Santa Teresa de Jesús / Las Moradas
Primera Morada.
Capítulo 2.
Sobre este capítulo
Teresa relaciona el conocimiento propio con mirar a Dios: reconocer nuestros límites debe abrirnos a su ayuda y al amor al prójimo. Advierte que encerrarse en las propias faltas, los intereses mundanos o los defectos ajenos puede oscurecer esa atención y debilitar la caridad.
Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.Parte 1
Texto adaptado
Primera Morada
Capítulo 2 - PARTE 1| Texto adaptado
Antes de seguir, piensen en lo que sucede cuando un alma cae en pecado mortal. Ese castillo tan hermoso y resplandeciente, esa perla preciosa, ese árbol de vida plantado en las aguas vivas de Dios, queda sumido en una oscuridad más profunda que cualquiera que podamos imaginar.
Y, sin embargo, Dios sigue en el centro del alma, como el sol que antes iluminaba el castillo. Lo que ha cambiado es que el alma ya no recibe su luz, aunque sigue siendo capaz de gozar de Dios, del mismo modo que un cristal es capaz de reflejar el sol.
Por eso, mientras permanece en pecado mortal, sus buenas obras no dan fruto para alcanzar la gloria. Al apartarse de Dios, fuente del verdadero valor de toda virtud, no pueden agradarle. Quien comete un pecado mortal no busca en ese acto agradar a Dios, sino satisfacer al demonio. Y así, bajo el poder de las tinieblas, la pobre alma queda también oscurecida.
Yo sé de una persona a quien el Señor le mostró cómo queda un alma cuando comete un pecado mortal. Esa persona dice que, si todos comprendieran lo que vio, nadie pecaría, aunque tuviera que soportar grandes sufrimientos para evitar las ocasiones de pecado. Por eso deseaba tanto que todos lo entendieran.
Ojalá Dios les dé también a ustedes, hijas, el deseo de orar mucho por quienes se encuentran en ese estado. Su alma se ha oscurecido, y oscuras son también sus obras.
De una fuente limpia brotan arroyos limpios. Así ocurre con el alma que vive en gracia: sus obras agradan a Dios y a los demás porque nacen de Él, que es la fuente de la vida. Esa alma es como un árbol plantado junto al agua. De allí recibe lo que la sostiene, evita que se seque y le permite dar buen fruto.
En cambio, cuando el alma se aparta por su culpa de esa fuente y echa raíces junto a aguas negras y malolientes, todo lo que brota de ella lleva esa misma suciedad y desventura.
Hay que recordar que Dios, la fuente de vida y el sol que brilla en el centro del alma, no pierde su luz ni su hermosura. Siempre está allí. Pero, si cubrimos con un paño negro un cristal puesto al sol, la luz seguirá brillando sin que el cristal pueda reflejarla.
¡Oh, almas redimidas por la sangre de Jesucristo! Reconozcan lo que sucede en ustedes y tengan compasión de sí mismas. ¿Cómo no van a querer quitar esa capa negra que oscurece el cristal? Si la vida se termina antes de que la quiten, ya no podrán gozar de esa luz.
¡Oh, Jesús, qué dolor ver un alma apartada de ella! ¡Qué desoladas quedan las habitaciones del castillo! Los sentidos, que son sus habitantes, viven confundidos. Y las facultades del alma, que deberían gobernarlo, actúan a ciegas y sin orden. Si el árbol que ha echado raíces allí es el demonio, ¿qué fruto puede dar?
Oí una vez a un hombre espiritual decir que no se espantaba de las cosas que hacía alguien que está en pecado mortal, sino de lo que no hacía. Que Dios, por su misericordia, nos libre de un mal tan grande. Es lo que más debemos temer en esta vida, porque puede traer consecuencias eternas. Por eso, hijas, pidamos a Dios que nos proteja. Como dice la Escritura, si Él no guarda la ciudad, en vano trabajan quienes la vigilan, pues somos pura vanidad.
De lo que Dios le mostró, aquella persona aprendió dos cosas.
La primera fue a temer profundamente ofenderlo: al ver las consecuencias del pecado, le suplicaba una y otra vez que no la dejara caer. La segunda fue una lección de humildad. Comprendió que el bien que hacemos no nace de nosotros mismos, sino de Dios. Él es la fuente que alimenta el árbol de nuestra alma y el sol que da calor a nuestras obras. Lo vio con tanta claridad que, cada vez que hacía algo bueno o veía hacerlo a otra persona, reconocía enseguida que ese bien venía de Dios. Entonces lo alababa, sin atribuirse a sí misma el mérito de sus buenas obras.
