Santa Teresa de Jesús / Las Moradas
Sexta Morada.
Capítulo 3.
Sobre este capítulo
Teresa invita a examinar las palabras interiores por sus frutos: paz duradera, humildad y mayor deseo de servir a Dios. La certeza personal exige prudencia; antes de actuar en asuntos importantes o que afectan a otros, pide consultar a un confesor instruido.
Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.Parte 1
Texto adaptado
Sexta Morada
Capítulo 3 - PARTE 1 | Texto Adaptado
Dios tiene otra manera de despertar al alma. Aunque puede parecer una gracia mayor que las anteriores, también puede ser más peligrosa. Por eso me detendré un poco en explicarla.
Se trata de palabras que el alma percibe de distintas maneras. Algunas parecen venir de fuera; otras, de lo más profundo del alma; otras, de una parte más elevada de ella; y algunas parecen tan exteriores que se oyen como si una voz real las pronunciara.
Sin embargo, muchas veces estas palabras pueden ser producto de la imaginación, especialmente en personas con una imaginación poco estable o que padecen una melancolía intensa.
A mi parecer, no se debe dar crédito a lo que dicen estas dos clases de personas, aunque aseguren que ven, oyen o entienden ciertas cosas. Pero tampoco hay que inquietarlas diciéndoles que todo viene del demonio. Lo mejor es escucharlas con la consideración que se tiene hacia una persona enferma.
La priora o el confesor a quien se lo cuenten debe aconsejarles que no hagan caso de esas experiencias, porque no son lo esencial para servir a Dios y porque el demonio ha engañado a muchas personas por ese camino. Sin embargo, conviene no decirles directamente que eso mismo les está sucediendo, para no aumentar la aflicción que ya les causa su estado.
Tampoco sirve decirles que es melancolía, porque insistirán en que realmente lo ven y lo oyen, ya que así lo perciben.
Es verdad que conviene apartar a estas personas de ese tipo de oración y procurar que no presten atención a lo que creen ver u oír. El demonio puede aprovecharse de personas que están así de enfermas, no solo para dañarlas a ellas, sino también para perjudicar a otros.
Por eso, tanto en personas enfermas como sanas, estas experiencias deben mirarse con cautela hasta saber de dónde vienen. Al principio, lo mejor es no darles crédito. Si realmente vienen de Dios, esta prueba no las hará desaparecer; al contrario, las confirmará y ayudará al alma a avanzar.
Sin embargo, no hay que presionar demasiado a la persona ni angustiarla, porque ella no puede evitar lo que está experimentando.
Volviendo a lo que decía sobre las palabras que el alma percibe: cualquiera de ellas puede venir de Dios, del demonio o de la propia imaginación. Con el favor del Señor, trataré de explicar cómo distinguirlas y cuándo pueden ser peligrosas.
Entre las personas de oración, muchas creen percibir estas palabras. Hermanas, no piensen que hacen mal si no les dan crédito. Pero tampoco es necesariamente malo creerlas cuando solo les ofrecen consuelo personal o les señalan alguna falta propia. En esos casos, vengan de donde vengan, incluso si son producto de la imaginación, no tienen mayor importancia.
Sin embargo, les advierto algo: aunque estas palabras vinieran de Dios, no piensen que por eso son mejores. Dios también habló muchas veces a los fariseos. Lo importante es el provecho que la persona saque de lo que escucha.
Y si alguna de esas palabras no está completamente de acuerdo con la Sagrada Escritura, no le den más crédito que si la hubieran oído del mismo demonio. Aunque solo provenga de una imaginación débil, deben tratarla como una tentación contra la fe y rechazarla siempre. Así terminará desapareciendo, porque no tiene verdadera fuerza.
Volviendo a lo anterior: no importa si estas palabras parecen venir del interior del alma, de su parte más elevada o de fuera. Cualquiera de ellas puede venir de Dios.
