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Santa Teresa de Jesús / Las Moradas

Sexta Morada.
Capítulo 3.

Sobre este capítulo

Teresa invita a examinar las palabras interiores por sus frutos: paz duradera, humildad y mayor deseo de servir a Dios. La certeza personal exige prudencia; antes de actuar en asuntos importantes o que afectan a otros, pide consultar a un confesor instruido.

Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.

Parte 1

Texto adaptado

Sexta Morada

Capítulo 3 - PARTE 1 | Texto Adaptado

Dios tiene otra manera de despertar al alma. Aunque puede parecer una gracia mayor que las anteriores, también puede ser más peligrosa. Por eso me detendré un poco en explicarla.

Se trata de palabras que el alma percibe de distintas maneras. Algunas parecen venir de fuera; otras, de lo más profundo del alma; otras, de una parte más elevada de ella; y algunas parecen tan exteriores que se oyen como si una voz real las pronunciara.

Sin embargo, muchas veces estas palabras pueden ser producto de la imaginación, especialmente en personas con una imaginación poco estable o que padecen una melancolía intensa.

A mi parecer, no se debe dar crédito a lo que dicen estas dos clases de personas, aunque aseguren que ven, oyen o entienden ciertas cosas. Pero tampoco hay que inquietarlas diciéndoles que todo viene del demonio. Lo mejor es escucharlas con la consideración que se tiene hacia una persona enferma.

La priora o el confesor a quien se lo cuenten debe aconsejarles que no hagan caso de esas experiencias, porque no son lo esencial para servir a Dios y porque el demonio ha engañado a muchas personas por ese camino. Sin embargo, conviene no decirles directamente que eso mismo les está sucediendo, para no aumentar la aflicción que ya les causa su estado.

Tampoco sirve decirles que es melancolía, porque insistirán en que realmente lo ven y lo oyen, ya que así lo perciben.

Es verdad que conviene apartar a estas personas de ese tipo de oración y procurar que no presten atención a lo que creen ver u oír. El demonio puede aprovecharse de personas que están así de enfermas, no solo para dañarlas a ellas, sino también para perjudicar a otros.

Por eso, tanto en personas enfermas como sanas, estas experiencias deben mirarse con cautela hasta saber de dónde vienen. Al principio, lo mejor es no darles crédito. Si realmente vienen de Dios, esta prueba no las hará desaparecer; al contrario, las confirmará y ayudará al alma a avanzar.

Sin embargo, no hay que presionar demasiado a la persona ni angustiarla, porque ella no puede evitar lo que está experimentando.

Volviendo a lo que decía sobre las palabras que el alma percibe: cualquiera de ellas puede venir de Dios, del demonio o de la propia imaginación. Con el favor del Señor, trataré de explicar cómo distinguirlas y cuándo pueden ser peligrosas.

Entre las personas de oración, muchas creen percibir estas palabras. Hermanas, no piensen que hacen mal si no les dan crédito. Pero tampoco es necesariamente malo creerlas cuando solo les ofrecen consuelo personal o les señalan alguna falta propia. En esos casos, vengan de donde vengan, incluso si son producto de la imaginación, no tienen mayor importancia.

Sin embargo, les advierto algo: aunque estas palabras vinieran de Dios, no piensen que por eso son mejores. Dios también habló muchas veces a los fariseos. Lo importante es el provecho que la persona saque de lo que escucha.

Y si alguna de esas palabras no está completamente de acuerdo con la Sagrada Escritura, no le den más crédito que si la hubieran oído del mismo demonio. Aunque solo provenga de una imaginación débil, deben tratarla como una tentación contra la fe y rechazarla siempre. Así terminará desapareciendo, porque no tiene verdadera fuerza.

Volviendo a lo anterior: no importa si estas palabras parecen venir del interior del alma, de su parte más elevada o de fuera. Cualquiera de ellas puede venir de Dios.

A mi parecer, las señales más seguras para reconocerlo son las siguientes:

La primera señal, y la más segura, es el poder y la autoridad que estas palabras traen consigo: no solo dicen algo, sino que producen inmediatamente lo que anuncian.

