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Santa Teresa de Jesús / Las Moradas

Cuarta Morada.
Capítulo 1.

Sobre este capítulo

Para Teresa, la oración se sostiene en amar a Dios, incluso cuando la imaginación sigue inquieta. Comprender esa diferencia ayuda a perseverar con paciencia y a valorar la firmeza del amor por encima de las emociones o la ausencia de distracciones.

Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.

Texto adaptado

Cuarta Morada

Capítulo 1 | Texto adaptado

Para comenzar a hablar de las cuartas moradas, necesito mucho lo que ya he hecho: encomendarme al Espíritu Santo y pedirle que, de aquí en adelante, Él hable por mí.

Le suplico que me ayude a decir algo de las moradas que faltan, de una manera que ustedes puedan entender, porque aquí empiezan a tratarse cosas sobrenaturales. Y estas cosas son dificilísimas de explicar, si Su Majestad no lo hace.

Ya en otra ocasión escribí sobre esto, hasta donde yo había llegado a entenderlo, hace unos catorce años, más o menos. Ahora me parece que tengo un poco más de luz sobre estas gracias que el Señor concede a algunas almas; pero una cosa es entenderlas un poco más, y otra muy distinta es saber explicarlas.

Que Su Majestad lo haga, si de esto ha de salir algún provecho. Y si no, que no lo haga.

Como estas moradas están más cerca del lugar donde está el Rey, su hermosura es muy grande.

Hay cosas tan delicadas para ver y entender, que la mente no alcanza a encontrar la forma exacta de explicarlas. Es muy difícil decir algo que quede verdaderamente claro y preciso, especialmente para quienes no han tenido experiencia de esto.

Pero quien sí lo ha vivido, lo entenderá muy bien, sobre todo si tiene mucha experiencia.

Podría parecer que, para llegar a estas moradas, primero hay que haber pasado mucho tiempo en las anteriores.

Y aunque lo normal es haber estado antes en la morada que acabamos de explicar, esto no es una regla fija. Como ya han oído muchas veces, el Señor da sus gracias cuando quiere, como quiere y a quien quiere, porque son bienes suyos. Y al hacerlo así, no le hace injusticia a nadie.

En estas moradas, pocas veces entran las cosas venenosas, es decir, las tentaciones, engaños o ataques del demonio. Y si llegan a entrar, no hacen daño; más bien, terminan dejando algún provecho.

De hecho, me parece mejor que a veces entren y den batalla en este estado de oración. Porque, si no hubiera tentaciones, el demonio podría engañar al alma en medio de los gustos que Dios le da. Y ese engaño podría hacerle mucho más daño que las mismas tentaciones.

Además, si no hubiera lucha, el alma no ganaría tanto, porque se le quitarían las ocasiones de merecer. Podría quedarse como adormecida o embebida de manera constante en esos gustos espirituales.

Y cuando ese embebimiento es continuo y siempre igual, yo no lo tengo por seguro. No me parece posible que, en esta vida, el espíritu del Señor mantenga al alma siempre en un mismo estado sin ninguna variación.

Pues, hablando ahora de lo que dije que iba a explicar, quiero mostrar la diferencia entre los contentos en la oración y los gustos espirituales.

A mí me parece que los contentos son esos consuelos que recibimos cuando meditamos, oramos y le pedimos cosas a nuestro Señor. Nacen, en parte, de nuestro propio esfuerzo y de nuestra manera natural de sentir. Aunque, claro está, Dios también ayuda, porque siempre hay que entender que sin Él no podemos nada.

Estos contentos nacen de una obra buena que hacemos. Por eso, de alguna manera, parece que los hemos ganado con nuestro trabajo, y es normal que nos dé alegría habernos ocupado en cosas de Dios.

Pero si lo pensamos bien, también podemos sentir contentos parecidos por muchas cosas de esta vida. Por ejemplo, cuando alguien recibe de repente una gran herencia o una ayuda económica importante; cuando vuelve inesperadamente una persona que queremos mucho; cuando algo importante nos sale bien y todos lo reconocen; o cuando a alguien le habían dicho que su esposo, hermano o hijo había muerto, y luego lo ve llegar vivo.