A mi parecer, las señales más seguras para reconocerlo son las siguientes:
La primera señal, y la más segura, es el poder y la autoridad que estas palabras traen consigo: no solo dicen algo, sino que producen inmediatamente lo que anuncian.
Por ejemplo, un alma puede estar llena de angustia, confusión interior, oscuridad y sequedad. Basta que escuche: «No tengas pena», para que quede en paz, llena de luz y libre de aquella aflicción. Antes, ni todas las personas sabias del mundo, con todas sus razones, habrían podido consolarla.
También puede estar llena de miedo porque su confesor u otras personas le han dicho que lo que experimenta viene del demonio. Pero si escucha: «Soy yo, no tengas miedo», todo el temor desaparece y queda tan consolada y segura que nadie podría convencerla de lo contrario.
O puede estar muy preocupada por algún asunto grave, sin saber cómo terminará. Entonces entiende que debe estar tranquila y que todo saldrá bien, y queda llena de certeza y sin angustia. Y así sucede en muchas otras situaciones.
La segunda señal es la gran paz que queda en el alma. Queda recogida, con devoción, serenidad y deseos de alabar a Dios.
¡Oh Señor! Si una sola palabra enviada por uno de sus mensajeros –porque, según dicen, en esta morada estas palabras no las pronuncia directamente el Señor, sino algún ángel– tiene tanta fuerza, ¿cómo quedará el alma cuando esté unida a usted por amor y usted a ella?
La tercera señal es que estas palabras permanecen en la memoria durante mucho tiempo, y algunas no se olvidan jamás. No sucede lo mismo con las palabras que escuchamos de otras personas: aunque sean personas sabias y respetables, normalmente no quedan tan grabadas en nosotros. Tampoco creemos con la misma certeza lo que ellas anuncian sobre el futuro.
En cambio, estas palabras dejan una seguridad muy profunda. Aunque anuncien algo que parece imposible, el entendimiento puede dudar y preguntarse si realmente sucederá; sin embargo, en lo profundo del alma permanece una certeza que no se deja vencer. Aunque todo parezca avanzar en sentido contrario y pasen muchos años, el alma sigue convencida de que Dios encontrará medios que los seres humanos no conocen y que, al final, se cumplirá lo anunciado. Y así sucede.
Sin embargo, el alma sufre al ver tantos obstáculos. Como ya pasó mucho tiempo desde que recibió aquellas palabras y ya no siente con la misma intensidad los efectos que en ese momento le dieron la certeza de que venían de Dios, comienzan a aparecer dudas: se pregunta si habrán venido del demonio o de su propia imaginación. En el momento de recibirlas no tenía ninguna de estas dudas; habría estado dispuesta a morir por la certeza de que eran verdaderas.
El demonio puede valerse de estos pensamientos para angustiar y desanimar al alma, especialmente cuando lo anunciado traerá un gran bien a otras almas, servirá para la honra de Dios y será difícil de realizar. Por lo menos, intenta debilitar su fe. Y es un daño muy grande dejar de creer que Dios puede realizar obras que nuestro entendimiento no alcanza a comprender.
A pesar de todas estas luchas, aunque los confesores con quienes se consultan estas cosas digan que son disparates, y aunque todo parezca demostrar que aquello no puede cumplirse, permanece en el alma una pequeña centella de seguridad.
Aunque todas las demás esperanzas hayan desaparecido, esa certeza sigue viva, y el alma no podría apagarla aunque quisiera.
Al final, como ya he dicho, la palabra del Señor se cumple. Entonces el alma queda tan contenta y alegre que solo quisiera alabar continuamente a Dios. Lo que más alegra al alma no es el beneficio que recibió, aunque haya sido muy grande, sino comprobar que realmente sucedió aquello que Dios le había anunciado.
