susidlcWORLD
Volver al índice

Santa Teresa de Jesús / Las Moradas

Quinta Morada.
Capítulo 3.

Sobre este capítulo

Para Teresa, la unión con Dios también se vive al conformar la voluntad con la suya, sin necesitar experiencias extraordinarias. Su señal más clara es el amor al prójimo: aliviar sufrimientos, alegrarse del bien ajeno y convertir los buenos deseos en obras.

Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.

Texto adaptado

Quinta Morada

Capítulo 3 | Texto adaptado

Volvamos a nuestra mariposita y veamos algo de lo que Dios da en este estado. Se entiende siempre que el alma debe procurar seguir adelante en el servicio de nuestro Señor y en el conocimiento propio. Porque si se limita a recibir esta gracia y, como si ya estuviera segura, se descuida en su vida y se aparta del camino del cielo, que son los mandamientos, le puede suceder lo mismo que a la mariposa que sale del gusano de seda: deja semilla para que nazcan otras, pero ella muere.

Digo que deja semilla porque tengo por cierto que Dios no quiere que una gracia tan grande sea dada en vano. Aunque el alma no se aproveche de ella para sí misma, Dios quiere que al menos aproveche a otros.

Porque, al quedar en el alma aquellos deseos y virtudes de los que he hablado, mientras se mantiene en el bien siempre hace provecho a otras almas; y con el fervor que ella tiene, comunica fervor a las demás. Incluso si después pierde ese bien, suele quedarle el deseo de que otros reciban provecho espiritual; y le gusta dar a conocer las gracias que Dios le ha concedido a quien le ama y le sirve.

Yo he conocido a una persona a quien le sucedía esto: aunque estaba muy perdida, le gustaba que otras se aprovecharan de las gracias que Dios le había hecho, y les enseñaba el camino de la oración a quienes no lo entendían. E hizo mucho provecho, mucho. Después, el Señor volvió a darle luz. Es verdad que todavía no tenía los efectos que ya he dicho.

Pero ¡cuántos habrá a quienes el Señor llama al apostolado, como a Judas, tratándolos de cerca; o llama para ser reyes, como a Saúl, y después, por su culpa, se pierden!

De aquí debemos sacar, hermanas, que para ir creciendo más y más, y no perdernos como ellos, la seguridad que podemos tener es la obediencia y no apartarnos de la ley de Dios. Esto lo digo tanto para quien recibe semejantes gracias, como para todos.

Me parece que, con todo lo que he dicho, esta morada queda todavía algo oscura. Y como se gana tanto con entrar en ella, conviene que no parezca que quedan sin esperanza aquellos a quienes el Señor no da cosas tan sobrenaturales. Porque la verdadera unión se puede alcanzar muy bien, con el favor de nuestro Señor, si nosotros nos esforzamos en procurarla, no teniendo otra voluntad sino la que esté sujeta a la voluntad de Dios.

Muchas veces decimos que solo queremos hacer la voluntad de Dios, y hasta creemos que moriríamos por esa verdad. Pero yo les digo, y lo repetiré muchas veces: cuando esto sea verdad de veras, entonces el alma ya ha recibido esta gracia del Señor.

Y si no recibe aquella otra unión regalada de la que he hablado antes, no importa. Porque lo más valioso de esa unión viene precisamente de esta: de tener la voluntad rendida a la voluntad de Dios.

Además, nadie puede llegar a aquella unión más alta si primero no tiene muy firme esta unión: la de estar resignada en todo a lo que Dios quiere.

¡Oh, qué unión tan deseable! Dichosa el alma que la ha alcanzado, porque vivirá con descanso en esta vida y también en la otra. Nada de lo que suceda en la tierra la afligirá, a no ser que se vea en peligro de perder a Dios, o vea que Dios es ofendido. No la afligirán ni la enfermedad, ni la pobreza, ni las muertes, salvo la muerte de alguien que hará falta en la Iglesia de Dios. Porque esta alma ve claramente que Dios sabe mejor lo que hace que ella lo que desea.

Hay que notar que hay penas y penas. Algunas penas nacen de nuestra naturaleza, y lo mismo sucede con algunos contentos. También hay penas que nacen de la caridad, cuando nos apiadamos de los prójimos, como hizo nuestro Señor cuando resucitó a Lázaro.