No habrán perdido el tiempo al leer esto, hermanas, ni yo al escribirlo, si nos quedamos con esas dos enseñanzas. Quienes tienen estudios quizá ya las conozcan bien; a nosotras pueden ayudarnos estas comparaciones a comprenderlas. Que el Señor, en su bondad, nos conceda esa gracia.
Son tan difíciles de entender estas cosas interiores que alguien que sabe tan poco como yo tendrá por fuerza que decir muchas cosas de más, e incluso algunas desacertadas, antes de dar con alguna acertada. Quien lea esto necesitará paciencia, pues yo también la necesito para escribir sobre lo que no sé. A veces tomo el papel como una boba, sin saber qué decir ni cómo comenzar.
Sé que es importante explicarles, como pueda, algunas cosas interiores. Siempre oímos que la oración es buena y nuestras constituciones nos mandan dedicarle tantas horas. Pero las explicaciones suelen limitarse a lo que nosotras podemos hacer; de lo que obra el Señor en el alma, es decir, de lo sobrenatural, se habla poco. Si logramos explicar estas cosas de distintas maneras, nos consolará mucho contemplar este artificio celestial interior, tan poco comprendido aunque muchos lo experimenten.
Y aunque en otras cosas que he escrito el Señor me ha ayudado a explicar algo de esto, entiendo que algunas no las comprendía entonces como las he comprendido después, sobre todo las más difíciles. La dificultad es que, para llegar a ellas, tendré que decir muchas cosas que ya se saben. Con mi rudo ingenio, no encuentro otra manera.
Pues volvamos ahora a nuestro castillo de muchas moradas. No imaginen esas moradas como habitaciones puestas una detrás de otra, en fila. Fíjense más bien en el centro: allí está la estancia, el palacio donde habita el Rey. Imaginen un palmito: para llegar a su parte tierna y sabrosa, hay que atravesar muchas capas que la rodean. Así también, alrededor de la estancia central hay muchas moradas, y también las hay por encima de ella.
Las cosas del alma han de considerarse con plenitud, amplitud y grandeza, sin encerrarlas en límites estrechos. El alma es capaz de mucho más de lo que alcanzamos a imaginar, y la luz del sol que brilla en ese palacio llega a todas sus partes.
Esto es importante para cualquier alma que ore, poco o mucho: no la arrinconen ni la aprieten. Déjenla recorrer las moradas, arriba, abajo y a los lados, pues Dios le ha dado una gran dignidad. No la obliguen a quedarse mucho tiempo en una sola habitación, sobre todo si se trata del conocimiento de sí misma.
Quiero que me entiendan bien: conocerse a sí misma es necesario. Incluso las almas que el Señor lleva a la morada donde Él está necesitan ese conocimiento y no pueden prescindir de él, aunque quieran. La humildad trabaja como la abeja que hace miel en la colmena; sin ella, todo se pierde. Pero la abeja también sale a volar para buscar flores. Del mismo modo, el alma no debe quedarse siempre mirándose a sí misma. Créanme: que vuele algunas veces a contemplar la grandeza y majestad de Dios.
Al contemplarlo, reconocerá mejor su propia pequeñez que si solo se mira a sí misma. También estará más libre de las sabandijas que entran en las primeras moradas, donde el alma se ocupa de conocerse. Ejercitarse en ese conocimiento es una gran misericordia de Dios, pero, como suele decirse, tan malo es el exceso como la falta. Con la fuerza de Dios practicaremos mejor la virtud que si permanecemos demasiado atadas a nuestra propia tierra.
No sé si me he explicado bien. Conocernos a nosotras mismas es tan importante que no quisiera que lo descuidáramos jamás, por muy alto que hayamos llegado. Mientras vivimos en esta tierra, nada nos importa más que la humildad.
Por eso repito que es muy bueno, muy bueno de verdad, entrar primero en el aposento donde aprendemos a conocernos, antes de volar a los demás. Este es el camino seguro y llano. Si podemos andar por él, ¿para qué buscar alas? Que cada una procure avanzar en ese conocimiento. A mi parecer, jamás acabaremos de conocernos si no procuramos conocer a Dios. Al mirar su grandeza, reconoceremos nuestra bajeza; al mirar su limpieza, veremos nuestra suciedad; y al considerar su humildad, veremos cuán lejos estamos de ser humildes.