Texto original (1577)
Sexta Morada
Capítulo 3 - PARTE 1 | Texto original (1577)
Otra manera tiene Dios de despertar al alma, y aunque en alguna manera parece mayor merced que las dichas, podrá ser más peligrosa, y por eso me detendré algo en ella, que son unas hablas con el alma de muchas maneras: unas parece vienen de fuera, otras de lo muy interior del alma, otras de lo superior de ella, otras tan en lo exterior que se oyen con los oídos, porque parece es voz formada. Algunas veces, y muchas, puede ser antojo, en especial en personas de flaca imaginación o melancolías, digo de melancolía notable.
De estas dos maneras de personas no hay que hacer caso, a mi parecer, aunque digan que ven y oyen y entienden, ni inquietarlas con decir que es demonio; sino oírlas como a personas enfermas, diciendo la priora o confesor, a quien lo dijere, que no haga caso de ello, que no es la sustancia para servir a Dios y que a muchos ha engañado el demonio por allí, aunque no será quizá así a ella, por no la afligir más que trae con su humor; porque si le dicen que es melancolía, nunca acabará, que jurará que lo ve y lo oye, porque le parece así.
Verdad es que es menester traer cuenta con quitarle la oración, y lo más que se pudiere que no haga caso de ello; porque suele el demonio aprovecharse de estas almas así enfermas, aunque no sea para su daño, para el de otros; y a enfermas y sanas, siempre de estas cosas hay que temer hasta ir entendiendo el espíritu. Y digo que siempre es lo mejor a los principios deshacérsele; porque si es de Dios, es más ayuda para ir adelante, y antes crece cuando es probado. Esto es así, mas no sea apretando mucho el alma e inquietándola, porque verdaderamente ella no puede más.
Pues tornando a lo que decía de las hablas con el ánima, de todas las maneras que he dicho, pueden ser de Dios y también del demonio y de la propia imaginación. Diré, si acertare, con el favor del Señor, las señales que hay en estas diferencias y cuándo serán estas hablas peligrosas. Porque hay muchas almas que las entienden entre gente de oración, y querría, hermanas, que no penséis hacéis mal en no las dar crédito, ni tampoco en dársele cuando son solamente para vosotras mismas de regalo o aviso de faltas vuestras, dígalas quien las dijere, o sea antojo, que poco va en ello. De una cosa os aviso, que no penséis, aunque sean de Dios, seréis por eso mejores, que harto habló a los fariseos, y todo el bien está cómo se aprovechan de estas palabras; y ninguna que no vaya muy conforme a la Escritura hagáis más caso de ellas que si las oyeseis al mismo demonio; porque aunque sean de vuestra flaca imaginación, es menester tomarse como una tentación de cosas de la fe, y así resistir siempre, para que se vayan quitando; y sí quitarán, porque llevan poca fuerza consigo.
Pues tornando a lo primero, que venga de lo interior, que de lo superior, que de lo exterior, no importa para dejar de ser de Dios. Las más ciertas señales que se pueden tener, a mi parecer, son estas:
La primera y más verdadera es el poderío y señorío que traen consigo, que es hablando y obrando. Declárome más: está un alma en toda la tribulación y alboroto interior que queda dicho y oscuridad del entendimiento y sequedad; con una palabra de estas que diga solamente: "No tengas pena", queda sosegada y sin ninguna, y con gran luz, quitada toda aquella pena con que le parecía que todo el mundo y letrados que se juntaran a darle razones para que no la tuviese, no la pudieran con cuanto trabajaran quitar de aquella aflicción. Está afligida por haberle dicho su confesor y otros, que es espíritu del demonio el que tiene, y toda llena de temor: y con una palabra que se le diga solo: "Yo soy, no hayas miedo", se le quita del todo y queda consoladísima, y pareciéndole que ninguno bastará a hacerle creer otra cosa. Está con mucha pena de algunos negocios graves, que no sabe cómo han de suceder: entiende que se sosiegue, que todo sucederá bien. Queda con certidumbre y sin pena. Y de esta manera otras muchas cosas.
