Santa Teresa de Jesús / Las Moradas
Cuarta Morada.
Capítulo 2.
Sobre este capítulo
Teresa describe una paz interior que nace de Dios y ensancha el alma más allá de lo que puede lograr por su esfuerzo. Invita a amar sin exigir recompensas, recibir sus dones con humildad y reconocer su verdad en las obras que vienen después.
Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.Texto adaptado
Cuarta Morada
Capítulo 2 | Texto Adaptado
¡Dios mío, en lo que me he metido! Ya se me había olvidado de qué venía hablando, porque las ocupaciones y la salud me obligan a dejarlo justo cuando mejor voy. Y como tengo poca memoria, quizá todo salga un poco desordenado por no poder volver a leerlo. Tal vez todo lo que digo sea un desorden; al menos, así lo siento.
Me parece que ya queda dicho lo de los consuelos espirituales: cómo algunas veces vienen mezclados con nuestras pasiones y traen consigo llanto intenso, agitación interior y otras reacciones fuertes. Incluso he oído de personas a quienes se les aprieta el pecho, o que tienen movimientos exteriores que no pueden controlar. La fuerza de esto puede ser tanta que hasta les hace sangrar la nariz, o pasar por otras cosas dolorosas.
De esto no sé decir mucho, porque no lo he vivido. Pero aun ahí debe quedar algún consuelo, porque, como digo, todo termina en desear agradar a Dios y gozar de Su Majestad.
Los que yo llamo *“gustos de Dios”*, y que en otra parte he llamado *“oración de quietud”*, son algo muy distinto, como lo entenderán quienes lo hayan experimentado por la misericordia de Dios.
Para entenderlo mejor, imaginemos dos fuentes con dos pilas que se van llenando de agua. No encuentro algo más apropiado que el agua para explicar algunas cosas del espíritu. Y como sé poco, mi entendimiento no me ayuda mucho, y además soy tan amiga de este elemento, lo he observado con más atención que otras cosas.
Porque en todo lo que creó un Dios tan grande y tan sabio, debe haber muchos secretos de los que podemos aprender y sacar provecho. Así lo hacen quienes los entienden. Aunque creo que en cada cosita que Dios creó hay más de lo que podemos comprender, aunque sea una simple hormiguita.
Estos dos pilones se llenan de agua de maneras diferentes: uno recibe el agua desde lejos, por medio de muchos conductos y mecanismos; el otro está hecho en el mismo nacimiento del agua, y se va llenando sin ningún ruido.
Y si el manantial es abundante , como este del que hablamos, después de llenarse el pilón empieza a salir de él un gran arroyo. No hacen falta mecanismos, ni se necesita construir conductos, porque el agua sigue brotando siempre desde allí.
La diferencia es que el agua que viene por conductos representa, a mi parecer, los **“contentos”** de los que ya he hablado, esos que se alcanzan por medio de la meditación.
Porque los vamos trayendo con nuestros pensamientos, ayudándonos de las cosas creadas para meditar, y cansando el entendimiento. Y como al final vienen por nuestro esfuerzo, hacen ruido cuando empiezan a llenar el alma con algún provecho espiritual, como ya queda dicho.
En cambio, en esta otra fuente, el agua viene de su mismo nacimiento, que es Dios. Y así, cuando Su Majestad quiere hacer alguna merced sobrenatural, produce desde lo más interior de nosotros mismos una grandísima paz, quietud y suavidad.
Yo no sé decir hacia dónde ni cómo sucede. Tampoco este contento y deleite se siente, al principio, como los contentos de aquí, en el corazón. Digo al principio, porque después lo llena todo.
Esta agua se va derramando por todas las moradas y potencias del alma, hasta llegar al cuerpo. Por eso dije que comienza en Dios y acaba en nosotros. Y ciertamente, como lo verá quien lo haya experimentado, aun la parte exterior de la persona llega a gozar de este gusto y suavidad.
Mientras escribía esto, me puse a pensar en el verso que mencioné: Dilatasti cor meum, donde dice que Dios ensanchó el corazón. Y no me parece, como digo, que esto nazca del corazón, sino de una parte aún más interior, como de algo muy profundo.
Pienso que debe ser el centro del alma, como después he entendido y diré más adelante. Ciertamente, veo secretos en nosotros mismos que muchas veces me dejan asombrada. ¡Y cuántos más debe haber!
¡Oh Señor mío y Dios mío, qué grandes son tus grandezas! Y nosotros andamos aquí como unos pastorcitos simples, creyendo que alcanzamos a entender algo de Ti, cuando en realidad debe ser casi nada, pues aun dentro de nosotros mismos hay grandes secretos que no entendemos.
