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Santa Teresa de Jesús / Las Moradas

Tercera Morada.
Capítulo 2.

Sobre este capítulo

Para Teresa, las pequeñas contrariedades pueden revelar apegos que una vida correcta deja ocultos. Reconocerlos con humildad abre el camino a una mayor libertad interior: soltar la necesidad de imponer la propia voluntad, mirar las propias faltas y crecer en amor, justicia y obras.

Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.

Texto adaptado

Tercera Morada

Capítulo 2 | Texto Adaptado

He conocido a muchas personas que han llegado a este estado. Algunas, incluso, han vivido durante años con rectitud y orden, tanto en el alma como en el cuerpo, al menos por lo que se puede ver. Después de tanto tiempo, uno pensaría que ya deberían estar por encima de las cosas del mundo, o por lo menos muy desengañadas de él.

Pero cuando Su Majestad las prueba en cosas que no son tan grandes, se llenan de tanta inquietud y angustia en el corazón, que a mí me dejaban confundida y hasta con bastante temor. Y no hay manera de aconsejarlas. Como llevan tanto tiempo tratando de vivir en virtud, les parece que ya pueden enseñar a otros. También les parece que tienen toda la razón para sentirse así por esas cosas.

Al final, yo no he encontrado manera de consolar a personas así. Lo único que parece ayudar es mostrarles que uno siente mucho su pena, porque de verdad da tristeza verlas tan sujetas a esta miseria.

También conviene no contradecirlas demasiado, porque en su mente ya tienen todas sus razones ordenadas. Ellas creen que sienten esa pena por Dios, y por eso no terminan de entender que esa inquietud también puede ser una imperfección.

Este es otro engaño que puede pasarles incluso a personas que ya han avanzado mucho en la vida espiritual. No es raro que sientan esas cosas. Pero, a mi parecer, cuando se trata de asuntos pequeños, ese sentimiento debería pasar pronto.

Porque muchas veces Dios quiere que sus escogidos reconozcan su propia miseria. Entonces aparta un poco su ayuda sensible, y con eso basta para que nos conozcamos muy rápido.

Cuando la prueba viene de Dios, la persona ve claramente su falta. Incluso, a veces le duele más darse cuenta de que todavía se inquieta por cosas de la tierra, y por cosas que no son tan graves, que la misma cosa que le causó la pena. Yo considero esto una gran misericordia de Dios. Porque aunque esa inquietud sea una falta, puede dejar una ganancia muy grande: más humildad.

Ellas no reconocen esa inquietud como una falta. Al contrario, en su pensamiento la justifican como si fuera algo santo. Y, como ellas mismas la ven así, también quisieran que los demás la vieran de la misma manera. Voy a decir algunos ejemplos de esto, para que podamos entendernos mejor y examinarnos a nosotras mismas antes de que el Señor nos ponga a prueba. Porque sería una gran cosa estar preparadas y habernos conocido primero.

A una persona rica, que no tiene hijos ni nadie a quien dejarle su fortuna, le sucede que pierde parte de sus bienes. Pero la pérdida no es tan grande como para que le falte lo necesario. Todavía le queda suficiente para ella, para su casa, y aun de sobra. Si esta persona vive con tanta angustia e inquietud como si no le quedara ni un pedazo de pan para comer, ¿cómo podrá nuestro Señor pedirle que lo deje todo por Él?

Aquí podría decirse que le duele porque quería usar ese dinero para ayudar a los pobres. Pero yo creo que Dios quiere más que yo acepte lo que Su Majestad permite, y que, aunque procure hacer el bien, conserve mi alma en paz. Eso vale más que una caridad hecha con tanta inquietud.

Y si la persona todavía no logra vivir así, porque el Señor aún no la ha llevado hasta ese punto, está bien. Pero debe entender que todavía le falta libertad de espíritu. Al reconocerlo, podrá disponerse mejor para recibir esa libertad, y entonces se la pedirá al Señor.

Una persona tiene suficiente para comer, e incluso le sobra. Entonces se le presenta la oportunidad de recibir más bienes. Si se los dan, está bien, puede aceptarlos. Pero otra cosa es buscarlos con empeño. Y después de tener más, seguir buscando todavía más y más.