La segunda razón, una gran quietud que queda en el alma, y recogimiento devoto y pacífico, y dispuesta para alabanzas de Dios. ¡Oh Señor! Si una palabra enviada a decir con un paje vuestro (que a lo que dicen, al menos estas en esta morada no las dice el mismo Señor, sino algún ángel), tienen tanta fuerza, ¿qué tal la dejaréis en el alma que está atada por amor con Vos y Vos con ella?
La tercera señal es no pasarse estas palabras de la memoria en muy mucho tiempo y algunas jamás -como se pasan las que por acá entendemos, digo que oímos de los hombres, que aunque sean muy graves y letrados, no las tenemos tan esculpidas en la memoria, ni tampoco, si son en cosas por venir, las creemos como a estas-, que queda una certidumbre grandísima, de manera que, aunque algunas veces en cosas muy imposibles, al parecer, no deja de venirle duda si será o no será y andan con algunas vacilaciones el entendimiento, en la misma alma está una seguridad que no se puede rendir, aunque le parezca que vaya todo al contrario de lo que entendió, y pasan años, no se le quita aquel pensar que Dios buscará otros medios que los hombres no entienden, mas que, en fin, se ha de hacer, y así es que se hace; aunque, como digo, no se deja de padecer cuando ve muchos desvíos, porque como ha tiempo que lo entendió, y las operaciones y certidumbre que al presente quedan de ser Dios es ya pasado, han lugar estas dudas, pensando si fue demonio, si fue de la imaginación. Ninguna de estas le queda al presente, sino que moriría por aquella verdad. Mas, como digo, con todas estas imaginaciones, que debe poner el demonio para dar pena y acobardar el alma, en especial si es en negocio que en el hacerse lo que se entendió ha de haber muchos bienes de almas, y es obras para gran honra y servicio de Dios, y en ellas hay gran dificultad, ¿qué no hará? Al menos enflaquece la fe, que es harto daño no creer que Dios es poderoso para hacer obras que no entienden nuestros entendimientos.
Con todos estos combates, aunque haya quien diga a la misma persona que son disparates (digo los confesores con quien se tratan estas cosas), y con cuantos malos sucesos hubiere para dar a entender que no se pueden cumplir, queda una centella -no sé dónde- tan viva de que será, aunque todas las demás esperanzas estén muertas, que no podría, aunque quisiese, dejar de estar viva aquella centella de seguridad. Y en fin -como he dicho- se cumple la palabra del Señor, y queda el alma tan contenta y alegre, que no querría sino alabar siempre a Su Majestad, y mucho más por ver cumplido lo que se le había dicho que por la misma obra, aunque le vaya muy mucho en ella.
Parte 2
Texto adaptado
Sexta Morada
Capítulo 3 - PARTE 2 | Texto adaptado
No sé por qué el alma desea tanto que estas palabras resulten verdaderas. Creo que, si descubrieran a la misma persona diciendo una mentira, no le dolería tanto como ver que no se cumplió lo que había anunciado. Y eso que ella no tiene poder para hacerlo realidad, pues únicamente repite lo que le han dicho.
Una persona se acordaba muchas veces del profeta Jonás, cuando temía quedar como falso porque Nínive no sería destruida, a pesar de que él lo había anunciado.
En fin, si estas palabras vienen del Espíritu de Dios, es natural que el alma desee que nadie lo tenga por falso, porque Dios es la verdad misma. Por eso siente una alegría tan grande cuando, después de muchos obstáculos y en situaciones muy difíciles, finalmente ve cumplido lo que se le había dicho.
Aunque el cumplimiento de esas palabras le traiga grandes sufrimientos, el alma prefiere soportarlos antes que ver que no sucede lo anunciado. Quizá no todas las personas tengan un deseo tan intenso de que la palabra de Dios resulte verdadera. Y, aunque alguien pudiera considerar ese deseo una debilidad, yo no lo veo como algo malo.
