Santa Teresa de Jesús / Las Moradas
Sexta Morada.
Capítulo 2.
Sobre este capítulo
Teresa describe una cercanía de Dios que trae paz y, a la vez, un deseo más profundo de unión con Él. Es un don que no se puede forzar y que invita a responder con gratitud, servicio y una vida más entregada.
Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.Texto adaptado
Sexta Morada
Capítulo 2 | Texto adaptado
Parece que hemos dejado mucho tiempo a la mariposita, pero no es así; porque estos trabajos son los que la hacen volar más alto.
Comencemos ahora a tratar cómo se comporta con ella el Esposo, y cómo, antes de unirse del todo con ella, hace que lo desee intensamente. Lo hace por unos medios tan delicados, que ni la misma alma los entiende, y creo que yo tampoco acertaré a explicarlos de modo que se entiendan, a no ser por quienes ya hayan pasado por esto. Son impulsos tan delicados y sutiles, que nacen de lo más interior del alma, y no encuentro comparación que les quede bien.
Esto es muy diferente de todo lo que acá podemos procurar, e incluso de los gustos de los que ya se ha hablado. Porque muchas veces, estando la persona descuidada y sin tener la memoria puesta en Dios, Su Majestad la despierta como un cometa que pasa de pronto, o como un trueno, aunque no se oye ningún ruido. Pero el alma entiende muy bien que ha sido llamada por Dios; y lo entiende con tanta claridad, que algunas veces, especialmente al principio, la hace estremecerse y aun quejarse, sin que sea algo que le duela.
Siente que ha sido herida de una manera sabrosísima, pero no alcanza a entender cómo ni quién la hirió. Sin embargo, conoce muy bien que es algo precioso, y jamás querría sanar de aquella herida.
Se queja con palabras de amor, incluso exteriormente, sin poder hacer otra cosa, a su Esposo; porque entiende que Él está presente, pero no quiere manifestarse de tal manera que ella pueda gozarlo del todo. Y es una pena grande, aunque sabrosa y dulce. Aunque quisiera no tenerla, no puede; pero, en realidad, jamás querría dejar de tenerla. Le satisface mucho más que aquel embebecimiento sabroso, sin pena, de la oración de quietud.
Me estoy deshaciendo, hermanas, por darles a entender esta operación de amor, y no sé cómo hacerlo. Porque parece cosa contradictoria: el Amado da claramente a entender que está con el alma, y parece llamarla con una señal tan cierta que no se puede dudar de ella, y con un silbido tan penetrante, que el alma lo entiende y no puede dejar de oírlo.
Porque parece que, al hablar el Esposo, que está en la séptima morada, de esta manera que no es habla formada, toda la gente que está en las otras moradas no se atreve a moverse: ni los sentidos, ni la imaginación, ni las potencias del alma.
¡Oh, mi poderoso Dios, qué grandes son tus secretos, y qué diferentes son las cosas del Espíritu Santo de todo lo que acá se puede ver o entender! Porque no hay cosa con que se pueda declarar esta merced, tan pequeña en comparación con las grandísimas que obras en las almas.
Hace en ella una operación tan grande, que el alma se está deshaciendo de deseo y no sabe qué pedir, porque claramente le parece que su Dios está con ella.
Me dirán: si el alma entiende que Dios está con ella, ¿qué desea?, ¿qué le da pena?, ¿qué mayor bien quiere?
No lo sé. Solo sé que esta pena parece llegarle hasta lo más profundo. Es como si Dios la hubiera herido de amor; y cuando esa herida se aparta, el alma siente como si se llevara algo de ella consigo, por el gran amor que queda sintiendo.
Pensaba ahora si será como cuando, de un brasero encendido, salta una chispa y toca el alma. Esa chispa le hace sentir algo del fuego de Dios; pero como todavía no basta para quemarla del todo, solo la toca y la deja con una pena muy deleitosa. Me parece que esta es la mejor comparación que he podido encontrar.