Aunque tenga una buena intención, y seguramente la tiene, porque estamos hablando de personas de oración y virtuosas, no debe pensar que así va a subir fácilmente a las moradas más cercanas al Rey.

Lo mismo pasa cuando estas personas se sienten despreciadas, o cuando alguien les quita un poco de honra. Muchas veces, Dios les concede la gracia de soportarlo bien por fuera. Esto puede ser porque Dios quiere proteger la virtud que los demás ven en ellas, para que esa virtud no quede mal delante de otros. También puede ser porque le han servido, y nuestro Dios es muy bueno y generoso.

Pero aunque por fuera lo soporten bien, por dentro les queda una inquietud que no logran dominar. Esa herida interior no se les pasa tan rápido.

¡Válgame Dios! ¿No son estas las mismas personas que llevan tanto tiempo meditando en cuánto padeció el Señor? ¿No son las mismas que saben lo bueno que es padecer por Él, e incluso dicen que desean padecer?

Sin embargo, cuando les toca sufrir un pequeño desprecio, se inquietan.

Además, quisieran que todos vivieran tan ordenadamente como ellas viven. Y quiera Dios que no lleguen a engañarse pensando que su pena viene solamente por la culpa de los demás.

Porque entonces pueden convertir esa inquietud, en su propia mente, en algo meritorio. Es decir, pueden pensar que están sufriendo santamente por una falta ajena, cuando en realidad todavía les duele que les hayan quitado un poco de honra.

Les podrá parecer, hermanas, que estoy hablando de cosas que no vienen al caso, y que no tienen que ver con ustedes. Porque aquí no tenemos bienes, ni los queremos, ni los buscamos. Tampoco hay nadie que nos quite la honra de esa manera.

Por eso, estos ejemplos no describen exactamente lo que nos pasa a nosotras. Pero de ellos se pueden sacar muchas otras cosas que sí pueden pasar. No sería bueno señalarlas una por una, ni hace falta hacerlo. Con estos ejemplos podrán entender si de verdad están desprendidas de aquello que dejaron.

Porque siempre se presentan pequeñas ocasiones, aunque no sean iguales a estas, en las que pueden probarse muy bien. Ahí pueden ver si realmente son dueñas de sus pasiones, o si todavía sus pasiones las dominan. Y créanme: lo importante no está en tener hábito religioso o no tenerlo. Lo importante está en procurar vivir las virtudes, y en rendir nuestra voluntad a la voluntad de Dios en todo.

Que el orden de nuestra vida sea el que Su Majestad quiera disponer, y no el que nosotras queramos imponer. No se trata de que se haga nuestra voluntad, sino la suya.

Y si todavía no hemos llegado a esto, como ya he dicho, acudamos a la humildad. La humildad es el ungüento para nuestras heridas. Porque si hay verdadera humildad, aunque tarde algún tiempo, vendrá el cirujano, que es Dios, a sanarnos.

Las penitencias que hacen estas almas son tan medidas y ordenadas como toda su vida. Cuidan mucho su salud, porque quieren usarla para servir a nuestro Señor. Y esto no está mal. Por eso, cuando hacen penitencia, lo hacen con mucha prudencia, procurando no dañar el cuerpo.

No hay que temer que se excedan demasiado, porque tienen la razón muy despierta. Todavía no tienen un amor tan grande que las haga olvidarse de sí mismas. Pero yo quisiera que usáramos esa misma razón para no conformarnos con servir a Dios de una manera tan lenta y tan medida. Porque si vamos siempre pasito a pasito, nunca terminaremos de avanzar en este camino.

Y como nos parece que sí estamos caminando, y además nos cansamos, porque este camino pesa, ya nos parece bastante con no perdernos. Pero díganme, hijas: si pudiéramos llegar de un lugar a otro en 8 días, ¿tendría sentido tardarnos 1 año entero, pasando por posadas, nieves, lluvias y malos caminos? ¿No sería mejor pasar por todo eso de una vez? Porque en este camino hay cansancio, dificultades y peligros. Hay incluso peligros de serpientes.

¡Ay, cuánto podría yo decir de esto por experiencia! Y quiera Dios que yo ya haya pasado de aquí, porque muchas veces me parece que todavía no.

