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Santa Teresa de Jesús / Las Moradas

Quinta Morada.
Capítulo 1.

Sobre este capítulo

Teresa presenta la unión con Dios como un don que supera las propias fuerzas y deja una certeza profunda de su presencia. La disposición del alma consiste en entregarse con sencillez y humildad, sin pretender producir ni comprender por completo esa experiencia.

Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.

Texto adaptado

Quinta Morada

Capítulo 1 | Texto Adaptado

¡Ay, hermanas! ¿Cómo podría yo explicarles la riqueza, los tesoros y los deleites que hay en las quintas moradas?

Creo que sería mejor no decir nada de las moradas que faltan, porque no se pueden explicar bien, ni el entendimiento las alcanza a comprender, ni las comparaciones sirven para declararlas. Las cosas de la tierra son demasiado bajas para expresar algo tan grande.

Envía, Señor mío, luz desde el cielo, para que yo pueda dar alguna claridad a estas siervas tuyas.

Ya que Tú permites que algunas de ellas gocen tan frecuentemente de estos regalos espirituales, ayúdalas para que no sean engañadas por el demonio cuando se disfraza de ángel de luz; porque ellas desean agradarte.

Y aunque dije “algunas”, en realidad hay muy pocas que no entren en esta morada de la que voy a hablar ahora.

Muchas almas llegan de alguna manera a esta morada, aunque no todas llegan al mismo nivel. Algunas solo se acercan a la entrada; otras reciben gracias más profundas dentro de ella. Pero aun llegar a la puerta ya es una gran misericordia de Dios, porque muchos son llamados, pero pocos son escogidos.

Aunque todas las que llevamos este sagrado hábito del Carmen somos llamadas a la oración y a la contemplación -porque ese fue nuestro origen: venimos de aquellos santos Padres del Monte Carmelo que, en gran soledad y con profundo desprendimiento del mundo, buscaban este tesoro, esta preciosa perla de la que hablamos-, pocas nos preparamos de verdad para que el Señor nos descubra ese tesoro.

Porque en lo exterior vamos bien encaminadas para llegar a lo necesario; pero en las virtudes, para llegar aquí, necesitamos mucho, muchísimo. No podemos descuidarnos ni poco ni mucho.

Por eso, hermanas mías, levantémonos a pedirle al Señor que, ya que de alguna manera podemos gozar del cielo en la tierra, nos dé su favor, para que no deje de suceder por culpa nuestra. Que nos muestre el camino y nos dé fuerza en el alma para cavar hasta encontrar este tesoro escondido, porque es verdad que está dentro de nosotras mismas.

Esto es lo que quisiera dar a entender, si el Señor permite que yo sepa hacerlo.

Dije “fuerza en el alma” para que entiendan que no hacen falta las fuerzas del cuerpo cuando Dios nuestro Señor no las da. Él no deja a nadie imposibilitado para alcanzar sus riquezas: se contenta con que cada persona le dé lo que tiene. Bendito sea tan gran Dios.

Pero miren, hijas: para esto de lo que estamos hablando, Dios no quiere que se queden con nada. Poco o mucho, lo quiere todo para sí. Y según lo que cada una entienda que ha recibido de Él, así serán mayores o menores las gracias que recibirá.

No hay mejor prueba para saber si nuestra oración llega o no a la unión con Dios.

No piensen que esto es algo soñado, como lo anterior. Digo “soñado” porque allí el alma parece estar como adormecida: no parece del todo dormida, pero tampoco se siente despierta.

Aquí, en cambio, aunque el alma queda completamente dormida a las cosas del mundo y a sí misma -porque, en realidad, durante ese breve tiempo queda como sin sentido, y no puede pensar aunque quiera-, no hace falta ningún esfuerzo ni técnica para suspender el pensamiento.

Incluso si ama, no entiende cómo ama, ni qué ama, ni qué quisiera.

En fin, es como si el alma hubiera muerto completamente al mundo para vivir más en Dios.

Es una muerte sabrosa: como si el alma fuera arrancada de todas las actividades que puede tener mientras está en el cuerpo. Y es deleitosa, porque de verdad parece que el alma se separa del cuerpo para estar mejor con Dios.

De hecho, ni siquiera sé si en ese momento le queda vida para respirar. Ahora que lo pienso, me parece que no; o, si respira, no se da cuenta de que lo hace.

Todo el entendimiento quisiera ocuparse en comprender algo de lo que está sintiendo, pero como no tiene fuerzas para alcanzarlo, se queda asombrado. De modo que, si no pierde del todo el sentido, queda sin mover pie ni mano, como decimos de una persona tan desmayada que parece muerta.