Hay dos ganancias en esto. La primera es que, así como lo blanco parece más blanco junto a lo negro, y lo negro más negro junto a lo blanco, al mirar la grandeza de Dios vemos mejor nuestra propia condición. La segunda es que, cuando nos examinamos a nosotras mismas sin dejar de tratar con Dios, nuestro entendimiento y nuestra voluntad se ennoblecen y quedan mejor dispuestos para el bien. Si nunca salimos del lodo de nuestras miserias, esto nos perjudica mucho.
Antes hablamos de las corrientes negras y malolientes del alma en pecado mortal. No digo que aquí suceda lo mismo —Dios nos libre—; es solo una comparación. Pero, si nos quedamos siempre hundidas en la miseria de nuestra tierra, de nosotras no brotará sino una corriente de lodo, llena de temores, inseguridad y cobardía. Empezaremos a preguntarnos: «¿Me miran o no me miran? ¿Me irá mal si sigo este camino? ¿Me atreveré a comenzar esa obra? ¿Será soberbia? ¿Está bien que alguien tan miserable como yo se dedique a algo tan alto como la oración? ¿Pensarán que me creo mejor si no sigo el camino de todos? ¿No son malos los extremos, incluso en la virtud? Siendo tan pecadora, ¿no será peor mi caída cuanto más alto llegue? Quizá no logre avanzar y termine perjudicando a los buenos. Una como yo no necesita cosas especiales».
¡Oh, válgame Dios, hijas! ¡Cuántas almas habrá llevado el demonio a la perdición con este engaño! Confunden todas esas dudas con humildad, y podría mencionar muchas más. Esto sucede porque no acabamos de conocernos. El demonio nos confunde sobre lo que significa conocernos y, si nunca dejamos de mirarnos a nosotras mismas, no me extraña que acabemos llenas de estos temores y de otros muchos.
Por eso digo, hijas, que pongamos los ojos en Cristo, nuestro bien, y en sus santos. Allí aprenderemos la verdadera humildad. Nuestro entendimiento se ennoblecerá, como he dicho, y el conocimiento propio no dejará al alma abatida ni cobarde. Aunque esta es la primera morada, es muy rica y valiosa. Si el alma logra escapar de las sabandijas que hay en ella, podrá seguir adelante. Terribles son las trampas y mañas del demonio para impedir que las almas se conozcan a sí mismas y vean por dónde van.
De estas primeras moradas puedo darles muchos detalles, porque las conozco por experiencia. Por eso les digo que no imaginen que tienen pocas piezas: piensen más bien en un millón. Las almas llegan a ellas de muchas maneras, y con buena intención.
Pero el demonio siempre busca el mal. Parece que en cada morada ha puesto legiones de demonios para impedir que las almas pasen a la siguiente. Como la pobre alma no se da cuenta, la engaña de mil maneras. No logra engañar tan fácilmente a las almas que están más cerca del Rey. Aquí, en las primeras moradas, todavía están muy absorbidas por el mundo, por sus placeres, sus honores y sus ambiciones. Por eso, los vasallos del alma —los sentidos y las facultades que Dios le dio por naturaleza— tienen poca fuerza, y el alma es vencida con facilidad, aunque desee no ofender a Dios y haga buenas obras.
Quienes se vean en este estado acudan a menudo, como puedan, a Su Majestad. Pidan la intercesión de su bendita Madre y de los santos, para que peleen por ellas, pues los vasallos del alma tienen poca fuerza para defenderla. En verdad, en cualquier estado necesitamos la fuerza de Dios. Que Su Majestad nos la conceda por su misericordia. Amén.
Texto original (1577)
Primera Morada
Capítulo Dos - PARTE 1 | Texto original (1577)
Antes que pase adelante, os quiero decir que consideréis qué será ver este castillo tan resplandeciente y hermoso, esta perla oriental, este árbol de vida que está plantado en las mismas aguas vivas de la vida, que es Dios, cuando cae en un pecado mortal: no hay tinieblas más tenebrosas, ni cosa tan oscura y negra, que no lo esté mucho más. No queráis más saber de que, con estarse el mismo sol que le daba tanto resplandor y hermosura todavía en el centro de su alma, es como si allí no estuviese para participar de él, con ser tan capaz para gozar de Su Majestad como el cristal para resplandecer en él el sol. Ninguna cosa le aprovecha; y de aquí viene que todas las buenas obras que hiciere, estando así en pecado mortal, son de ningún fruto para alcanzar gloria; porque no procediendo de aquel principio, que es Dios, de donde nuestra virtud es virtud, y apartándonos de él, no puede ser agradable a sus ojos; pues, en fin, el intento de quien hace un pecado mortal no es contentarle, sino hacer placer al demonio, que como es las mismas tinieblas, así la pobre alma queda hecha una misma tiniebla.
