Santa Teresa de Jesús / Las Moradas
Quinta Morada.
Capítulo 1.
Sobre este capítulo
Teresa presenta la unión con Dios como un don que supera las propias fuerzas y deja una certeza profunda de su presencia. La disposición del alma consiste en entregarse con sencillez y humildad, sin pretender producir ni comprender por completo esa experiencia.
Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.Texto adaptado
Quinta Morada
Capítulo 1 | Texto Adaptado
¡Ay, hermanas! ¿Cómo podría yo explicarles la riqueza, los tesoros y los deleites que hay en las quintas moradas?
Creo que sería mejor no decir nada de las moradas que faltan, porque no se pueden explicar bien, ni el entendimiento las alcanza a comprender, ni las comparaciones sirven para declararlas. Las cosas de la tierra son demasiado bajas para expresar algo tan grande.
Envía, Señor mío, luz desde el cielo, para que yo pueda dar alguna claridad a estas siervas tuyas.
Ya que Tú permites que algunas de ellas gocen tan frecuentemente de estos regalos espirituales, ayúdalas para que no sean engañadas por el demonio cuando se disfraza de ángel de luz; porque ellas desean agradarte.
Y aunque dije “algunas”, en realidad hay muy pocas que no entren en esta morada de la que voy a hablar ahora.
Muchas almas llegan de alguna manera a esta morada, aunque no todas llegan al mismo nivel. Algunas solo se acercan a la entrada; otras reciben gracias más profundas dentro de ella. Pero aun llegar a la puerta ya es una gran misericordia de Dios, porque muchos son llamados, pero pocos son escogidos.
Aunque todas las que llevamos este sagrado hábito del Carmen somos llamadas a la oración y a la contemplación -porque ese fue nuestro origen: venimos de aquellos santos Padres del Monte Carmelo que, en gran soledad y con profundo desprendimiento del mundo, buscaban este tesoro, esta preciosa perla de la que hablamos-, pocas nos preparamos de verdad para que el Señor nos descubra ese tesoro.
Porque en lo exterior vamos bien encaminadas para llegar a lo necesario; pero en las virtudes, para llegar aquí, necesitamos mucho, muchísimo. No podemos descuidarnos ni poco ni mucho.
Por eso, hermanas mías, levantémonos a pedirle al Señor que, ya que de alguna manera podemos gozar del cielo en la tierra, nos dé su favor, para que no deje de suceder por culpa nuestra. Que nos muestre el camino y nos dé fuerza en el alma para cavar hasta encontrar este tesoro escondido, porque es verdad que está dentro de nosotras mismas.
Esto es lo que quisiera dar a entender, si el Señor permite que yo sepa hacerlo.
Dije “fuerza en el alma” para que entiendan que no hacen falta las fuerzas del cuerpo cuando Dios nuestro Señor no las da. Él no deja a nadie imposibilitado para alcanzar sus riquezas: se contenta con que cada persona le dé lo que tiene. Bendito sea tan gran Dios.
Pero miren, hijas: para esto de lo que estamos hablando, Dios no quiere que se queden con nada. Poco o mucho, lo quiere todo para sí. Y según lo que cada una entienda que ha recibido de Él, así serán mayores o menores las gracias que recibirá.
No hay mejor prueba para saber si nuestra oración llega o no a la unión con Dios.
No piensen que esto es algo soñado, como lo anterior. Digo “soñado” porque allí el alma parece estar como adormecida: no parece del todo dormida, pero tampoco se siente despierta.
Aquí, en cambio, aunque el alma queda completamente dormida a las cosas del mundo y a sí misma -porque, en realidad, durante ese breve tiempo queda como sin sentido, y no puede pensar aunque quiera-, no hace falta ningún esfuerzo ni técnica para suspender el pensamiento.
Incluso si ama, no entiende cómo ama, ni qué ama, ni qué quisiera.
En fin, es como si el alma hubiera muerto completamente al mundo para vivir más en Dios.
Es una muerte sabrosa: como si el alma fuera arrancada de todas las actividades que puede tener mientras está en el cuerpo. Y es deleitosa, porque de verdad parece que el alma se separa del cuerpo para estar mejor con Dios.
De hecho, ni siquiera sé si en ese momento le queda vida para respirar. Ahora que lo pienso, me parece que no; o, si respira, no se da cuenta de que lo hace.