Por ejemplo, un alma puede estar llena de angustia, confusión interior, oscuridad y sequedad. Basta que escuche: «No tengas pena», para que quede en paz, llena de luz y libre de aquella aflicción. Antes, ni todas las personas sabias del mundo, con todas sus razones, habrían podido consolarla.

También puede estar llena de miedo porque su confesor u otras personas le han dicho que lo que experimenta viene del demonio. Pero si escucha: «Soy yo, no tengas miedo», todo el temor desaparece y queda tan consolada y segura que nadie podría convencerla de lo contrario.

O puede estar muy preocupada por algún asunto grave, sin saber cómo terminará. Entonces entiende que debe estar tranquila y que todo saldrá bien, y queda llena de certeza y sin angustia. Y así sucede en muchas otras situaciones.

La segunda señal es la gran paz que queda en el alma. Queda recogida, con devoción, serenidad y deseos de alabar a Dios.

¡Oh Señor! Si una sola palabra enviada por uno de sus mensajeros –porque, según dicen, en esta morada estas palabras no las pronuncia directamente el Señor, sino algún ángel– tiene tanta fuerza, ¿cómo quedará el alma cuando esté unida a usted por amor y usted a ella?

La tercera señal es que estas palabras permanecen en la memoria durante mucho tiempo, y algunas no se olvidan jamás. No sucede lo mismo con las palabras que escuchamos de otras personas: aunque sean personas sabias y respetables, normalmente no quedan tan grabadas en nosotros. Tampoco creemos con la misma certeza lo que ellas anuncian sobre el futuro.

En cambio, estas palabras dejan una seguridad muy profunda. Aunque anuncien algo que parece imposible, el entendimiento puede dudar y preguntarse si realmente sucederá; sin embargo, en lo profundo del alma permanece una certeza que no se deja vencer. Aunque todo parezca avanzar en sentido contrario y pasen muchos años, el alma sigue convencida de que Dios encontrará medios que los seres humanos no conocen y que, al final, se cumplirá lo anunciado. Y así sucede.

Sin embargo, el alma sufre al ver tantos obstáculos. Como ya pasó mucho tiempo desde que recibió aquellas palabras y ya no siente con la misma intensidad los efectos que en ese momento le dieron la certeza de que venían de Dios, comienzan a aparecer dudas: se pregunta si habrán venido del demonio o de su propia imaginación. En el momento de recibirlas no tenía ninguna de estas dudas; habría estado dispuesta a morir por la certeza de que eran verdaderas.

El demonio puede valerse de estos pensamientos para angustiar y desanimar al alma, especialmente cuando lo anunciado traerá un gran bien a otras almas, servirá para la honra de Dios y será difícil de realizar. Por lo menos, intenta debilitar su fe. Y es un daño muy grande dejar de creer que Dios puede realizar obras que nuestro entendimiento no alcanza a comprender.

A pesar de todas estas luchas, aunque los confesores con quienes se consultan estas cosas digan que son disparates, y aunque todo parezca demostrar que aquello no puede cumplirse, permanece en el alma una pequeña centella de seguridad.

Aunque todas las demás esperanzas hayan desaparecido, esa certeza sigue viva, y el alma no podría apagarla aunque quisiera.

Al final, como ya he dicho, la palabra del Señor se cumple. Entonces el alma queda tan contenta y alegre que solo quisiera alabar continuamente a Dios. Lo que más alegra al alma no es el beneficio que recibió, aunque haya sido muy grande, sino comprobar que realmente sucedió aquello que Dios le había anunciado.

Parte 2

Texto adaptado

Sexta Morada

Capítulo 3 - PARTE 2 | Texto adaptado

No sé por qué el alma desea tanto que estas palabras resulten verdaderas. Creo que, si descubrieran a la misma persona diciendo una mentira, no le dolería tanto como ver que no se cumplió lo que había anunciado. Y eso que ella no tiene poder para hacerlo realidad, pues únicamente repite lo que le han dicho.

Una persona se acordaba muchas veces del profeta Jonás, cuando temía quedar como falso porque Nínive no sería destruida, a pesar de que él lo había anunciado.