Porque este dolor sabroso —que en realidad no es dolor como los de la tierra— no permanece siempre igual. A veces dura un buen rato; otras, se acaba de pronto, según quiera comunicarlo el Señor, pues no es algo que se pueda conseguir por medios humanos. A veces viene, se va y vuelve. Nunca permanece fijo; por eso no llega a abrasar del todo el alma. Más bien, cuando parece que ya va a encenderse por completo, la chispa se apaga, y el alma queda con deseo de volver a sentir aquel dolor amoroso.
Aquí no hay que pensar que esto venga de la propia naturaleza, ni que sea causado por melancolía, ni que sea engaño del demonio, ni pura imaginación. Porque el alma entiende muy bien que este movimiento viene de donde está el Señor, que no cambia.
Y sus efectos no son como los de otras devociones, en las que el alma puede quedar tan envuelta en el gusto espiritual que después llegue a dudar. Aquí, en cambio, todos los sentidos y las potencias están despiertos, sin quedar sumergidos ni suspendidos. Están como mirando qué será aquello, pero sin poder estorbarlo, ni aumentarlo, ni quitar aquella pena deleitosa, a mi parecer.
A quien nuestro Señor le haga esta merced —que, si se la ha hecho, al leer esto lo entenderá— dele muchísimas gracias, porque no tiene que temer que sea engaño. Lo que sí debe temer mucho es ser ingrata a tan gran merced.
Procure esforzarse en servir al Señor y en mejorar en toda su vida, y verá en qué termina esto y cómo va recibiendo más y más. Aunque conozco a una persona que vivió esta merced por algunos años y quedaba tan satisfecha con ella, que si hubiera servido al Señor durante muchísimos años con grandes trabajos, con esa sola merced se habría sentido muy bien pagada.
Bendito sea por siempre. Amén.
Puede ser que se detengan a pensar por qué en esto hay más seguridad que en otras cosas. A mi parecer, es por estas razones.
La primera: porque el demonio jamás debe de poder dar una pena sabrosa como esta. Podrá dar un sabor y un deleite que parezcan espirituales; pero juntar pena, y tanta pena, con quietud y gusto del alma, no está en su poder. Porque todos sus poderes actúan por fuera; y las penas que él da, a mi parecer, jamás son sabrosas ni vienen con paz, sino con inquietud y guerra interior.
La segunda: porque esta tempestad sabrosa viene de una región que él no puede dominar.
La tercera: por los grandes provechos que quedan en el alma. Lo más ordinario es que quede determinada a padecer por Dios, con deseo de pasar muchos trabajos por Él, y mucho más decidida a apartarse de los contentos y tratos de la tierra, y de otras cosas semejantes.
También está muy claro que no es imaginación, porque aunque el alma quisiera procurarlo otras veces, no podría imitar aquello. Es algo tan evidente, que de ninguna manera puede imaginarse como si fuera real sin serlo, ni tampoco puede dudarse de que lo es.
Y si alguna queda con duda, sepa que esos no son verdaderos ímpetus; quiero decir, si duda de si los tuvo o no. Porque se hacen sentir con tanta claridad como una gran voz llega a los oídos.
Tampoco tiene sentido pensar que sea melancolía, porque la melancolía fabrica sus imaginaciones en la imaginación; pero esto procede de lo interior del alma.
Puede ser que yo me engañe; pero hasta oír otras razones de alguien que lo entienda, siempre estaré en esta opinión. Y así sé de una persona muy llena de temor por estos engaños, que de esta oración jamás pudo tenerlo.
También suele nuestro Señor tener otras maneras de despertar el alma. A veces, de pronto, estando rezando vocalmente y sin estar pendiente de nada interior, parece que viene una inflamación deleitosa, como si de repente llegara un olor tan grande que se comunicara por todos los sentidos. No digo que sea olor, sino que pongo esta comparación, o algo semejante, solo para dar a entender que el Esposo está allí.