Yo sé de una persona a quien quiso nuestro Señor mostrar cómo quedaba un alma cuando pecaba mortalmente. Dice aquella persona que le parece si lo entendiesen no sería posible ninguno pecar, aunque se pusiese a mayores trabajos que se pueden pensar por huir de las ocasiones. Y así le dio mucha gana que todos lo entendieran. y así os la dé a vosotras, hijas, de rogar mucho a Dios por los que están en este estado, todos hechos una oscuridad, y así son sus obras; porque así como de una fuente muy clara lo son todos los arroyicos que salen de ella, como es un alma que está en gracia, que de aquí le viene ser sus obras tan agradables a los ojos de Dios y de los hombres, porque proceden de esta fuente de vida, adonde el alma está como un árbol plantado en ella, que la frescura y fruto no tuviera si no le procediere de allí, que esto le sustenta y hace no secarse y que dé buen fruto; así el alma que por su culpa se aparta de esta fuente y se planta en otra de muy negrísima agua y de muy mal olor, todo lo que corre de ella es la misma desventura y suciedad.
Es de considerar aquí que la fuente y aquel sol resplandeciente que está en el centro del alma no pierde su resplandor y hermosura que siempre está dentro de ella, y cosa no puede quitar su hermosura. Mas si sobre un cristal que está al sol se pusiese un paño muy negro, claro está que, aunque el sol dé en él, no hará su claridad operación en el cristal.
¡Oh almas redimidas por la sangre de Jesucristo! ¡Entendeos y habed lástima de vosotras! ¿Cómo es posible que entendiendo esto no procuréis quitar esta pez de este cristal? Mirad que, si se os acaba la vida, jamás tornaréis a gozar de esta luz. ¡Oh Jesús, qué es ver a un alma apartada de ella! ¡Cuáles quedan los pobres aposentos del castillo! ¡Qué turbados andan los sentidos, que es la gente que vive en ellos! Y las potencias, que son los alcaides y mayordomos y maestresalas, ¡con qué ceguedad, con qué mal gobierno! En fin, como adonde está plantado el árbol que es el demonio, ¿qué fruto puede dar?
Oí una vez a un hombre espiritual que no se espantaba de cosas que hiciese uno que está en pecado mortal, sino de lo que no hacía. Dios por su misericordia nos libre de tan gran mal, que no hay cosa mientras vivimos que merezca este nombre de mal, sino ésta, pues acarrea males eternos para sin fin. Esto es, hijas, de lo que hemos de andar temerosas y lo que hemos de pedir a Dios en nuestras oraciones; porque, si él no guarda la ciudad, en vano trabajaremos, pues somos la misma vanidad.
Decía aquella persona que había sacado dos cosas de la merced que Dios le hizo: la una, un temor grandísimo de ofenderle, y así siempre le andaba suplicando no la dejase caer, viendo tan terribles daños; la segunda, un espejo para la humildad, mirando cómo cosa buena que hagamos no viene su principio de nosotros, sino de esta fuente adonde está plantado este árbol de nuestras almas, y de este sol que da calor a nuestras obras. Dice que se le representó esto tan claro, que en haciendo alguna cosa buena o viéndola hacer, acudía a su principio y entendía cómo sin esta ayuda no podíamos hacer nada; y de aquí le procedía ir luego a alabar a Dios y, lo más ordinario, no se acordar de sí en cosa buena que hiciese.
No sería tiempo perdido, hermanas, el que gastaseis en leer esto ni yo en escribirlo, si quedásemos con estas dos cosas, que los letrados y entendidos muy bien las saben, mas nuestra torpeza de las mujeres todo lo ha menester; y así por ventura quiere el Señor que vengan a nuestra noticia semejantes comparaciones. Plega a su bondad nos dé gracia para ello.