Si estas palabras vienen de la imaginación, no producen ninguna de las señales anteriores: no dejan certeza, paz ni consuelo interior.
Sin embargo, puede suceder –y sé de algunas personas a quienes les ha pasado– que, estando muy sumergidas en la oración de quietud o en una especie de sueño espiritual, entren en un recogimiento tan profundo que pierdan casi por completo la conciencia de lo que sucede a su alrededor. Sus sentidos quedan tan adormecidos que parecen estar dormidas, y quizá realmente lo estén.
En ese estado, pueden creer que alguien les habla o que ven ciertas cosas, como ocurre en un sueño, y pensar que vienen de Dios. Pero los efectos que dejan son también como los de un sueño: vagos y pasajeros.
También puede pasar que una persona le pida algo a Dios con mucho deseo y luego crea escuchar interiormente justamente la respuesta que quería recibir.
Sin embargo, a mi parecer, quien ya tiene mucha experiencia en reconocer las palabras que vienen de Dios no confundirá estas imaginaciones con ellas.
Hay más que temer cuando estas palabras pueden venir del demonio. Sin embargo, si presentan las señales que ya mencioné, hay buenas razones para pensar que vienen de Dios.
Aun así, si lo que se ha entendido es algo importante que la persona debe hacer, o tiene que ver con asuntos de otras personas, no debe actuar ni tomar ninguna decisión sin consultarlo primero con un confesor instruido, prudente y servidor de Dios, por más claro que le parezca que viene de Dios.
Eso es lo que Dios quiere. Obedecer al confesor no significa desobedecerlo a Él, porque el Señor mismo nos ha enseñado a reconocer en el confesor a quien nos guía en su nombre.
Si se trata de algo difícil, esas palabras pueden darle ánimo al alma. Y si Dios quiere que aquello se realice, también hará que el confesor reconozca que viene de Él. Si el confesor no lo aprueba, la persona no está obligada a hacerlo.
Actuar de otra manera y seguir únicamente el propio juicio me parece muy peligroso. Por eso, hermanas, les advierto de parte del Señor que nunca procedan así.
Hay otra manera en que el Señor habla al alma y que, a mi parecer, viene con mucha certeza de Él. Sucede junto con una visión intelectual, de la que hablaré más adelante.
Estas palabras se perciben en lo más íntimo del alma. La persona siente con gran claridad que es el mismo Señor quien le habla interiormente, como si lo oyera con los oídos del alma, pero de una manera muy secreta.
La forma en que recibe esas palabras, junto con los efectos que produce la visión, le da la seguridad de que el demonio no puede intervenir allí. Además, quedan efectos muy profundos que confirman esta certeza. Por lo menos, puede estar segura de que no es producto de la imaginación.
Si presta atención, podrá distinguirlo siempre por las siguientes razones:
La primera razón es la claridad con que se perciben estas palabras. Son tan claras que la persona recuerda exactamente lo que entendió: incluso nota si faltó una sílaba o si se dijo de una manera u otra, aunque el significado sea el mismo. En cambio, cuando algo viene de la imaginación, las palabras no se perciben con tanta claridad ni precisión, sino como algo medio soñado.
La segunda razón es que muchas veces la persona no estaba pensando en aquello que se le dijo. Las palabras llegan de repente, incluso mientras está conversando con alguien. Es verdad que algunas veces responden a un pensamiento reciente o a algo pensado anteriormente; pero muchas otras se refieren a cosas que nunca había considerado, deseado ni conocido. Por eso, la imaginación no pudo haberlas inventado para engañarla.
La tercera razón es que, cuando vienen de Dios, la persona las recibe como quien escucha a otro. En cambio, cuando vienen de la imaginación, siente que ella misma va formando poco a poco lo que quisiera oír.
La cuarta razón es que estas palabras son muy distintas de las que puede formar nuestro entendimiento. A veces, con una sola palabra, el alma comprende muchas cosas que la mente no habría podido elaborar tan rápidamente.