Digo “casi nada” comparado con lo muchísimo que hay en Ti; no porque no sean muy grandes las grandezas que alcanzamos a ver, incluso en lo poco que podemos comprender de tus obras.
Volviendo al verso, lo que me parece que puede ayudar aquí es esa idea del *ensanchamiento*. Porque cuando empieza a brotar aquella agua celestial desde ese manantial profundo que digo que está dentro de nosotros, parece que todo nuestro interior se va dilatando y ensanchando. Y empieza a producir unos bienes que no se pueden explicar, ni siquiera el alma sabe entender qué es lo que se le está dando allí.
Percibe una fragancia, por decirlo de alguna manera, como si en ese fondo interior hubiera un brasero donde se echaran perfumes olorosos. No se ve el fuego ni se sabe dónde está, pero el calor y el humo perfumado penetran toda el alma, y muchas veces, como ya he dicho, también participa el cuerpo.
Pero entiéndanme bien: no es que se sienta calor ni que se huela un olor. Es algo mucho más delicado que eso. Uso esta comparación solo para darlo a entender.
Y que las personas que no han pasado por esto entiendan que de verdad sucede así, y que el alma lo comprende más claramente de lo que yo puedo explicarlo ahora. Porque esto no es algo que una pueda imaginarse o inventarse. Por más esfuerzos que hagamos, no podemos adquirirlo por nuestra cuenta. Y en eso mismo se ve que no viene de nuestro propio metal, sino de aquel purísimo oro de la sabiduría divina.
Aquí, a mi parecer, las potencias del alma no están unidas, sino como absorbidas, mirando con asombro qué es aquello.
Puede ser que, al hablar de estas cosas interiores, me contradiga en algo de lo que he dicho en otras partes. No sería extraño, porque hace casi 15 años que escribí sobre esto, y quizá el Señor me ha dado ahora más claridad que la que tenía entonces. Tanto ahora como antes puedo equivocarme en todo, pero no mentir; porque, por la misericordia de Dios, antes pasaría mil muertes. Digo lo que entiendo.
Me parece que la voluntad sí debe estar unida, de alguna manera, con la voluntad de Dios. Pero estas verdades de la oración se conocen por los efectos y las obras que vienen después, porque no hay mejor prueba para examinarlas. Es una gran merced de nuestro Señor que la persona que la recibe llegue a reconocerla; y es una merced todavía mayor si no vuelve atrás.
Luego querrán, hijas mías, procurar tener esta oración, y tienen razón. Porque, como he dicho, el alma no alcanza a entender del todo lo que el Señor hace allí con ella, ni con cuánto amor la va acercando más a Él. Por eso es natural desear saber cómo alcanzar esta merced. Yo les diré lo que he entendido sobre esto.
Dejemos aparte cuándo el Señor quiere concederla, porque Su Majestad la da cuando quiere y no por otra razón. Él sabe por qué; no nos corresponde meternos en eso.
Después de hacer lo que corresponde en las moradas anteriores: *¡Humildad, humildad!* Por medio de ella, el Señor se deja vencer para darnos todo lo que queremos de Él. Y lo primero en que verán si tienen humildad es en no pensar que merecen estas mercedes y gustos del Señor, ni que necesariamente los van a recibir en esta vida.
Me dirán entonces: “Si no hay que procurarlos, ¿cómo se han de alcanzar?”. A esto respondo que no hay mejor manera que la que les he dicho: no procurarlos. Y por estas razones.
La primera, porque lo principal para esto es amar a Dios sin interés.
La segunda, porque es falta de humildad pensar que, por nuestros pobres servicios, podemos alcanzar una cosa tan grande.
La tercera, porque la verdadera disposición para recibir esto no es buscar gustos, sino desear padecer e imitar al Señor, especialmente nosotros, que al fin y al cabo lo hemos ofendido.
La cuarta, porque Su Majestad no está obligado a darnos estos gustos, como sí nos promete la gloria si guardamos sus mandamientos. Sin estos gustos nos podemos salvar. Dios sabe mejor que nosotros lo que nos conviene y quién lo ama de verdad. Y esto es cosa cierta, yo lo sé: conozco personas que van por el camino del amor como se debe, solo por servir a Cristo crucificado. No solo no le piden gustos ni los desean, sino que le suplican que no se los dé en esta vida. Esto es verdad.
La quinta, porque trabajaríamos en vano. Como esta agua no se trae por conductos, como la anterior, si el manantial no la quiere producir, de poco sirve que nos cansemos. Quiero decir que, aunque meditemos mucho, aunque nos esforcemos mucho y aunque tengamos lágrimas, esta agua no viene por ahí. Solo se da a quien Dios quiere, y muchas veces cuando el alma está más descuidada.
