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Santa Teresa de Jesús / Las Moradas

Sexta Morada.
Capítulo 5.

Sobre este capítulo

El vuelo del espíritu muestra, para Teresa, la fuerza de una gracia que el alma no puede gobernar. Recibirla pide confianza y humildad; sus frutos son conocer mejor a Dios, reconocer la propia pequeñez y dar valor a lo que ayuda a servirlo.

Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.

Parte 1

Texto adaptado

Sexta Morada

Capítulo 5 - PARTE 1 | Texto adaptado

Existe otra manera de arrobamiento, que yo llamo vuelo del espíritu. Aunque en esencia es lo mismo, interiormente se siente de una manera muy diferente. A veces, de repente, el alma siente un movimiento tan rápido que parece que el espíritu es arrebatado con una velocidad que causa mucho temor, sobre todo al principio. Por eso les decía que quien ha de recibir de Dios estas mercedes necesita mucho ánimo, además de fe, confianza y una gran entrega para dejar que nuestro Señor haga con el alma lo que quiera.

¿Piensan que es poca cosa la turbación de una persona que está plenamente consciente y, de repente, siente que su alma es arrebatada —y, según hemos leído en algunos casos, también el cuerpo— sin saber adónde va, qué o quién la lleva ni cómo? Al comienzo de este movimiento tan repentino, todavía no tiene plena certeza de que viene de Dios.

¿Hay alguna manera de resistirse? De ninguna manera; incluso intentarlo lo empeora. Sé de una persona a quien parece que Dios quiere hacerle entender que, después de haberse puesto tantas veces y con tanta sinceridad en sus manos, y de haberse entregado por completo a Él, debe comprender que ya no se pertenece a sí misma. Y entonces es arrebatada con un impulso todavía más fuerte.

Por eso, decidió hacer como un pedacito de pasto seco cuando el ámbar lo atrae: dejarse llevar y ponerse en las manos de quien tiene tanto poder, porque comprende que lo más acertado es aceptar aquello que no puede evitar.

Y, siguiendo con la comparación del pedacito de pasto seco, este gran y poderoso gigante arrebata el espíritu.

Es como si aquel pilar de agua del que hablamos —creo que en la cuarta morada, aunque no lo recuerdo bien—, que se llenaba con tanta suavidad y calma, sin ningún movimiento, ahora cambiara por completo. Este gran Dios, que contiene las aguas y pone límites al mar, abre de repente los manantiales que alimentaban aquel pilar. Entonces el agua irrumpe con tanta fuerza que levanta una ola poderosa, capaz de elevar muy alto la pequeña nave de nuestra alma.

Y así como una nave no puede quedarse donde quiere cuando las olas vienen con furia, por más que el piloto y quienes la gobiernan intenten controlarla, mucho menos puede el alma detener ese movimiento interior ni hacer que sus sentidos y facultades actúen de otra manera. En esos momentos, lo que sucede exteriormente casi no tiene importancia.

Es cierto, hermanas, que solo de escribir esto me asombra ver cómo se manifiesta aquí el gran poder de este Rey y Emperador. ¡Cuánto más impresionará a quien lo vive! Yo pienso que, si Dios se mostrara a quienes andan muy perdidos por el mundo como se muestra a estas almas, aunque no dejaran de ofenderlo por amor, al menos por temor no se atreverían a hacerlo.

¡Cuánto más obligadas estarán las que han recibido una gracia tan grande a esforzarse con todas sus fuerzas por no ofender a este Señor! Por Él les suplico, hermanas, a quienes Su Majestad haya concedido estas mercedes u otras semejantes, que no se conformen solo con recibirlas. Recuerden que quien mucho debe, mucho ha de pagar.

Para esto también se necesita mucho ánimo, porque es algo que puede hacer que el alma se sienta muy poca cosa; y si nuestro Señor no le diera fortaleza, viviría siempre con gran aflicción. Al ver todo lo que Su Majestad hace por ella y luego mirarse a sí misma, reconoce lo poco que corresponde a todo lo que ha recibido. Y aun ese poco que hace está lleno de faltas, imperfecciones y debilidad.

Por eso, en vez de pensar en sus buenas obras y recordar lo imperfectamente que las hace, prefiere olvidarlas, tener presentes sus pecados y acogerse a la misericordia de Dios. Como no tiene con qué pagarle todo lo que ha recibido, confía en que Él supla lo que le falta con la piedad y misericordia que siempre ha tenido con los pecadores.

Quizás el Señor le responda como respondió a una persona que estaba muy afligida delante de un crucifijo, al pensar que nunca había tenido nada que darle a Dios ni nada que dejar por Él. El mismo Crucificado la consoló diciéndole que le daba todos los dolores y sufrimientos que había padecido en su Pasión, para que los considerara como propios y los ofreciera al Padre.

Según he sabido de ella, aquella alma quedó tan consolada y enriquecida con esto que nunca pudo olvidarlo. Cada vez que vuelve a sentirse miserable, lo recuerda y queda nuevamente animada y consolada.

Podría contar aquí otras cosas semejantes, porque he tratado con muchas personas santas y de oración, y conozco muchas experiencias de este tipo. Pero prefiero no extenderme, para que no piensen que estoy hablando de mí.

Esta experiencia me parece muy útil para comprender cuánto agrada a nuestro Señor que nos conozcamos a nosotros mismos y que reconozcamos una y otra vez nuestra pobreza y nuestra miseria, sabiendo que no tenemos nada que no hayamos recibido de Él.

