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Santa Teresa de Jesús / Las Moradas

Cuarta Morada.
Capítulo 3.

Sobre este capítulo

Teresa describe un recogimiento en el que Dios atrae suavemente el alma hacia sí. Invita a recibirlo sin forzar la mente y a reconocer sus frutos en una mayor libertad interior, confianza y disposición para servir, cuidando también la salud.

Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.

Texto adaptado

Cuarta Morada

Capítulo 3 | Texto Adaptado

Los efectos de esta oración son muchos. Diré algunos, y primero hablaré de otra forma de oración que casi siempre comienza antes que esta. Como ya he hablado de ella en otras partes, diré poco.

Es un recogimiento que también me parece sobrenatural, porque no consiste en estar a oscuras, ni en cerrar los ojos, ni en algo exterior. Aunque, sin quererlo, sucede que una cierra los ojos y desea estar en soledad. Y, sin que una lo fuerce, parece que se va construyendo el edificio para la oración de la que ya hablé; porque los sentidos y las cosas exteriores van perdiendo fuerza, para que el alma vaya recuperando el dominio que había perdido.

Dicen que <<el alma entra dentro de sí>>, y otras veces que <<sube sobre sí misma>>. Con ese lenguaje yo n o sabría explicar mucho, porque tengo este defecto: pienso que, si lo digo como yo lo entiendo, ustedes me van a entender también, y quizá solo me entiendo yo.

Imaginemos que estos sentidos y potencias, que ya dije que son como la gente de este castillo, se han ido afuera y andan desde hace días y años con gente extraña, enemiga del bien de este castillo. Pero, al ver su perdición, ya se han ido acercando de nuevo a él, aunque todavía no terminan de entrar, porque la costumbre tiene mucha fuerza. Ya no son traidores, pero siguen rondando alrededor.

Entonces el gran Rey, que está en la morada de este castillo, al ver su buena voluntad, por su gran misericordia quiere hacerlos volver a Él. Y, como buen pastor, con un silbido tan suave que casi ni ellos mismos lo entienden, hace que reconozcan su voz y que no anden tan perdidos, sino que vuelvan a su morada. Y tiene tanta fuerza este silbido del pastor, que dejan las cosas exteriores en las que estaban distraídos y se meten dentro del castillo.

Me parece que nunca lo había explicado tan claramente como ahora. Para buscar a Dios en el interior, donde se le encuentra mejor y con más provecho que en las criaturas, como dice San Agustín que lo encontró después de haberlo buscado en muchas partes, es una gran ayuda cuando Dios concede esta gracia.

Y no piensen que esto sucede por el entendimiento, tratando de pensar en Dios dentro de una misma, ni por la imaginación, imaginándolo dentro de sí. Eso es bueno y es una excelente forma de meditación, porque se funda en una verdad: que Dios está dentro de nosotros mismos. Pero no es eso de lo que hablo, porque eso cada persona puede procurarlo con la ayuda del Señor.

Lo que digo es de otra manera. A veces, antes de comenzar a pensar en Dios, esta gente ya está dentro del castillo, y yo no sé por dónde ni cómo oyó el silbido de su pastor. No fue por los oídos, porque no se oye nada; pero se siente claramente un recogimiento suave hacia lo interior, como lo verá quien pase por ello, porque yo no lo sé explicar mejor.

Me parece haber leído que es como un erizo o una tortuga cuando se recogen hacia dentro, y debía entenderlo bien quien lo escribió. Pero ellos se recogen cuando quieren; acá no depende de nuestra voluntad, sino de cuando Dios quiere concedernos esta gracia.

Tengo para mí que, cuando Su Majestad la concede, es a personas que ya van soltando las cosas del mundo. No digo que lo hagan necesariamente con obras, porque hay personas cuyo estado de vida no se los permite, sino con el deseo, pues Dios las llama de manera particular para que estén atentas a las cosas interiores. Y así creo que, si queremos darle lugar a Su Majestad, Él no dará solo esto a quien comienza a llamar para algo más.

Quien reconozca en sí esta experiencia, alabe mucho a Dios, porque es muy justo que entienda la gracia que ha recibido. Y darle gracias por esa gracia la dispondrá para recibir otras mayores.

Esto también dispone al alma para poder escuchar, como aconsejan algunos libros: que no trate de razonar demasiado, sino que se quede atenta para ver qué obra el Señor en ella. Porque, si Su Majestad no ha comenzado a recogernos y absorbernos en Él, no veo cómo podríamos obligar al pensamiento a quedarse quieto sin que eso termine haciendo más daño que bien.

