sido muy santa. Y tienen razón. Yo también lo hubiera querido. Pero, ¿qué puedo hacer, si lo perdí por mi propia culpa?
No puedo quejarme de Dios, como si Él no me hubiera dado suficientes ayudas para llegar a ser lo que ustedes hubieran querido que yo fuera. No puedo decir esto sin lágrimas y sin mucha vergüenza, al ver que yo esté escribiendo algo para ustedes, cuando ustedes podrían enseñarme a mí.
¡Qué obediencia tan fuerte ha sido esta! Quiera el Señor que, ya que esto se hace por Él, les sirva de algo, y que ustedes le pidan que perdone a esta miserable atrevida.
Su Majestad sabe bien que lo único de lo que puedo presumir es de su misericordia. Y ya que no puedo dejar de haber sido quien fui, no tengo otro remedio sino acercarme a esa misericordia y confiar en los méritos de su Hijo y de la Virgen, su Madre, cuyo hábito llevo indignamente, igual que ustedes lo llevan.
Alábenla, hijas mías, porque ustedes sí son verdaderamente hijas de esta Señora. Así que no tienen por qué avergonzarse de que yo sea tan pobre en virtud, porque tienen una Madre muy buena.
Imítenla, y piensen cuán grande debe ser esta Señora, y qué bien tan grande es tenerla por patrona. Porque ni mis pecados ni lo que yo soy han sido suficientes para quitarle brillo a esta sagrada Orden.
Pero quiero advertirles una cosa: no se sientan completamente seguras solo por pertenecer a esta Orden y por tener a tan buena Madre.
David fue muy santo, y ya ven lo que pasó con Salomón. Tampoco se confíen solo porque viven encerradas, hacen penitencia, hablan siempre de Dios, oran con frecuencia, están alejadas de las cosas del mundo y creen tenerlas aborrecidas.
Todo eso es bueno, pero como ya he dicho, no basta para dejar de tener santo temor. Por eso, recuerden muchas veces este verso y tráiganlo en la memoria: Dichoso el que teme al Señor.
Ya no sé bien qué estaba diciendo, porque me he desviado mucho. Y cuando me acuerdo de mí misma, se me quiebran las alas para decir algo bueno. Así que prefiero dejar eso por ahora.
Volviendo a lo que les empecé a decir sobre las almas que han entrado en las terceras moradas: el Señor no les ha hecho una gracia pequeña al ayudarlas a pasar las primeras dificultades, sino una gracia muy grande.
De estas almas, por la bondad del Señor, creo que hay muchas en el mundo. Son personas que desean mucho no ofender a Su Majestad. Se cuidan incluso de los pecados veniales, aman la penitencia, tienen sus momentos de recogimiento, aprovechan bien el tiempo y se ejercitan en obras de caridad con el prójimo.
También son muy ordenadas en su manera de hablar, de vestir y de gobernar su casa, quienes tienen casa que gobernar.
Ciertamente, este es un estado muy deseable. A primera vista, parecería que no hay razón para negarles la entrada hasta la última morada. Y el Señor no se la negará, si ellas de verdad quieren seguir adelante. Porque esta es una disposición muy hermosa para que Él les conceda toda gracia.
¡Oh Jesús! ¿Quién diría que no quiere un bien tan grande, especialmente después de haber pasado ya por lo más difícil? Ninguna. Todas decimos que lo queremos.
Pero todavía se necesita algo más para que el Señor posea del todo el alma. No basta decirlo, así como no le bastó al joven del Evangelio cuando el Señor le dijo lo que debía hacer si quería ser perfecto.
Desde que comencé a hablar de estas moradas, tengo muy presente a ese joven, porque nosotras somos exactamente así. Y muchas veces de aquí vienen las grandes sequedades en la oración, aunque también puede haber otras causas.
Dejo aparte esos sufrimientos interiores que tienen muchas almas buenas, que son muy dolorosos y no vienen por culpa suya. De esos trabajos, el Señor siempre las saca con mucha ganancia. También dejo aparte los casos de melancolía y otras enfermedades. En fin, en todo esto debemos dejar a un lado los juicios de Dios, porque solo Él conoce completamente cada alma.
Lo que yo creo que sucede con más frecuencia es esto: como estas almas ven que por nada del mundo cometerían un pecado, y muchas ni siquiera cometerían un pecado venial advertidamente, y además ven que gastan bien su vida y sus bienes, no pueden llevar con paciencia que se les cierre la puerta para entrar donde está nuestro Rey. Ellas se consideran sus vasallas, y en verdad lo son.
Pero aunque un rey de la tierra tenga muchos vasallos, no todos entran hasta su cámara.