Somos suyas, hermanas. Que Él haga de nosotras lo que quiera y nos lleve por donde quiera.
Creo firmemente que quien de verdad se humille y se desprenda de todo, no solo de pensamiento, porque muchas veces nuestros pensamientos nos engañan, sino con un verdadero desapego interior, el Señor no dejará de concederle esta merced y muchas otras que ni siquiera sabríamos desear.
Sea por siempre alabado y bendito. Amén.
Texto original (1577)
Cuarta Morada
Capítulo Dos | Texto original (1577)
¡Válgame Dios en lo que me he metido! Ya tenía olvidado lo que trataba, porque los negocios y salud me hace dejarlo al mejor tiempo; y como tengo poca memoria, irá todo desconcertado por no poder tornarlo a leer. Y aun quizás se es todo desconcierto cuanto digo; al menos es lo que siento.
Paréceme queda dicho de los consuelos espirituales. Cómo algunas como veces van envueltos con nuestras pasiones, traen consigo unos alborotos de sollozos, y aun a personas he oído que se les aprieta el pecho y aun vienen a movimientos exteriores, que no se pueden ir a la mano, y es la fuerza de manera que les hace salir sangre de narices y cosas así penosas. De esto no sé decir nada, porque no he pasado por ello, mas debe quedar consuelo; porque -como digo- todo va a parar en desear contentar a Dios y gozar de Su Majestad.
Los que yo llamo <<gustos de Dios>> -que en otra parte lo he nombrado <<oración de quietud>> -es muy de otra manera, como entenderéis las que lo habéis probado por la misericordia de Dios. Hagamos cuenta, para entenderlo mejor, que vemos dos fuentes con dos pilas que se hinchen de agua, que no me hallo cosa más a propósito para declarar algunas de espíritu que esto de agua; y es, como sé poco y el ingenio no ayuda y soy tan amiga de este elemento, que le he mirado con más advertencia que otras cosas; que en todas las que crió tan gran Dios, tan sabio, debe haber hartos secretos de que nos podamos aprovechar, y así lo hacen los que lo entienden, aunque creo que en cada cosita que Dios crió hay más de lo que se entiende, aunque sea una hormiguita.
Estos dos pilones se hinchen de agua de diferentes maneras: el uno viene de más lejos por muchos arcaduces y artificio; el otro está hecho en el mismo nacimiento del agua y vase hinchendo sin ningún ruido, y si es el manantial caudaloso, como este de que hablamos, después de henchido este pilón procede un gran arroyo; ni es menester artificio, ni se acaba el edificio de los arcaduces, sino siempre está procediendo el agua allí.
Es la diferencia que la que viene por arcaduces es, a mi parecer, los <<contentos>> que tengo dicho que se sacan con la meditación; porque los traemos con los pensamientos, ayudándonos de las criaturas en la meditación y cansando el entendimiento; y como viene en fin con nuestras diligencias hace ruido cuando ha de haber algún henchimiento de provechos que hacen el alma, como queda dicho.
Estotra fuente viene el agua de su mismo nacimiento, que es Dios, y así como Su Majestad quiere, cuando es servido hacer alguna merced sobrenatural, produce con grandísima paz y quietud y suavidad de lo muy interior de nosotros mismos, yo no sé hacia dónde ni cómo, ni aquel contento y deleite se siente como los de acá en el corazón -digo en su principio, que después todo lo hinche-, vase revertiendo este agua por todas las moradas y potencias hasta llegar al cuerpo; que por eso dije que comienza de Dios y acaba en nosotros; que cierto, como verá quien lo hubiere probado, todo el hombre exterior goza de este gusto y suavidad.
Estaba yo ahora mirando -escribiendo esto- que en el verso que dije: Dilatasti cor meum, dice que ensanchó el corazón; y no me parece que es cosa -como digo- que su nacimiento es del corazón, sino de otra parte aun más interior, como una cosa profunda. Pienso que debe ser el centro del alma, como después he entendido y diré a la postre; que, cierto, veo secretos en nosotros mismos que me traen espantada muchas veces. Y ¡cuántos más debe haber! ¡Oh Señor mío y Dios mío, qué grandes son vuestras grandezas!, y andamos acá como unos pastorcillos bobos, que nos parece alcanzamos algo de Vos y debe ser tanto como nonada, pues en nosotros mismos están grandes secretos que no entendemos. Digo tanto como nonada, para lo muy muy mucho que hay en Vos, que no porque no son muy grandes las grandezas que vemos, aun de lo que podemos alcanzar de vuestras obras.