Esto mueve en el alma un deseo sabroso de gozarlo, y con eso queda dispuesta para hacer grandes actos y alabanzas a nuestro Señor. Esta merced nace del mismo lugar que lo que se ha dicho antes; pero aquí no hay nada que dé pena, ni los mismos deseos de gozar a Dios son penosos. Esto es más ordinario que lo sienta el alma.
Tampoco me parece que aquí haya que temer, por algunas de las razones ya dichas, sino procurar recibir esta merced con acción de gracias.
Texto original (1577)
Sexta Morada
Capítulo 2 | Texto original (1577)
Parece que hemos dejado mucho la palomica, y no hemos; porque estos trabajos son los que la hacen tener más alto vuelo.
Pues comencemos ahora a tratar de la manera que se ha con ella el Esposo y cómo antes que del todo lo sea se lo hace bien desear, por unos medios tan delicados, que el alma misma no los entiende, ni yo creo acertaré a decir para que lo entienda, si no fueren las que han pasado por ello; porque son unos impulsos tan delicados y sutiles, que proceden de lo muy interior del alma, que no sé comparación que poner que cuadre.
Va bien diferente de todo lo que acá podemos procurar y aun de los gustos que quedan dichos, que muchas veces estando la misma persona descuidada y sin tener la memoria en Dios, Su Majestad la despierta a manera de una cometa que pasa de presto, o un trueno, aunque no se oye ruido; mas entiende muy bien el alma que fue llamada de Dios, y tan entendido, que algunas veces, en especial a los principios, la hace estremecer y aun quejar, sin ser cosa que le duele. Siente ser herida sabrosísimamente, mas no atina cómo ni quién la hirió; mas bien conoce ser cosa preciosa y jamás querría ser sana de aquella herida. Quéjase con palabras de amor, aun exteriores, sin poder hacer otra cosa, a su Esposo; porque entiende que está presente, mas no se quiere manifestar de manera que deje gozarse. Y es harta pena, aunque sabrosa y dulce; y aunque quiera no tenerla, no puede; mas esto no querría jamás: mucho más le satisface que el embebecimiento sabroso que carece de pena de la oración de quietud.
Deshaciéndome estoy, hermanas, por daros a entender esta operación de amor, y no sé cómo. Porque parece cosa contraria dar a entender el Amado claramente que está con el alma, y parecer que la llama con una seña tan cierta que no se puede dudar y un silbo tan penetrativo para entenderle el alma que no le puede dejar de oír; porque no parece sino que en hablando el Esposo, que está en la séptima morada, por esta manera que no es habla formada, toda la gente que está en las otras no se osan bullir, ni sentidos, ni imaginación, ni potencias.
¡Oh mi poderoso Dios, qué grandes son vuestros secretos, y qué diferentes las cosas del Espíritu Santo a cuanto por acá se puede ver ni entender, pues con ninguna cosa se puede declarar esta tan pequeña para las muy grandes que obráis con las almas!
Hace en ella tan gran operación, que se está deshaciendo de deseo y no sabe qué pedir, porque claramente le parece que está con ella su Dios.
Direisme: pues si esto entiende, ¿qué desea, o qué le da pena? ¿qué mayor bien quiere? No lo sé; sé que parece le llega a las entrañas esta pena, y que, cuando de ellas saca la saeta el que la hiere, verdaderamente parece que se las lleva tras sí, según el sentimiento de amor siente. Estaba pensando ahora si sería que de este fuego del brasero encendido que es mi Dios, saltaba alguna centella y daba en el alma, de manera que se dejaba sentir aquel encendido fuego, y como no era aún bastante para quemarla y él es tan deleitoso, queda con aquella pena y al tocar hace aquella operación; y paréceme es la mejor comparación que he acertado a decir. Porque este dolor sabroso -y no es dolor- no está en un ser; aunque a veces dura gran rato, otras de presto se acaba, como quiere comunicarle el Señor, que no es cosa que se puede procurar por ninguna vía humana. Mas aunque está algunas veces rato, quítase y torna; en fin, nunca está estante, y por eso no acaba de abrasar el alma, sino ya que se va a encender, muérese la centella y queda con deseo de tornar a padecer aquel dolor amoroso que le causa.