Todo el entendimiento quisiera ocuparse en comprender algo de lo que está sintiendo, pero como no tiene fuerzas para alcanzarlo, se queda asombrado. De modo que, si no pierde del todo el sentido, queda sin mover pie ni mano, como decimos de una persona tan desmayada que parece muerta.
¡Oh, secretos de Dios!
No me cansaría de intentar explicarlos, si pensara que puedo acertar en algo. Por eso diré mil disparates, por si alguna vez logro decir algo verdadero, para que alabemos mucho al Señor.
Dije que esto no es algo soñado, porque en la morada anterior, mientras no se tiene mucha experiencia, el alma queda dudando qué fue aquello: si se lo imaginó, si estaba dormida, si fue algo dado por Dios, o si fue el demonio disfrazado de ángel de luz.
Queda con mil sospechas, y está bien que las tenga. Porque, como dije, aun nuestra propia naturaleza nos puede engañar alguna vez en ese estado.
Es verdad que allí no hay tanto espacio para que entren cosas venenosas; pero sí pueden entrar unas “lagartijillas”, que, por ser tan ágiles, se meten por cualquier parte. Aunque no hacen daño, especialmente si no se les presta atención, muchas veces molestan. Me refiero a esos pensamientos pequeños que vienen de la imaginación y de lo que ya he explicado antes.
Pero aquí, por más ágiles que sean esas lagartijillas, no pueden entrar en esta morada. Porque aquí no hay imaginación, ni memoria, ni entendimiento que puedan estorbar este bien.
Y me atrevo a afirmar que, si verdaderamente es unión con Dios, el demonio no puede entrar ni hacer ningún daño. Porque Su Majestad está tan cerca y tan unido a lo más profundo del alma, que el demonio no se atreve a acercarse; y probablemente ni siquiera entiende este secreto.
Y tiene sentido: si se dice que el demonio no puede conocer nuestros pensamientos, mucho menos podrá entender algo tan secreto, que Dios ni siquiera lo deja en manos de nuestro propio pensamiento.
¡Qué gran bien es este estado, donde ese maldito no puede hacernos daño!
Así queda el alma con ganancias tan grandes, porque Dios obra en ella sin que nadie se lo impida: ni el demonio, ni siquiera nosotros mismos.
¿Qué no dará Aquel que ama tanto dar, y que puede dar todo lo que quiere?
Parece que las dejó confundidas al decir “si es unión con Dios”, como si hubiera otras uniones. Y sí, claro que las hay.
También puede haber uniones en cosas vanas. Cuando alguien ama mucho algo vacío o mundano, el demonio también puede arrebatarlo o transportarlo de alguna manera. Pero no lo hace como Dios, ni produce el mismo deleite, ni la misma satisfacción del alma, ni la misma paz y gozo.
La unión con Dios está por encima de todos los gozos de la tierra, de todos los deleites y de todos los contentos. Además, no tiene nada que ver el lugar de donde nacen estos gustos con el lugar de donde nacen los gustos de la tierra. Se sienten de una manera muy distinta, como seguramente ya lo habrán experimentado.
Una vez dije que los gustos de la tierra parecen sentirse en lo más pesado y grosero del cuerpo, o como en los huesos; y creo que acerté, porque no sé cómo decirlo mejor.
Me parece que todavía no las veo satisfechas, porque tal vez piensan que pueden engañarse, y que estas cosas interiores son difíciles de examinar.
Aunque para quien ha pasado por ello basta lo que ya he dicho, porque la diferencia es grande, quiero decirles una señal clara por la que no podrán engañarse ni dudar si fue de Dios. Su Majestad me la ha traído hoy a la memoria, y me parece que es la señal más segura.
En las cosas difíciles, aunque me parezca que las entiendo y que digo la verdad, siempre hablo así: “me parece”. Porque, si me equivoco, estoy muy dispuesta a creer lo que digan los que tienen mucho conocimiento y doctrina.
Porque, aunque esos grandes letrados no hayan pasado por estas experiencias, tienen algo especial. Dios los tiene como luz para su Iglesia, y cuando algo es verdad, les da luz para que lo admitan. Y si no son personas superficiales o distraídas, sino siervos de Dios, no se asustan de sus grandezas, porque entienden bien que Dios puede hacer muchísimo más. Y aunque algunos detalles no estén explicados con tanta claridad, ellos encuentran en otros escritos señales suficientes para reconocer que estas cosas sí pueden pasar.