Entren, entren, hijas mías, en lo interior. No se queden solo en sus pequeñas obras. Por ser cristianas, ya deben hacer todo eso y mucho más. Les debe bastar con ser vasallas de Dios. No quieran exigir tanto, no sea que por quererlo todo, se queden sin nada.
Miren a los santos que sí entraron en la cámara de este Rey, y verán la diferencia que hay entre ellos y nosotras.
No pidan lo que no han merecido. Y ni siquiera debería pasarnos por la mente pensar que, por mucho que sirvamos, ya hemos merecido grandes gracias de Dios, después de lo mucho que lo hemos ofendido.
¡Oh humildad, humildad! En este punto, me cuesta creer que una persona le dé tanta importancia a estas sequedades en la oración sin que haya en ello un poco de falta de humildad.
Aclaro que no estoy hablando de esos grandes sufrimientos interiores que mencioné antes. Esos son otra cosa, mucho más profunda que simplemente sentir falta de devoción.
Examinémonos a nosotras mismas, hermanas mías. O dejemos que el Señor nos examine, porque Él sabe hacerlo muy bien, aunque muchas veces nosotras no queramos entenderlo.
Volvamos a estas almas tan ordenadas y correctas. Veamos qué hacen realmente por Dios, y entonces veremos que no tenemos razón para quejarnos de Su Majestad.
Porque si le damos la espalda y nos vamos tristes, como el joven del Evangelio, cuando se nos muestra lo que hace falta para ser perfectas, ¿qué queremos que haga Su Majestad? Dios nos irá dando según la verdad del amor que le tenemos.
Y este amor, hijas, no debe ser algo fabricado en nuestra imaginación, sino algo probado con obras. Y no piensen que Dios necesita nuestras obras. Lo que Él quiere es la determinación de nuestra voluntad.
Nos puede parecer que, por haber elegido la vida religiosa, llevar el hábito y dejar por Dios las cosas del mundo y todo lo que teníamos, ya hemos hecho todo lo necesario. Y aunque lo que hayamos dejado haya sido poco, como las redes de San Pedro, quien entrega todo lo que tiene siente que ha entregado mucho.
Esa es una muy buena disposición, si la persona persevera en ella y no vuelve a meterse, ni siquiera con el deseo, en las cosas pequeñas y dañinas de las primeras moradas.
No hay duda de que, si persevera en ese desprendimiento y en ese abandono de todo por Dios, alcanzará lo que busca.
Pero esto tiene una condición, y quiero que lo tengan muy presente: esa persona debe considerarse una sierva sin provecho, como dice el Evangelio. Debe creer que no ha obligado a Nuestro Señor a concederle grandes gracias por lo que ha hecho.
Al contrario: mientras más ha recibido de Dios, más deudora queda.
Porque, ¿qué podemos hacer por un Dios tan generoso, que murió por nosotros, nos creó y nos da la vida? ¿No deberíamos más bien sentirnos dichosas de poder devolverle aunque sea un poco de lo mucho que le debemos?
Y digo esto porque Él pasó toda su vida sirviéndonos. Me cuesta decirlo así, pero es verdad: eso fue lo que hizo mientras vivió en el mundo.
Entonces, en vez de pedirle nuevas gracias y consuelos, deberíamos sentirnos agradecidas de poder servirle y devolverle algo de lo que tanto le debemos.
Pongan mucha atención, hijas, a algunas cosas que aquí quedan señaladas, aunque estén dichas de manera un poco enredada, porque no sé explicarlas mejor.
El Señor se las dará a entender. Y lo que quiere es que, de esos tiempos de sequedad en la oración, saquen humildad y no inquietud, porque la inquietud es lo que busca el demonio.
Crean que donde hay verdadera humildad, aunque Dios no le diera a esa alma consuelos sensibles, sí le dará una paz y una conformidad con su voluntad que la harán vivir más contenta que otras almas que sí reciben esos consuelos.
Porque muchas veces, como han leído, la divina Majestad da esos consuelos a las almas más débiles. Pero esas almas, probablemente, no cambiarían esos consuelos por la fortaleza de quienes siguen fieles aun en la sequedad.
Y es que muchas veces preferimos sentir consuelo antes que cargar con la cruz.
Pruébanos tú, Señor, que conoces la verdad de cada alma, para que podamos conocernos a nosotras mismas.
Texto original (1577)
Tercera Morada
Capítulo Uno | Texto original (1577)
A los que por la misericordia de Dios han vencido estos combates, y con la perseverancia entrado a las terceras moradas, ¿qué les diremos sino bienaventurado el varón que teme al Señor? No ha sido poco hacer Su Majestad que entienda yo ahora qué quiere decir el romance de este verso a este tiempo, según soy torpe en este caso. Por cierto, con razón le llamaremos bienaventurado, pues si no torna atrás, a lo que podemos entender lleva camino seguro de su salvación. Aquí veréis, hermanas, lo que importa vencer las batallas pasadas; porque tengo por cierto que nunca deja el Señor de ponerle en seguridad de conciencia, que no es poco bien. Digo en seguridad y dije mal, que no la hay en esta vida, y por eso siempre entended que digo <<si no torna a dejar el camino comenzado>>.