Así que, hermanas mías, para esto y para muchas otras cosas que se presentan cuando el Señor ha llevado a un alma hasta este punto, se necesita mucho ánimo. Y, a mi parecer, para esto último se necesita todavía más que para lo demás, siempre que haya humildad. Que el Señor nos la conceda, por quien Él es.

Parte 2

Texto adaptado

Sexta Morada

Capítulo 5 - PARTE 2 | Texto adaptado

Volviendo a este rápido arrebato del espíritu, ocurre de tal manera que verdaderamente parece que el alma sale del cuerpo. Sin embargo, está claro que la persona no queda muerta; durante algunos instantes, ni ella misma sabe decir si está en el cuerpo o fuera de él.

Le parece que, con todo su ser, ha estado en una región muy distinta de esta en la que vivimos. Allí se le muestra una luz tan diferente de la de este mundo que, aunque pasara toda su vida tratando de imaginarla, junto con las demás cosas que ve, le sería imposible lograrlo.

Y sucede que, en un solo instante, se le muestran tantas cosas a la vez que, aunque pasara muchos años tratando de ordenarlas con la imaginación y el pensamiento, no alcanzaría ni una mínima parte.

Esto no es una visión intelectual, sino imaginaria: se ve con los ojos del alma con mucha más claridad de la que vemos aquí con los ojos del cuerpo. Y, sin necesidad de palabras, se le hacen comprender algunas cosas. Por ejemplo, si ve a algunos santos, los reconoce como si hubiera tratado con ellos durante mucho tiempo.

Otras veces, junto con lo que ve con los ojos del alma, se le presentan también otras cosas por medio de una visión intelectual, especialmente una multitud de ángeles con el Señor de ellos. Y aunque no ve nada con los ojos del cuerpo, por un conocimiento admirable que no sabría explicar, comprende lo que digo y muchas otras cosas que no se pueden expresar.

Quizás quien pase por estas experiencias y tenga más habilidad que yo pueda explicarlas mejor, aunque me parece muy difícil.

No sabría decir si todo esto sucede mientras el alma permanece en el cuerpo o no. No me atrevería a asegurar que está en el cuerpo, pero tampoco que el cuerpo queda sin alma.

Muchas veces he pensado en el sol: permanece en el cielo, pero sus rayos tienen tanta fuerza que, sin moverse de allí, llegan rápidamente hasta nosotros. Tal vez algo semejante sucede con el alma y el espíritu, que son una misma cosa, como el sol y sus rayos. Quizás el alma permanece en su lugar y, por la fuerza del calor que recibe del verdadero Sol de Justicia, una parte superior de ella puede elevarse por encima de sí misma.

En fin, no sé lo que digo.

Lo cierto es que, con la rapidez con que sale una bala al dispararse un arma, se levanta en el interior un vuelo —no sé qué otro nombre darle— que, aunque no hace ruido, produce un movimiento tan claro que de ninguna manera puede ser imaginación.

Y estando el alma muy fuera de sí, hasta donde puede comprender, se le muestran grandes cosas. Cuando vuelve en sí, queda con grandes ganancias y tiene en tan poco todas las cosas de la tierra, comparadas con las que ha visto, que le parecen basura.

Desde entonces vive en este mundo con mucha pena, y ya nada de lo que antes le parecía bueno logra importarle.

Parece que el Señor ha querido mostrarle algo de la tierra a la que ha de ir, como aquellos que fueron enviados a la tierra prometida y llevaron muestras de ella al pueblo de Israel, para que pueda soportar las dificultades de este camino tan duro sabiendo adónde irá a descansar.

Aunque algo que sucede tan rápido podría parecerles de poco provecho, son tan grandes los efectos que deja en el alma que solo quien pasa por ello puede comprender su valor.

Por eso se ve claramente que no puede ser cosa del demonio. Tampoco puede venir de la propia imaginación, ni el demonio podría representar cosas que dejaran en el alma tantos efectos, tanta paz, sosiego y crecimiento espiritual. En especial, deja tres cosas en un grado muy alto. La primera es un mayor conocimiento de la grandeza de Dios, porque cuanto más se nos muestra de ella, más llegamos a comprenderla.

La segunda es el conocimiento de sí misma y la humildad, al ver que, siendo tan pequeña en comparación con el Creador de tantas grandezas, se haya atrevido a ofenderlo y casi no se atreva ni a mirarlo. La tercera es tener en muy poco todas las cosas de la tierra, excepto aquellas que pueden servir para el servicio de tan gran Dios.

Estas son las joyas que el Esposo comienza a dar a su esposa, y tienen tanto valor que ella las guarda con mucho cuidado. Estas visitas quedan tan grabadas en la memoria que creo que es imposible olvidarlas hasta llegar a gozarlas para siempre, a menos que fuera para un grandísimo mal suyo. Pero el Esposo que se las da también tiene poder para darle la gracia de no perderlas.

Volviendo al ánimo que se necesita, ¿les parece poca cosa? Verdaderamente parece que el alma se separa del cuerpo, porque siente que pierde los sentidos y no comprende lo que está sucediendo.

Ese ánimo tiene que dárselo quien le da todo lo demás.

Dirán que este temor queda bien recompensado. Yo también lo digo. Sea para siempre alabado quien puede dar tanto. Quiera Su Majestad concedernos la gracia de servirlo como merece. Amén.