De esto tengo muchísima experiencia. Y también tengo experiencia con algunos medio instruidos que se asustan de todo, porque me han costado muy caro.
Al menos, creo que quien no cree que Dios puede hacer mucho más de lo que entendemos, y que a veces ha querido comunicarse así con sus criaturas, tiene bien cerrada la puerta para recibir estas gracias.Por eso, hermanas, que nunca les pase eso. Crean que Dios puede muchísimo más. Y no se fijen tanto en si la persona a quien Dios concede estas gracias es buena o mala; eso Su Majestad lo sabe, como ya se los he dicho.
No tenemos por qué meternos en eso. Lo que nos toca es servir a Su Majestad con sencillez de corazón y humildad, y alabarlo por sus obras y maravillas.
Volviendo a la señal que digo que es la verdadera: fíjense en esta alma a la que Dios deja completamente incapaz de actuar por sí misma, para imprimir mejor en ella la verdadera sabiduría.
Mientras está así, no ve, no oye ni entiende. Ese estado siempre dura poco, y a ella le parece todavía más breve de lo que probablemente fue.
Dios se fija a sí mismo en lo más interior de esa alma, de tal manera que, cuando vuelve en sí, no puede dudar de ninguna manera que estuvo en Dios y que Dios estuvo en ella. Esta verdad le queda con tanta firmeza, que aunque pasen años sin que Dios vuelva a concederle esa misma gracia, no se le olvida ni puede dudar de que sucedió.
Y dejemos por ahora los efectos que quedan después, porque esos los diré más adelante. Lo importante aquí es esto: la señal principal es la certeza profunda que queda en el alma de que estuvo en Dios y Dios en ella.
Entonces me dirán: “¿Cómo lo vio o cómo lo entendió, si en ese momento no ve ni entiende?”
No digo que lo haya visto en ese momento, sino que después lo ve con claridad. Y no porque sea una visión, sino porque queda en el alma una certeza que solo Dios puede poner.
Yo sé de una persona que no sabía que Dios está en todas las cosas por presencia, poder y esencia. Pero, por una gracia que Dios le concedió de este tipo, llegó a entenderlo de tal manera que ya no podía dudarlo.
Después, ella le preguntó a uno de esos medio instruidos de los que he hablado cómo está Dios en nosotros. Pero él tampoco lo entendía bien, y le respondió que Dios solo estaba en nosotros por la gracia.
Pero ella tenía ya tan fija la verdad en el alma, que no le creyó. Entonces preguntó a otros, que sí le dijeron la verdad, y eso la consoló mucho.
No deben confundirse pensando que esta certeza queda en el alma de una manera corporal, como está el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento, aunque no lo veamos. Aquí no queda de esa forma, sino solo por la divinidad de Dios.
Entonces, ¿cómo puede quedarnos tanta certeza sobre algo que no vimos?
Eso no lo sé. Son obras de Dios. Pero sí sé que digo la verdad: si una persona no queda con esta certeza, yo no diría que fue unión de toda el alma con Dios, sino quizá de alguna potencia del alma, o alguna de las muchas otras gracias que Dios puede conceder.
En todas estas cosas, tenemos que dejar de buscar explicaciones sobre cómo sucedió. Si nuestro entendimiento no alcanza a comprenderlo, ¿para qué queremos perdernos tratando de explicarlo?
Basta saber que quien lo hace es todopoderoso. Y si nosotros no podemos alcanzar esto por nuestras propias diligencias, porque es Dios quien lo hace, tampoco pretendamos entenderlo todo por nuestra propia capacidad.
Ahora me acuerdo, sobre esto que digo de que nosotros no somos quienes logramos esto por nuestra propia fuerza, de aquello que han oído decir a la Esposa en el Cantar de los Cantares:
“El rey me llevó a la bodega del vino”, o “me llevó”, creo que dice.
Noten que no dice que ella fue por sí misma. También dice que andaba buscando a su Amado por una parte y por otra.
Yo entiendo que esta es la bodega en la que el Señor nos quiere introducir cuando Él quiere y como Él quiere. Por más esfuerzos que hagamos, no podemos entrar por nuestra propia cuenta.
