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Santa Teresa de Jesús / Las Moradas

Sexta Morada.
Capítulo 4.

Sobre este capítulo

Teresa describe una cercanía con Dios que renueva al alma y le da valor para entregarse a Él. Aunque no pueda explicar todo lo recibido, queda un conocimiento más profundo de su grandeza y un deseo de alabarlo, servirlo y desprenderse de los propios intereses.

Resumen editorial del sitio; no forma parte del texto de Santa Teresa.

Parte 1

Texto adaptado

Sexta Morada

Capítulo 4 - PARTE 1 | Texto Adaptado

Después de todo lo dicho sobre los sufrimientos y las demás pruebas, ¿qué descanso puede tener la pobre mariposa? Todo esto hace que desee aún más gozar de su Esposo. Y Su Majestad, que conoce nuestra debilidad, la va preparando con estas experiencias y con muchas otras, para que tenga el valor de unirse a tan gran Señor y tomarlo por Esposo.

Tal vez se rían de que diga esto y les parezca una exageración, porque cualquiera de ustedes pensará que no hace falta tanto valor y que no existe mujer, por humilde que sea, que no se atrevería a casarse con un rey. Eso lo creo cuando se trata de un rey de la tierra; pero para desposarse con el Rey del cielo les aseguro que hace falta mucho más valor del que imaginan. Nuestra naturaleza es demasiado débil y temerosa para algo tan grande, y estoy convencida de que sería imposible si Dios mismo no nos diera el ánimo necesario y no nos preparara con todo lo que sabe que nos conviene.

Así podrán comprender lo que hace Su Majestad para llevar a cabo este desposorio. Pienso que sucede cuando concede los arrobamientos, durante los cuales aparta al alma del uso de los sentidos. Porque quizá, si permaneciera plenamente consciente y se viera tan cerca de tan inmensa Majestad, no podría conservar la vida.

Me refiero a verdaderos arrobamientos, no a ciertas debilidades físicas que solemos confundir con arrobamientos y éxtasis. Como creo haber dicho, hay personas de constitución tan débil que incluso durante la oración de quietud parecen desvanecerse.

Quiero explicar aquí algunas de las distintas maneras en que pueden presentarse los arrobamientos, según lo que he llegado a comprender al tratar con tantas personas espirituales. No sé si lograré explicarlo correctamente. Ya escribí sobre esto en otra parte, junto con algunas de las cosas que mencionaré aquí; pero, por varias razones, me ha parecido que no está de más repetirlo, aunque solo sea para que todo lo relacionado con estas moradas quede reunido en un mismo lugar.

Una de las maneras en que ocurre el arrobamiento es la siguiente: aunque el alma no esté en oración, una palabra de Dios que recuerda o escucha puede tocarla profundamente. Entonces parece que Su Majestad, desde lo más íntimo del alma, aviva aquella chispa de la que ya hablamos. Movido por la compasión, al verla sufrir durante tanto tiempo por el deseo de estar con Él, hace que toda ella se encienda y quede renovada como el ave fénix.

También se puede creer piadosamente que sus culpas quedan perdonadas, siempre que el alma haya tenido la disposición necesaria y haya recurrido a los medios que enseña la Iglesia. Ya limpia, Dios la une consigo de tal manera que nadie comprende lo que sucede entre ellos dos. Ni siquiera la propia alma logra entenderlo de un modo que después pueda explicarlo.

Sin embargo, conserva una percepción interior de lo que está sucediendo. No es como un desmayo o una crisis física, durante los cuales la persona no se da cuenta de nada, ni interior ni exteriormente.

Lo que yo entiendo es que, en este estado, el alma está más despierta que nunca para las cosas de Dios y recibe una luz y un conocimiento de Su Majestad como nunca antes.

Esto puede parecer imposible. Si las facultades del alma están tan absortas que parecen muertas, y lo mismo sucede con los sentidos, ¿cómo puede el alma comprender ese secreto? Yo no lo sé, y quizá ninguna criatura pueda saberlo; solo el mismo Creador conoce esto y muchas otras cosas que suceden en estas dos moradas.

En realidad, esta morada y la última podrían haberse tratado juntas, porque entre una y otra no hay una puerta cerrada. Sin embargo, como en la última suceden cosas que todavía no se manifiestan a quienes no han llegado a ella, me pareció mejor explicarlas por separado.