La quinta razón es que, junto con las palabras, muchas veces se le da a entender al alma mucho más de lo que las palabras expresan. No sé explicar cómo sucede, porque esa comprensión se recibe sin palabras.
Más adelante hablaré con mayor detalle de esta manera de entender, porque es algo muy delicado y digno de alabar a Nuestro Señor.
Algunas personas que han pasado por esta experiencia han tenido muchas dudas y no lograban comprender bien lo que les sucedía. Sé de una persona que lo examinó con mucha atención, porque el Señor le concedió esta gracia muchas veces. Al principio, su mayor duda era si todo sería producto de su imaginación.
Cuando viene del demonio, suele reconocerse más pronto, aunque él es muy astuto y sabe imitar al espíritu de luz. Puede presentar palabras muy claras, de modo que la persona no dude de haberlas entendido. Pero, a mi parecer, no puede imitar los efectos que ya mencioné: no puede dejar en el alma aquella paz y aquella luz. Al contrario, deja inquietud y confusión.
Sin embargo, el demonio puede hacer poco daño, o ninguno, si el alma es humilde y sigue el consejo que ya di: no tomar ninguna decisión ni actuar solamente por lo que haya entendido interiormente.
Si estas palabras son favores y consuelos del Señor, el alma debe fijarse con atención en sus efectos. Si por haberlos recibido se considera mejor que los demás, debe creer que no vienen del Espíritu de Dios. En cambio, cuanto mayor sea el favor recibido, más pequeña e indigna debe sentirse ante Dios.
Cuando una gracia viene verdaderamente de Dios, el alma se tiene cada vez en menos, recuerda más sus pecados y se preocupa menos por su propio beneficio. Su voluntad y su memoria se concentran más en buscar únicamente la honra de Dios. También tiene mayor cuidado de no apartarse en nada de su voluntad y queda más convencida de que nunca mereció aquellas gracias, sino el infierno.
Si todas las experiencias y gracias que recibe en la oración producen estos efectos, el alma no debe vivir asustada, sino confiar en la misericordia del Señor. Él es fiel y no permitirá que el demonio la engañe, aunque siempre conviene conservar una prudente cautela.
Quienes no son guiadas por el Señor por este camino quizá piensen que estas almas podrían evitar el peligro simplemente dejando de escuchar esas palabras. Y, si las perciben interiormente, podrían intentar distraerse para no recibirlas.
A esto respondo que es imposible. No me refiero a las palabras producidas por la imaginación, porque esas pueden disminuir si la persona deja de desear tanto algo y procura no prestar atención a lo que imagina.
Pero cuando es Dios quien habla, la persona no puede evitar escucharlo. El mismo Espíritu detiene todos los demás pensamientos y obliga al alma a prestar atención a lo que se le dice.
Creo que sería más fácil no escuchar a una persona que gritara frente a alguien que oye perfectamente. Esa persona podría distraerse y pensar en otra cosa. Pero en este caso no es posible: no hay oídos que se puedan tapar ni manera de apartar el pensamiento de lo que se está recibiendo.
Dios, que pudo detener el sol a petición de Josué, también puede detener las facultades del alma y todo lo que sucede en su interior. Entonces el alma comprende claramente que aquel castillo no está siendo gobernado por ella, sino por un Señor mucho más poderoso. Esto le produce una profunda devoción y humildad.
Por lo tanto, no hay manera de evitar estas palabras. Que Dios nos conceda la gracia de mantener la mirada puesta únicamente en agradarlo y de olvidarnos de nosotros mismos, como ya he dicho. Amén.
Quiera Él que haya logrado explicar lo que pretendía y que esto pueda servir de orientación a quienes pasen por esta experiencia.