Como vamos con tanta cautela, todo nos afecta, porque todo nos da miedo. Por eso no nos atrevemos a seguir adelante. Es como si pensáramos que podemos llegar a estas moradas sin caminar nosotras mismas el camino. Pero eso no es posible.

Así que esforcémonos, hermanas mías, por amor del Señor. Dejemos nuestra razón y nuestros temores en sus manos. No nos dejemos detener tanto por esta debilidad natural, que puede ocuparnos demasiado.

El cuidado de estos cuerpos déjenlo en manos de los superiores. Que ellos se encarguen de eso. Nosotras ocupémonos de caminar con prisa para llegar a ver a este Señor.

Porque aunque ustedes tengan pocos regalos o ninguno, el cuidado excesivo de la salud también nos puede engañar. Y yo sé que por cuidarla tanto no necesariamente se conserva mejor.

También sé que el avance espiritual no depende principalmente del cuerpo, sino del alma. Lo más importante es caminar con una humildad muy grande.

Y si lo han entendido bien, creo que aquí está el daño de las que no avanzan: no creen de verdad que han caminado poco. Lo correcto sería pensar que hemos avanzado muy poco, y creerlo de verdad.

También deberíamos mirar el avance de nuestras hermanas como si ellas caminaran mucho más rápido que nosotras. Y no solo desear que nos tengan por la más pequeña de todas, sino procurar vivir de tal manera que así nos consideren.

Con esta humildad, este estado es excelente. Pero si falta esa humildad, podemos quedarnos en este mismo estado toda la vida, con muchas penas y miserias.

Porque, mientras no nos hemos dejado a nosotras mismas, el camino se vuelve muy trabajoso y pesado. Vamos demasiado cargadas con la tierra de nuestra propia miseria. En cambio, quienes suben a las moradas que faltan ya no van tan cargadas.

Aun así, en estas moradas el Señor no deja de recompensar. Lo hace como justo, y también como misericordioso, porque siempre nos da mucho más de lo que merecemos.

Nos da contentos mucho mayores que los que podemos encontrar en los placeres y distracciones de la vida.

Pero no creo que en este estado dé muchos gustos interiores, sino solo alguna vez. Y cuando los da, es como una invitación: les deja ver un poco de lo que se vive en las demás moradas, para que se animen y se dispongan a entrar en ellas.

Les podrá parecer que contentos y gustos son lo mismo, y que no tiene sentido hacer diferencia entre esas palabras. Pero a mí me parece que hay una diferencia muy grande, aunque puedo equivocarme.

Explicaré lo que entiendo sobre esto en las cuartas moradas, que vienen después. Allí será más oportuno hablar de los gustos que el Señor da al alma.

Y aunque ahora parezca que esta explicación no sirve de mucho, puede ayudar a algunas personas. Porque, al entender qué es cada cosa, podrán esforzarse mejor por buscar lo que verdaderamente importa.

También puede ser un gran consuelo para las almas a las que Dios lleva hasta allí. Y para las que creen que ya lo tienen todo, puede servirles para reconocer que todavía les falta mucho.

Si son humildes, esto las moverá a darle gracias a Dios. Pero si les falta humildad, sentirán una especie de disgusto interior, sin verdadero provecho.

Porque la perfección no está en sentir gustos espirituales. La perfección está en amar más. Y el premio también será para quien más ame, y para quien obre mejor, con justicia y verdad.

Les podrá parecer que, si esto es verdad, como lo es, entonces ¿para qué sirve hablar de estas gracias interiores y explicar cómo son? Yo no lo sé. Pregúntenle a quien me mandó escribir esto. Yo no estoy obligada a discutir con mis superiores, sino a obedecer. Y discutirlo no estaría bien.

Lo que sí puedo decirles con verdad es esto: cuando yo todavía no tenía experiencia de estas gracias interiores, ni siquiera pensaba que algún día pudiera tenerla, leer sobre ellas me daba muchísimo consuelo.

Y tenía razón en no esperarlo para mí, porque ya me habría parecido bastante saber, aunque fuera solo por señales, que agradaba a Dios en algo.