Estas penas no quitan que el alma esté unida con la voluntad de Dios, ni la turban con una pasión inquieta y sin paz que dure mucho tiempo. Estas penas pasan pronto; porque, como dije de los gozos en la oración, parece que no llegan a lo hondo del alma, sino solo a estos sentidos y potencias.

Andan por estas moradas anteriores, pero no entran en la última, de la que hablaré después. Para entrar en esa morada hace falta lo que ya he dicho sobre la suspensión de las potencias; aunque el Señor es poderoso para enriquecer a las almas por muchos caminos y hacerlas llegar a estas moradas, aunque no sea por el atajo del que he hablado.

Pero tengan muy presente, hijas, que también aquí es necesario que muera el gusano, y esto costará más de nuestra parte. En la unión regalada de la que he hablado antes, ayuda mucho para morir el verse el alma en una vida tan nueva. Pero en esta unión de la voluntad con Dios, viviendo todavía en esta vida ordinaria, es necesario que nosotras matemos ese gusano.

Les confieso que será de tanto o más trabajo; pero tiene gran valor, y por eso será mayor el premio si salen victoriosas. Y no hay que dudar de que esto es posible, porque esta también es verdadera unión con la voluntad de Dios.

Esta es la unión que toda mi vida he deseado; esta es la que pido siempre a nuestro Señor, y la que está más clara y segura.

Pero ¡ay de nosotros!, qué pocos debemos de llegar a esta unión, aunque a quien procura no ofender al Señor y ha entrado en la vida religiosa le parezca que ya lo tiene todo hecho.

¡Oh!, todavía quedan unos gusanos que no se dejan ver, hasta que, como el gusano que royó la hiedra de Jonás, ya nos han roído las virtudes. Estos gusanos son el amor propio, la propia estimación, el juzgar a los prójimos aunque sea en cosas pequeñas, y la falta de caridad con ellos, al no quererlos como a nosotros mismos.

Y aunque, arrastrándonos, cumplamos con la obligación para no caer en pecado, estamos todavía muy lejos de lo que debe ser un alma del todo unida con la voluntad de Dios.

¿Qué piensan, hijas, que es su voluntad? Que seamos del todo perfectas. Porque para ser uno con Él y con el Padre, como Su Majestad se lo pidió al Padre, miren cuánto nos falta para llegar a esto.

Yo les digo que escribo esto con mucha pena, al verme tan lejos de ello, y todo por mi culpa. Porque el Señor no necesita hacernos grandes regalos para esto; basta lo que ya nos ha dado al darnos a su Hijo, para que nos enseñara el camino.

No piensen que todo consiste en que, si muere mi padre o mi hermano, yo me conforme tanto con la voluntad de Dios que no lo sienta; o que, si hay trabajos y enfermedades, los sufra con contento. Eso es bueno, y a veces consiste también en discreción, porque no podemos hacer otra cosa y hacemos de la necesidad virtud.

Cuántas cosas de estas hacían los filósofos; y si no eran estas mismas, eran otras semejantes, por tener mucho saber.

Aquí solo estas dos cosas nos pide el Señor: amor a Su Majestad y al prójimo. En esto hemos de trabajar. Guardándolas con perfección, hacemos su voluntad, y así estaremos unidos con Él.

Pero ¡qué lejos estamos de hacer estas dos cosas como debemos a tan gran Dios, como ya he dicho! Quiera Su Majestad darnos gracia para que merezcamos llegar a este estado, que está en nuestra mano si queremos.

La señal más cierta, a mi parecer, de que guardamos estas dos cosas, es guardar bien el amor al prójimo. Porque no podemos saber con certeza si amamos a Dios, aunque hay grandes indicios para entender que lo amamos; pero el amor al prójimo sí se puede ver.

Y estén ciertas de que, mientras más adelantadas se vean en este amor, más lo estarán también en el amor de Dios. Porque es tan grande el amor que Su Majestad nos tiene, que en pago del amor que tenemos al prójimo hará crecer de mil maneras el amor que tenemos a Su Majestad. En esto no puedo dudar.

Nos importa mucho andar con gran cuidado y mirar cómo vamos en esto; porque si lo guardamos con mucha perfección, todo lo tenemos hecho. Creo yo que, como nuestro natural es tan malo, si el amor al prójimo no nace de la raíz del amor de Dios, no llegaremos a tenerlo con perfección.

