susidlcWORLD
Volver al índice

Santa Teresa de Jesús / Las Moradas

Quinta Morada.
Capítulo 2.

Sobre este capítulo

Teresa describe una transformación en la que la vida empieza a apoyarse en Cristo y cambia lo que el alma desea. Soltar los apegos la dispone para amar y servir con más fuerza, aunque la paz recibida conviva con nuevas inquietudes y sufrimientos.

Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.

Texto adaptado

Quinta Morada

Capítulo 2 | Texto Adaptado

Quizá les parezca que ya está dicho todo lo que se puede decir sobre esta morada, pero todavía falta mucho. Como ya dije, no todas las almas viven estas mercedes de la misma manera: en unas hay más, y en otras menos.

Sobre la unión en sí, no creo que pueda decir mucho más. Pero cuando un alma se dispone para recibir estas mercedes de Dios, sí hay mucho que decir sobre lo que el Señor obra en ella.

Diré algunas cosas, siguiendo el modo en que lo he venido explicando.

Para que se entienda mejor, usaré una comparación. Esta comparación nos ayudará a ver algo importante: la unión la hace Dios, y nosotros no podemos producirla por nuestras propias fuerzas. Pero sí podemos disponernos para que Su Majestad nos conceda esta merced.

Ya habrán oído hablar de las maravillas que se ven en la manera en que se cría la seda. Solo Dios pudo inventar algo semejante.

Dicen que todo comienza con una semilla muy pequeña, parecida a unos granitos de pimienta. Yo nunca la he visto; solo lo he oído decir. Así que, si en algo me equivoco, no es por culpa mía.

Cuando empieza a hacer calor y comienzan a salir las hojas en las moreras, esa semilla empieza a vivir. Antes de tener ese alimento con que sustentarse, parece estar muerta.

Luego, estos gusanos se crían con hojas de morera. Cuando ya han crecido, les ponen unas ramitas. Allí, con sus boquitas, van hilando la seda por sí mismos y hacen unos capullos muy apretados, donde se encierran.

Entonces muere aquel gusano, grande y feo, y del mismo capullo sale una mariposita blanca, muy hermosa.

Pero si no viéramos esto con nuestros propios ojos, y solo nos lo contaran como algo que pasó en otros tiempos, ¿quién lo podría creer?

¿Cómo podríamos entender, solo con razones humanas, que una criatura tan pequeña y sin entendimiento como un gusano, o una abeja, trabaje con tanta diligencia y habilidad para nuestro provecho? ¿Y cómo creeríamos que el pobre gusanito llega incluso a perder la vida en esa labor?

Con esto basta para tener un buen rato de meditación, hermanas, aunque no les diga más. En ello pueden considerar las maravillas y la sabiduría de nuestro Dios.

Pues, ¿qué sería si conociéramos la naturaleza y las propiedades de todas las cosas? Mucho bien nos hace ocuparnos en pensar estas grandezas, y alegrarnos de ser esposas de un Rey tan sabio y poderoso.

Volvamos a lo que estaba diciendo.

Este gusano comienza a tener vida cuando, con el calor del Espíritu Santo, el alma empieza a aprovechar el auxilio general que Dios da a todos.

También empieza a aprovechar los remedios que el Señor dejó en su Iglesia: la confesión frecuente, las buenas lecturas y los sermones. Estos son los medios que puede usar un alma que estaba como muerta por su descuido y sus pecados, y que además estaba metida en ocasiones de caer.

Entonces el alma empieza a vivir. Se va alimentando de estos medios y de buenas meditaciones, hasta que crece.

Y esto último es lo que me importa explicar ahora. Lo demás no es tan necesario para mi propósito.

Cuando este gusano ya ha crecido, como expliqué al principio de lo que he venido escribiendo, comienza a hilar la seda y a construir la casa donde ha de morir.

Esta casa, aquí, quiero dar a entender que es Cristo.

Me parece haber leído u oído en alguna parte que nuestra vida está escondida en Cristo, o en Dios, que viene a ser lo mismo; o que nuestra vida es Cristo. Es decir, que el alma ya no vive principalmente desde sí misma, sino desde Cristo: su vida está dentro de Él, sostenida por Él y guardada en Dios.