Texto original (1577)
Sexta Morada
Capítulo 3 - PARTE 2 | Texto original (1577)
No sé en qué va esto que tiene en tanto el alma que salgan estas palabras verdaderas, que si a la misma persona la tomasen en algunas mentiras, no creo sentiría tanto; como si ella en esto pudiese más, que no dice sino lo que la dicen. Infinitas veces se acordaba cierta persona de Jonás, profeta, sobre esto, cuando temía no había de perderse Nínive. En fin, como es Espíritu de Dios, es razón se le tenga esta fidelidad en desear no le tengan por falso, pues es la suma verdad. Y así es grande la alegría, cuando después de mil rodeos y en cosas dificultosísimas lo ve cumplido. Aunque a la misma persona se le hayan de seguir grandes trabajos de ello, los quiere más pasar que no que deje de cumplirse lo que tiene por cierto le dijo el Señor. Quizá no todas personas tendrán esta flaqueza, si lo es, que no lo puedo condenar por malo.
Si son de la imaginación, ninguna de estas señales hay, ni certidumbre ni paz y gusto interior; salvo que podría acaecer, y aun yo sé de algunas personas a quien ha acaecido, estando muy embebidas en oración de quietud y sueño espiritual, que algunas son tan flacas de complexión o imaginación, o no sé la causa, que verdaderamente en este gran recogimiento están tan fuera de sí, que no se sienten en lo exterior, y están tan adormecidos todos los sentidos, que como una persona que duerme, y aun quizá es así que están adormecidas, como manera de sueño les parece que las hablan y aun que ven cosas, y piensan que es de Dios, y dejan los efectos en fin como de sueño. Y también podría ser pidiendo una cosa a Nuestro Señor afectuosamente, parecerles que le dicen lo que quieren, y esto acaece algunas veces. Mas a quien tuviere mucha experiencia de las hablas de Dios, no se podrá engañar en esto -a mi parecer- de la imaginación.
Del demonio hay más que temer. Mas si hay las señales que quedan dichas, mucho se puede asegurar ser de Dios, aunque no de manera que si es cosa grave lo que se le dice y que se ha de poner por obra de sí o de negocios de terceras personas, jamás haga nada, ni le pase por pensamiento, sin parecer de confesor letrado y avisado y siervo de Dios, aunque más y más entienda y le parezca claro ser de Dios; porque esto quiere Su Majestad, y no es dejar de hacer lo que él manda, pues nos tiene dicho tengamos al confesor en su lugar, adonde no se puede dudar ser palabras suyas; y estas ayudan a dar ánimo, si es negocio dificultoso, y Nuestro Señor le pondrá al confesor y le hará crea ese espíritu suyo, cuando él lo quisiere; y si no, no están más obligados. Y hacer otra cosa sino lo dicho y seguirse nadie por su parecer en esto, téngolo por cosa muy peligrosa; y así, hermanas, os amonesto de parte de Nuestro Señor que jamás os acaezca.
Otra manera hay como habla el Señor al alma, que yo tengo para mí ser muy cierto de su parte, con alguna visión intelectual, que adelante diré cómo es. Es tan en lo íntimo del alma, y párecele tan claro oír aquellas palabras con los oídos del alma al mismo Señor y tan en secreto, que la misma manera del entenderlas, con las operaciones que hace la misma visión, asegura y da certidumbre no poder el demonio tener parte allí. Deja grandes efectos para creer esto; al menos hay seguridad de que no procede de la imaginación; y también, si hay advertencia, la puede siempre tener de esto, por estas razones:
La primera, porque debe ser diferente en la claridad de la habla, que lo es tan clara, que una sílaba que falte de lo que entendió, se acuerda, y si se dijo por un estilo o por otro, aunque sea todo una sentencia; y en lo que se antoja por la imaginación, será no habla tan clara ni palabras tan distintas, sino como cosa medio soñada.
La segunda, porque acá no se pensaba muchas veces en lo que se entendió -digo que es a deshora y aun algunas estando en conversación-, aunque hartas se responde a lo que pasa de presto por el pensamiento o a lo que antes se ha pensado; mas muchas es en cosas que jamás tuvo acuerdo de que habían de ser ni serían, y así no las podía haber fabricado la imaginación para que el alma se engañase en antojársele lo que no había deseado ni querido ni venido a su noticia.