Harto gran miseria es vivir en vida que siempre hemos de andar como los que tienen los enemigos a la puerta, que ni pueden dormir ni comer sin armas, y siempre con sobresalto si por alguna parte pueden desportillar esta fortaleza. ¡Oh Señor mío y bien mío!, ¿cómo queréis que se desee vida tan miserable que no es posible dejar de querer y pedir nos saquéis de ella si no es con esperanza de perderla por Vos o gastarla muy de veras en vuestro servicio, y sobre todo entender que es vuestra voluntad? Si lo es, Dios mío, muramos con Vos, como dijo Santo Tomás, que no es otra cosa sino morir muchas veces vivir sin Vos y con estos temores de que puede ser posible perderos para siempre. Por eso digo, hijas, que la bienaventuranza que hemos de pedir es estar ya en seguridad con los bienaventurados; que con estos estos temores, ¿qué contento puede tener quien todo su contento es contentar a Dios? Y considerad que éste, y muy mayor, tenían algunos santos que cayeron en graves pecados; y no tenemos seguro que nos dará Dios la mano para salir de ellos y hacer la penitencia que ellos (entiéndese del auxilio particular.)
Por cierto, hijas mías, que estoy con tanto temor escribiendo esto, que no sé cómo lo escribo ni cómo vivo cuando se me acuerda, que es muy muchas veces. Pedidle, hijas mías, que viva Su Majestad en mí siempre; porque si no es así, ¿qué seguridad puede tener una vida tan malgastada como la mía? Y no os pese de entender que esto es así, como algunas veces lo he visto en vosotras cuando os lo digo, y procede de que quisierais que hubiera sido muy santa, y tenéis razón: también lo quisiera yo; mas, ¡qué tengo de hacer si lo perdí por sola mi culpa! Que no me quejaré de Dios que dejó de darme bastantes ayudas para que se cumplieran vuestros deseos; que no puedo decir esto sin lágrimas y gran confusión de ver que escriba yo cosa para las que me pueden enseñar a mí. ¡Recia obediencia ha sido! Plega al Señor que, pues se hace por Él, sea para que os aprovechéis de algo porque le pidáis perdone a esta miserable atrevida. Más bien sabe Su Majestad que solo puedo presumir de Su misericordia, y ya que no puedo dejar de ser la que he sido, no tengo otro remedio, sino llegarme a ella y confiar en los méritos de Su hijo y de la Virgen, Madre suya, cuyo hábito indignamente traigo y traéis vosotras. Alabadle, hijas mías, que lo sois de esta Señora verdaderamente; y así no tenéis para qué os afrentar de que sea yo ruin, pues tenéis tan buena madre. Imitadla y considerad qué tal debe ser la grandeza de esta Señora y el bien de tenerla por patrona, pues no han bastado mis pecados y ser la que soy para deslustrar en nada esta sagrada Orden.
Mas una cosa os aviso, que no por ser tal y tener tal madre estéis seguras, que muy santo era David, y ya veis lo que fue Salomón; ni hagáis caso del encerramiento y penitencia en que vivís, ni os asegure el tratar siempre de Dios y ejercitaros en la oración tan continuo y estar tan retiradas de las cosas del mundo y tenerlas a vuestro parecer aborrecidas. Bueno es todo esto, mas no basta -como he dicho- para que dejemos de temer; y así continuad este verso y traedle en la memoria muchas veces: Beatus vir, qui timet Dominum.
Ya no sé lo que decía, que me he divertido mucho y, en acordándome de mí, se me quiebran las alas para decir cosa buena; y así lo quiero dejar por ahora. Tornando a lo que os comencé a decir de las almas que han entrado a las terceras moradas, que no las ha hecho el Señor pequeña merced en que hayan pasado las primeras dificultades, sino muy grande. De éstas, por la bondad del Señor, creo hay muchas en el mundo: son muy deseosas de no ofender a Su Majestad, aun de los pecados veniales se guardan, y de hacer penitencia amigas, sus horas de recogimiento, gastan bien el tiempo, ejercítanse en obras de caridad con los prójimos, muy concertadas en su hablar y vestir y gobierno de casa, los que las tienen. Cierto, estado para desear y que, al parecer, no hay por qué se les niegue la entrada hasta la postrera morada ni se la negará el Señor, si ellos quieren, qué linda disposición es para que les haga toda merced.