Pero si esto está dicho exactamente así o no, no importa mucho para lo que quiero explicar.

Entonces, hijas, vean lo que podemos hacer con el favor de Dios: podemos disponernos para que Su Majestad mismo sea nuestra morada, como lo es en esta oración de unión.

Al decir esto, podría parecer que estoy diciendo que podemos quitar o poner algo en Dios, porque digo que Él es la morada y que nosotras podemos fabricarla para meternos en ella.

Y sí podemos hacerlo, pero no quitando ni poniendo nada en Dios, sino quitando y poniendo en nosotras mismas, como hacen estos gusanitos. Es decir, quitando de nosotras lo que estorba y poniendo lo que ayuda.

Y cuando hayamos hecho todo lo que podemos en este pequeño trabajo, que en realidad no es nada, Dios lo unirá a su grandeza y le dará tanto valor, que el mismo Señor será el premio de esta obra.

Y así como Él fue quien puso lo más grande y costoso, también quiere unir nuestros pequeños trabajos a los grandes trabajos que padeció Su Majestad, para que todo sea una sola cosa.

Así que, hijas mías, pongámonos pronto a hacer esta labor y a tejer este pequeño capullo.

Hagámoslo quitando de nosotras el amor propio, la voluntad propia y el estar apegadas a cualquier cosa de la tierra. Y pongamos en su lugar obras de penitencia, oración, mortificación, obediencia y todo lo demás que ustedes ya saben.

¡Ojalá obráramos conforme a lo que sabemos y a lo que se nos ha enseñado que debemos hacer!

Muera, muera este gusano, como muere cuando acaba de hacer aquello para lo que fue creado. Entonces verán cómo vemos a Dios y cómo nos vemos tan metidas en su grandeza, como este gusanito está metido en su capullo.

Pero entiendan que, cuando digo “ver a Dios”, me refiero a verlo como ya expliqué antes: no con los ojos del cuerpo, sino de la manera en que Dios se da a sentir en esta oración de unión.

Veamos ahora qué pasa con este gusano, que es para esto que he dicho todo lo anterior.

Cuando está en oración, ya bien muerto al mundo, sale de él una mariposita blanca.

¡Oh grandeza de Dios! Así sale el alma después de haber estado un poquito dentro de la grandeza de Dios y tan unida a Él. Y digo “un poquito” porque, a mi parecer, esta oración nunca llega ni a media hora.

Les digo de verdad que la misma alma ya no se reconoce a sí misma. Así como hay una gran diferencia entre un gusano feo y una mariposita blanca, así también hay una gran diferencia en el alma.

No sabe de dónde le pudo venir tanto bien. Digo “de dónde le pudo venir”, porque bien sabe que no lo merece.

Se ve con un deseo tan grande de alabar al Señor, que quisiera deshacerse por Él y morir por Él mil veces. Luego le comienzan deseos de padecer grandes trabajos por Él, y no puede evitarlo.

También le nacen deseos grandísimos de penitencia, de soledad y de que todos conozcan a Dios. De aquí le viene una pena muy grande al ver que Dios es ofendido.

En la morada siguiente se tratarán estas cosas con más detalle. Porque, aunque lo que hay en esta morada y en la siguiente se parece mucho, la fuerza de los efectos es muy diferente.

Como ya he dicho, si después de que Dios llega así a un alma, ella se esfuerza por seguir adelante, verá grandes cosas.

¡Oh, ver el desasosiego de esta mariposita es cosa para alabar a Dios! Porque nunca había estado más quieta y sosegada en su vida, y ahora no sabe dónde posarse ni dónde hacer su asiento.

Como ha tenido una experiencia tan alta de Dios, todo lo que ve en la tierra la deja insatisfecha. Esto sucede especialmente cuando Dios le da muchas veces de este vino, porque casi de cada una de esas mercedes queda con nuevas ganancias.