En fin, si estas palabras vienen del Espíritu de Dios, es natural que el alma desee que nadie lo tenga por falso, porque Dios es la verdad misma. Por eso siente una alegría tan grande cuando, después de muchos obstáculos y en situaciones muy difíciles, finalmente ve cumplido lo que se le había dicho.

Aunque el cumplimiento de esas palabras le traiga grandes sufrimientos, el alma prefiere soportarlos antes que ver que no sucede lo anunciado. Quizá no todas las personas tengan un deseo tan intenso de que la palabra de Dios resulte verdadera. Y, aunque alguien pudiera considerar ese deseo una debilidad, yo no lo veo como algo malo.

Si estas palabras vienen de la imaginación, no producen ninguna de las señales anteriores: no dejan certeza, paz ni consuelo interior.

Sin embargo, puede suceder –y sé de algunas personas a quienes les ha pasado– que, estando muy sumergidas en la oración de quietud o en una especie de sueño espiritual, entren en un recogimiento tan profundo que pierdan casi por completo la conciencia de lo que sucede a su alrededor. Sus sentidos quedan tan adormecidos que parecen estar dormidas, y quizá realmente lo estén.

En ese estado, pueden creer que alguien les habla o que ven ciertas cosas, como ocurre en un sueño, y pensar que vienen de Dios. Pero los efectos que dejan son también como los de un sueño: vagos y pasajeros.

También puede pasar que una persona le pida algo a Dios con mucho deseo y luego crea escuchar interiormente justamente la respuesta que quería recibir.

Sin embargo, a mi parecer, quien ya tiene mucha experiencia en reconocer las palabras que vienen de Dios no confundirá estas imaginaciones con ellas.

Hay más que temer cuando estas palabras pueden venir del demonio. Sin embargo, si presentan las señales que ya mencioné, hay buenas razones para pensar que vienen de Dios.

Aun así, si lo que se ha entendido es algo importante que la persona debe hacer, o tiene que ver con asuntos de otras personas, no debe actuar ni tomar ninguna decisión sin consultarlo primero con un confesor instruido, prudente y servidor de Dios, por más claro que le parezca que viene de Dios.

Eso es lo que Dios quiere. Obedecer al confesor no significa desobedecerlo a Él, porque el Señor mismo nos ha enseñado a reconocer en el confesor a quien nos guía en su nombre.

Si se trata de algo difícil, esas palabras pueden darle ánimo al alma. Y si Dios quiere que aquello se realice, también hará que el confesor reconozca que viene de Él. Si el confesor no lo aprueba, la persona no está obligada a hacerlo.

Actuar de otra manera y seguir únicamente el propio juicio me parece muy peligroso. Por eso, hermanas, les advierto de parte del Señor que nunca procedan así.

Hay otra manera en que el Señor habla al alma y que, a mi parecer, viene con mucha certeza de Él. Sucede junto con una visión intelectual, de la que hablaré más adelante.

Estas palabras se perciben en lo más íntimo del alma. La persona siente con gran claridad que es el mismo Señor quien le habla interiormente, como si lo oyera con los oídos del alma, pero de una manera muy secreta.

La forma en que recibe esas palabras, junto con los efectos que produce la visión, le da la seguridad de que el demonio no puede intervenir allí. Además, quedan efectos muy profundos que confirman esta certeza. Por lo menos, puede estar segura de que no es producto de la imaginación.

Si presta atención, podrá distinguirlo siempre por las siguientes razones:

La primera razón es la claridad con que se perciben estas palabras. Son tan claras que la persona recuerda exactamente lo que entendió: incluso nota si faltó una sílaba o si se dijo de una manera u otra, aunque el significado sea el mismo. En cambio, cuando algo viene de la imaginación, las palabras no se perciben con tanta claridad ni precisión, sino como algo medio soñado.

La segunda razón es que muchas veces la persona no estaba pensando en aquello que se le dijo. Las palabras llegan de repente, incluso mientras está conversando con alguien. Es verdad que algunas veces responden a un pensamiento reciente o a algo pensado anteriormente; pero muchas otras se refieren a cosas que nunca había considerado, deseado ni conocido. Por eso, la imaginación no pudo haberlas inventado para engañarla.