Su Majestad tiene que introducirnos allí, y Él mismo tiene que entrar en el centro de nuestra alma. Y para mostrar mejor sus maravillas, no quiere que en esto intervenga nada nuestro, más que la voluntad completamente rendida a Él.
Tampoco quiere que se le abra la puerta por medio de las potencias del alma ni de los sentidos, porque todos están dormidos. Él entra en el centro del alma sin necesitar nada de eso, así como entró donde estaban sus discípulos cuando dijo: “La paz esté con ustedes”, y así como salió del sepulcro sin levantar la piedra.
Más adelante verán cómo Su Majestad quiere que el alma lo goce en su mismo centro, mucho más todavía que aquí, en la última morada.
¡Oh, hijas! Cuánto llegaríamos a ver si no nos empeñáramos en mirar solo nuestra bajeza y miseria.
Entendamos que ni siquiera somos dignas de ser siervas de un Señor tan grande, y que no somos capaces de alcanzar por nosotras mismas sus maravillas.
Sea alabado por siempre. Amén.
Texto original (1577)
Quinta Morada
Capítulo 1 | Texto original (1577)
¡Oh hermanas!, ¿cómo os podría yo decir la riqueza y tesoros y deleites que hay en las quintas moradas? Creo fuera mejor no decir nada de las que faltan, pues no se ha de saber decir ni el entendimiento lo sabe entender ni las comparaciones pueden servir de declararlo, porque son muy bajas las cosas de la tierra para este fin.
Enviad, Señor mío, del cielo luz para que yo pueda dar alguna a estas vuestras siervas, pues sois servido de que gocen algunas de ellas tan ordinariamente de estos gozos, porque no sean engañadas, transfigurándose el demonio en ángel de luz, pues todos sus deseos se emplean en desear contentaros.
Y aunque dije <<algunas>>, bien pocas hay que no entren en esta morada que ahora diré. Hay más y menos y a esta causa digo que son las más las que entran en ellas. En algunas cosas de las que aquí diré que hay en este aposento, bien creo que son pocas; mas, aunque no sea sino llegar a la puerta, es harta misericordia la que las hace Dios; porque, puesto que son muchos los llamados, pocos son los escogidos. Así digo ahora que aunque todas las que traemos este hábito sagrado del Carmen somos llamadas a la oración y contemplación (porque este fue nuestro principio, de esta casta venimos, de aquellos santos Padres nuestros del Monte Carmelo que en tan gran soledad y con tanto desprecio del mundo buscaban este tesoro, esta preciosa margarita de que hablamos), pocas nos disponemos para que nos la descubra el Señor. Porque cuanto a lo exterior vamos bien para llegar a lo que es menester; en las virtudes para llegar aquí, hemos menester mucho, mucho, y no nos descuidar poco ni mucho. Por eso, hermanas mías, alto a pedir al Señor, que pues que en alguna manera podemos gozar del cielo en la tierra, que nos dé su favor para que no quede por nuestra culpa y nos muestre el camino y dé fuerzas en el alma para cavar hasta hallar este tesoro escondido, pues es verdad que le hay en nosotras mismas, que esto querría yo dar a entender, si el Señor es servido que sepa.
Dije <<fuerzas en el alma>>, porque entendáis que no hacen falta las del cuerpo a quien Dios nuestro Señor no las da. No imposibilita a ninguno para comprar sus riquezas; con que dé cada uno lo que tuviere, se contenta. Bendito sea tan gran Dios. Mas mirad, hijas, que para esto que tratamos no quiere que os quedéis con nada; poco o mucho, todo lo quiere para sí, y conforme a lo que entendiereis de vos que os han dado, se os harán mayores o menores mercedes. No hay mejor prueba para entender si llega a unión o si no nuestra oración. No penséis que es cosa soñada, como la pasada. Digo soñada, porque así parece está el alma como adormizada, que ni bien parece está dormida ni se siente despierta. Aquí con estar todas dormidas, y bien dormidas, a las cosas del mundo y a nosotras mismas (porque en hecho de verdad se queda como sin sentido aquello poco que dura, que ni hay poder pensar, aunque quieran), aquí no es menester con artificio suspender el pensamiento; hasta el amar, si lo hace, no entiende cómo, ni qué es lo que ama ni qué querría.