Tomando al verso, en lo que me pude aprovechar, a mi parecer, para aquí, es en aquel ensanchamiento; que así parece que, como comienza a producir aquella agua celestial de este manantial que digo de lo profundo de nosotros, parece que se va dilatando y ensanchando todo nuestro interior y produciendo unos bienes que no se pueden decir, ni aun el alma sabe entender qué es lo que se le da allí. Entiende una fragancia -digamos ahora- como si en aquel hondón interior estuviese un brasero adonde se echasen olorosos perfumes; ni se ve la lumbre, ni dónde está; mas el calor y humo oloroso penetra toda el alma y aun hartas veces -como he dicho- participa el cuerpo. Mirad, entendedme, que ni se siente calor ni se huele olor, que más delicada cosa es que estas cosas; sino para dároslo a entender. Y entiendan las personas que no han pasado por esto que es verdad que pasa así y que se entiende, y lo entiende el alma más claro que yo lo digo ahora; que no es esto cosa que se puede antojar, porque por diligencias que hagamos no lo podemos adquirir, y en ello mismo se ve no ser de nuestro metal, sino de aquel purísimo oro de la sabiduría divina.
Aquí no están las potencias unidas, a mi parecer, sino embebidas y mirando como espantadas qué es aquello.
Podrá ser que en estas cosas interiores me contradiga algo de lo que tengo dicho en otras partes. No es maravilla, porque en casi quince años que ha que lo escribí, quizás me ha dado el Señor más claridad en estas cosas de lo que entonces entendía, y ahora y entonces puedo errar en todo, mas no mentir, que, por la misericordia de Dios, antes pasaría mil muertes. Digo lo que entiendo.
La voluntad bien me parece que debe estar unida en alguna manera con la de Dios; mas en los efectos y obras de después se conocen estas verdades de oración, que no hay mejor cristol para probarse. Harto gran merced es de nuestro Señor, si la conoce quien la recibe, y muy grande si no torna atrás.
Luego querréis, mis hijas, procurar tener esta oración, y tenéis razón; que -como he dicho- no acaba de entender el alma las que allí la hace el Señor y con el amor que la va acercando más a Sí, que cierto está desear saber cómo alcanzaremos esta merced. Yo os diré lo que en esto he entendido.
Dejemos cuando el Señor es servido de hacerla porque Su Majestad quiere y no por más. Él sabe el porqué; no nos hemos de meter en eso. Después de hacer lo que los de las moradas pasadas, ¡humildad, humildad! Por esta se deja vencer el Señor a cuanto de Él queremos; y lo primero en que veréis si la tenéis es en no pensar que merecéis estas mercedes y gustos del Señor ni los habéis de tener en vuestra vida.
Direisme que de esta manera que ¿cómo se han de alcanzar no los procurando? A esto respondo que no hay otra mejor de la que os he dicho y no los procurar, por estas razones: la primera, porque lo primero que para esto es menester es amar a Dios sin interés; la segunda, porque es un poco de poca humildad pensar que por nuestros servicios miserables se ha de alcanzar cosa tan grande; la tercera, porque el verdadero aparejo para esto es deseo de padecer y de imitar al Señor y no gustos, los que, en fin, le hemos ofendido; la cuarta, porque no está obligado Su Majestad a dárnoslos, como a darnos la gloria si guardamos sus mandamientos, que sin esto nos podremos salvar y sabe mejor que nosotros lo que nos conviene y quién le ama de verdad; y así es cosa cierta, yo lo sé, y conozco personas que van por el camino del amor como han de ir, por solo servir a su Cristo crucificado, que no solo no le piden gustos ni los desean, mas le suplican no se los dé en esta vida. Esto es verdad. La quinta es porque trabajaremos en balde, que como no se ha de traer esta agua por arcaduces como la pasada, si el manantial no la quiere producir, poco aprovecha que nos cansemos. Quiero decir que aunque más meditación tengamos y aunque más nos estrujemos y tengamos lágrimas, no viene este agua por aquí. Sólo se da a quien Dios quiere y cuando más descuidada está muchas veces el alma.
Suyas somos, hermanas; haga lo que quisiere de nosotras; llévenos por donde fuere servido. Bien creo que quien de verdad se humillare y desasiere (digo de verdad, porque no ha de ser por nuestros pensamientos, que muchas veces nos engañan, sino que estemos desasiadas del todo), que no dejará el Señor de hacernos esta merced y otras muchas que no sabremos desear. Sea por siempre alabado y bendito, amén.