Pues como esto nos importa tanto, hermanas, procuremos irnos conociendo en cosas aun pequeñas. No hagamos mucho caso de esos grandes deseos que nos vienen todos juntos en la oración, cuando nos parece que haríamos y sufriríamos cualquier cosa por los prójimos, o por salvar una sola alma. Porque si después las obras no van de acuerdo con esos deseos, no hay razón para creer que de verdad lo haríamos.

Lo mismo digo de la humildad y de todas las virtudes. Son grandes los engaños del demonio: por hacernos creer que tenemos una virtud que en realidad no tenemos, dará mil vueltas al infierno. Y no le falta razón en intentarlo, porque esto es muy dañino. Estas virtudes fingidas nunca vienen sin alguna vanagloria, porque nacen de mala raíz; en cambio, las virtudes que da Dios están libres de vanagloria y de soberbia.

A veces veo almas que, estando en oración, creen que estarían dispuestas a ser humilladas públicamente por amor a Dios. Pero después, si cometen una falta pequeña, quisieran esconderla si pudieran; y si no la cometieron, pero alguien se la atribuye, Dios nos libre de ver cómo reaccionan.

Por eso, quien no puede sufrir esto, mírese mucho y no haga demasiado caso de lo que a solas le pareció haber determinado. Porque, en realidad, no fue una verdadera determinación de la voluntad; cuando la voluntad determina de verdad, es otra cosa. Fue más bien alguna imaginación, y en la imaginación hace el demonio sus saltos y engaños.

A mujeres o personas sin formación podrá engañarnos mucho, porque no sabemos distinguir bien entre las potencias, la imaginación y otras mil cosas interiores.

¡Oh hermanas, cómo se ve con claridad en cuáles de ustedes está de veras el amor al prójimo, y en cuáles no está con esta perfección! Si entendieran cuánto nos importa esta virtud, no pondrían su empeño en otra cosa.

Cuando veo almas muy diligentes en entender qué oración tienen, y muy encerradas en sí mismas mientras están en ella, de modo que parece que no se atreven ni a moverse ni a mover el pensamiento para que no se les vaya un poquito del gusto y la devoción que han tenido, me hacen ver cuán poco entienden el camino por donde se alcanza la unión. Piensan que allí está todo.

Que no, hermanas, no: obras quiere el Señor. Si ves a una enferma a quien puedes dar algún alivio, no te importe perder esa devoción; compadécete de ella. Si tiene algún dolor, que te duela a ti también. Y si fuera necesario, ayuna tú para que ella coma; no tanto por ella, sino porque sabes que tu Señor quiere eso.

Esta es la verdadera unión con su voluntad: que si ves alabar mucho a una persona, te alegres mucho más que si te alabaran a ti. Esto, en verdad, es fácil si hay humildad, porque antes daría pena verse alabada. Pero alegrarse de que se reconozcan las virtudes de las hermanas es gran cosa. Y cuando veamos alguna falta en una hermana, debemos sentirla como si fuera nuestra y encubrirla.

Mucho he dicho en otras partes sobre esto, porque veo, hermanas, que si falla el amor al prójimo, vamos perdidas. Quiera el Señor que nunca falte. Porque si este amor está firme, yo les digo que no dejarán de alcanzar de Su Majestad la unión de la que he hablado.

Cuando se vean faltas en esto, aunque tengan devoción y regalos espirituales, aunque les parezca que ya han llegado, y aunque tengan alguna pequeña suspensión en la oración de quietud —que a algunas luego les parecerá que ya está todo hecho—, créanme: no han llegado a la unión.

Pidan a nuestro Señor que les dé con perfección este amor al prójimo, y dejen hacer a Su Majestad. Él les dará más de lo que sepan desear, si ustedes se esfuerzan y procuran practicar este amor en todo lo que puedan: forzar su voluntad para que en todo se haga la de las hermanas, aunque pierdan algo de su derecho; olvidar su propio bien por el bien de ellas, aunque el natural lo contradiga mucho; y, cuando se presente la ocasión, asumir alguna carga para aliviar al prójimo.

No piensen que esto no ha de costar algo, ni que lo van a encontrar hecho. Miren lo que le costó a nuestro Esposo el amor que nos tuvo: por librarnos de la muerte, murió una muerte tan penosa como la muerte de cruz.