Ya no le parecen gran cosa las obras que hacía cuando era gusano, cuando poco a poco iba tejiendo el capullo. Ahora le han nacido alas. Entonces, ¿cómo se va a contentar con andar paso a paso, si ya puede volar?

Todo lo que puede hacer por Dios le parece poco, según son sus deseos. Tampoco le parece demasiado lo que padecieron los santos, porque ya entiende por experiencia cómo ayuda el Señor y cómo transforma un alma, hasta el punto de que ya no parece la misma ni conserva su antigua figura.

La debilidad que antes creía tener para hacer penitencia, ahora la encuentra convertida en fuerza. Y los apegos que antes tenía a parientes, amigos o bienes, de los cuales no le bastaban actos, decisiones ni intentos de apartarse, ahora los ve de otra manera.

Incluso le pesa tener que atender ciertas obligaciones de la tierra, aunque sean necesarias para no faltar a Dios. Todo le cansa, porque ya ha probado que el verdadero descanso no se lo pueden dar las criaturas.

Parece que me estoy alargando, y todavía podría decir mucho más. Y quien haya recibido de Dios esta merced verá que más bien me quedo corta.

Por eso no hay que extrañarse de que esta mariposita busque un nuevo lugar donde descansar, porque ya se siente nueva y diferente frente a las cosas de la tierra.

Pero, ¿adónde irá la pobrecita? No puede volver por sí misma al lugar de donde salió, porque, como ya se ha dicho, no está en nuestra mano volver a recibir esta merced, por más que hagamos, hasta que Dios quiera concedérnosla otra vez.

¡Oh Señor, qué nuevos trabajos comienzan para esta alma! ¿Quién hubiera pensado que, después de una merced tan alta, vendrían trabajos así?

En fin, de una manera o de otra, mientras vivimos siempre ha de haber cruz.

Y si alguien dijera que, después de llegar aquí, siempre vive en descanso y regalo, yo diría que nunca llegó verdaderamente a esta morada. Quizá tuvo algún gusto espiritual, si es que llegó a entrar en la morada anterior, ayudado tal vez por su flaqueza natural, o incluso por el demonio, que a veces da una aparente paz para después hacer una guerra mucho mayor.

No quiero decir que quienes llegan aquí no tienen paz. Sí la tienen, y muy grande.

Lo que pasa es que estos mismos trabajos son de tanto valor y vienen de una raíz tan buena, que aunque sean muy grandes, de ellos mismos nace la paz y el contento.

Del mismo descontento que le producen las cosas del mundo nace en el alma un deseo muy doloroso de salir de él. El único alivio que encuentra es pensar que Dios quiere que siga viviendo en este destierro.

Y aun eso no le basta del todo, porque, a pesar de todas estas ganancias, el alma todavía no está tan rendida a la voluntad de Dios como se verá más adelante. Sí se conforma con ella, pero lo hace con mucho sentimiento, porque no puede más. No le han dado todavía más gracia para rendirse del todo, y por eso derrama muchas lágrimas.

Cada vez que tiene oración, esta es su pena.

Quizá esta pena viene, en parte, del gran dolor que siente al ver que Dios es ofendido y poco estimado en este mundo, y al ver tantas almas que se pierden, tanto de herejes como de moros.

Pero las almas que más la lastiman son las de los cristianos. Porque aunque sabe que la misericordia de Dios es grande, y que por mal que vivan pueden enmendarse y salvarse, teme que muchos se condenen.

¡Oh grandeza de Dios! Pocos años antes, y quizá pocos días antes, esta alma no se acordaba más que de sí misma. Entonces, ¿quién la ha metido ahora en cuidados tan dolorosos?

Aunque quisiéramos pasar muchos años meditando en estas cosas, nunca podríamos sentirlas con tanta profundidad como ahora las siente esta alma.

Porque, ¡válgame Dios!, si durante muchos días y años yo me esfuerzo por pensar en el gran mal que es ofender a Dios, en que los que se condenan son hijos suyos y hermanos míos, en los peligros en que vivimos, y en cuánto nos convendría salir de esta vida miserable, ¿no bastaría eso para sentir esta pena?

No, hijas, no basta.