Cuando el alma se encuentra en esta suspensión y el Señor quiere mostrarle algunos secretos, como cosas del cielo o visiones imaginarias —es decir, visiones que se presentan mediante imágenes—, después puede contarlas. Quedan tan grabadas en su memoria que nunca las olvida.

En cambio, cuando se trata de visiones intelectuales, no sabe expresarlas. Algunas deben ser tan elevadas que quienes todavía vivimos en la tierra no somos capaces de comprenderlas lo suficiente como para explicarlas. Sin embargo, hay muchas otras visiones intelectuales que sí pueden contarse cuando la persona ha vuelto al uso normal de sus sentidos.

Quizá algunas de ustedes no entiendan qué es una visión, especialmente una visión intelectual. Lo explicaré en su momento, porque me lo ha mandado quien tiene autoridad para hacerlo. Y aunque parezca que este tema no viene al caso, quizá pueda ser de provecho para algunas almas.

Entonces me dirán: si después el alma no puede recordar con claridad esas gracias tan elevadas que el Señor le concede, ¿qué provecho obtiene de ellas?

¡Oh, hijas!, el provecho es tan grande que no se puede expresar. Aunque el alma no sepa explicar lo que recibió ni recordar todos sus detalles, aquello queda profundamente grabado en su interior y jamás se pierde.

Entonces podrían preguntarme: si estas experiencias no tienen una imagen y las facultades del alma no llegan a comprenderlas, ¿cómo puede recordarlas después? Yo tampoco sé explicarlo.

Lo que sí entiendo es que quedan grabadas en el alma ciertas verdades sobre la grandeza de Dios con tanta firmeza que, aunque la persona no tuviera la fe que le enseña quién es Dios y la obliga a reconocerlo como tal, desde ese momento lo adoraría como Dios.

Algo semejante debió sucederle a Jacob cuando vio la escalera por la que subían y bajaban los ángeles. Por medio de aquella visión debió comprender otros secretos que después no supo expresar, porque la sola imagen de una escalera con ángeles no habría bastado para que entendiera misterios tan grandes si no hubiera recibido también una luz interior.

No sé si estoy explicándolo bien, porque, aunque lo he oído, no estoy segura de recordarlo correctamente. Tampoco Moisés pudo contar todo lo que vio en la zarza, sino solo lo que Dios quiso que comunicara. Pero si Dios no le hubiera revelado interiormente ciertos secretos y no le hubiera dado la certeza de que era Él, Moisés no habría aceptado tantos y tan grandes trabajos. Debió comprender, en medio de las espinas de aquella zarza, cosas tan profundas que le dieron el valor necesario para hacer todo lo que hizo por el pueblo de Israel.

Por eso, hermanas, no debemos empeñarnos en encontrar una explicación para las cosas ocultas de Dios. Si creemos que Él es todopoderoso, también debemos reconocer que criaturas tan limitadas como nosotros no pueden comprender toda su grandeza. Alabémoslo mucho porque ha querido permitirnos entender al menos una parte.

Quisiera encontrar una comparación que ayudara a entender algo de lo que estoy diciendo, aunque creo que ninguna encaja del todo. Pero podemos usar esta:

Imaginen que entran en una habitación de un rey o de un gran señor, de esas que llaman camarines, donde se guardan innumerables objetos de vidrio, cerámica y muchas otras cosas, colocados de tal manera que casi todos pueden verse apenas uno entra.

Una vez me llevaron a una habitación así en la casa de la duquesa de Alba. Yo iba de camino, pero por obediencia me mandaron quedarme allí, porque esta señora había insistido mucho en que fuera. Al entrar, quedé asombrada. Pensaba para qué podía servir aquella enorme cantidad de cosas, pero también comprendí que se podía alabar al Señor al contemplar tanta variedad.

Ahora me causa gracia ver cómo aquella experiencia me ha servido para explicar esto. Aunque estuve allí un rato, había tanto que mirar que enseguida se me olvidó todo. No conservé un recuerdo claro de ninguno de aquellos objetos, como si nunca los hubiera visto, ni sabría explicar qué forma tenían. Sin embargo, sí recuerdo, de manera general, que vi todo aquello.

Así sucede también aquí. Cuando el alma está tan unida a Dios que parece haberse hecho una sola cosa con Él, entra en esa morada del cielo empíreo que debemos tener en lo más profundo de nuestra alma, pues, si Dios habita en ella, es evidente que allí debe tener alguna de sus moradas.