¡Oh Jesús!, ¿y quién dirá que no quiere un tan gran bien, habiendo ya en especial pasado por lo más trabajoso? No, ninguna. Todas decimos que lo queremos; mas como aun es menester más para que del todo posea el Señor el alma, no basta decirlo, como no bastó al mancebo cuando le dijo el Señor que si quería ser perfecto. Desde que comencé a hablar en estas moradas, le traigo delante; porque somos así al pie de la letra, y lo más ordinario vienen de aquí las grandes sequedades en la oración, aunque también hay otras causas; y dejo unos trabajos interiores que tienen muchas almas buenas, intolerables y muy sin culpa suya, de los cuales siempre las saca el Señor con mucha ganancia, y de las que tienen melancolía y otras enfermedades. En fin, en todas las cosas hemos de dejar aparte los juicios de Dios. De lo que yo tengo para mí que es lo más ordinario es lo que he dicho; porque como estas almas se ven que por ninguna cosa harían un pecado, y muchas que aun venial de advertencias no le harían, y que gastan bien su vida y su hacienda, no pueden poner a paciencia que se les cierre la puerta para entrar adonde está nuestro rey, por cuyos vasallos se tienen y lo son. Mas aunque acá tenga muchos el rey de la tierra, no entran todos hasta su cámara. Entrad, entrad, hijas mías, en lo interior; pasad adelante de vuestras obrillas, que por ser cristianas debéis todo eso y mucho más y os basta que seáis vasallas de Dios; no queráis tanto, que os quedéis sin nada.
Mirad los santos que entraron a la cámara de este Rey, y veréis la diferencia que hay de ellos a nosotras. No pidáis lo que no tenéis merecido, ni había de llegar a nuestro pensamiento que por mucho que sirvamos lo hemos de merecer lo que hemos ofendido a Dios.
¡Oh humildad, humildad! No sé qué tentación me tengo en este caso que no puedo acabar de creer a quien tanto caso hace de estas sequedades, sino que es un poco de falta de ella. Digo que dejo los trabajos grandes interiores que he dicho, que aquellos son mucho más que falta de devoción. Probémonos a nosotras mismas, hermanas mías, o pruébenos el Señor, que lo sabe bien hacer, aunque muchas veces no queremos entenderlo; y vengamos a estas almas tan concertadas, veamos qué hacen por Dios y luego veremos cómo no tenemos razón de quejarnos de Su Majestad. Porque si le volvemos las espaldas y nos vamos tristes, como el mancebo del Evangelio, cuando nos dicen lo que hemos de hacer para ser perfectos, ¿qué queréis que haga Su Majestad, que ha de dar el premio conforme al amor que le tenemos? Y este amor, hijas, no ha de ser fabricado en nuestra imaginación, sino probado por obras; y no penséis que ha menester nuestras obras, sino la determinación de nuestra voluntad.
Parecernos ha que las que tenemos hábito de religión y le tomamos de nuestra voluntad y dejamos todas las cosas del mundo y lo que teníamos por Él (aunque sea las redes de San Pedro, que harto le parece que da quien da lo que tiene), que ya está todo hecho. Harto buena disposición es, si persevera en aquello y no se torna a meter en las sabandijas de las primeras piezas, aunque sea con el deseo; que no hay duda sino que si persevera en esta desnudez y dejamiento de todo, que alcanzará lo que pretende. Mas ha de ser con condición, y mirad que os aviso de esto, que se tenga por siervo sin provecho -como dice San Pablo, o Cristo- y crea que no ha obligado a Nuestro Señor para que le haga semejantes mercedes; antes, como quien más ha recibido, queda más adeudado. ¿Qué podemos hacer por un Dios tan generoso que murió por nosotros y nos crió y da a ser, que no nos tengamos por venturosos en que se vaya desquitando algo de lo que le debemos, por lo que nos ha servido (de mala gana dije esta palabra, mas ello es así que no hizo otra cosa todo lo que vivió en el mundo), sin que le pidamos mercedes de nuevo y regalos?
Mirad mucho, hijas, algunas cosas que aquí van apuntadas, aunque arrebujadas, que no los sé más declarar. El Señor os lo dará a entender, para que saquéis de las sequedades humildad y no inquietud, que es lo que pretende el demonio; y creed que adonde la hay de veras, que, aunque nunca dé Dios regalos, dará una paz y conformidad con que anden más contentas que otros con regalos, que muchas veces -como habéis leído- los da la divina Majestad a los más flacos; aunque creo de ellos que no los tocarían por las fortalezas de los que andan con sequedad. Somos amigos de contentos más que de cruz. Pruébanos, tú, Señor, que sabes las verdades, para que nos conozcamos.