Yo he visto personas llorar de alegría por un gran contento, y aun a mí me ha pasado alguna vez.

Por eso me parece que, así como esos contentos son naturales, también lo son los contentos que sentimos por las cosas de Dios, solo que estos son de una clase más noble. Y esto no quiere decir que los otros contentos sean malos.

En resumen: estos contentos comienzan en nuestra naturaleza humana, pero terminan dirigiéndose hacia Dios.

Los gustos espirituales, en cambio, comienzan en Dios.

Después, nuestra naturaleza humana los siente y los disfruta, tanto como disfruta los contentos que acabo de mencionar, e incluso mucho más.

¡Oh Jesús, cuánto deseo poder explicar bien esto! Porque me parece que entiendo claramente la diferencia entre una cosa y la otra, pero no sé cómo expresarla de manera que se entienda.

Que el Señor me ayude a explicarlo.

Ahora me acuerdo de un verso que rezamos en la oración de la mañana, al final del último salmo, que termina diciendo: “cuando ensanchaste mi corazón.”

Para quien tiene mucha experiencia en esto, esa frase basta para entender la diferencia entre los contentos y los gustos. Pero para quien no la tiene, hace falta explicarlo más.

Los contentos de los que he hablado no ensanchan el corazón. Más bien, por lo general, parece que lo aprietan un poco, aunque sea con alegría de saber que se está haciendo algo por Dios.

De ahí pueden venir lágrimas, pero son lágrimas con cierta angustia, como movidas por una emoción fuerte o por una pasión interior.

Yo sé poco de estas pasiones del alma, y también entiendo poco lo que viene de nuestra sensibilidad y de nuestra naturaleza humana. Quizá, si lo entendiera mejor, podría explicarme mejor. Porque aunque lo he vivido, no sé explicarlo del todo.

Para todo esto, ayuda mucho tener conocimiento y formación.

Lo que yo he vivido de este estado, es decir, de estos regalos y contentos que se sienten en la meditación, es esto: si comenzaba a llorar pensando en la Pasión del Señor, no podía parar, hasta el punto de terminar con dolor de cabeza. Y si lloraba por mis pecados, me pasaba lo mismo.

Nuestro Señor me hacía una gran merced con esto. Pero ahora no quiero detenerme a examinar qué es mejor, si una cosa o la otra. Lo que quiero es explicar la diferencia entre estos contentos y los gustos espirituales.

En estas experiencias, a veces las lágrimas y los deseos vienen ayudados por nuestra naturaleza humana y por la disposición en que estamos. Pero, al final, como ya he dicho, terminan dirigiéndose hacia Dios.

Y esto hay que valorarlo mucho, siempre que haya humildad para entender que una persona no es mejor solo por tener estas lágrimas o estos deseos. Porque no siempre se puede saber si todo eso viene verdaderamente del amor. Y aun cuando venga del amor, también hay que reconocer que es un don recibido de Dios.

Por lo general, estas devociones las tienen las almas de las moradas anteriores, porque casi siempre están trabajando con el entendimiento. Es decir, piensan, razonan, meditan y reflexionan durante la oración.

Y eso está bien, porque hasta ahí es lo que el Señor les ha dado.

Pero también les ayudaría mucho detenerse un rato para hacer actos de amor, alabar a Dios, alegrarse por su bondad, reconocerlo simplemente por quien es, y desear su honra y su gloria.

Cada una debe hacerlo como pueda, porque esto despierta mucho la voluntad y enciende más el amor.

Y estén muy atentas: cuando el Señor les dé algo distinto, más profundo o más recogido, no lo dejen de lado solo por terminar la meditación que tenían acostumbrada.

Como ya he hablado bastante de esto en otras partes, no lo repetiré aquí.