Aunque este tema ha sido muy discutido entre algunas personas espirituales, confieso mi poca humildad: nunca me han dado una razón que me convenza de rendirme a lo que dicen. Una persona me citó cierto libro del santo Fray Pedro de Alcántara, que yo creo que sí lo es, y a él sí me habría rendido, porque sé que entendía de esto. Lo leímos, y dice lo mismo que yo, aunque no con estas mismas palabras. Pero se entiende por lo que dice que el amor ya debe estar despierto.

Puede ser que yo me engañe, pero doy estas razones:

La primera: en esta obra del espíritu, quien menos piensa y menos quiere hacer por su propia cuenta, más hace. Lo que debemos hacer es pedir como pobres necesitados delante de un emperador grande y rico; después, bajar los ojos y esperar con humildad.

Cuando, por sus caminos secretos, nos parece entender que Él nos oye, entonces conviene callar, pues nos ha permitido estar cerca de Él. Y no será malo procurar que el entendimiento no trabaje tanto, si podemos hacerlo.

Pero si todavía no entendemos que este Rey nos ha oído ni que nos mira, no debemos quedarnos como bobas. Porque el alma queda bastante así cuando intenta hacer esto, y la imaginación puede quedar mucho más seca, y quizá más inquieta, por la fuerza que se ha hecho para no pensar nada. Más bien, el Señor quiere que le pidamos y que consideremos que estamos en su presencia, porque Él sabe lo que nos conviene.

Yo no logro convencerme de usar métodos humanos en cosas a las que parece que Su Majestad les puso un límite y quiso reservar para Sí. En cambio, dejó muchas otras cosas que sí podemos hacer con su ayuda, como penitencias, obras y oración, hasta donde alcanza nuestra miseria.

La segunda: es que estas obras interiores son todas suaves y pacíficas, y hacer algo forzado o penoso daña más de lo que aprovecha.

Llamo penoso a esa fuerza que queremos hacernos a nosotras mismas, como sería penoso tratar de detener la respiración. Lo que conviene es dejar el alma en las manos de Dios, para que Él haga de ella lo que quiera, con el mayor olvido posible del propio provecho y con la mayor resignación a la voluntad de Dios.

La tercera: es que el mismo esfuerzo por no pensar en nada quizá despierte el pensamiento y lo haga pensar mucho más.

La cuarta: es que lo más importante y agradable a Dios es que nos acordemos de su honra y de su gloria, y que nos olvidemos de nosotras mismas, de nuestro propio provecho, de nuestro consuelo y de nuestro gusto.

Entonces, ¿cómo puede estar olvidada de sí misma una persona que está tan pendiente de no moverse ni distraerse, que ni siquiera deja que su entendimiento y sus deseos se muevan hacia Dios, para desear su mayor gloria o alegrarse de la gloria que Él ya tiene?

Cuando Su Majestad quiere que el entendimiento se detenga, Él mismo lo ocupa de otra manera. Le da una luz y un conocimiento tan superiores a lo que nosotros podemos alcanzar, que el entendimiento queda absorto. Entonces, sin saber cómo, queda mucho mejor enseñado que con todos nuestros esfuerzos humanos, que a veces más bien pueden estorbar.

Porque Dios nos dio las potencias del alma para que trabajemos con ellas, y ese trabajo tiene su premio. Por eso no hay que dejarlas como dormidas o inmóviles a la fuerza, sino dejarlas hacer su oficio, hasta que Dios las lleve a otro más alto.

Lo que entiendo es que, cuando el Señor ha querido meter al alma en esta morada, lo que más le conviene hacer es lo que ya he dicho: procurar, sin fuerza ni ruido, detener un poco el exceso de razonamiento del entendimiento; pero no intentar suspenderlo por completo, ni obligarse a no pensar nada.

Más bien, conviene que el alma recuerde que está delante de Dios, y quién es este Dios. Si lo que siente dentro de sí la recoge suavemente hacia Él, está bien; que lo deje suceder. Pero no procure entender qué es lo que está pasando, porque esto no se le da al entendimiento para analizarlo, sino a la voluntad para gozarlo. Que deje gozar a la voluntad, sin buscar métodos ni esfuerzos, más allá de algunas palabras amorosas. Porque aunque aquí no intentemos quedarnos sin pensar en nada, muchas veces eso sucede por sí solo, aunque sea por muy breve tiempo.