En fin, como quien de todo punto ha muerto al mundo para vivir más en Dios, que así es una muerte sabrosa, un arrancamiento del alma de todas las operaciones que puede tener estando en el cuerpo; deleitosa, porque aunque de verdad parece se aparta el alma de él para mejor estar en Dios -de manera que aun no sé yo si le queda vida para resolgar (ahora lo estaba pensando y paréceme que no, al menos si lo hace no se entiende si lo hace) -, todo su entendimiento se querría emplear en entender algo de lo que siente y, como no llegan sus fuerzas a esto, quédase espantado; de manera que, si no se pierde del todo, no menea pie ni mano, como acá decimos de una persona que está tan desmayada que nos parece está muerta.
¡Oh secretos de Dios!, que no me hartaría de procurar dar a entenderlos si pensase acertar en algo, y así diré mil desatinos, por si alguna vez atinase, para que alabemos mucho al Señor.
Dije que no era cosa soñada, porque en la morada que queda dicha, hasta que la experiencia es mucha queda el alma dudosa de qué fue aquello: si se le antojó, si estaba dormida, si fue dado de Dios, si se transfiguró el demonio en ángel de luz. Queda con mil sospechas, y es bien que las tenga, porque -como dije- aun el mismo natural nos puede engañar allí alguna vez; porque aunque no hay tanto lugar para entrar las cosas ponzoñosas, unas lagartijillas sí, que como son agudas por doquiera se meten; y aunque no hacen daño, en especial si no hacen caso de ellas -como dije-, porque son pensamientillos que proceden de la imaginación y de lo que queda dicho, importunan muchas veces. Aquí, por ayudas que son las lagartijas, no pueden entrar en esta morada; porque ni hay imaginación, ni memoria ni entendimiento que pueda impedir este bien.
Y osaré afirmar que si verdaderamente es unión de Dios, que no puede entrar el demonio ni hacer ningún daño; porque está Su Majestad tan junto y unido con la esencia del alma, que no osará llegar, ni aun debe de entender este secreto. Y está claro: pues dicen que no entiende nuestro pensamiento, menos entenderá cosa tan secreta, que aun no la fía Dios de nuestro pensamiento. ¡Oh gran bien, estado adonde este maldito no nos hace mal! Así queda el alma con tan grandes ganancias, por obrar Dios en ella sin que nadie le estorbe, ni nosotros mismos. ¿Qué no dará quien es tan amigo de dar y puede dar todo lo que quiere?
Parece que os dejo confusas en decir si es unión de Dios y que hay otras uniones. Y ¡cómo si las hay! Aunque sean en cosas vanas, cuando se aman mucho, también los transportará el demonio ; mas no con la manera que Dios ni con el deleite y satisfacción del alma y paz y gozo. Es sobre todos los gozos de la tierra y sobre todos los deleites y sobre todos los contentos y más, que no tiene que ver adonde se engendran estos contentos o los de la tierra, que es muy diferente su sentir, como lo tendréis experimentado. Dije yo una vez que es como si fuesen en esta grosería del cuerpo, o en los tuétanos, y atiné bien, que no sé cómo lo decir mejor.
Paréceme que aún no os veo satisfechas, porque os parecerá que os podéis engañar, que esto interior es cosa recia de examinar; y aunque para quien ha pasado por ello basta lo dicho, porque es grande la diferencia, quiéroos decir una señal clara por donde no os podréis engañar ni dudar si fue de Dios, que Su Majestad me la ha traído hoy a la memoria, y a mi parecer es la cierta. Siempre en cosas dificultosas, aunque me parece que lo entiendo y que digo verdad, voy con este lenguaje de que <<me parece>>; porque si me engañare, estoy muy aparejada a creer lo que dijeren los que tienen letras muchas; porque, aunque no hayan pasado por estas cosas, tienen un no sé qué grandes letrados, que como Dios los tiene para luz de su Iglesia, cuando es una verdad, dásela para que se admita; y si no son derramados, sino siervos de Dios, nunca se espantan de sus grandezas, que tienen bien entendido que puede mucho más y más. Y, en fin, aunque algunas cosas no tan declaradas, otras deben hallar escritas, por donde ven que pueden pasar estas.