La pena que se siente aquí no es como las penas que podemos producir nosotros con la meditación. Esa pena sí podríamos tenerla, con el favor del Señor, pensando mucho en estas cosas.

Pero no llega hasta lo más íntimo del alma como llega esta. Esta parece deshacer el alma y molerla por dentro, sin que ella lo procure, y a veces incluso sin quererlo.

Entonces, ¿qué es esto? ¿De dónde procede?

Yo se los diré.

¿No han oído lo que ya he dicho otra vez, aunque no con este mismo propósito, sobre la Esposa del Cantar de los Cantares? A ella Dios la lleva a la bodega del vino y ordena en ella la caridad.

Pues esto es lo que sucede aquí.

Como el alma ya se entrega en las manos de Dios, y el gran amor la tiene tan rendida que no sabe ni quiere otra cosa sino que Dios haga de ella lo que quiera, el Señor quiere que salga de allí sellada con su sello, aunque ella no entienda cómo sucede.

Y pienso que Dios jamás hace esta merced sino a un alma que ya toma muy por suya.

Porque, en verdad, el alma allí no hace más que lo que hace la cera cuando otro imprime en ella un sello. La cera no se imprime a sí misma; solo está dispuesta, es decir, blanda.

Y aun esa disposición no la consigue ella por sí misma. No se ablanda a sí misma, sino que se queda quieta y consiente lo que Dios hace.

¡Oh bondad de Dios, que todo ha de ser a costa suya! Solo quiere nuestra voluntad y que no haya impedimento en la cera.

Pues vean, hermanas, lo que nuestro Dios hace aquí para que esta alma ya se reconozca como suya: le da algo de lo que Él mismo tiene, aquello que tuvo su Hijo en esta vida.

No nos puede hacer una merced mayor.

¿Quién debía desear más salir de esta vida que Cristo? Y, sin embargo, en la Cena dijo: “Con deseo he deseado”.

Entonces podríamos decirle:

“Señor, ¿cómo no pensó usted en la muerte tan terrible que estaba por sufrir?”

Pero no. Porque el gran amor que tenía y el deseo de que las almas se salvaran superaban, sin comparación, aquellas penas.

Y las grandísimas penas que había padecido y seguía padeciendo desde que vino al mundo eran tan grandes, que en comparación con ellas, las de su muerte no le parecían nada.

Muchas veces he considerado esto.

Conozco cierta alma que ha pasado y pasa un gran tormento al ver que nuestro Señor es ofendido. Es una pena tan insoportable, que preferiría morir antes que seguir sufriéndola.

Y entonces pienso: si un alma con tan poquísima caridad, comparada con la de Cristo, una caridad que casi no cuenta en comparación con la suya, siente un tormento tan insoportable, ¿qué habrá sentido nuestro Señor Jesucristo?

¿Qué vida debió de pasar, si todas las cosas le estaban presentes y veía continuamente las grandes ofensas que se hacían a su Padre?

Sin duda, creo que aquellas penas interiores fueron mucho mayores que las de su sacratísima Pasión.

Porque en la Pasión, Cristo ya veía el fin de esos trabajos. Veía que, con su muerte, nos traía el remedio y la salvación. También veía que, al padecer tanto por amor a su Padre, le mostraba hasta dónde llegaba su obediencia y su amor.

Todo esto moderaría sus dolores, como sucede también aquí en la tierra con quienes, movidos por un gran amor, hacen grandes penitencias. Casi no las sienten; al contrario, quisieran hacer más y más, y todo les parece poco.

Pues, ¿qué sería para Su Majestad verse en una ocasión tan grande de mostrar a su Padre cuán perfectamente cumplía su obediencia, y cuánto amaba al prójimo?

¡Oh gran deleite: padecer por hacer la voluntad de Dios!

Pero ver tan continuamente tantas ofensas hechas contra Su Majestad, y ver tantas almas que iban al infierno, eso lo tengo por algo durísimo.

Creo que, si Cristo no fuera más que hombre, un solo día de aquella pena habría bastado para acabar con muchas vidas; cuánto más con una sola.