Solo quiero que tengan presente una cosa: para avanzar mucho en este camino y llegar a las moradas que deseamos, lo importante no es pensar mucho, sino amar mucho. Por eso, hagan aquello que más les ayude a despertar el amor.

Quizá ni siquiera sabemos bien qué es amar, y eso no me sorprendería. Porque amar no consiste en sentir más gusto o más consuelo, sino en tener una determinación más firme de agradar a Dios en todo.

Amar es procurar, en cuanto podamos, no ofenderlo. Es pedirle que siempre crezcan la honra y la gloria de su Hijo, y el bien de la Iglesia Católica.

Estas son las verdaderas señales del amor.

Así que no piensen que todo consiste en no distraerse nunca, ni crean que, si la mente se distrae un poco, ya todo está perdido.

Yo sufría mucho por el desorden de mis pensamientos. Con el tiempo entendí que la imaginación no es lo mismo que el entendimiento. Por eso puede pasar que el alma esté recogida en Dios, mientras la imaginación sigue inquieta yendo de un lado a otro. Antes esto me confundía mucho, porque pensaba que esa agitación significaba que mi oración estaba mal.

Se lo pregunté a una persona instruida, y me confirmó que era así. Eso me dio mucho consuelo.

Como el entendimiento es una de las potencias del alma, a mí me costaba aceptar que pudiera estar tan inquieto a veces. Pero, en realidad, lo que suele volar rápidamente de una cosa a otra es el pensamiento o la imaginación. Solo Dios puede calmarla y recogerla del todo, cuando atrae al alma hacia Sí de una manera especial, como si quedáramos, de algún modo, desprendidas del cuerpo.

Yo veía, según me parecía, que las potencias del alma estaban ocupadas en Dios y recogidas con Él. Pero, al mismo tiempo, la imaginación seguía inquieta.

Y eso me dejaba confundida.

¡Oh Señor, toma en cuenta cuánto sufrimos en este camino por falta de conocimiento!

El problema es que, como pensamos que para orar no hace falta saber nada más que pensar en Ti, ni siquiera sabemos preguntar a quienes sí saben. Tampoco entendemos qué deberíamos preguntar.

Y por eso se pasan trabajos terribles, porque no nos entendemos a nosotras mismas. Lo que no es malo, sino bueno, llegamos a pensar que es una gran culpa.

De aquí nacen muchas de las aflicciones de la gente que trata de oración, y muchas quejas por trabajos interiores, sobre todo en personas que no tienen formación. De ahí pueden venir melancolías, pérdida de la salud, e incluso que algunas personas dejen la oración por completo.

Todo esto pasa porque no consideran que dentro de nosotras hay un mundo interior.

Así como no podemos detener el movimiento del cielo, que sigue andando a gran velocidad, tampoco podemos detener del todo nuestro pensamiento. Pero luego confundimos el pensamiento con todas las potencias del alma, y nos parece que estamos perdidas y que estamos perdiendo el tiempo delante de Dios.

Y puede ser que, en realidad, el alma esté toda recogida con Él, muy cerca de las moradas interiores, mientras el pensamiento está afuera, en los alrededores del castillo, padeciendo entre muchas bestias fieras y venenosas, y ganando mérito con ese mismo padecimiento.

Por eso, esto no debe turbarnos ni debe hacernos dejar la oración, que eso es precisamente lo que pretende el demonio.

Y, por lo general, muchas inquietudes y trabajos interiores vienen de no entendernos a nosotras mismas.

Mientras escribo esto, estoy pensando en lo que pasa en mi cabeza, en ese gran ruido interior del que hablé al principio, que casi me hizo imposible cumplir con lo que me mandaban escribir.

Es como si dentro de mi cabeza hubiera muchos ríos caudalosos, y como si esas aguas cayeran con fuerza desde lo alto. También parece haber muchos pajarillos y silbidos, pero no en los oídos, sino en la parte superior de la cabeza, donde dicen que está lo más alto del alma.

Estuve así bastante tiempo, porque me parecía que el gran movimiento del espíritu subía hacia arriba con mucha rapidez.