Pero, como dije en otra parte, en esta manera de oración pasa algo particular. Me refiero a la oración con la que comencé esta morada, aunque aquí he metido también la oración de recogimiento, que era la que debía explicar primero. Esta oración de recogimiento es mucho menor que los gustos de Dios de los que he hablado, pero es principio para llegar a ellos. En la oración de recogimiento no se debe dejar la meditación ni la obra del entendimiento.

En esta fuente que mana directamente, y no por conductos, el entendimiento se detiene por sí mismo, o Dios lo hace detenerse, porque ve que no puede entender lo que quisiera entender. Entonces queda como desorientado: va de una idea a otra, sin poder asentarse en ninguna.

Mientras tanto, la voluntad está tan firme y tan ocupada en su Dios, que la inquietud del entendimiento le causa gran molestia. Por eso no necesita hacerle caso, porque si le presta atención, perderá mucho de lo que está gozando. Lo mejor es dejar al entendimiento y dejarse a sí misma en los brazos del amor. Su Majestad le enseñará lo que debe hacer en ese momento, que casi siempre es reconocerse indigna de tanto bien y dedicarse a darle gracias.

Por hablar de la oración de recogimiento, dejé para después los efectos o señales que quedan en las almas a quienes Dios nuestro Señor da esta oración.

Una de esas señales es que se nota claramente un ensanchamiento interior en el alma. Es como si el agua que brota de una fuente no corriera hacia afuera, sino que la misma fuente estuviera hecha de tal manera que, mientras más agua brota, más grande se hace el edificio que la contiene.

Algo así parece suceder en esta oración, y en muchas otras maravillas que Dios hace en el alma: Él la va haciendo más capaz y la va disponiendo para que pueda recibir todo lo que quiere darle.

Esta suavidad y este ensanchamiento interior se notan después en que el alma ya no queda tan apretada ni tan limitada como antes en las cosas del servicio de Dios, sino con mucha más libertad interior.

Así, el alma ya no se siente tan apretada por el temor del infierno. Aunque le queda un temor mayor de no ofender a Dios, se pierde aquí el temor servil, ese temor que nace solo del castigo. En su lugar, queda una gran confianza de que llegará a gozar de Dios.

Antes, cuando pensaba en hacer penitencia, podía tener miedo de perder la salud. Ahora le parece que todo lo podrá en Dios, y tiene más deseo de hacer penitencia que antes.

El temor que solía tener a los trabajos y sufrimientos también se va moderando, porque la fe está más viva. El alma entiende que, si los pasa por Dios, Su Majestad le dará gracia para sufrirlos con paciencia. Y algunas veces hasta los desea, porque también queda en ella una gran voluntad de hacer algo por Dios.

Como va conociendo más la grandeza de Dios, se tiene a sí misma por más miserable. Y como ya ha probado los gustos de Dios, ve que los gustos del mundo son como basura. Por eso se va apartando poco a poco de ellos, y tiene más dominio de sí misma para hacerlo.

En fin, queda mejorada en todas las virtudes y seguirá creciendo, siempre que no vuelva atrás ofendiendo a Dios. Porque entonces todo se pierde, aunque el alma haya llegado muy alto.

Tampoco se debe entender que, porque Dios haga esta gracia una o dos veces a un alma, ya quedan hechas en ella todas estas cosas. Es necesario perseverar en recibir estas gracias, porque en esa perseverancia está todo nuestro bien.

A quien se vea en este estado, le advierto mucho una cosa: que tenga mucho cuidado de no ponerse en ocasiones de ofender a Dios. Porque aquí el alma todavía no está fuerte ni formada, sino como un niño que apenas comienza a alimentarse. Y si a ese niño lo apartan del pecho de su madre, ¿qué se puede esperar sino que muera?

Por eso tengo mucho temor de que, si una persona a quien Dios ha hecho esta gracia se aparta de la oración, le pase algo semejante. A menos que haya una razón muy grave, o que vuelva pronto a ella, irá de mal en peor.

Sé que en esto hay mucho que temer. Conozco algunas personas que me han causado mucha tristeza, y he visto suceder lo que digo, porque se apartaron de Aquel que con tanto amor quería dárseles como amigo, y se lo mostraba con obras.