La tercera, porque lo uno es como quien oye, y lo de la imaginación es como quien va componiendo lo que él mismo quiere que le digan, poco a poco.
La cuarta, porque las palabras son muy diferentes, y con una se comprende mucho, lo que nuestro entendimiento no podría componer tan de presto.
La quinta, porque junto con las palabras muchas veces, por un modo que yo no sabré decir, se da a entender mucho más de lo que ellas suenan sin palabras.
En este modo de entender hablaré en otra parte más, que es cosa muy delicada y para alabar a Nuestro Señor. Porque en esta manera y diferencias ha habido personas muy dudosas -en especial alguna por quien ha pasado y así habrá otras- que no acababan de entenderse; y así sé que lo ha mirado con mucha advertencia, porque han sido muchas veces las que el Señor le hace esta merced, y la mayor duda que tenía era en esto si se le antojaba, a los principios; que el ser demonio más presto se puede entender, aunque son tantas sus sutilezas, que sabe bien contrahacer el espíritu del luz; mas será -a mi parecer- en las palabras, decirlas muy claras, que tampoco quede duda si se entendieron como en el espíritu de verdad; mas no podrá contrahacer los efectos que quedan dichos, ni dejar esa paz en el alma, ni luz, antes inquietud y alboroto. Mas puede hacer poco daño o ninguno si el alma es humilde y hace lo que he dicho, de no se mover a hacer nada por cosa que entienda.
Si son favores y regalos del Señor, mire con atención: si por ello se tiene por mejor y si mientras mayor palabra de regalo quedare más confundida, crea que no es espíritu de Dios. Porque es cosa muy cierta que, cuando lo es, mientras mayor merced le hace, muy más en menos se tiene la misma alma y más acuerdo trae de sus pecados y más olvidada de su ganancia y más empleada su voluntad y memoria en querer solo la honra de Dios, ni acordarse de su propio provecho, y con más temor anda de torcer en ninguna cosa su voluntad, y con mayor certidumbre de que nunca mereció aquellas mercedes, sino el infierno. Como hagan estos efectos todas las cosas y mercedes que tuviere en la oración, no ande el alma espantada, sino confiada en la misericordia del Señor, que es fiel y no dejará al demonio que la engañe, aunque siempre es bien se ande con temor.
Podrá ser que las que no lleva el Señor por este camino les parezca que podrían estas almas no escuchar estas palabras que les dicen y, si son interiores, distraerse de manera que no se admitan, y con esto andarán sin estos peligros.
A esto respondo que es imposible. No hablo de las que se les antoja, que con no estar tanto apeteciendo alguna cosa ni queriendo hacer caso de las imaginaciones, tienen remedido. Acá ninguno; porque de tal manera el mismo Espíritu que habla hace parar todos los otros pensamientos y advertir a lo que se dice, que en alguna manera me parece, y creo es así, que sería más posible no entender a una persona que hablase muy a voces a otra que oyese muy bien; porque podría no advertir, y poner el pensamiento y entendimiento en otra cosa; mas en lo que tratamos no se puede hacer: no hay oídos que se tapar, ni poder para pensar sino en lo que se le dice, en ninguna manera; porque el que pudo hacer parar el sol -por petición de Josué creo era- puede hacer parar las potencias y todo el interior de manera que ve bien el alma que otro mayor Señor gobierna aquel castillo que ella, y hácela harta devoción y humildad. Así que en excusarlo no hay remedio ninguno. Dénosle la divina Majestad, para que solo pongamos los ojos en contentarle y nos olvidemos de nosotros mismos, como he dicho, amén.
Plega a Él que haya acertado a dar a entender lo que en esto he pretendido y que sea de algún aviso para quien lo tuviere.