La tercera razón es que, cuando vienen de Dios, la persona las recibe como quien escucha a otro. En cambio, cuando vienen de la imaginación, siente que ella misma va formando poco a poco lo que quisiera oír.

La cuarta razón es que estas palabras son muy distintas de las que puede formar nuestro entendimiento. A veces, con una sola palabra, el alma comprende muchas cosas que la mente no habría podido elaborar tan rápidamente.

La quinta razón es que, junto con las palabras, muchas veces se le da a entender al alma mucho más de lo que las palabras expresan. No sé explicar cómo sucede, porque esa comprensión se recibe sin palabras.

Más adelante hablaré con mayor detalle de esta manera de entender, porque es algo muy delicado y digno de alabar a Nuestro Señor.

Algunas personas que han pasado por esta experiencia han tenido muchas dudas y no lograban comprender bien lo que les sucedía. Sé de una persona que lo examinó con mucha atención, porque el Señor le concedió esta gracia muchas veces. Al principio, su mayor duda era si todo sería producto de su imaginación.

Cuando viene del demonio, suele reconocerse más pronto, aunque él es muy astuto y sabe imitar al espíritu de luz. Puede presentar palabras muy claras, de modo que la persona no dude de haberlas entendido. Pero, a mi parecer, no puede imitar los efectos que ya mencioné: no puede dejar en el alma aquella paz y aquella luz. Al contrario, deja inquietud y confusión.

Sin embargo, el demonio puede hacer poco daño, o ninguno, si el alma es humilde y sigue el consejo que ya di: no tomar ninguna decisión ni actuar solamente por lo que haya entendido interiormente.

Si estas palabras son favores y consuelos del Señor, el alma debe fijarse con atención en sus efectos. Si por haberlos recibido se considera mejor que los demás, debe creer que no vienen del Espíritu de Dios. En cambio, cuanto mayor sea el favor recibido, más pequeña e indigna debe sentirse ante Dios.

Cuando una gracia viene verdaderamente de Dios, el alma se tiene cada vez en menos, recuerda más sus pecados y se preocupa menos por su propio beneficio. Su voluntad y su memoria se concentran más en buscar únicamente la honra de Dios. También tiene mayor cuidado de no apartarse en nada de su voluntad y queda más convencida de que nunca mereció aquellas gracias, sino el infierno.

Si todas las experiencias y gracias que recibe en la oración producen estos efectos, el alma no debe vivir asustada, sino confiar en la misericordia del Señor. Él es fiel y no permitirá que el demonio la engañe, aunque siempre conviene conservar una prudente cautela.

Quienes no son guiadas por el Señor por este camino quizá piensen que estas almas podrían evitar el peligro simplemente dejando de escuchar esas palabras. Y, si las perciben interiormente, podrían intentar distraerse para no recibirlas.

A esto respondo que es imposible. No me refiero a las palabras producidas por la imaginación, porque esas pueden disminuir si la persona deja de desear tanto algo y procura no prestar atención a lo que imagina.

Pero cuando es Dios quien habla, la persona no puede evitar escucharlo. El mismo Espíritu detiene todos los demás pensamientos y obliga al alma a prestar atención a lo que se le dice.

Creo que sería más fácil no escuchar a una persona que gritara frente a alguien que oye perfectamente. Esa persona podría distraerse y pensar en otra cosa. Pero en este caso no es posible: no hay oídos que se puedan tapar ni manera de apartar el pensamiento de lo que se está recibiendo.

Dios, que pudo detener el sol a petición de Josué, también puede detener las facultades del alma y todo lo que sucede en su interior. Entonces el alma comprende claramente que aquel castillo no está siendo gobernado por ella, sino por un Señor mucho más poderoso. Esto le produce una profunda devoción y humildad.

Por lo tanto, no hay manera de evitar estas palabras. Que Dios nos conceda la gracia de mantener la mirada puesta únicamente en agradarlo y de olvidarnos de nosotros mismos, como ya he dicho. Amén.

Quiera Él que haya logrado explicar lo que pretendía y que esto pueda servir de orientación a quienes pasen por esta experiencia.