¡Oh, secretos de Dios!

No me cansaría de intentar explicarlos, si pensara que puedo acertar en algo. Por eso diré mil disparates, por si alguna vez logro decir algo verdadero, para que alabemos mucho al Señor.

Dije que esto no es algo soñado, porque en la morada anterior, mientras no se tiene mucha experiencia, el alma queda dudando qué fue aquello: si se lo imaginó, si estaba dormida, si fue algo dado por Dios, o si fue el demonio disfrazado de ángel de luz.

Queda con mil sospechas, y está bien que las tenga. Porque, como dije, aun nuestra propia naturaleza nos puede engañar alguna vez en ese estado.

Es verdad que allí no hay tanto espacio para que entren cosas venenosas; pero sí pueden entrar unas “lagartijillas”, que, por ser tan ágiles, se meten por cualquier parte. Aunque no hacen daño, especialmente si no se les presta atención, muchas veces molestan. Me refiero a esos pensamientos pequeños que vienen de la imaginación y de lo que ya he explicado antes.

Pero aquí, por más ágiles que sean esas lagartijillas, no pueden entrar en esta morada. Porque aquí no hay imaginación, ni memoria, ni entendimiento que puedan estorbar este bien.

Y me atrevo a afirmar que, si verdaderamente es unión con Dios, el demonio no puede entrar ni hacer ningún daño. Porque Su Majestad está tan cerca y tan unido a lo más profundo del alma, que el demonio no se atreve a acercarse; y probablemente ni siquiera entiende este secreto.

Y tiene sentido: si se dice que el demonio no puede conocer nuestros pensamientos, mucho menos podrá entender algo tan secreto, que Dios ni siquiera lo deja en manos de nuestro propio pensamiento.

¡Qué gran bien es este estado, donde ese maldito no puede hacernos daño!

Así queda el alma con ganancias tan grandes, porque Dios obra en ella sin que nadie se lo impida: ni el demonio, ni siquiera nosotros mismos.

¿Qué no dará Aquel que ama tanto dar, y que puede dar todo lo que quiere?

Parece que las dejó confundidas al decir “si es unión con Dios”, como si hubiera otras uniones. Y sí, claro que las hay.

También puede haber uniones en cosas vanas. Cuando alguien ama mucho algo vacío o mundano, el demonio también puede arrebatarlo o transportarlo de alguna manera. Pero no lo hace como Dios, ni produce el mismo deleite, ni la misma satisfacción del alma, ni la misma paz y gozo.

La unión con Dios está por encima de todos los gozos de la tierra, de todos los deleites y de todos los contentos. Además, no tiene nada que ver el lugar de donde nacen estos gustos con el lugar de donde nacen los gustos de la tierra. Se sienten de una manera muy distinta, como seguramente ya lo habrán experimentado.

Una vez dije que los gustos de la tierra parecen sentirse en lo más pesado y grosero del cuerpo, o como en los huesos; y creo que acerté, porque no sé cómo decirlo mejor.

Me parece que todavía no las veo satisfechas, porque tal vez piensan que pueden engañarse, y que estas cosas interiores son difíciles de examinar.

Aunque para quien ha pasado por ello basta lo que ya he dicho, porque la diferencia es grande, quiero decirles una señal clara por la que no podrán engañarse ni dudar si fue de Dios. Su Majestad me la ha traído hoy a la memoria, y me parece que es la señal más segura.

En las cosas difíciles, aunque me parezca que las entiendo y que digo la verdad, siempre hablo así: “me parece”. Porque, si me equivoco, estoy muy dispuesta a creer lo que digan los que tienen mucho conocimiento y doctrina.

Porque, aunque esos grandes letrados no hayan pasado por estas experiencias, tienen algo especial. Dios los tiene como luz para su Iglesia, y cuando algo es verdad, les da luz para que lo admitan. Y si no son personas superficiales o distraídas, sino siervos de Dios, no se asustan de sus grandezas, porque entienden bien que Dios puede hacer muchísimo más. Y aunque algunos detalles no estén explicados con tanta claridad, ellos encuentran en otros escritos señales suficientes para reconocer que estas cosas sí pueden pasar.

De esto tengo muchísima experiencia. Y también tengo experiencia con algunos medio instruidos que se asustan de todo, porque me han costado muy caro.

Al menos, creo que quien no cree que Dios puede hacer mucho más de lo que entendemos, y que a veces ha querido comunicarse así con sus criaturas, tiene bien cerrada la puerta para recibir estas gracias.Por eso, hermanas, que nunca les pase eso. Crean que Dios puede muchísimo más. Y no se fijen tanto en si la persona a quien Dios concede estas gracias es buena o mala; eso Su Majestad lo sabe, como ya se los he dicho.