Mientras el alma se encuentra en éxtasis, el Señor no siempre quiere mostrarle estos secretos, porque está tan sumergida en el gozo de Dios que ese bien tan grande le basta. Pero algunas veces permite que salga por un momento de ese profundo recogimiento y vea de repente lo que hay en aquella morada.

Cuando vuelve en sí, conserva una impresión de las grandezas que contempló, aunque no puede explicar ninguna de ellas. Su capacidad natural no alcanza a expresar más de lo que Dios, de manera sobrenatural, quiso mostrarle.

Entonces podría parecer que estoy admitiendo que el alma realmente vio algo y que, por lo tanto, se trató de una visión imaginaria. Pero no quiero decir eso, porque aquí no estoy hablando de una visión imaginaria, sino de una visión intelectual.

Como no tengo estudios, no sé expresar bien estas cosas. Lo que sí entiendo con claridad es que, si lo que he dicho hasta aquí está bien explicado, no he sido yo quien ha sabido decirlo por sí sola.

Parte 2

Texto adaptado

Sexta Morada

Capítulo 4 - PARTE 2 | Texto Adaptado

Yo creo que, si durante un arrobamiento el alma no llega a comprender nada de estos secretos que Dios le comunica, entonces no se trata de un verdadero arrobamiento, sino quizá de alguna debilidad natural. Esto puede suceder en personas de constitución débil, en quienes una fuerte experiencia espiritual llega a imponerse sobre las fuerzas del cuerpo y las deja profundamente absortas, como creo haber explicado al hablar de la oración de quietud.

Pero eso no tiene que ver con los verdaderos arrobamientos. En un verdadero arrobamiento, crean que Dios toma toda el alma para sí. Y como ya la considera suya y como esposa suya, le muestra aunque sea una pequeña parte del reino que ha ganado al pertenecerle. Y por pequeña que sea esa parte, en un Dios tan grande cualquier cosa que muestre es inmensa.

En ese momento, Dios no permite que nada interfiera, ni las facultades del alma ni los sentidos. Es como si de repente mandara cerrar todas las puertas de las demás moradas y dejara abierta únicamente aquella en la que Él está, para quedar allí a solas con el alma.

Bendita sea tanta misericordia. Y con razón son dignos de compasión quienes no quieren aprovecharse de ella y terminan perdiendo a este Señor.

¡Oh, hermanas mías! No es nada lo que dejamos, ni es nada todo lo que hacemos o pudiéramos hacer por un Dios que quiere comunicarse de esta manera con una criatura tan pequeña como nosotros.

Y si podemos esperar gozar de un bien así incluso en esta vida, ¿qué estamos haciendo?, ¿por qué nos detenemos?, ¿qué podría ser tan importante como para que dejemos, aunque sea por un momento, de buscar a este Señor, como la Esposa lo buscaba por las calles y las plazas?

¡Qué poca cosa es todo lo del mundo si no nos acerca y nos ayuda a llegar a Él! Aunque sus placeres, riquezas y alegrías duraran para siempre y fueran mayores de cuanto pudiéramos imaginar, todo sería despreciable en comparación con estos tesoros que se disfrutarán sin fin.

Y aun esos tesoros no son nada comparados con tener como nuestro al Señor de todos los tesoros, del cielo y de la tierra.

¡Oh, ceguedad humana! ¿Hasta cuándo tendremos esta tierra delante de los ojos? Aunque entre nosotras quizá no sea tanta como para cegarnos por completo, sí veo pequeñas manchas y piedritas que, si las dejamos crecer, pueden llegar a hacernos mucho daño.

Por amor de Dios, hermanas, aprovechemos incluso nuestras faltas para reconocer nuestra propia miseria y para que ellas mismas nos ayuden a ver con mayor claridad, así como el lodo sirvió para dar vista al ciego que sanó nuestro Esposo.

Y al ver cuán imperfectas somos, pidamos con más insistencia al Señor que saque algún bien de nuestras miserias, para que podamos agradar en todo a Su Majestad.

Me he desviado mucho del tema sin darme cuenta. Perdónenme, hermanas. Pero créanme que, cuando llego a hablar de estas grandezas de Dios, no puedo evitar sentir mucho dolor al pensar en todo lo que perdemos por nuestra propia culpa.

Es verdad que el Señor concede estas gracias a quien quiere; pero si amáramos a Su Majestad como Él nos ama, se las daría a todas. Él no desea otra cosa que encontrar a quien poder dar, porque sus riquezas no disminuyen por mucho que las reparta.