Son tan oscuras de entender estas cosas interiores, que a quien tan poco sabe como yo, forzado habrá de decir muchas superfluas y aun desatinadas para decir alguna que acierte. Es menester tenga paciencia quien lo leyere, pues yo la tengo para escribir lo que no sé; que, cierto algunas veces tomo el papel como una cosa boba, que ni sé qué decir ni cómo comenzar. Bien entiendo que es cosa importante para vosotras declarar algunas interiores, como pudiere; porque siempre oímos cuán buena es la oración, y tenemos de constitución tenerla tantas horas, y no se nos declara más de lo que podemos nosotras; y de cosas que obra el Señor en un alma declárase poco, digo sobrenatural. Diciéndose y dándose a entender de muchas maneras, sernos ha mucho consuelo considerar este artificio celestial interior tan poco entendido de los mortales aunque vayan muchos por él. Y aunque en otras cosas que he escrito ha dado el Señor algo a entender, entiendo que algunas no las había entendido como después acá, en especial de las más dificultosas. El trabajo es que para llegar a ellas - como he dicho- se habrán de decir muchas muy sabidas porque no puede ser menos para mi rudo ingenio.
Pues tornemos ahora a nuestro castillo de muchas moradas. No habéis de entender estas moradas una en pos de otra, como cosa en hilada, sino poned los ojos en el centro, que es la pieza o palacio adonde está el rey, y considerad como un palmito, que para llegar a lo que es de comer tiene muchas coberturas que todo lo sabroso cercan. Así acá, enrededor de esta pieza están muchas, y encima lo mismo. Porque las cosas del alma siempre se han de considerar con plenitud y anchura y grandeza, pues no le levantan nada, que capaz es de mucho más que podremos considerar, y a todas partes de ella se comunica este sol que está en este palacio.
Esto importa mucho a cualquier alma que tenga oración, poca o mucha, que no la arrincone ni apriete. Déjela andar por estas moradas, arriba y abajo y a los lados, pues Dios la dio tan gran dignidad; no se estruje en estar mucho tiempo en una pieza sola. ¡Oh que si es en el propio conocimiento! Que con cuán necesario es esto (miren que me entiendan), aun a las que las tiene el Señor en la misma morada que él está, que jamás - por encumbrada que esté- le cumple otra cosa ni podrá aunque quiera; que la humildad siempre labra como la abeja en la colmena la miel, que sin esto todo va perdido. Mas consideremos que [así como ] la abeja no deja de salir a volar para traer flores, así el alma en el propio conocimiento; créame y vuele algunas veces a considerar la grandeza y majestad de su Dios. Aquí hallará su bajeza mejor que en sí misma, y más libre de las sabandijas adonde entran en las primeras piezas, que es el propio conocimiento; que aunque, como digo, es harta misericordia de Dios que se ejercite en esto, tanto es lo de más como lo de menos - suelen decir-. Y créanme, que con la virtud de Dios obraremos muy mejor virtud, que muy atadas a nuestra tierra.
No sé si queda dado bien a entender, porque es cosa tan importante este conocernos que no querría en ellos hubiese jamás relajación, por subidas que estéis en los cielos; pues mientras estamos en esta tierra no hay cosa que más nos importe que la humildad. Y así torno a decir que es muy bueno y muy rebueno tratar de entrar primero en el aposento adonde se trata de esto, que volar a los demás; porque éste es el camino, y si podemos ir por lo seguro y llano, ¿para qué hemos de querer alas para volar? Mas que busque cómo aprovechar más en esto; y, a mi parecer, jamás nos acabamos de conocer si no procuramos conocer a Dios. Mirando su grandeza, acudamos a nuestra bajeza; y mirando su limpieza, veremos nuestra suciedad; considerando su humildad, veremos cuán lejos estamos de ser humildes.
Hay dos ganancias de esto: la primera, está claro que parece una cosa blanca muy más blanca cabe la negra, y al contrario la negra cabe la blanca; la segunda es, porque nuestro entendimiento y voluntad se hace más noble y más aparejado para todo bien tratando a vueltas de sí con Dios; y si nunca salimos de nuestro cieno de miserias, es mucho inconveniente. Así como decíamos de los que están en pecado mortal, cuán negras y de mal olor son sus corrientes, así acá (aunque no son como aquéllas, Dios nos libre, que esto es comparación), metidos siempre en la miseria de nuestra tierra, nunca la corriente saldrá de cieno de temores, de pusilanimidad y cobardía: de mirar si me miran, no me miran; si, yendo por este camino, me sucederá mal; si osaré comenzar aquella obra, si será soberbia; si es bien que una persona tan miserable trate de cosa tan alta como la oración; si me tendrán por mejor si no voy por el camino de todos; que no son buenos los extremos, aunque sea en virtud; que, como soy tan pecadora, será caer de más alto; quizá no iré adelante y haré daño a los buenos; que una como yo no ha menester particularidades.
