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Santa Teresa de Jesús / Las Moradas

Primera Morada.
Capítulo 1.

Sobre este capítulo

Teresa invita a reconocer la dignidad del alma y la presencia de Dios en su interior. La oración atenta abre ese encuentro: volver hacia dentro permite conocerse mejor, cuidar la propia vida y alegrarse de los dones que Dios concede también a otros.

Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.
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Texto adaptado

Primera Morada

Capítulo 1 | Texto adaptado

Estando hoy suplicando a Nuestro Señor que hablara por mí, porque no sabía qué decir ni cómo empezar a cumplir esta obediencia, se me ocurrió lo que ahora diré como base: pensar en nuestra alma como un castillo hecho de diamante o de cristal muy claro, donde hay muchas habitaciones, así como en el cielo hay muchas moradas.

Si lo consideramos bien, hermanas, el alma de la persona justa no es otra cosa que un paraíso donde Dios tiene sus deleites. Entonces, ¿cómo será la habitación donde un Rey tan poderoso, sabio, puro y lleno de todo bien se deleita? No encuentro con qué comparar la gran hermosura de un alma ni su capacidad. En verdad, nuestro entendimiento, por agudo que sea, apenas puede comprenderla, así como tampoco puede comprender a Dios, pues Él mismo dice que nos creó a su imagen y semejanza.

Si esto es así, no hace falta que nos cansemos intentando entender la belleza de este castillo. Basta saber que ha sido hecho a imagen de Dios para comprender que su dignidad y hermosura son enormes.

Es una gran pena y confusión que, por nuestra culpa, no nos entendamos a nosotros mismos ni sepamos quiénes somos. ¿No sería una gran ignorancia que alguien no supiera quién es, ni quiénes fueron sus padres ni de dónde viene? Pues si eso sería una gran torpeza, mucho mayor es la nuestra cuando no procuramos saber qué somos, sino que nos quedamos en lo exterior del cuerpo. Sabemos que tenemos alma porque lo hemos oído y porque la fe lo dice, pero rara vez consideramos qué bienes hay en ella, quién habita dentro o su gran valor. Por eso no cuidamos su belleza como deberíamos.Nos quedamos en lo más superficial, en lo exterior de este castillo, que es el cuerpo.

Pensemos entonces que este castillo tiene muchas moradas: unas arriba, otras abajo, otras a los lados; y en el centro está la principal, donde ocurren las cosas más secretas entre Dios y el alma.

Es importante que entiendan bien esta comparación. Tal vez Dios quiera servirse de ella para hacerles comprender algo de las gracias que concede a las almas y las diferencias entre ellas, hasta donde yo lo he podido entender, porque es imposible comprenderlas todas. Será un gran consuelo para ustedes cuando el Señor se las conceda, saber que esto es posible; y para quienes no las reciban, servirá para alabar su gran bondad.

Así como no nos hace daño pensar en lo que hay en el cielo y en la felicidad de los bienaventurados, sino que nos anima a alcanzarlo, tampoco nos hará daño entender que, aun en esta vida, Dios puede comunicarse con nosotros, que somos tan pequeños y llenos de imperfecciones, y amarnos con una bondad y misericordia sin medida.

Estoy convencida de que a quien le moleste pensar que Dios puede conceder estas gracias en esta vida, le falta humildad y amor al prójimo. Porque, si no, ¿cómo no alegrarnos de que Dios haga estas mercedes a otros, si eso no impide que también nos las haga a nosotros?

A veces Dios concede estas gracias no porque unos sean más santos que otros, sino para mostrar su grandeza, como ocurrió con San Pablo o con María Magdalena, y así nosotros lo alabemos en sus criaturas.

Algunos dirán que estas cosas parecen imposibles y que es mejor no hablar de ellas para no confundir a los débiles. Pero se pierde menos si algunos no lo creen que si se deja de aprovechar a quienes sí reciben estas gracias. Ellos se animarán a amar más a Dios al ver tantas misericordias.

Yo sé que hablo con personas que no tendrán ese problema, porque creen que Dios hace cosas aún mayores. Quien no lo crea no será por experiencia, porque Dios no quiere que pongamos límites a sus obras. Por eso, hermanas, nunca piensen así.

Volviendo a nuestro castillo, veamos cómo entrar en él. Puede parecer extraño, porque si el castillo es el alma, parecería que no hace falta entrar. Pero no es lo mismo estar dentro que verdaderamente entrar.

Hay muchas almas que permanecen en la parte exterior del castillo, como guardias, sin preocuparse por entrar, ni saber lo que hay dentro, ni quién habita allí.

En libros de oración habrán oído que el alma debe entrar dentro de sí misma. Pues eso es exactamente.

Un gran sabio decía que las almas sin oración son como un cuerpo paralizado: tienen manos y pies, pero no pueden usarlos. Así hay almas tan acostumbradas a lo exterior que no pueden entrar en sí mismas. Se han habituado tanto a lo superficial que casi se han vuelto como ello, aunque su naturaleza sea tan rica que podría relacionarse con Dios.

Si no procuran entender y remediar esta miseria, se quedarán como estatuas de sal, como la mujer de Lot, por no volver la mirada hacia sí mismas.

La puerta para entrar en este castillo es la oración y la reflexión. No importa si es oración mental o vocal, pero debe hacerse con atención. Porque si no se piensa con quién se habla, qué se pide, quién pide y a quién, no lo considero oración, aunque se muevan mucho los labios.

Quien habla con Dios como si hablara con un esclavo, sin atención ni respeto, no hace verdadera oración. Espero que entre ustedes no ocurra esto, porque están acostumbradas a tratar las cosas interiores.

No hablemos de esas almas que están como paralizadas, sino de otras que, aunque viven en el mundo, tienen buenos deseos. A veces se acuerdan de Dios, aunque sea de vez en cuando, y consideran quiénes son, aunque sea brevemente. Están ocupadas en muchas cosas, pero de vez en cuando intentan recogerse. Ese conocimiento propio es importante para encontrar la puerta.

Entran en las primeras moradas, pero con tantas distracciones que no logran ver la belleza del castillo ni encontrar paz. Aun así, es mucho que hayan entrado.

Tal vez esto les parezca innecesario, porque no son de esas almas. Tengan paciencia, porque no sé explicar de otro modo estas cosas interiores si no es así. Y ojalá el Señor me ayude a decir algo útil, porque es difícil explicar esto sin experiencia; y si la tienen, verán que no se puede evitar hablar de ello, aunque pidamos a Dios que no tengamos que pasar por ciertas pruebas.