Pero cuando leía en los libros sobre estas gracias y consuelos que el Señor da a las almas que le sirven, recibía un gran consuelo. Y eso movía mi alma a alabar mucho a Dios.

Pues si mi alma, siendo tan pobre y miserable, hacía esto, con mucha más razón las almas buenas y humildes alabarán al Señor. Y aunque solo una persona llegara a alabarlo una vez por esto, ya me parece que vale la pena decirlo.

También nos ayuda a entender cuántos contentos y deleites perdemos por nuestra propia culpa. Porque cuando estos consuelos vienen de Dios, vienen llenos de amor y fortaleza. Y con esa fuerza, el alma puede caminar con menos trabajo y crecer más en obras y virtudes.

No piensen que importa poco hacer de nuestra parte todo lo posible. Porque cuando no es por culpa nuestra, el Señor es justo. Y si Su Majestad nos quita algo por un camino, nos lo dará por otro, según lo que Él sabe.

Sus secretos son muy ocultos, pero sin duda nos dará lo que más nos conviene.

Lo que me parece que nos haría mucho bien, a quienes por la bondad del Señor estamos en este estado, es ejercitarnos mucho en obedecer con prontitud. Y este estado no es poca misericordia, como ya he dicho, porque estas almas están muy cerca de subir más.

Aunque una persona no sea religiosa, sería muy bueno que tuviera a alguien a quien acudir, para no hacer siempre su propia voluntad. Porque eso, hacer nuestra propia voluntad, es lo que más suele dañarnos.

Pero no conviene buscar a alguien que piense igual que nosotras, o que tenga nuestro mismo modo de ver las cosas, y que también lo mida todo con demasiado cuidado.

Más bien, conviene buscar a alguien que ya esté muy desengañado de las cosas del mundo.

Tratar con una persona así ayuda muchísimo. Porque quien ya conoce bien el mundo nos ayuda también a conocernos a nosotras mismas.

Además, hay cosas que a nosotras nos parecen imposibles. Pero cuando las vemos vividas por otros, y vemos con qué suavidad las llevan, eso nos anima mucho. Es como si, al verlos volar, nos atreviéramos también nosotras a volar. Así hacen los pajaritos cuando están aprendiendo. Al principio no pueden dar un gran vuelo, pero poco a poco imitan a sus padres. Esto ayuda muchísimo. Y yo lo sé por experiencia.

Estas personas, aunque estén muy decididas a no ofender al Señor, harán bien en no meterse en ocasiones donde puedan ofenderlo. Porque todavía están cerca de las primeras moradas, y con facilidad podrían volver a ellas.

Su fortaleza todavía no está fundada en tierra firme, como sí sucede con quienes ya se han ejercitado mucho en padecer. Esas almas ya conocen las tempestades del mundo, y saben que hay poco que temer de ellas y poco que desear de sus contentos.

Pero estas otras almas todavía podrían retroceder si les viniera una persecución grande. Y el demonio sabe muy bien cómo hundirlas para hacernos daño.

Incluso puede pasar que una persona, con buena intención, se meta a corregir los pecados de otros, pero después no tenga la fortaleza para soportar las consecuencias que eso le traiga.

Miremos nuestras propias faltas y dejemos de estar mirando las faltas de los demás. Porque no queda bien que personas tan ordenadas se escandalicen por todo. Y puede ser que esa persona que nos escandaliza tenga algo importante que enseñarnos en lo principal.

Tal vez nosotras le llevamos ventaja en la compostura exterior, o en la manera de comportarnos y tratar a los demás. Y eso es bueno, pero no es lo más importante. Tampoco hace falta querer que todos vayan por nuestro mismo camino. Ni conviene que se ponga a enseñar el camino espiritual quien tal vez todavía no entiende bien qué es. Porque aun con esos deseos que Dios nos da por el bien de las almas, hermanas, podemos cometer muchos errores.

Por eso, es mejor acercarnos a lo que dice nuestra Regla: “En silencio y esperanza procurar vivir siempre.” El Señor tendrá cuidado de sus almas. Y mientras nosotras no dejemos de suplicarle a Su Majestad por ellas, haremos mucho bien con su favor.

Sea bendito por siempre.