¡Oh válgame Dios, hijas, qué de almas debe el demonio de haber hecho perder mucho por aquí! Que todo esto les parece humildad, y otras muchas cosas que puediera decir, y viene de no acabar de entendernos; tuerce el propio conocimiento y, si nunca salimos de nosotros mismos, no me espanto que esto y más se puede temer. Por eso digo, hijas, que pongamos los ojos en Cristo, nuestro bien, y allí deprenderemos la verdadera humildad, y en sus santos, y ennoblecerse ha el entendimiento -como he dicho- y no hará el propio conocimiento ratero y cobarde; que, aunque ésta es la primera morada, es muy rica y de gran precio, que si se descabulle de las sabandijas de ella, no se quedará sin pasar adelante. Terribles son los ardides y mañas del demonio para que las almas no se conozcan ni entiendan sus caminos.
De estas moradas primeras podré yo dar muy buenas señas de experiencia. Por eso digo que no consideren pocas piezas, sino un millón; porque de muchas maneras entran almas aquí, unas y otras con buena intención. Mas, como el demonio siempre la tiene tan mala, debe tener en cada una muchas legiones de demonios para combatir que no pasen de unas a otras y, como la pobre alma no lo entiende, por mil maneras nos hace trampantojos, lo que no puede tanto a las que están más cerca de donde está el rey, que aquí, como aún se están embebidas en el mundo y engolfadas en sus contentos y desvanecidas en sus honras y pretensiones, no tienen la fuerza los vasallos del alma (que son los sentidos y potencias) que Dios les dio de su natural, y fácilmente estas almas son vencidas, aunque anden con deseos de no ofender a Dios, y hagan buenas obras. Las que se vieren en este estado han menester acudir a menudo, como pudieren, a Su Majestad, tomar a su bendita Madre por intercesora, y a sus Santos, para que ellos peleen por ellas, que sus criados poca fuerza tienen para se defender. A la verdad, en todos estados es menester que nos venga de Dios. Su Majestad nos la dé por su misericordia, amén.
Parte 2
Texto adaptado
Primera Morada
Capítulo 2 - PARTE 2| Texto adaptado
¡Qué miserable es la vida en que vivimos! Porque en otra parte dije mucho del daño que nos hace, hijas, no entender bien esto de la humildad y del propio conocimiento, no les digo más aquí, aunque es lo que más nos importa, y aun plega al Señor que haya dicho algo que les aproveche.
Han de notar que en estas primeras moradas aún no llega casi nada la luz que sale del palacio donde está el Rey; porque, aunque no están oscurecidas y negras como cuando el alma está en pecado, sí están oscurecidas de alguna manera, de modo que no la pueda ver quien está en ella, digo, y no por culpa de la pieza, que no sé darme a entender, sino porque, con tantas cosas malas, culebras y víboras y cosas ponzoñosas que entraron con él, no le dejan advertir la luz. Como si uno entrara en una parte donde entra mucho sol y llevara tierra en los ojos, de modo que casi no los pudiera abrir. Clara está la pieza, pero él no la goza por el impedimento o por esas fieras y bestias que le hacen cerrar los ojos para no ver sino a ellas. Así me parece que debe ser un alma que, aunque no esté en mal estado, está tan metida en cosas del mundo y tan empapada en la hacienda o en la honra o en los negocios, como tengo dicho, que, aunque de verdad quisiera verse y gozar de su hermosura, no la dejan, ni parece que puede descabullirse de tantos impedimentos. Y conviene mucho, para entrar en las segundas moradas, que procure apartarse de las cosas y negocios no necesarios, cada uno conforme a su estado; porque es cosa que le importa tanto para llegar a la morada principal, que, si no comienza a hacer esto, lo tengo por imposible, y aun estar sin mucho peligro en la que está, aunque haya entrado en el castillo, porque entre cosas tan ponzoñosas, una vez u otra es imposible que dejen de morderle.