No tenemos por qué meternos en eso. Lo que nos toca es servir a Su Majestad con sencillez de corazón y humildad, y alabarlo por sus obras y maravillas.

Volviendo a la señal que digo que es la verdadera: fíjense en esta alma a la que Dios deja completamente incapaz de actuar por sí misma, para imprimir mejor en ella la verdadera sabiduría.

Mientras está así, no ve, no oye ni entiende. Ese estado siempre dura poco, y a ella le parece todavía más breve de lo que probablemente fue.

Dios se fija a sí mismo en lo más interior de esa alma, de tal manera que, cuando vuelve en sí, no puede dudar de ninguna manera que estuvo en Dios y que Dios estuvo en ella. Esta verdad le queda con tanta firmeza, que aunque pasen años sin que Dios vuelva a concederle esa misma gracia, no se le olvida ni puede dudar de que sucedió.

Y dejemos por ahora los efectos que quedan después, porque esos los diré más adelante. Lo importante aquí es esto: la señal principal es la certeza profunda que queda en el alma de que estuvo en Dios y Dios en ella.

Entonces me dirán: “¿Cómo lo vio o cómo lo entendió, si en ese momento no ve ni entiende?”

No digo que lo haya visto en ese momento, sino que después lo ve con claridad. Y no porque sea una visión, sino porque queda en el alma una certeza que solo Dios puede poner.

Yo sé de una persona que no sabía que Dios está en todas las cosas por presencia, poder y esencia. Pero, por una gracia que Dios le concedió de este tipo, llegó a entenderlo de tal manera que ya no podía dudarlo.

Después, ella le preguntó a uno de esos medio instruidos de los que he hablado cómo está Dios en nosotros. Pero él tampoco lo entendía bien, y le respondió que Dios solo estaba en nosotros por la gracia.

Pero ella tenía ya tan fija la verdad en el alma, que no le creyó. Entonces preguntó a otros, que sí le dijeron la verdad, y eso la consoló mucho.

No deben confundirse pensando que esta certeza queda en el alma de una manera corporal, como está el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento, aunque no lo veamos. Aquí no queda de esa forma, sino solo por la divinidad de Dios.

Entonces, ¿cómo puede quedarnos tanta certeza sobre algo que no vimos?

Eso no lo sé. Son obras de Dios. Pero sí sé que digo la verdad: si una persona no queda con esta certeza, yo no diría que fue unión de toda el alma con Dios, sino quizá de alguna potencia del alma, o alguna de las muchas otras gracias que Dios puede conceder.

En todas estas cosas, tenemos que dejar de buscar explicaciones sobre cómo sucedió. Si nuestro entendimiento no alcanza a comprenderlo, ¿para qué queremos perdernos tratando de explicarlo?

Basta saber que quien lo hace es todopoderoso. Y si nosotros no podemos alcanzar esto por nuestras propias diligencias, porque es Dios quien lo hace, tampoco pretendamos entenderlo todo por nuestra propia capacidad.

Ahora me acuerdo, sobre esto que digo de que nosotros no somos quienes logramos esto por nuestra propia fuerza, de aquello que han oído decir a la Esposa en el Cantar de los Cantares:

“El rey me llevó a la bodega del vino”, o “me llevó”, creo que dice.

Noten que no dice que ella fue por sí misma. También dice que andaba buscando a su Amado por una parte y por otra.

Yo entiendo que esta es la bodega en la que el Señor nos quiere introducir cuando Él quiere y como Él quiere. Por más esfuerzos que hagamos, no podemos entrar por nuestra propia cuenta.

Su Majestad tiene que introducirnos allí, y Él mismo tiene que entrar en el centro de nuestra alma. Y para mostrar mejor sus maravillas, no quiere que en esto intervenga nada nuestro, más que la voluntad completamente rendida a Él.

Tampoco quiere que se le abra la puerta por medio de las potencias del alma ni de los sentidos, porque todos están dormidos. Él entra en el centro del alma sin necesitar nada de eso, así como entró donde estaban sus discípulos cuando dijo: “La paz esté con ustedes”, y así como salió del sepulcro sin levantar la piedra.

Más adelante verán cómo Su Majestad quiere que el alma lo goce en su mismo centro, mucho más todavía que aquí, en la última morada.

¡Oh, hijas! Cuánto llegaríamos a ver si no nos empeñáramos en mirar solo nuestra bajeza y miseria.

Entendamos que ni siquiera somos dignas de ser siervas de un Señor tan grande, y que no somos capaces de alcanzar por nosotras mismas sus maravillas.

Sea alabado por siempre. Amén.