Aquí no hay que pensar si es cosa movida del mismo natural, ni causada de melancolía, ni tampoco engaño del demonio, ni si es antojo; porque es cosa que se deja muy bien entender ser este movimiento de adonde está el Señor, que es inmutable; y las operaciones no son como de otras devociones, que el mucho embebecimiento del gusto nos puede hacer dudar. Aquí están todos los sentidos y potencias sin ningún embebecimiento, mirando qué podrá ser, sin estorbar nada ni poder acrecentar aquella pena deleitosa ni quitarla, a mi parecer.
A quien nuestro Señor hiciere esta merced (que, si se la ha hecho, en leyendo esto lo entenderá), dele muy muchas gracias, que no tiene que temer si es engaño; tema mucho si ha de ser ingrato a tan gran merced, y procure esforzarse a servir y a mejorar en toda su vida, y verá en lo que para y cómo recibe más y más; aunque a una persona que esto tuvo pasó algunos años con ello y con aquella merced estaba bien satisfecha, que si multitud de años sirviera al Señor con grandes trabajos, quedaba con ella muy bien pagada. Sea bendito por siempre jamás, amén.
Podrá ser que reparéis en cómo más en esto que en otras cosas hay seguridad A mi parecer por estas razones: la primera, porque jamás el demonio debe dar pena sabrosa como esta; podrá él dar el sabor y el deleite que parezca espiritual; mas juntar pena, y tanta, con quietud y gusto del alma, no es de su facultad; que todos sus poderes están por las afueras, y sus penas, cuando él las da, no son, a mi parecer, jamás sabrosas ni con paz, sino inquietas y con guerra. La segunda, porque esta tempestad sabrosa viene de otra región de la que él puede señorear. La tercera, por los grandes provechos que quedan en el alma, que es lo más ordinario determinarse a padecer por Dios y desear tener muchos trabajos, y quedar muy más determinada a apartarse de los contentos y conversaciones de la tierra, y otras cosas semejantes.
El no ser antojo, está muy claro; porque aunque otras veces lo procure, no podrá contrahacer aquello. Y es cosa tan notoria, que en ninguna manera se puede antojar, digo parecer que es, no siendo, ni dudar de que es; y si alguna quedare, sepan que no son estos verdaderos ímpetus; digo, si dudare en si le tuvo, o si no; porque así se da a sentir, como a los oídos una gran voz. Pues ser melancolía, no lleva camino ninguno, porque la melancolía no hace y fabrica sus antojos sino en la imaginación; estotro procede de lo interior del alma.
Ya puede ser que yo me engañe, mas hasta oír otras razones a quien lo entienda, siempre estaré en esta opinión; y así sé de una persona harto llena de temor de estos engaños, que de esta oración jamás le pudo tener.
También suele nuestro Señor tener otras maneras de despertar el alma: que a deshora, estando rezando vocalmente y con descuido de cosa interior, parece viene una inflamación deleitosa, como si de presto viniese un olor tan grande que se comunicase por todos los sentidos (no digo que es olor, sino pongo esta comparación) o cosa de esta manera, solo para dar a sentir que está allí el Esposo; mueve un deseo sabroso de gozar el alma de Él, y con esto queda dispuesta para hacer grandes actos y alabanzas a nuestro Señor. Su nacimiento de esta merced es de donde lo que queda dicho; mas aquí no hay cosa que dé pena, ni los deseos mismos de gozar a Dios son penosos: esto es más ordinario sentirlo el alma. Tampoco me parece que hay aquí que temer, por algunas razones de las dichas, sino procurar admitir esta merced con hacimiento de gracias.