Pues ¿qué sería, hijas, si a las que ya están libres de estos tropiezos, como nosotras, y hemos ya entrado mucho más adentro, a otras moradas secretas del castillo, si por nuestra culpa volviéramos a salir a estas barahúndas, como, por nuestros pecados, debe haber muchas personas a quienes Dios ha hecho mercedes y que por su culpa se echan a esta miseria? Acá libres estamos en lo exterior; en lo interior, plega al Señor que también lo estemos y nos libre. Guárdense, hijas mías, de cuidados ajenos. Miren que en pocas moradas de este castillo dejan de combatir los demonios. Verdad es que en algunas tienen fuerza las guardas para pelear, como creo haber dicho que son las potencias, pero es muy necesario no descuidarnos para entender sus ardides y que no nos engañe, hecho ángel de luz; porque hay una multitud de cosas con que nos puede hacer daño entrando poco a poco, y hasta haberlo hecho no lo entendemos.
Ya les dije otra vez que es como una lima sorda, que hemos de entenderlo desde el principio. Quiero decir alguna cosa para darlo mejor a entender.
Pone en una hermana unos impulsos de penitencia, que le parece que no tiene descanso sino cuando se está atormentando. Este principio es bueno; pero si la priora ha mandado que no hagan penitencia sin licencia, y le hace parecer que en cosa tan buena bien se puede atrever, y a escondidas se da tal vida que viene a perder la salud y a no hacer lo que manda su Regla, ya ven en qué paró este bien.
Pone a otra un celo muy grande por la perfección. Esto es muy bueno; pero podría venir de aquí que cualquier faltita de las hermanas le pareciera una gran quiebra, y un cuidado de mirar si las hacen, y acudir a la priora; y aun a veces podría ser que no vea las suyas por el gran celo que tiene de la religión. Como las otras no entienden lo interior y ven ese cuidado, podría ser que no lo tomaran tan bien.
Lo que aquí pretende el demonio no es poco: es enfriar la caridad y el amor de unas con otras, y eso sería gran daño. Entendamos, hijas mías, que la perfección verdadera es amor de Dios y del prójimo, y mientras con más perfección guardemos estos dos mandamientos, más perfectas seremos. Toda nuestra Regla y Constituciones no sirven para otra cosa sino como medios para guardar esto con más perfección. Dejémonos de celos indiscretos, que nos pueden hacer mucho daño. Cada una se mire a sí misma.
Porque en otra parte ya les he dicho bastante sobre esto, no me alargaré.
Importa tanto este amor de unas con otras, que nunca querría que se les olvidara; porque, de andar mirando en las otras unas pequeñeces, que a veces no serán imperfección, sino que, como sabemos poco, quizá lo echaremos a la peor parte, puede el alma perder la paz y aun inquietar la de las otras: miren si costaría caro la perfección. También podría el demonio poner esta tentación en la priora, y sería más peligrosa. Para esto hace falta mucha discreción; porque, si fueran cosas que van contra la Regla y la Constitución, es necesario que no siempre se eche a buena parte, sino avisarla, y si no se enmendara, al prelado. Esto es claridad. Y también con las hermanas, si fuera alguna cosa grave; dejarlo todo por miedo, pensando que es tentación, sería la misma tentación. Pero se ha de advertir mucho, para que no nos engañe el demonio, no tratarlo una con otra, porque de aquí puede sacar el demonio gran ganancia y comenzar una costumbre de murmuración; sino con quien pueda aprovechar, como he dicho. Aquí, gloria a Dios, no hay tanto lugar para eso, porque se guarda tan continuo silencio; pero bien está que estemos sobre aviso.
Texto original (1577)
Primera Morada
Capítulo Dos - PARTE 2|Texto original (1577)
¡Qué miserable es la vida en que vivimos! Porque en otra parte dije mucho del daño que nos hace, hijas, no entender bien esto de la humildad y propio conocimiento, no os digo más aquí, aunque es lo que más nos importa y aun plega al Señor haya dicho algo que os aproveche.