Por eso advierto tanto que no se pongan en ocasiones de pecado. Porque el demonio se esfuerza mucho más por un alma de estas que por muchas otras a quienes el Señor no ha dado estas gracias. La razón es que estas almas pueden frustrar mucho los planes del demonio al ayudar a otras a acercarse a Dios, y también pueden hacer mucho bien en la Iglesia.

Y aunque no hubiera otra razón, basta con ver que Su Majestad les muestra un amor particular para que el demonio haga todo lo posible por perderlas. Por eso son muy combatidas; y si se pierden, muchas veces quedan más perdidas que otras.

Ustedes, hermanas, están libres de estos peligros, al menos hasta donde podemos entender. Que Dios las libre de la soberbia y la vanagloria.

Y si el demonio quisiera imitar falsamente estas gracias, se conocerá porque no producirá estos efectos, sino todo lo contrario.

De un peligro quiero avisarles, aunque ya se los he dicho en otra parte. He visto caer en él a personas de oración, especialmente mujeres, porque, al ser de naturaleza más delicada, puede darse más fácilmente lo que voy a decir.

Algunas personas, por mucha penitencia, oración y vigilias, o incluso sin eso, tienen una constitución débil. Entonces, cuando reciben algún consuelo, la naturaleza se les impone. Como sienten cierto contento interior, junto con decaimiento exterior y flaqueza, y además les viene una especie de sueño que llaman espiritual, un poco más fuerte que lo que ya he dicho, les parece que una cosa es igual a la otra y se dejan absorber.

Y mientras más se dejan llevar, más se absorben, porque la naturaleza se debilita más. A ellas les parece, en su juicio, que eso es arrobamiento, es decir, una experiencia espiritual profunda en la que el alma queda absorbida por Dios; pero yo lo llamo atontamiento, porque no es otra cosa que perder el tiempo allí y gastar la salud. A una persona le llegó a pasar que estaba así ocho horas, sin estar realmente fuera de sí ni sentir cosa de Dios.

A esta persona se le quitó con dormir, comer y no hacer tanta penitencia, porque hubo alguien que la entendió bien. Tenía engañado a su confesor, a otras personas y a sí misma, aunque ella no quería engañar a nadie. Creo también que el demonio haría algún esfuerzo para sacar provecho de esto, y ya empezaba a sacar bastante.

Hay que entender que, cuando algo es verdaderamente de Dios, aunque pueda haber cierto decaimiento interior y exterior, el alma no queda debilitada. Al contrario, el alma tiene una conciencia muy viva de estar tan cerca de Dios. Además, esto no dura tanto tiempo, sino muy poco, aunque después pueda volver a recogerse.

Y en esta oración, si no se trata de flaqueza, como ya he dicho, normalmente no llega al punto de derribar el cuerpo ni de producir señales exteriores muy fuertes.

Por eso, estén atentas: cuando sientan esto en ustedes, díganselo a la superiora y procuren distraerse todo lo que puedan. La superiora debe hacer que no tengan tantas horas de oración, sino muy pocas, y debe procurar que duerman bien y coman bien, hasta que vaya volviendo la fuerza natural, si es que la perdieron por esto.

Y si alguna es de naturaleza tan débil que ni siquiera con esto mejora, créanme: Dios no la quiere para ese tipo de oración, sino para la vida activa. En los monasterios debe haber de todo. Que la ocupen en oficios, y que siempre se cuide que no tenga demasiada soledad, porque podría llegar a perder del todo la salud.

Eso ya será bastante mortificación para ella. Ahí quiere probar el Señor el amor que le tiene: en cómo lleva esta ausencia de esa oración. Y quizá Dios quiera devolverle la fuerza después de algún tiempo. Y si no se la devuelve, ganará con la oración vocal y con la obediencia, y merecerá lo que habría merecido por ese otro camino, y tal vez más.

También podría haber algunas personas con la cabeza y la imaginación tan débiles, como yo las he conocido, que todo lo que piensan les parece que lo están viendo. Esto es bastante peligroso.

Quizá más adelante se trate de esto. Por ahora no diré más, porque ya me he alargado mucho en esta morada. Y lo hice porque creo que es una de las moradas en la que entran más almas. Además, como aquí se mezcla lo natural con lo sobrenatural, el demonio puede hacer más daño. En las moradas que faltan por explicar, el Señor no le da tanto lugar.

Sea Dios alabado por siempre. Amén.