Quiera Dios que, en las moradas siguientes, me acuerde de explicar la causa de esto, porque aquí no corresponde hacerlo. Y no sería extraño que el Señor haya querido darme este mal de cabeza para que yo pudiera entenderlo mejor.

Porque, aun con todo ese ruido y desorden en la cabeza, eso no me estorba para la oración ni para lo que estoy diciendo. Al contrario, el alma permanece entera en su quietud, en su amor, en sus deseos y en un conocimiento claro.

Pues, si en la parte superior de la cabeza está lo más alto del alma, alguien podría preguntar: ¿cómo es posible que todo ese ruido no la turbe?

Eso yo no lo sé explicar. Pero sí sé que es verdad lo que digo.

Cuando la oración no es con suspensión, ese ruido o malestar puede causar pena. Porque cuando hay suspensión, mientras dura, no se siente ningún mal.

Pero habría sido mucho peor que, por ese impedimento, yo lo hubiera dejado todo.

Por eso, no está bien que nos turbemos por los pensamientos ni que les demos tanta importancia. Si esos pensamientos los pone el demonio, dejarán de hacer daño cuando no les hagamos caso. Y si vienen, como muchas veces vienen, de la miseria que nos quedó por el pecado de Adán, entonces tengamos paciencia y sufrámoslos por amor de Dios.

Al fin y al cabo, también estamos sujetas a cosas como comer y dormir, y no podemos evitarlo, aunque a veces sea bastante trabajo.

Reconozcamos nuestra miseria y deseemos llegar a ese lugar donde “nadie nos menosprecie.” A veces recuerdo haber oído esta frase que dice la Esposa en el Cantar de los Cantares, y de verdad no encuentro en toda la vida una situación donde se pueda decir con más razón.

Porque todos los desprecios y sufrimientos que puede haber en la vida no me parece que se comparen con estas batallas interiores.

Cualquier inquietud o lucha exterior se puede soportar cuando una encuentra paz dentro de sí misma, como ya he dicho. Pero querer descansar de tantos trabajos como hay en el mundo, y que el Señor quiera prepararnos ese descanso, y que el obstáculo esté dentro de nosotras mismas, eso no puede dejar de ser muy doloroso y casi insoportable.

Por eso decimos: llévanos, Señor, a donde estas miserias ya no nos menosprecien ni nos humillen, porque a veces parece que se burlan del alma.

Aun en esta vida, el Señor libra al alma de esto cuando llega a la última morada, como diremos más adelante, si Dios quiere.

Y quizá estas miserias no les causen a todas tanta pena, ni las ataquen tanto como me atacaron a mí durante muchos años. Esto me pasaba por ser tan débil, que parecía que yo misma quería castigarme o vengarme de mí.

Y como para mí fue algo tan doloroso, pienso que quizás también pueda serlo para ustedes. Por eso lo repito una y otra vez, en distintas partes, con la esperanza de lograr explicarles que esto es algo inevitable.

Así que no dejemos que estos pensamientos nos inquieten ni nos aflijan. Dejemos que hagan su ruido, sin darles tanta importancia, y sigamos haciendo lo que nos toca: mantener la voluntad y el entendimiento ocupados en Dios.

Este estorbo puede ser mayor o menor, según la salud de la persona y según el momento que esté pasando.

La pobre alma tiene que sufrirlo, aunque no tenga la culpa de que esto le pase. Ya habrá otras cosas en las que sí tengamos culpa, y por esas será justo que tengamos paciencia.

Y aunque muchas veces leemos o nos aconsejan que no hagamos caso de estos pensamientos, para las que sabemos poco no me parece tiempo perdido detenerme a explicarlo mejor y consolarlas en esto.

Aun así, hasta que el Señor quiera darnos luz, poco aprovecha lo que se diga. Pero es necesario, y Su Majestad quiere, que usemos los medios que tenemos y que aprendamos a entendernos.

Así no le echaremos la culpa al alma por lo que en realidad viene de la imaginación débil, de nuestra naturaleza humana o del demonio.