Habéis de notar que en estas moradas primeras aún no llega casi nada la luz que sale del palacio donde está el Rey; porque, aunque no están oscurecidas y negras como cuando el alma está en pecado, está oscurecida en alguna manera para que no la pueda ver -el que está en ella digo- y no por culpa de la pieza, que no sé darme a entender, sino porque con tantas cosas malas de culebras y víboras y cosas emponzoñosas que entraron con él, no le dejan advertir a la luz. Como si uno entrase en una parte adonde entra mucho sol y llevase tierra en los ojos, que casi no los pudiese abrir. Clara está la pieza, mas él no lo goza por el impedimento o cosas de esas fieras y bestias que le hacen cerrar los ojos para no ver sino a ellas. Así me parece debe ser un alma que, aunque no esté en mal estado, está tan metida en cosas del mundo y tan empapada en la hacienda u honra o negocios - como tengo dicho - que, aunque en hecho de verdad se querría ver y gozar de su hermosura, no le dejan, ni parece que puede descabullirse de tantos impedimentos. Y conviene mucho, para haber de entrar a las segundas moradas, que procure dar de mano a las cosas y negocios no necesarios, cada uno conforme a su estado; que es cosa que le importa tanto para llegar a la morada principal, que si no comienza a hacer esto, lo tengo por imposible, y aun estar sin mucho peligro en la que está, aunque haya entrado en el castillo, porque entre cosas tan ponzoñosas, una vez u otra es imposible dejarle de morder.
Pues ¿qué sería, hijas, si a las que ya están libres de estos tropiezos, como nosotras, y hemos ya entrado muy más dentro a otras moradas secretas del castillo, si por nuestra culpa tornásemos a salir a estas barahúndas, como por nuestros pecados debe haber muchas personas, que las ha hecho Dios mercedes y por su culpa las echan a esta miseria? Acá libres estamos en lo exterior; en lo interior plega al Señor que lo estemos y nos libre. Guardaos, hijas mías, de cuidados ajenos. Mirad que en pocas moradas de este castillo dejan de combatir los demonios. Verdad es que en algunas tienen fuerza las guardas para pelear -como creo he dicho que son las potencias-, mas es mucho menester no nos descuidar para entender sus ardides y que no nos engañe, hecho ángel de luz; que hay una multitud de cosas con que nos puede hacer daño entrando poco a poco, y hasta haberle hecho no le entendemos.
Ya os dije otra vez que es como una lima sorda, que hemos menester entenderle a los principios. Quiero decir alguna cosa para dároslo mejor a entender.
Pone en una hermana unos ímpetus de penitencia, que le parece no tiene descanso sino cuando se está atormentando. Este principio bueno es; mas si la priora ha mandado que no hagan penitencia sin licencia, y le hace parecer que en cosa tan buena bien se puede atrever, y escondidamente se da tal vida que viene a perder la salud y no hacer lo que manda su Regla, ya veis en qué paró este bien.
Pone a otra un celo de la perfección muy grande. Esto muy bueno es; mas podría venir de aquí que cualquier faltita de las hermanas le pareciese una gran quiebra, y un cuidado de mirar si las hacen, y acudir a la priora; y aun a las veces podría ser no ver las suyas por el gran celo que tiene de la religión. Como las otras no entienden lo interior y ven el cuidado, podría ser no lo tomar tan bien.
Lo que aquí pretende el demonio no es poco: que es enfriar la caridad y el amor de unas con otras, que sería gran daño. Entendamos, hijas, mías, que la perfección verdadera es amor de Dios y del prójimo, y mientras con más perfección guardáremos estos dos mandamientos, seremos más perfectas. Toda nuestra Regla y Constituciones no sirven de otra cosa sino de medios para guardar esto con más perfección. Dejémonos de celos indiscretos, que nos pueden hacer mucho daño. Cada una se mire a sí.
Porque en otra parte os he dicho harto sobre esto, no me alargaré.
Importa tanto este amor de unas con otras, que nunca querría que se os olvidase; porque de andar mirando en las otras unas naderías, que a las veces no será imperfección, sino, como sabemos poco, quizá lo echaremos a la peor parte, puede el alma perder la paz y aún inquietar la de las otras: mirad si costaría caro la perfección. También podría el demonio poner esta tentación con la priora, y sería más peligrosa. Para esto es menester mucha discreción; porque, si fuesen cosas que van contra la Regla y Constitución, es menester que no todas veces se eche a buena parte, sino avisarla, y si no se enmendare, al prelado. Esto es claridad. Y también con las hermanas, si fuese alguna cosa grave; dejarlo todo por miedo si es tentación, sería la misma tentación. Mas hase de advertir mucho (porque no nos engañe el demonio) no lo tratar una con otra, que de aquí puede sacar el demonio gran ganancia y comenzar costumbre de murmuración; sino con quien ha de aprovechar, como tengo dicho. Aquí, gloria a Dios, no hay tanto lugar, como se guarda tan continuo silencio; mas bien es que estemos sobre aviso.