Volviendo a lo que decía, el Esposo manda cerrar las puertas de las moradas, e incluso las del castillo y de todo lo que lo rodea. Cuando quiere arrebatar al alma, llega a faltarle la respiración. A veces los demás sentidos continúan funcionando un poco más, pero la persona no puede hablar de ninguna manera. Otras veces, todo se suspende de repente y las manos y el cuerpo se enfrían tanto que parece que no tienen vida, y en ocasiones ni siquiera se percibe si está respirando.

Este estado tan intenso dura poco tiempo seguido. Cuando disminuye un poco esa gran suspensión, parece que el cuerpo vuelve algo en sí y recupera el aliento, para después quedar nuevamente como sin vida mientras el alma recibe una vida aún mayor. Aun así, este éxtasis tan profundo no suele durar mucho.

Sin embargo, aunque el arrobamiento haya terminado, puede suceder que la voluntad quede tan absorbida y el entendimiento tan apartado de todo lo demás que permanezcan así durante un día, e incluso varios. Parece que el alma ya no puede ocuparse de nada que no la mueva a amar a Dios. Para eso permanece completamente despierta, mientras que para interesarse o apegarse a cualquier criatura queda como dormida.

¡Oh, qué confusión siente el alma cuando vuelve completamente en sí, y qué enormes deseos le quedan de entregarse a Dios de todas las maneras en que Él quiera servirse de ella!

Si las formas de oración anteriores producen los efectos que ya hemos dicho, ¿qué no producirá una gracia tan grande como esta? El alma quisiera tener mil vidas para entregarlas todas a Dios, y desearía que todo cuanto existe en la tierra tuviera voz para alabarlo por semejante gracia.

También siente grandísimos deseos de hacer penitencia. Y no le parece que hace demasiado, porque la fuerza del amor hace que sienta poco todo lo que ofrece. Entonces comprende con claridad cómo los mártires pudieron soportar los tormentos que padecieron, porque con la ayuda que viene de nuestro Señor hasta los sufrimientos más grandes se hacen llevaderos. Por eso, estas almas llegan incluso a quejarse ante Su Majestad cuando no encuentran alguna ocasión en la que puedan padecer por Él.

Cuando el Señor concede esta gracia en secreto, el alma la considera muy grande. Pero cuando sucede delante de otras personas, siente tanta vergüenza y confusión que, de alguna manera, eso la aparta del gozo que había experimentado, por la preocupación de pensar qué estarán creyendo quienes la vieron.

Como conoce la malicia del mundo, teme que no entiendan lo que realmente ocurrió y que, en vez de alabar al Señor por ello, aprovechen la ocasión para juzgarla. En cierto modo, me parece que esa vergüenza y esa preocupación muestran falta de humildad; pero la persona no puede evitar sentirlas. Y si de verdad desea ser despreciada, ¿qué importa lo que digan?

Así lo entendió una persona que estaba pasando por esta aflicción, cuando recibió de nuestro Señor estas palabras: «No tengas pena, porque o ellos me alabarán a mí o murmurarán de ti; y en cualquiera de las dos cosas, tú ganas».

Después supe que estas palabras le dieron mucho ánimo y consuelo. Las pongo aquí por si alguna llega a encontrarse en una situación semejante.

Parece que nuestro Señor quiere que todos comprendan que esa alma ya le pertenece y que nadie debe tocarla en lo más profundo. Pueden tocar su cuerpo, su honra o sus bienes; no importa, porque de todo puede sacar Su Majestad alguna gloria. Pero el alma, no. Mientras ella misma no se aparte de su Esposo por una decisión gravemente culpable, Él la protegerá de todo el mundo e incluso de todo el infierno.

No sé si he logrado dar a entender qué es un arrobamiento, porque, como ya he dicho, explicarlo por completo es imposible. Pero creo que ha valido la pena intentarlo, para que se pueda distinguir lo que realmente es de otros estados que solo lo parecen, porque sus efectos son muy diferentes.

Y cuando digo arrobamientos falsos, no quiero decir que la persona esté fingiendo o tratando de engañar a otros, sino que ella misma puede estar engañada y creer que se trata de un verdadero arrobamiento. Como las señales y los efectos no corresponden a una gracia tan grande, esto puede hacer que después se desconfíe incluso de quien realmente haya recibido del Señor un verdadero arrobamiento.

Sea Él bendito y alabado por siempre. Amén, amén.