De esto tengo grandísima experiencia, y también la tengo de unos medioletrados espantadizos, porque me cuestan muy caro. Al menos creo que quien no creyere que puede Dios mucho más y que ha tenido por bien y tiene algunas veces comunicarlo a sus criaturas, que tiene bien cerrada la puerta para recibirlas. Por eso, hermanas, nunca os acaezca, sino creer de Dios mucho más y más, y no pongáis los ojos en si son ruines o buenos a quien las hace, que Su Majestad lo sabe, como os lo he dicho ; no hay para qué nos meter en esto, sino con simpleza de corazón y humildad servir a Su Majestad y alabarle por sus obras y maravillas.
Pues tornando a la señal que digo es la verdadera, ya veis esta alma que la ha hecho Dios boba del todo para imprimir mejor en ella la verdadera sabiduría, que ni ve ni oye ni entiende en el tiempo que está así, que siempre es breve, y aun harto más breve le parece a ella de lo que debe de ser. Fija Dios a sí mismo en lo interior de aquel alma de manera que cuando torna en si en ninguna manera pueda dudar que estuvo en Dios y Dios en ella. Con tanta firmeza le queda esta verdad, que aunque pase años sin tornarle Dios a hacer aquella merced, ni se le olvida ni puede dudar que estuvo. Aun dejemos por los efectos con que queda, que estos diré después ; esto es lo que hace mucho al caso.
Pues direisme: ¿Cómo lo vio o cómo lo entendió, si no ve ni entiende? No digo que lo vio entonces, sino que lo ve después claro; y no porque es visión, sino una certidumbre que queda en el alma que solo Dios la puede poner. Yo sé de una persona que no había llegado a su noticia que estaba Dios en todas las cosas por presencia y potencia y esencia, y de una merced que le hizo Dios de esta suerte lo vino a entender de manera que aunque un medioletrado de los que tengo dichos, a quien preguntó cómo estaba Dios en nosotros (él lo sabía tan poco como ella antes que Dios se lo diese a entender), le dijo que no estaba más de por gracia, ella tenía ya tan fija la verdad, que no le creyó; y preguntolo a otros, que le dijeron la verdad, con que se consoló mucho.
No os habéis de engañar pareciéndoos que esta certidumbre queda en forma corporal -como el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo está en el Santísimo Sacramento, aunque no le vemos-, porque acá no queda así, sino de sola la divinidad. Pues ¿cómo lo que no vimos se nos queda con esa certidumbre? Eso no lo sé yo, son obras suyas, mas sé que digo la verdad, y quien no quedare con esta certidumbre, no diría yo que es unión de toda el alma con Dios, sino de alguna potencia, y otras muchas maneras de mercedes que hace Dios al alma. Hemos de dejar en todas estas cosas de buscar razones para ver cómo fue; pues no llega nuestro entendimiento a entenderlo, ¿para qué nos queremos desvanecer? Basta ver que es todopoderoso el que lo hace, y pues no somos ninguna parte -por diligencias que hagamos- para alcanzarlo, sino que es Dios el que lo hace, no lo queramos ser para entenderlo.
Ahora me acuerdo, sobre esto que digo de que no somos parte, de lo que habéis oído que dice la Esposa en los Cantares: Llevóme el rey a la bodega del vino, o metiome, creo que dice. Y no dice que ella se fue. Y dice también que andaba buscando a su Amado por una parte y por otra. Esta entiendo yo es la bodega adonde nos quiere meter el Señor cuando quiere y como quiere; mas por diligencias que nosotros hagamos, no podemos entrar. Su Majestad nos ha de meter y entrar él en el centro de nuestra alma; y para mostrar sus maravillas mejor, no quiere que tengamos en esta más parte de la voluntad que del todo se le ha rendido ni que se le abra la puerta de las potencias y sentidos, que todos están dormidos, sino entrar en el centro del alma sin ninguna, como entró a sus discípulos cuando dijo: Pax vobis, y salió del sepulcro sin levantar la piedra. Adelante veréis cómo Su Majestad quiere que le goce el alma en su mismo centro, aun más que aquí mucho en la postrera morada.
¡Oh hijas, qué mucho veremos si no queremos ver más de nuestra bajeza y miseria, y entender que no somos dignas de ser siervas de un Señor tan grande, que no podemos alcanzar sus maravillas!
Sea por siempre alabado, amén.
